Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas

lunes, 7 de marzo de 2011

IV. Concepto de "Literatura"

Hemos ido reduciendo el campo de las llamadas artes y literaturas al de las acciones, lo que es una reducción fácil que nos salva de cualquier equívoco, porque, en efecto, ser, estar, hacer y pensar son tareas primitivas de la condición humana,  a partir de las cuales podemos desplegar luego el universo de las acciones y sus resultados.
La llamada literatura se nos aparece en ese abanico de haceres con un sin embargo; se produce siempre que la acción elige el soporte del lenguaje natural y nunca de otra manera. Como el lenguaje natural se activa inicialmente de modo oral, la literatura habrá sido históricamente una variante del lenguaje oral (cantos, cuentos, gritos....), que se encauza también por escrito cuando la civilización alcanza ese grado, probablemente con el desarrollo social (comunicación a distancia y depositada). Y que se puede mezclar con otros muchos tipos de acción o reflejar de mil maneras cuando la riqueza de los haceres civilizados llega a ese momento. Y así es. Ya lo veremos.
La pregunta consecuente que habrá que hacerse, si venimos de negar o relativizar la exentidad del arte frente a la de otros objetos (artesanales, manufacturados, industriales, naturales....) y de otras acciones, es si lo que se ha llamado “literatura” difiere de otras acciones que se canalizan o depositan a través del lenguaje.
Obviamente –y no vamos a repetir razonamientos de I, II y III– eso no ocurre; bien sabemos que lo que se llama “literatura” es una etiqueta que históricamente se adhiere a productos y acciones del lenguaje en los que se cree ver elementos diferenciadores, que resultan imposibles de aislar, por dos razones. Primero, porque son valoraciones históricas y, como tales, sometidas a la inestabilidad de la historia y de las formaciones sociales, esto es: sirven solo para el momento en el que se enuncian. Segundo, porque el juego de elementos que definen esos valores históricos, si se analizan fuera de su espacio generador, de su formación social, son intensificaciones, variaciones, modulaciones, etc. –incluso con más nitidez, pertinencia, etc.– de los rasgos o valores que modulan las expresiones del lenguaje natural en cualquier otra circunstancia.
Particularmente ocurre lo que dice el párrafo anterior –y ello será cuestión de una entradita posterior– en la utilización del lenguaje con función estética; en su utilización como acto del lenguaje secundario o, lo que es casi lo mismo, con función no solo comunicativa; y en el uso del lenguaje como trasmisor de elementos imaginarios. Tres sustancias empleadas para definir la literatura que, sin duda alguna, se pueden encontrar en dosis diferentes en la utilización cotidiana del lenguaje.
No existe, por tanto, la literatura; existe un uso y objetos lingüísticos depositados a los que, históricamente y solo históricamente, se les ha calificado como “literatura”.

martes, 22 de febrero de 2011

Literatura y lugares comunes. De la REC, 4

Iba a contar en la entradita a  REC 4 de qué manera las páginas de aquella primera novela salvaron una tarde de adolescente aburrido y encendieron la pasión hacia un mundo mágico que la imaginación fue conquistando al compás de las lecturas; iba a describir una vez más la gozosa e inquietante emergencia de ese mundo interior que se agazapa esperando multiplicar la vida; pero recordé, mano en mejilla, las veces que ya había leído pasajes semejantes (de Garcilaso, Lope, Quevedo, Iriarte, Zorrilla, Martí, Unamuno, Carvajal, Bolaño…), las veces que había admirado cómo se expresó la emoción de la lectura; y preferí renunciar. Antes de abandonar esa primera idea, con todo, pensé en la posibilidad de rehacer el breve texto y justificar el abandono, precisamente, como motivo de esa situación, abocado a decir lo que ya se dijo mejor, justificando mi renuncia; pero cuando ya me encontraba decidido a hacerlo, se me representó nuevamente la lectura de momentos semejantes en mis lecturas: cuántas veces acompañamos al héroe melancólico que renuncia a la travesía del destino porque sintió que aquello no era ya ardua senda sino lugar de todos, y cuántas el silencio repitió con su blancura lo dicho y repetido, cuántas veces el silencio es la comunión con lo sabido, la aserción con lo leído y divulgado. La renuncia en señal de solidaridad con lo existente: ser y mirar. El desplazamiento me volvía a situar en un lugar deliciosamente concurrido de la historia literaria, en donde no tenía nada que hacer. Acudió en mi auxilio, entonces, produciendo un nuevo quiebro en mi voluntad, la posibilidad de justificarme nuevamente con la verdad, la de no rendirme: expresar, contar porqué el silencio era la mejor manera de decir; y entonces podría contar cómo, a pesar de todo, esa situación de lugar común experimentado tantas veces, amortizando la voluntad expresiva de nuestra experiencia, conservaba unas briznas de verdad, las que se habían reunido para que cada individuo se sienta, a pesar de todo, único en un lugar exclusivo del tiempo y del espacio. Poco me duró la ilusión, pues enseguida recordé que aquella visión entre romántica, burguesa y cristiana era un nuevo lugar común, sobre el que se habrán escrito varias tesis doctorales, posiblemente francesas. Tampoco podría enfrentar lo real a todo lo demás, enfrentar la vida a la literatura, al sueño, a la imaginación, a la creación; resolución que hubiera justificado un texto breve sobre la Literatura. Nada que hacer frente a esa ilusión, que terminaron por banalizar las ruinas circulares de Borges y su prole de epígonos. Terminé por pensar que lo mejor era, como estaba haciendo, escribir una introducción sobre las dificultades de la introducción, y claro, allí estaba nada menos que Cervantes, para empezar Cervantes. Camino vedado.


