Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

Mostrando entradas con la etiqueta Lope de Vega. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lope de Vega. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de enero de 2020

albada de Lope


a la primera luz      que lleva el día
cerca de ti     la noche      azul      aún   siento
sabe que va a morir muy pronto        espera
y le estremece       aquel descendimiento

nadie dirá      lo que no supe      entonces
nadie sabrá      la intensidad   que   fueron    
la noche oculta     acarició      las manos
mientras la piel     se abría     con los besos

vuelve la oscuridad del día       vuelve
el caprichoso azar       de tantos sueños
las luces ciegan      claridad    desnuda
quedó la noche   se quedó     muy dentro

a la primera luz     que el día    alcanza
tiembla la noche    junto a tu cuerpo



martes, 15 de noviembre de 2016

jueves, 11 de diciembre de 2014

Escribir a mano 蝴蝶




Hay barullo con las disposiciones de los filandeses que han optado por simplificar la enseñanza de la escritura en sus escuelas y favorecer el mecanismo –nunca mejor dicho– que unifica en un solo tipo de letra, de escritura, derivado del que las máquinas realizan, primando efectividad y funcionalidad sobre subjetividad y dispersión. Los infantes filandeses aprenderán antes o mejor a escribir a máquina, ordenador, etc. que a mano: tecleado de dedos mejor que movimiento de la mano sosteniendo un instrumento.
Curso de caligrafía china en el Instituto Confucio de Madrid
Enseguida he acudido a mis cuadernos de chino y he elegido una simpática serie de palabras de trazado múltiple –por encima de la docena– para volver a escribirlos: mariposa, baile, miel, hurgar...




   请   带  
赛  端  舞  警   
影 就  慧   

Por un lado, y con la primera de ellas, "mariposa", he subtitulado la entrada. 

Cierto deleite deriva del trazado cuidadoso o acertado de los caracteres, tal si el escritor ejerciera al tiempo de pintor y en el contorno de la figura empezara el significado del pictograma; por otro, el significado parece modelarse desde las mismas raíces, como si se recobrara totalmente y se individualizara subjetivamente –lo que no es sino un derivado del trazado artesanal, es decir, de no haber encomendado a otro (o a una máquina) la expresión escrita. 

De manera que mientras trazaba con parsimonia los caracteres he ido pensando los pros y los contras de ambas posturas. Lentitud frente a rapidez, efectividad frente a vacilación, rigor frente a ductilidad... y en su repercusión en quien escribe y en quien lee: el que escribe pasa rápido sobre la forma de su escrito, de cuya apariencia final no se hace responsable; solo quiere que funcione su significado único, no sus armónicos (forma, matiz, elementos suprasegmentales, tono, ritmo....). Aunque en menor medida, quien recibe y lee también lo hace en las mismas circunstancias, aunque esta vez, probablemente, más atenuadas.

autógrafo bilingüe chino-español (siglo XVII)
Desde esta segunda perspectiva, he recordado –como cualquier profesor– el primer conocimiento que nos dan las hojas de los alumnos que leemos por primera vez: la escritura femenina –la hay, en general la hay– frente a la masculina, el ductus, la formación y enlace de las letras, la personalidad de los rasgos, etc. Bien es verdad que, al menos en mi caso, no me remiten directamente a un tipo ni a una conducta, pero son un ingrediente más para el conocimiento del alumno. He dicho del alumno, sin embargo la observación puede extenderse a cualquier otra persona.

Autógrafo (s. XVII)
Y también he recordado la dimensión histórica de la escritura, una muestra de la cual son los cuatros volúmenes de nuestra Biblioteca de Autógrafos Españoles, que se puede observar por épocas y tipos (gótica, humanística, procesal, etc.) por periodos, por modas, por oficio, etc. 

Caligrafía japonesa
Son tres a mi modo de ver los aspectos generales que podrían desaparecer si se diera por bueno el triunfo del mecanicismo en la escritura: su dimensión histórica, a la que acabamos de aludir; su reflejo personal, barrido por la escritura mecánica y funcional; la pérdida de cualquier valor artesanal y de lo que conlleva al echarse en el saco común, es decir, la pérdida de uno rescoldo creativo cierto que en la escritura a mano permanece. 

¿Mejor o peor? Cada uno puede valorarlo.

autógrafo de Lope de Vega
Durante mis años de docencia, recomendaba a mis alumnos que los trabajos y ejercicios me los dieran escritos a mano y correctos; aunque no ponía ningún impedimento a que me los entregaran hechos con ordenador. 
Prolongaré el consejo con una invitación al recital de Pilar González España el martes 16 de diciembre, en Madrid, en donde sin duda la escritura algo tendrá que decir. Va en una entrada inmediata y simultánea a esta.


