Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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lunes, 19 de marzo de 2018

entonces


siempre estoy esperando        que alguien venga
y me diga      por fin       lo que decía
mi madre    que tendrían que decir
cuando jugaba      en Palencia    a los diez años

cuando volvía de correr las peras
y sucio   por la grasa    de la bici
no me acuerdo muy bien de aquel entonces
porque se fueron los entonces     como

los trigos de las eras    y aprendí
que    cada quisque    espera    que le digan
para vivir su rato de alegría
y agarrar     como sea    algún entonces

mientras tanto     la queja    que se viene
y este soneto va sin rima                 vaya


domingo, 16 de noviembre de 2014

miércoles, 19 de junio de 2013

Palencia

Plaza Mayor
Palencia ha crecido, como casi todas las ciudades españolas, y casi ha duplicado su superficie, que antaño terminaba en la fábrica de armas –ahora cerrada– y no iba mucho más allá de los Jardines de la Estación y la Huerta del Guadián; el Carrión hacia frontera al otro lado, discurriendo en paralelo a la calle Mayor. Al otro lado, la arteria de la calle Casado del Alisal y la línea de ferrocarril cuadraban la ciudad. Palencia es la imagen perfecta de una ciudad castellana, reposada, tranquila, recorrida por dos o tres calles esenciales, un par de jardines y un juego de iglesias tradicionales –dominicos, jesuitas, clarisas, etc. que se llaman como se deben llamar: San Pablo, San Francisco, La Compañía.... Y una hermosísima catedral, cuyo fondo bibliográfico es impagable –y tiene su catálogo, por cierto–.

El mercado central ("la plaza")
Quien allí vaya ha de cumplir el rito del buen paseante: recorrer de arriba abajo la calle Mayor, desde los jardines del Salón hasta los jardinillos de la Estación; pararse un buen rato en la Plaza Mayor, acercarse a la Catedral y callejear en los alrededores; entrar en San Pablo o San Francisco; ir al mercado central ("la plaza") y ver cómo andan los productos de la huerta, particularmente los guisantes y, cuando sea tiempo, las peras. Comprar algún queso añejo de oveja, pasear por la orilla del Carrión....


Este peregrino es palentino, de manera que ha de comedirse e intentar un relato breve de este lugar que yo tengo por castellano puro, intentar el relato objetivo y no señalar cómo le fue cuando era estudiante –muy malo, me expulsaron– en el Instituto Jorge Manrique; o cómo acechó a sus primeras novias en los Cuatro Cantones; y todo eso por no hablar de su Semana Santa, de sus Navidades, de las excursiones al Cristo del Otero (de Victorio Macho), etc.

La calle Mayor
He visto crecer la ciudad; cada vez que he pasado por ella he observado novedades, progresos quizá, aunque no siempre. Lo más llamativo: los barrios que crecen extraradio –en mis tiempos solo existía lo que se llamaba "corea", al otro lado de la vía del tren, por donde pasaban los enormes rebaños de ovejas trashumantes. Sigue siendo, no obstante, una tranquila ciudad castellana, de vida aparentemente apacible, con un campo abierto en casi toda la provincia, que se encumbra cuando vas hacia el norte en valles y montañas que el turista no suele conocer.
A mí me suele emocionar casi todo lo que veo y recuerdo, aunque comprendo que no todos lo podrán mirar así: la torre militar de la iglesia de san Miguel, el sotillo, el Cristo de las claras (el que inspiró a Unamuno), los soportales de la larga calle Mayor, las fiestas septembrinas, los modos recios de sus gentes, quesos, vinos (claretes) y productos de la huerta, la gravedad, a veces rudeza, de su modo de hablar, la belleza de sus mujeres.... 

Otra vista de la calle Mayor
"La Compañía"

viernes, 21 de diciembre de 2012

Callejear (1)

Cádiz
Granada







Granada
Callejear es un verbo muy español, ligeramente distinto –alguna vez lo he comentado– al flâner francés. Consiste en llegar, vivir, estar, etc. en una ciudad cualquiera, mejor si es grande o no muy pequeña, poner en la mochila un libro, un boli, un mapa –por si te pierdes demasiado– y el dni y echarte a la calle, a pasar lo que las piernas y los ojos aguanten. Es un peregrinaje grato, quizá mucho más grato que el deambular turístico guardando cola en los museos y las iglesias, pagando por todos lados, en rebaño de turistas que van cometiendo su viaje. No digo que el peregrino no aproveche las ocasiones de deslizarse en una iglesia –es la hora de la misa–, entrar como despistado en un patio, pedirle a la guardesa que le enseñe aquellas plantas tan hermosas que asoman al balcón del palacio.... Con este modo de hacer, además, se habla con la guardesa, el portero, el ujier, la vendedora de fruta, el sacristán, el etc, lo que suele ser mucho más ilustrador que volver a ver un ángel de Rubens –me repelen– o una putilla de los impresionistas, que es el mismo ángel Rubens que se ha hecho mayor. 
Cádiz
Con ese deambular se acaba por ir a los lugares que casi nunca frecuentan los viajeros y que suelen ser los más vivos de la ciudad: los mercados (¡mercado central de Valencia!), las plazas (¡plaza Mayor de Palencia!), las tiendas (¡pescaderías de Nápoles!), las ferias (¡ferias de Londres junto al Támesis!), los puertos (¡puerto de Santander!), las orillas de los ríos (¡paseos de Boston!), los parques y jardines (¡el viejo botánico de Lisboa!), los tranvías (¡ de Valencia, París, Amsterdam Lisboa....!), y los metros (¡de Rennes, Toulouse, Nueva York....!) Y siempre siempre siempre: las gentes, su modo de vestir, ser, hablar. Lo que mejor ejemplifica el carácter del lugar. Dos o tres post más irán mostrando ese callejeo. Tentado estuve de reproducir los lugares sin decir el sitio; pero al fin me decidí a ponerlo, porque la calle estrecha, el juego de ventanas, la plaza, la tienda.... no siempre reproducen la imagen típica de la ciudad.