Ningún camino parece habérsele escapado a la literatura en su reflexión imaginaria sobre la vida. ¿Pasará lo mismo con cada tema, cada motivo, cada detalle de todo lo que te entregamos ahora a la lectura? El proceso, así encadenado, puede llevarnos a un punto lejano, desde el cual yo no sea posible distinguir realidad y literatura, al fin y al cabo porque a esa capacidad humana para dilatar su imaginación y su mundo interior en sucederse sin límites hemos convenido en darle un nombre hoy intocable: será literatura cuando lo expresamos. No existe la literatura como verdad objetiva, desde luego –y este texto se ha de insertar en la serie que lo va exponiendo–  pero sí que existe un fenómeno cultural, derivado de las condiciones humanas, al que hemos denominado −en momentos de exaltación− históricamente “literatura”, y que luego nos hemos afanado en adjetivar con lo que, en cada caso, se nos ocurría, para desesperación de teóricos sesudos. 
Y todo parece haber ido a parar a ese inmenso lugar, tanto o más ancho que la misma vida, y sin embargo perteneciente a ella, que nos empecinamos en calificar de modo peculiar, como ocurre con tantos vocablos, de esos que se nos deshacen cuando se analizan con unas migas de sensatez (patria, fe, literatura…), que se nos deshacen en la coyuntura histórica que los produjo y en el aferramiento de los individuos a su parte irracional, para justificar condiciones de su existencia.
No hay modo de defender el contenido de luna revista literaria o de una actividad académica con estos supuestos: todo lo que sigue son repeticiones, amagos de renovar la dicción hasta encontrar el modo más ajustado de relatar conductas y sentimientos, malabarismos lingüísticos para que provoquen algún hallazgo feliz, considerandos sobre lo que se mantiene en el mundo imaginario de quienes transitan constantemente por él, diálogos con quienes intentan salir del atolladero de nuestras sociedades… 
Todo, en efecto, todo son repeticiones; nuevamente menos un accidente: el del hito histórico en que se producen. Y aunque el universo juegue a repetirse en el infinito espejo del tiempo, del cosmos, y nosotros con él, “nadie me quitará mi dolorido sentir”, todos habremos de cumplir un segmento del tiempo –ese fenómeno incomprensible—y necesitaremos asumir desde esa minúscula parcela el gigantesco proceso al que nos parecen haber arrojado. Sin embargo, sin embargo, cuando acabo de incurrir en esa frase contundente, dramática y aparentemente conclusiva, recuerdo la cantidad de veces que el buen escritor nos ha llevado a experimentar una situación semejante, cuántas ha levantado un mundo imaginario para que experimentáramos el pánico de un individuo asido a un tiempo exiguo frente a la vastedad, la inconsistencia, el vértigo; cuántas ha intentado salvarlo mediante pilares eternos, o destruirlo como barro… Todas las posibilidades parecen haber sido recreadas por la literatura. No parece que podamos escapar. 

viernes, 11 de febrero de 2011

Lección primera y la mar de sencilla para cualquier clase de Literatura

I. LA LITERATURA ES UN ACTO

Y con esa primera indicación habríamos de volver a las raíces de su conceptualización para reconstruir cabalmente la sencilla red sobre la que se encaramó la historia hasta confluir en la moderna aparatosidad superficial de lo que nos rodea.

El ser humano actúa y cada vez que actúa puede producir una nueva escena, o puede producir un objeto o un proceso, o puede verbalizar algo. Cualquiera de estas variaciones tiene sus circunstancias históricas, que se esclarecen y distinguen cuando el historiador las rehace mediante el conocimiento histórico o la investigación.

