Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

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martes, 25 de octubre de 2011

Alonso Cano y Quevedo, una historia del Siglo de Oro


Del taller de pintura de palacio a la calle Hileras apenas hay unos veinte minutos de camino, si se va, como es lógico, atravesando el huerto de la Priora, de manera que cuando don Alonso llegó ya tarde a su casa le extrañó encontrarse con la puerta del obrador abierta. Era el diez de junio de 1643 y la luz del atardecer madrileño coronaba de amarillos los tejados de palacio y de la iglesia de Santa María, de manera que entró en la casa con la luz del día enredándose con la penumbra y subió hasta el aposento donde sabía que su mujer descansaba, pues le habían sangrado hace poco, y se había quedado en la cama. Allí seguiría, quizá dormida, pues no salía ruido de la casa. La extrañeza fue en aumento cuando vio el desorden de la entrada, el de las estancias, el de la cama, en donde se intuía la presencia de un bulto, quizá de un cuerpo. Unas horas después el revuelo en torno a la casa del “pintor del Conde Duque”, don Alonso, era completo y las gentes se arremolinaban: al parecer el cuerpo de su joven esposa yacía en la cama, cosido a puñaladas, y no se sabía dónde estaba el modelo, aquel mendigo joven y macilento que le estaba sirviendo, desnudo, para los varios encargos de cristos crucificados que el pintor Cano había terminado o estaban a medio hacer. 
Sacado de su casa entre alguaciles, don Alonso fue llevado a la cárcel de la Villa, entre comentarios de los vecinos que más de una vez le habían oído discutir con su joven esposa, demasiado joven quizá para un hombre ya maduro. Contaron los alguaciles que el cadáver sujetaba en la mano una mata de pelo del presunto asesino; pero que eso no era prueba concluyente, pues el pintor hubiera podido pagarle para que cometiera el asesinato. 
Durante los días siguientes se extendió el rumor de que en la cárcel, Alonso Cano había sido sometido a un duro interrogatorio, aplicándole incluso tortura, sin que llegara a confesar nada. De hecho, poco después desapareció del barrio y de Madrid, sin que nadie supiera a donde se había ido a superar el amargo trance y a huir del escándalo. Se dice que se había refugiado en un monasterio valenciano. El caso es que muchas cosas quedaron por hacer o por terminar, tanto en el obrador de su casa en la calle Hileras, como en el taller de los pintores en Palacio, en donde se tuvo por prudencia descolgar dos cuadros representando viejos reyes, de los mejores de una serie que adornaba el salón dorado de Palacio.
Sin embargo la huella de aquel crimen se fue difuminando poco a poco, y Alonso Cano volvió un  buen día a sus tareas normales en Madrid. Nadie le reprochó nada, tampoco cuando volvió a Granada, su tierra, en donde volvió a casarse y a trabajar para la iglesia, sobre todo en la catedral.  La verdad es que aún tendría larga vida y mucha tarea artística.


A su vuelta a Madrid, sin embargo, le busca o se encuentra con él José González de Salas, el erudito amigo de Quevedo, que había ayudado a preparar la edición de sus poesías, sin alcanzar a terminarlas. El Conde duque ha desaparecido del mapa (en enero de 1643) y Madrid anda revuelto: vuelven algunos de los represaliados, desterrados, condenados, entre ellos había vuelto don Francisco de Quevedo, al comenzar el verano de 1643, que ha pasado un año en la corte, antes de viajar a La Torre y luego a Villanueva de los Infantes, donde acaba de morir (setiembre de 1645).
Alonso Cano que había coincidido con Quevedo durante el trágico año de 1639, en el círculo del mismísimo Conde-duque, había dejado de esculpir la estatua –es un busto– de Quevedo, cuya figura física sin duda le atrajo, cuando el escritor fue sorprendente y repentinamente detenido y llevado al convento de San Marcos de León. Por eso se aviene a trabajar con González de Salas, los dos son "perdedores", para dibujar los grabados de la colección de poesías (póstuma). El pintor dibuja una preciosa lámina de Quevedo laureado; y luego concierta que sean más, tantas como musas, que son las que aparecen en la edición El Parnaso español (1648). Sin embargo, el busto, queda sin terminar, como le comenta a su discípulo Herrera Barnuevo.


viernes, 17 de junio de 2011

Alonso Cano, autor del busto de Quevedo de la BNE


Hoy he charlado en la Biblioteca Nacional de España, por gentil invitación de los responsables de su museo, del busto de terracota de Quevedo, que forma parte de su colección artística desde los orígenes. En muchas entradas anteriores de este cuaderno he ido adelantando detalles y caminos de una tarea investigadora que me ha llevado muy lejos, en temas, espacios, documentación..... y que he culminado, en la medida que estas cosas se culminan, con la afirmación de que el busto fue obra de Alonso Cano, el artista granadino. 
Las razones, largas y ajustadas, habrán de exponerse de modo erudito en algún tipo de artículo, que me gustaría publicar en nuestra revista Manuscritcao; pero bien merece que adelante ahora lo esencial y traiga a pantalla unas cuantas ilustraciones.
Esencialmente, la cabeza, modelada del natural, representa a un Quevedo adulto, pero fuerte –no un anciano desmayado o enfermo, como cuando sale de la cárcel de San Marcos de León, en 1643–; los documentos viejos hablan de la autoría de Sebastián Herrera Barnuevo, prácticamente imposible si se piensa que sus primeras obras, como aprendiz de Alonso Cano, son de hacia 1640, con poco más de veinte años. 
A Quevedo se le ordena ir a Madrid a finales de 1638, el mismo año que se le dice a Alonso Cano que vaya a la corte, en este caso como maestro de dibujo del príncipe, entre otras cosas. Ambos coinciden entre enero de 1639 (cuando Quevedo llega) y diciembre de 1639 (cuando se le encarcela) en el círculo palatino de Madrid (con Juan Isasi, González, Velázquez....) y allí en palacio –o en su estudio de la calle Hileras– Alonso Cano comienza a modelar el busto, que se queda sin terminar cuando el escritor –para sorpresa de todos– es detenido. 
Cuando Alonso Cano vuelve a Madrid (1645), después del episodio del asesinato de segunda esposa, Quevedo ya ha muerto. Su editor, González de Salas, le pide que colabore en la edición de las poesías, que aparecerán con el título de El Parnaso Español (1648). Alonso Cano le muestra un dibujo del poeta laureado e idealizado, que se conserva hoy en el Museo del Prado; y González de Salas le pide más detalles, más dibujos y, quizá, menos idealización. Así lo hace el granadino. 


Juan Noort –que acaba de grabar los dibujos en el libro de las exequias de la reina Isabel (+1644) y que ya había grabado a Quevedo en 1635 se encargará de llevar a las páginas los dibujos. Probablemente hubo algún tipo de problemas, pues se acude a otro para completar la serie y, finalmente, el propio Alonso Cano dibuja y graba él mismo el último.


El busto reaparece en las almonedas de 1745, con otros objetos abandonados o mal controlados del viejo Palacio Real (que se había quemado en 1734). Probablemente se lo había llevado a su "gabinete" de antigüedades Leopoldo Jerónimo Puig, toda una personalidad del nuevo siglo, además de capellán y bibliotecario del Palacio Real.
Es, de modo muy sucinto, la historia de la mejor representación del Quevedo maduro.