La Coruña

Colonia
Boston (EEUU)
Palencia
Palencia
Lisboa
Barcelona
Colonia
Santander
Nápoles 
Londres


miércoles, 2 de junio de 2010

Un soneto palentino. Alejandro. Coda

No había mezclado tres entradas tan dispares en el Cuaderno, como hago ahora para recordar un soneto palentino (que se publicó en El año del ombligo), este: 



ATARDECER EN SAN PABLO

La plaza de San Pablo llena octubre
de amarillos sutiles. Chopos, plátanos,
aligustres, castaños, un magnolio...
En las piedras de las fachadas trepa

la noche poco a poco, las farolas
abren sus ojos a las largas sombras;
se ha terminado ya en los dominicos
la misa vespertina de los sábados;

hay corrillos de fieles a las puertas,
mientras el aire frío se desnuda
y vacía las calles; la ciudad
desierta va quedando y silenciosa.

Abandonado, como un niño solo,
el tiempo en la placita oscura tiembla.


     ....................


ALEJANDRO


Y Alejandro estaba serio, mirando hacia no se sabe. Sería su dueño, porque le hablaba como si hubiera ya tanta confianza que con cada palabra llegaba el recordatorio de otras anteriores y la alusión a un tiempo compartido. Como si se hubiera cerrado definitivamente en torno el universo y nadie más pudiera entender plenamente aquella relación. “No tienes por qué ir por ahí haciendo lo que haces, ni escondiéndote, Alejandro”. Y un tuse con la mirada o quizá con un cambio leve de postura que no llegaba a gesto de cariño, pero que lo amagaba. “Venga, que tenemos todavía que pasar por la farmacia, Alejandro”. Y luego murmuraba algo más que yo no alcanzaba a oír. La relativa quietud de Alejandro estaba llena no tanto de comprensión como de saber estar, descansado sobre sus patas traseras, con algún ligero movimiento de cabeza, contemplando las maneras de su amo, entre condescendiente, respetuoso e inquieto. Yo no hubiera sabido estar así.
No pude desprenderme fácilmente de la escena, de manera que cuando subí a casa, me dirigí mecánicamente al balcón que da sobre el bulevard, lo abrí y me asomé, por curiosidad ciega. No estaban. Al asomarme, sentí que rozaba una de las plantas de la jardinera, la que terminaba la hilera de geranios. Dos palillos ridículos y retorcidos que sostenían unas hojillas temblorosas, con el verde amarillento de recién brotadas. “Menudo invierno nos hemos pasado, tan largo y con tanta lluvia, creíamos que no lo contabas, heliotropo”. “Menos mal que te abrigué en este rincón de la ventana, a donde no llegó todo el frío ni te sacudió el viento”. “La hierbaluisa, en medio del balcón, no ha sobrevivido”. “Voy a regarte, espera un poco”. Mientras lleno la regadera pienso que pronto me dará su aroma azul de chocolate agazapado. Que no caiga con demasiada fuerza el agua. “Anda, vamos, heliotropo. Criatura, criatura, criatura. Que tengo todavía que hacer la cama, poner una lavadora, fregar los cacharros. Ya está, que sé que te gusta la humedad y el calor. No me voy del todo, te he dicho. Que mañana vuelvo a regarte, de verdad.”

............. 

Y este soneto heterodoxo

A G.G.

Palabras apagadas
encendida la piel
cerca tus manos vengan
en tus labios mi sed

la luz que sobra y cede
más no puede más ser
para mis besos te abres
seda saliva miel

tiempo que va sin tiempo
allí allá sostener
la luz cierra los ojos

dentro se quiere ser
quizá siempre infinito
dejar abrir ceder


 