Quedémonos, por ahora, con que el ser humano, por tanto, al actuar en una de las direcciones, consigue “hacer” objetos. El progresivo enriquecimiento y desarrollo de las condiciones de vida y del conocimiento humano repercuten en esa posibilidad de creación, que termina por ser extraordinariamente rica, diversificada. En principio –principio histórico, sobre todo– la creación de objetos pasa de ser elemental a tener  algún tipo de función: cumplir con sus necesidades, creencias, vida social, placer, etc.

La creación de objetos puede ser un acto individual, gremial, corporativo, social, incluso diacrónico (crear a lo largo de un periodo de tiempo); durante el proceso, el artesano que ejerce esa tarea integra el proceso y su resultado en su propio universo mental, piensa sobre él y recibe sensaciones y conocimientos que derivan de la creación de ese objeto, así como de los que crean los demás, y de su utilización. Es característico de la actuación humana la complejidad, no la reducción a una sola función, de todo tipo de acciones: objeto no solo para comer, caminar, leer, sobrevivir, abrigarse...., porque su propia naturaleza pensante es compleja y percibe y asume el mundo que le rodea de manera pluridimensional, no solo como percepción sensorial, sino como percepción sensorial asociada a procesos mentales muy variados (memoria, voluntad....)

Algunos de los derivados de ese proceso y de su asunción van a resultar, andando el tiempo, espectacularmente desarrollados. En principio, siempre nos parecerán “valores” de ese proceso la correcta o refinada adecuación de ese objeto a sus funciones (una vasija, una prenda de abrigo, un refugio, un artilugio...); cada vez que uno de esos objetos logra su función producirá el sentimiento de satisfacción y logro en quien lo ha creado o en quien lo utiliza. Semejante tarea crea técnicas que, a su vez, producirán, con su refinamiento, nuevos objetos y nuevas técnicas. La sensación de “placer”, “gusto”, “satisfacción”, etc. habrán comenzado siempre por estar asociadas a esa conjunción de finalidad y funcionalidad que nos suministra un objeto creado.

Y he aquí que, históricamente, artesanos de distintos campos, han ido derivando sus creaciones para intentar producir ya no solo la utilidad de sus objetos, sino esos efectos de “placer”, gusto”, “satisfacción”, “complacencia”.... –e inmediatamente otros muchos posibles: inquietud, angustia, terror, evocación....– relegando a segundo plano la funcionalidad del objeto creado, o incluso anulando esa finalidad. En el primer caso asoman los conceptos de “gusto”, “belleza”, etc. El segundo, más radical, da paso al concepto de “arte”, autónomo.

La primera conceptualización no me cabe en menos palabras, y eso es lo que solemos llamar “esquema”, que perdona flecos y derivados para acudir a los pilares. Lo completaremos enseguida con la referencia al universo verbal (es decir, a la literatura). Universo teórico que se puede hallar prolija –y cumplidamente– expuesto en libros de pensamientos y erudición, los que van de Wotton  a Shiner, en la crítica americana; los que pivotan en torno a Althuser en la europea –con su extenso y rica proyección en los ensayos de Juan Carlos Rodríguez entre nosotros. A lo mejor hasta podemos, al cabo de las lecciones sencillas, entregar una mínima bibliografía, nunca tan importante como el entendimiento correcto de los conceptos básicos.

jueves, 27 de enero de 2011

De por qué no existe la Literatura (Silva en homenaje a mis alumnos de la UAM durante este curso 2010-2011)

Hace ahora unos cien años
que se perdió definitivamente
la costumbre de escribir y decir
lo más difícil
–que habitualmente coincidía
con lo más emotivo–
mediante una musiquita verbal
que la tradición mejor aceptada
venía denominando poesía en verso.
Hubo de ser la pérdida porque el artilugio,
gastado y vulgarizado, ya no servía
para decir nada de nada,
gorgoritos, exabruptos sociales,
caprichitos de enamorados,
depresiones de adolescentes y de inmaduros....
eso acabaron por ser finalmente
aun cuando se los engalanara con los fastos
antojadizos de la distorsión,
recogidos en los rincones,
en lugares no frecuentados, que llamaron
vanguardias.
Y el caso es que desde mucho antes,
en nuestra sociedad,
por lo menos durante quinientos y pico de años,
se creían, cada vez que se sometían
a tamaño ejercicio de pericia
verbal y rítmica, que hacían algo distinto
a hablar, a emplear palabras,
pues eran palabras concertadas, que al fijarse
de manera peculiar se les confería
una cierta cualidad y valor
de permanencia, como si pasaran a ser
perlados privilegios de memoria,
para reproducirse sin esfuerzo,
de lo que se deriva imitación
en fórmulas parejas, sobre las que,
los más afectados por aquella propiedad
–que en principio poseían naturalmente–
se lanzaron a meditar y produjeron
el primer desarrollo de una nueva
disciplina, que vamos a llamar preceptiva,
que así entonces y aun mas luego se llamarían
hasta llegar a rodríguez pequeño
y albadalejo, entre otras derivadas.
Curioso era como algo que en rigor no existía,
más que cual distorsión o acendramiento
y variedad de la lengua común natural,
desarrollaba de ese modo
a su lado un nuevo campo, lo que hoy llamaríamos
una ciencia auxiliar. Nada sobre nada. Nada.
Hábito es de la humanidad
ese juego de vientos en el aire,
las más de las veces como materia consciente
o incoscientemente interesada. Pero aquella
nada envenenó el prurito desarrollista
de la humanidad, engatusada, hasta feliz,
creyendo que podría obrar
como le diera la real gana
empleando aquella facultad natural del habla.
Hasta tal punto esto fue así, que a poco
tiempo se convirtió en quehacer de todos,
y vinieron los distingos, las clasificaciones,
modalidades y los demases. Era la era
en que las definiciones se daban por buenas
con poco temor de dios, al que muchas veces
se referían, en último término, como
inexplicables en los ámbitos de un feroz
organicismo, con sus resquicios y fronteras,
bien es verdad. Ha llovido cien años
desde entonces y aun aun no hemos establecido
las bases de este tinglado que da de comer
a nuestros profesores de literatura,
que van y vienen y recitan versos
endecasílabos de Garcilaso,
hablan de la estructura de la novela antigua
y se entregan a otras diabluras inconsistentes,
de poco fiar, que en los planes de estudio
–que suelen ser los planes
de integración de descarriados en cajoncitos
de pensamiento controlado–
se organizan según los intereses domésticos
de un gentío desmesurado,
al que se llama profesores,
gente por lo general gris,
mediocre y de poco valer
que compra corbatas de seda en los aeropuertos
y con su primer sueldo adquiere varios calzoncillos
de Calvin klein, gente que usualmente atrofia o pierde
la capacidad de hablar de modo natural
y espontáneo y que maldita la idea que tiene
de su campo de trabajo y sus competencias.

Volvamos empero a aquella lamentable pérdida
de intentar decir rectamente, 
que hurga que te hurga hemos alcanzado a convenir
que es cosa que viene con las palabras, esto es,
con los ruidos o garabatos
a los que encomendamos, debi
damente trabados: el proceso necesario
de la comunicación. Podríamos hacerlo,
comunicarnos también de otras maneras, cierto,
verbo y gracia
mirándonos a los ojos, tosiendo, llorando,
recitando con el dedo en la espalda
un corazón, como escribe maría,
gritando, haciendo señales de humo, con palomas,
poniéndonos una corbata con el pijama,
pero la comunicación
encomendada a las palabras
constituye un modus operandi
concertado y universal que caracteriza
a todas las tribus humanas;
goza de tanto prestigio como imprecisión.
Y la imprecisión es lo que envenena a los que hacen
versos, gente desesperada
que desde hace cien años
huye y huye sin acabar
de escapar para lograr decir algo
que no podremos explicar
porque entonces lo diríamos y es que no, que no.
Alrededor de esta angustiosa
situación de los hacedores
de versos, a veces llamados también escritores,
se ha venido a generar una industria especial,
como la de Lourdes, quiero decir, derivada,
basada en lo que no sabemos,
y la sobre dicha industria hueca ha generado
toneladas de productos que han servido para,
debidamente distribuidos y consumidos,
retroalimentar –como se dice ahora– al fantasma
de la literatura. A desarrollar cumplida
mente la creencia de que existe
una cosa que es la literatura, cuando en verdad
lo que existe es una actividad
histórica que hemos llamado literatura,
cosa harto diferente,
como voy a intentar seguir demostrando ahora
en este discurso, que tiene
la carencia de que va sobre palabras, contra
corriente, dificultades que habrán de vencerse
con una de las más nobles situaciones que
confiere carácter a la relación profe-alumno:
la de la docilidad. Yo te enseño discípulo,
amado, lo poco que sé cierto, y te presento
como duda todo lo que
no ha conseguido la certidumbre
en mi estimación; tú, caro discípulo, toma,
recibe esa doctrina conociendo
cuál es mi intención, no dudes de lo que te doy
te lo presento como objetivo y como cierto,
que Cervantes nació
en 1547 y que no hay tiza
en la clase.
Pero ay ay ay que ese concierto
exigiría que el llamado profe
estuviera seguro
de lo que sí y de lo que no
está seguro, de lo que opina y discerniera
entre lo objetivo y lo opinable, materia ardua,
con resabios ideológicos, que nos lleva a una
conclusión hiriente: a los profes
clasificables como de “de derechas”
les resulta muy complicado
cumplir su noble tarea, porque han asumido
mayor cantidad de verdades,
incluyendo las que andan
por ahí como opinables, discutibles, falsas.
Es mejor profe el escéptico,
el inseguro, el que me da que no,
el de vaya usted a saber, etc.,
retahíla que se suele ajustar –mas no siempre–
al llamado profe de izquierdas,
o dicho de manera más sutil,
al que tiene muy pocos dogmas en su magín
y aun esos estaría dispuesto a discutirlos
y a renunciar a ellos
si le convencieran con razones y discursos.