lunes, 31 de mayo de 2010

Creencias y descreencias

Yo soy palentino. Las monjas de Villandrando me enseñaron a leer. Era koska, y tanto  en el instituto como con los jesuitas me hicieron católico. Ahora no soy católico, por descreencia, 
y tengo que averiguar si soy o no cristiano, no estoy seguro de si depende de mí o si al haberlo sido ya no puedo dejar de de serlo, como palentino, que lo soy inexorablemente. Y no me disgusta, lo de la castellanía recia, el frío del invierno y los ritos de la navidad a semana santa y san antolín –pan y quesillo–, que marcaron mi vida. Aviso que yo utilizo la minúscula fuera de toda filología, como gesto de desprecio hacia lo que ha alcanzado lingüísticamente una falsa dignidad. Si se pudiera ver cómo hablo en un registro inmediato, se vería que también  hablo con minúscula y que digo los nombres de las dignidades así, con caja baja: decano, ministro, rey (aunque sea apellido), dios, genoveva de bravante... Mi word se vuelve loco corrigiendo automáticamente, y se rehace y vuelve sobre sí mismo para ponerse con mayúscula; pero yo también vuelvo y le tecleo nuevamente: word, universidad autónoma, santa margarita, españa, … Pero escuchen, sin embargo: Perico El De Los Palotes, Moco Templado, Subterfugio… A uno le salen al paso pocas opciones de arreglar el mundo o al menos de acomodarlo a su manera, a como mejor parece que estaría, y en mi caso el arma de las palabras es, por profesión, la más cabal. Lo único que no conseguí iniciar durante mis doce años palentinos fue la aventura del amor con cuerpo ajeno, que así de retorcido me sale ahora llamarlo. La primera vez que hice el amor con dama, muy tarde para mi vanidad, me salieron agujetas y tomé azúcar, como cuando corría para entrenarme, agujetas de tanto moverme por creer que la cosa iba con el grado de aplicación que pusiera a mis movimientos.


 Las monjas de Villandrando, en Palencia

Fue Balín el que me explico que se podía uno correr, si se hacían bien las cosas, hasta siete veces. La vanidad de antes no me deja confesar que yo voy cumplido con la de una y que a la de dos, dios y ayuda, y eso que no soy católico, como dije ut supra; lo digo por lo de dios y ayuda no por la entrega carnal, por la coletilla.    Se me han quedado cosas enquistadas en latín, porque casi casi alcancé a ser monaguillo con los jesuitas de san Francisco, me faltó algo más de latín y osadía. Solo una vez lo intenté, para poder tocar la campanilla mientras se alzaba el santísimo; pero respondía con murmullos ininteligibles al cura que iba a dar la comunión, que me lanzaba unas miradas con muy mala hostia. No volví a intentarlo porque había riesgo. Cuando me echaron del instituto supe que había riesgo porque me llevaron a los maristas “provisionalmente”, que era el único colegio donde me admitían, y un hermano me quiso tocar la campanilla; y de resultas de no dejarme me dio una buena paliza. Del instituto me habían echado ya que el profe, de literatura, don Agustín Tinajas, dijo que o me iba yo o se iba él: así se pusieron las cosas. “Diligencia de Carmona / la que por la vega pasas / caminito de Sevilla / con siete mulas castañas….” era su poesía preferida para empezar los ejercicios de lengua y literatura, nombre oficial de la asignatura; con nuestra corta edad nos la sabíamos todos. El google actual, que tanto daño puede hacer a nuestra memoria colectiva, recoge como versión en  muchos casos la que censura el nombre de los forajidos: “Tragabuches, Juan Repiso, Satanás y Mala Facha, José Cándido, el Cencerro y el capitán Luis de Vargas”. Al grito de “yo soy el Capitán Luis de Vargas” tiraba petardos desde los jardines del Salón al aula de don Agustín, que empezaba las clases siempre dirigiéndome la misma frase: “Usted, váyase a la calle”. Se pensaba que así iba a poder controlar la clase, el infeliz. O él o yo. Echó un órdago y lo ganó; sé que hubo tratos y conversaciones con mi padre, que era persona de peso social, amigo del obispo. Me llevaron a los maristas “provisionalmente” porque estábamos entonces pendientes de irnos toda la familia a Madrid. He pasado por el Jorge Manrique hace poco y quise ver, morbosamente quizá, el expediente de expulsión, que me consta existe; pero no me dejaron, que quién era yo para hurgar en expedientes. Hurgo en la memoria. Memoria indocumentada. A San Francisco también fui, por si me dejaban ver el cuarto de las calaveras. En obras todo y cerrado. Una onegé había. “¿Sois cristianos o católicos o qué?” les dije, porque no me dejaban pasar, y miré a la chica pensando intensamente en los siete polvos, porque me habían inculcado los jesuitas que si mirabas a alguien intensamente pensando en algo todavía con mayor intensidad y fiereza, la persona mirada recibía el equivalente a la acción imaginada con pasión. Le miré con siete polvos; pero claro, mi imaginación debió de sentirse desbordada y fuera de sus posibles, en realidad le estaba pidiendo que mintiera, y aquella chica, que no estaba nada mal, no parecía estar sufriendo mis pasiones, probablemente estaba sintiendo que le mentía y el desorden de mi pregunta. “Balín, ¿y a partir del tercero no duele?”. “No, no, porque tienes que hacerlo así”. Y escenificaba con gestos, posturas, escenas y recomendaciones. Por eso tengo tantas agujetas. 

Casa natal del vate en Palencia,    Casa en C/Lope de Vega, 21





               
Plaza Mayor (Palencia