Pero decíamos que no,
“no existe la literatura”;
y entonces ¿qué es lo que me hace llorar
cuando leo una rima
de Bécquer? Imposible enumerar
el conjunto de rasgos
que nos ayuden a diferenciar
el volverán
las oscuras
golondrinas
del más coloquial “los gorriones ya están aquí”,
porque a cada motivo
que enumeremos, fácilmente
saltará el listillo y  dirá
que, si es estilo, está en el lenguaje publicitario,
infantil, y en el de los vicerrectores cuando
intentan ponerse estupendos;
que, si es el tema,
no hay modo de encontrar
los que son exclusivos de la literatura;
que si es la invención –el más sutil de todos– hasta
Hayden White convenció 
a los historiadores
de que ellos también inventaban cuando escribían,
y no sería nada difícil demostrar
la invención –en el contenido,  en el artificio,
en la presentación, el conjunto, etc.–
del Diccionario de la RAE o de las clases
en mi universidad de mis colegas
los lingüistas. Se escurre el concepto, que ha creado
una industria auxiliar y feroz, prestigiosa,
que embadurna la sabiduría de filósofos,
historiadores y críticos –la de los teóricos–,
que debidamente organizada, presentada
como logro, injertada
en el plan Bolonia, y demás
zarandajas, dará de comer a buena parte
de los humanistas de este país, de países
que se dicen desarrollados.
¡Pero hace falta la teoría!
me protestan de todas partes.
Claro, claro. En realidad
con “hace falta la teoría”
no dicen que mis alumnos de la Autónoma tengan
que estudiarse los géneros literarios con
rodríguez pequeño, lo que en verdad dicen es
que los humanos piensan
y como los humanos piensan
las cosas suceden dos veces:
una en la realidad
o en el exterior, la otra
en sus cabezas,
por donde pasa –por casi todas– y no puede
pasar con su realidad a cuestas, trabajosa
mente, sino adecudamente
disminuida a esquema mental,
capaz de ser integrada en la máquina
del cerebro, del que tardaremos en saber
mucho tiempo cómo funciona;
a ese “pasar” le llamamos teoría,
sobre todo cuando combinamos el conjunto
de los que se van amontonando de algún modo
para construir la red de nuestra perplejidad,
que se llama conocimiento.
Solo la animalización
–proceso que entra en fases
de crecimiento en señaladas
épocas históricas, como la nuestra– ofrece
no resistenica  a la teoría, sino
asepsia y molicie,
para que la teoría circule por los altos
andamios del cuerpo sin romperlo ni mancharlo.

Quizá de esta manera
lleguemos al punto que quisiera defender,
queridos alumnos, con el que pueda concluir
este exabrupto invernal, provocado
quizá por el desamor que barrunto en S.S.:
no existe la literatura,
pero existe una actividad
y una industria creadas en torno a ese concepto
hueco, que proyecta sobre una
parcela natural del quehacer humano, existe
una actividad –decía–­
a la que se ha convenido en llamar
“Literatura” que, por el papel
histórico que ha jugado en nuestra sociedad, 
en nuestra historia, es muy importante. No es lo mismo.

miércoles, 26 de enero de 2011

La REC número tres. Libertad y Literatura


La literatura, por su aspecto creativo, tiene mucho que ver, todo que ver, con la libertad; con la libertad necesaria para el desarrollo de las facultades del hombre, es decir, con la cultura como espacio de posibilidades. Explorando esas posibilidades se logra fortalecer los ámbitos de la libertad, de nuestra exigua libertad, querido lector; mientras que la retracción y el apocamiento nos limitan. Con la REC hemos seguido intentando elevar y no rebajar el nivel de nuestra capacidad para entender y crear a partir de un instrumento natural que todos poseemos: el del lenguaje. En los años finales del estructuralismo a mediados del siglo pasado llegó a prohibirse como tema “serio” en congresos, reuniones, ensayos, el de los orígenes del lenguaje. Puede que ocurra algo similar, tal y como vienen las cosas, sobre el futuro de la cultura que se asienta en la capacidad de expresión mediante el lenguaje, pues entre los muchos rumores que discurren sobre el universo a comienzos de este siglo, uno hay que afecta directamente a nuestras tareas literario-filológicas en general y a la REC en particular: dice que la humanidad camina hacia la desaparición del lenguaje. El rumor tiene ya sus monografías (verbo y gracia, When Languages Die, de K. David Harrison) inglesas; adelanto de las que vendrán en francés y, un poquito más tarde, de las versiones españolas. Lingüistas, historiadores y antropólogos no se ponen de acuerdo, sin embargo, sobre cuáles serán los procedimientos de comunicación natural que pueden sustituir al del lenguaje; o si se va a tratar de una nueva era en donde la comunicación entre humanos se reconvierta en sabe dios qué galimatías. Habituados están quienes trabajan y lucubran sobre el destino del cosmos a tratar el tiempo con medidas desaforadas; nuestra imaginación se pierde, sin embargo, cuando llegan los millones de años (“luz”, suelen añadir para mayor turbación). Las cábalas con que nos iluminan, por lo demás, al proyectarse desde las condiciones actuales, son habas contadas: podrían ser procedimientos naturales apegados a los sentidos (comunicarse solo por la piel, solo por el olfato, etc.), entre los cuales el de la vista se lleva la palma, por el avance del mundo de las imágenes. Es decir: atrofiaríamos la lengua natural para emplearnos a fondo con imágenes, lo que, se suele decir, es más exacto, mejora las comunicaciones: te enseño una estampita con un plátano o un plátano canario o el esquema de un plátano en vez de decirte plátano; te hago llegar el rumor del viento −o te soplo al oído en vez de decirte huracán. En fin, banalizaciones son de un tema que, a la larga, será muy serio; el anticipo mental de lo que pudiera ocurrir no encuentra soluciones para lo que pasa hoy: a ver cómo les decimos a los extraterrestres con imágenes que “la idea de libertad es hermana de la autonomía estética”, sentencia nuclear de la filosofía estética. ¿Traducirán en aquellos nuevos tiempos del futuro los técnicos la Estética de Adorno a otro lenguaje, por ejemplo a un lenguaje combinado de ruidos, imágenes y estímulos sensoriales varios? Y ¿harán lo mismo con “En el corazón tenía / la espina de una pasión, / logré arrancármela un día, / ya no siento el corazón”? En el primer caso el lenguaje necesitaría sustitutos conceptuales muy serios que a lo mejor no encuentran modo alguno de corresponderse con un batiburrillo de la realidad o con un invento técnico; en el segundo, sustitutos artísticos de no menor calibre que, sencillamente, contravendrían el estatuto que solemos admitir para la obra de arte ¿Editaremos, entonces, correctamente los versos del Libro de Buen Amor con solo mirar a los ojos de Roberta Alviti, sin necesidad de leer en REC 3, en este número, las explicaciones sobre el enigma paleográfico que encierran? ¿Bastará con acompasar nuestro paso al mucho más rápido de Mario Hernández para escuchar los tonos y sentir los aromas de inciertas violas, mientras desgranamos versos de Garcilaso? ¿Saludar a Antonio Carvajal será como leer la “transparente hermosura” que llevan sus versos?... Y todo ello sin leer REC 3, la revista que tienes en las manos, querido lector, la revista de donde voy espigando los ejemplos. Y no sigo, no sigo porque ¿dónde y cómo viviría ese lenguaje criollo argentino,  borracho de giros, expresiones, matices llenos de vida que han bombardeado muchas páginas de este número? Y por referirnos a lo ya dejado y hecho, ¿tomar un café con Hipólito Navarro será como desayunarse con un cuento y no con una magdalena? ¿Desterrará la magdalena del café del desayuno de Hipólito Navarro a la magdalena más famosa de la historia literaria universal? Infinitos son los caminos del señor, y no quiero yo seguirlos, por el momento. En todos estos casos que acaban de acorralarnos ¿habríamos captado lo que hoy nos trae el lenguaje, lo habríamos asumido sin hacimiento es un término que suelo copiar del Abecedario de Osuna, el franciscano de la Salceda, rebrotado en textos hispanoamericanos de la independencia de voces ni visión de garabatos? Se quedarán sin trabajo los fonetistas, los retóricos del New Criticism, el Grupo M, los sucesores de Lausberg y de Morier… Y libros tan emblemáticos, como la ortografía del entrañable lingüista español José Polo, se venderán en los VIPS planetarios por cuatro perras. Ya se ve que un solo cambio en cualquier lugar del sistema orgánico natural produce el trastorno del universo. Todo organicismo es pernicioso cuando se contempla la infinita complejidad de cualquier objeto sencillo; y sin embargo, como animales racionales, necesitamos una cierta mentira teórica que nos eleve desde la infinita riqueza del universo a nuestra capacidad de comprensión. En la REC, para no perder de vista nuestro espacio, aceptamos desde los objetos más complejos (un manuscrito, un cuento, un poema…) hasta los distintos grados de elevación teórica, incluso hasta aquel que, de vuelo tan alto, de altanería, se olvida de lo que le produjo el impulso inicial y teje un universo de conceptos.
Volviendo a la utopía de una comunicación sin lenguaje. La autonomía del objeto artístico, por lo demás, sería desvirtuada con aquel simulacro nuevo. El viejo arte, este que nos da el pan de cada día, quedaría arrumbado acabo de pasarme al potencial, cada vez lo veo más irreal como recuerdo de una prehistoria oscura, que quizá se estudiara en alguna universidad perdida del futuro cosmos, adonde irían los erasmus de todos los países a aprender humanidades. Y habría un arte nuevo basado en los modos de comunicación o de incomunicación y una manera de trasmitirlo hoy por hoy inconciliable con el que nos ayuda a soportar el peso de la existencia. Ese sería el progreso.
El mito del progreso se nos está cayendo desde hace más de cien años –atacado por los posmodernos--, y mira que está enquistado en las sociedades capitalistas. Ese intento desesperado por casar tiempo, progreso y acumulación de capital arrasa con casi todo lo que no fagocite el mercado. No vamos a insistir en ello. Se asienta en otro pilar que se nos ha colado de rondón y es más que discutible: el de la especificidad, compartimentación, especialización, etc. Notad que son palabras larguísimas, que necesitan de montones de sílabas para hacerse valer, para hacerse pasar por palabras; vamos, que quedan lejos de “sí”, “no, “sol”, “mal”, “mar”… Desconfiemos de que esas palabras nos reenvíen a algo que signifique progreso: constituyen la parte pedante del lenguaje, la que disfraza la realidad con un falso adorno, con el empaque que busca asombrar más que decir. La espesura de la teoría se obceca con ese vocabulario. El obrero industrial inglés debe ser maravilloso en su tarea específica de construir la tuerca número 27 y ajustarla a la bisagra 348KLxc, el mejor del mundo; con eso, un poco de televisión, mucha cerveza y un buen partido de fútbol tiene cumplida su existencia y ejerce función social. Y nadie debe salirse demasiado de esa función, que le da de comer, le integra y le sujeta los errores de la imaginación. Frente a esos dos mitos, mantenemos la sospecha –es retórica: la convicción— de que no todo paso del tiempo es progreso porque sí y de que la complejidad sustenta nuestro modo de ser y de estar, que no es un mal, y que haremos bien en asumirla. Si estas breves líneas no fueran lo que son, un delantal inocente a REC 3, hubiera puesto a pie de página alguno de los argumentos de nuestro mejor prosista en aquel lugar “de las Indias equivocadas y malditas”, cuando del ocio se pasó a las doce horas en las minas de plata.
Por ahora la lengua es un don gratuito con el que podemos trazar ámbitos de libertad; y habrá que luchar para que no mengüe o retroceda. Hemos vuelto a la REC, querido lector, como lugar abierto, complejo, gozoso, confuso, en donde intentamos mantener en tensión, mediante la lengua, nuestro modo de expresión por ahora más completo, esa posibilidad de crear, pensar, imaginar, criticar, decir, que es inherente a nuestra condición histórica desde hace siglos, y que nos mantiene arrinconados, pero milagrosamente libres. 

domingo, 12 de diciembre de 2010

Segunda clase de poética. Sobre el concepto de Literatura.

A mis queridos y amados alumnos de la UAM, que poca culpa tienen de haber caído en ese lugar y de que anden estudiando Filología, que digan lo que digan, no se sabe muy bien lo que es. Tampoco existe la literatura, cuestión que les solicité, a traición, el primer día de autos, en un aula que Bolonia llenó con unos 110 pupilos. Sin embargo, sin embargo.... "Existe una actividad que produce un tipo de discursos que se suelen llamar Literatura" (Jauralde), y esa actividad y sus alrededores sí que son importantes.
A ellos esta clase de poética de poca monta, con los ritmos usuales del más melodioso de los metros, por ahora, para que lo vayan recitando en voz alta.


Voy a mostrarte cómo hacer los versos.

Mira la rapidez con que el enfático
suena si te lo llevas recitado;
distinto que este cuarto, que es heroico.

Con elegancia refinada va
el primer sáfico que así nos suena;
en tanto que el más largo suena menos.
Brilló siempre el melódico por dulce,

será el más cantarín de tantos ritmos.
A todos los que partes por la sexta
les puedes rematar, dulce y sonoro,
con esa brusquedad tan gongorina.

De viejas danzas parecen venir
los que quisieran bailar en las plazas.
Como si se vaciara terminamos.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Una vieja polémica sobre arte/vida

A raíz de una desafortunada polémica periodística actual –de la que no voy a tratar aquí directamente–, así como de la prohibición de una película (Serbia) o de la censura de algunos “blogs" (Into the Wild), etc. he tenido que razonar, desde la vertiente de profesor de literatura, por ejemplo y nuevamente, algo que ahora hace un año aproximadamente salió a la palestra, con motivo de una narración en la abundaban las escenas de lo que ahora se llama “violencia de género”, lo que provocó la condena fulminante, mayoritaria y explícita de la narradora.
Así, directamente, sin entrar en mayores consideraciones no se puede condenar  una obra creada como producto de la imaginación en campo libre, porque inmediatamente tendríamos que juzgar a Agatha Christie por los crímenes de Hércules Poirot o a Antonio Muñoz Molina por pederasta; de manera que conviene siempre distinguir entre lo que es tema, argumento, motivo, etc, de una creación artística, sea del género que sea, y la realidad. Los niños “juegan” a matar indios (bueno, ahora, pokemos y seres extraños y galácticos) y me parece que, mientras sepan distinguir juego de realidad, eso no les proyecta directamente a la delincuencia, ni siquiera a la violencia. Aunque parezca mentira este argumento todavía necesita exponerse y razonarse para convencer a quienes confunden realidad y arte; no es extraño, ya le ocurría a Sancho Panza, que era incapaz de distinguir entre “poesía” e “historia”, como se decía en la época.
Pero tal argumento, que hasta lo he oído –menos mal– en labios de nuestra siempre admirada Esperanza Aguirre tiene sus peligros; y el peligro que tiene es un componente fundamental en todo este aparato o rifirrafe. A lo que hay que referirse inmediatamente para no simplificar las cosas es a ese peligro, que en realidad es  una demostración por la vía  fácil de la presunta autonomía del arte que trae debajo del brazo una falsedad. La imaginación es libre o, como yo suelo argüir, nadie puede controlarla (pueden restringir su ámbito mediante el curioso procedimiento de agotar sus funciones dirigiéndola hacia campos inocuos, como el del fútbol; pero eso es otro tema). Sin embargo el resultado de la imaginación creadora es un objeto de arte que –y esto es lo importante– pasa a ser inmediatamente un objeto más de la vida real, mal que les pese a los artistas. De manera que los desnudos de Tiziano son cuadros, arte, y no hay por qué escandalizarnos; pero Felipe II encargaba esos cuadros para solaz de su lujuria y satisfacción bien real de su vista: el arte volvía a la vida y se imbricaba nuevamente con ella, desde un estatuto peculiar, el de haber sido concebido en estado de libertad. Y así ocurre con todo el arte y con todas sus circunstancias por más gorgoritos que nos hagan los defensores de la autonomía del arte. Lo cual se demuestra andando: dadme cualquier objeto artístico, que yo lo consumo tal y como venga (lo oigo, veo, palpo, huelo, entiendo, dejo de entender...)
Escena de la película "Serbia"
Con esta vuelta del argumento que defiende el “compromiso” del arte como circunstancia o discurso normal en cualquier formación social, complicamos el campo, que es de lo que se trata, pues casi siempre la devolución de un tema humano de múltiples aristas a su complejidad suele ser un acierto, al menos en el planteamiento. Y muchos problemas no pueden más que plantearse.  Es lo que hago cuando juego al ajedrez con mi churumbel: paramos la partida cuando ya se ha planteado una red de posibilidades, sin acabarla.
Vuelvo al arte. Podemos dejarlo así, abierto, o podemos avanzar, al menos, una pauta general que nos ayude ante la perplejidad.

Sea este: la libertad artística que se proyecta desde la imaginación produce un resultado a modo de “hecho artístico” (en realidad “discurso”, pero bueno), que se origina y va a una determinada formación social en donde va a cumplir una función “real”; es competencia del artista no solo la creación de aquel objeto sino la valoración en términos de conducta –individual, social, histórica, etc.– de su impacto. Resortes y resultados de la creación son raseros adecuados que pueden intervenir en el proceso.

Ya seguiremos.

sábado, 23 de octubre de 2010

Literatura, pornografía y erotismo (V y final). Literatura, subjetividad y evidencia


Casi se definen los conceptos por la sucesión de imágenes del cuaderno. La primera se obtuvo de una revista de poesía actual  (Revista de Literatura Mexicana Contemporánea; el poema es de Víctor Toledo). La segunda serie procede del archivo del corazón de quien escribe. La tercera serie es la más perturbadora, desde luego, universalmente, y no necesita más que el esfuerzo –pertenece al campo de las zonas socialmente prohibidas. Puede que sea un ejercicio de liberación y una proclama recogerlas y exponerlas.