Transiberiano (fragmento) 
II  
Me voy de memoria hacia la historia y tropiezo en toda una historia del manuscrito y de sus circunstancias, que no solo es vieja –antes de la invención de la imprenta– alcanza al Transiberiano (c. 1912), a la última exposición que he reseñado en este blog (escrituras de vanguardia), al juego de firmas identificatorias, a la escritura convertida en arte en China o Japón, a la "Memoria de la Escritura" que recopiló el año pasado David López del Castillo.... Demasiadas cosas, quizá, que no son solo mera significación, transmisión de significados al margen de su forma o de su significante. De todo ello va ilustrada esta entrada.


martes, 13 de mayo de 2014

Un Lope para aprender

Mis alumnos de grado de la UAM –la clase que comparto con la profesora Dolores Noguera– me acaban de enviar el cartel anunciador del examen, que consiste en una representación del Perro del Hortelano, de Lope, con loa, jácara y el entremés del Juez de los divorcios cervantino. Para todo el que allí quiera acudir, que será bienvenido.


domingo, 16 de marzo de 2014

El teatro clásico español y su representación

Asiduamente acudo a ver teatro clásico español; durante las ultimas semanas, varios Lopes –El castigo sin venganza, El perro del Hortelano, El caballero de Olmedo...–, algún Alarcón –La verdad sospechosa–, etc. La oferta teatral de Madrid es, sencillamente, deslumbrante si nos atenemos a la cantidad de posibilidades –más de cien representaciones diarias distintas. El teatro clásico ocupa una proporción menor, pero suficiente, a mi modo de ver, si además englobamos con esa etiqueta a Valle Inclán, Lorca, Muñoz Seca, Mihura, etc. 
Por otra parte, mantengo una cierta actividad docente o ensayística relacionada con el teatro, el clásico y el de probeta, en la Universidad en la que me maltratan –la Universidad Autónoma de Madrid–, porque los alumnos no son los responsables de la decadencia y la corrupción que por allí se exhibe. El año pasado dimos la clase de teatro (La universidad en la calle) en las escalinatas de la Biblioteca Nacional de España. Este año, por ejemplo, organizamos un montaje simple de El perro del hortelano, de Lope, en una de las clases; y de El juez de los divorcios, el entremés cervantino, en otra. En ambos casos, los alumnos asumen un papel como actores o como expertos de una posible compañía teatral (música, decorados, vestuario, textos, público....) 
La universidad en la calle, con los alumnos de "Teatro clásico español" (curso 2013-2014),
en la escalinatas de la Biblioteca Nacional de España
Para completar el panorama, mis otros alumnos, en una asignatura nueva llamada "Creación literaria", ejercitan  a diario aspectos de la creación (representaciones, monólogos, guiones, "slam poetry", lecturas, actuaciones en público, improvisaciones....), que conectan constantemente con aspectos de la representación habitual: cómo se lee, se gesticula, se emplean los registros, se actúa, se recita....

actuación de alumnos en el bar de la Facultad
(la semana pasada)
Cómo se recitan los versos clásicos del teatro español del siglo XVII (de la llamada Comedia nueva)  es el aspecto esencial al que quería referirme, porque es el que afecta directamente a la adecuación, recepción y aceptación o rechazo de nuestro teatro clásico hoy. Creo que en la mayoría de los casos es algo que todavía no se ha resuelto claramente, y que tardará en resolverse.

Los directores de las compañías teatrales suelen, en primer lugar, elegir si van a representar arqueológicamente o con actualización de los aspectos históricos más recalcitrantes, hasta llegar a la versión moderna. Aun si actualizan, no suelen tocar el texto en verso para convertirlo en prosa, lo que en realidad transformaría la obra en motivo de un guión, en otra obra. De resultas de lo cual, la obra que se representa mantiene con mayor o menor evidencia su estructura de teatro en verso, que ha de ser realizado, verbalizado, por los actores en el momento de la representación. Representar con el texto en verso es todo un arte que, por cierto, concierne también a culturas próximas y ricas (francesa, inglesa....), en donde muchas veces se ha resuelto bastante bien. 

Ensayo de representación (en una de mis clases de la UAM, el curso pasado)
de Peribáñez y el Comendador de Ocaña, de Lope
Se puede adelantar que no habrá posible solución que el público acepte –en realidad habría que decir "que el público entienda"– si se desnaturaliza el texto en verso intentando tan solo dotarlo de entonación y estructura coloquial y lógica, ya que acto seguido esa vulgarización choca con todo el aparato artificial dominante: lenguaje literario, artificiosamente estilizado en comedias, escrito en verso, con figuras de dimensión histórica, etc. Imposible anular, por tanto, su estructura de verso, para convertirlo en secuencia de conversación.

Una de las clases de teatro español clásico,
a las que se alude en el texto
La otra posibilidad extrema: aceptar su estructura artificiosa y lejana de obra remilgada escrita en verso, para que solo eso o sobre todo eso sea lo que se percibe. Dicha ejecución es evidente que alejará a mucho público de Lope y de Calderón, y que convertirá a nuestro teatro clásico en un cementerio para eruditos, pues no creo que nunca el desarrollo de nuestra educación histórica alcance a crear estados culturales desde los cuales se acepte y entienda cabalmente una obra de Lope; antes bien, la historia tiende a alejarse y no a integrarse en la actualidad.

Representación de alumnos de clase en un pasillo de la UAM
(curso 2012-2013)
La solución, por fuerza, ha de ser difícil, porque implica poner en juego varias cosas y resolverlas, probablemente, con criterios razonables y coherentes. La que a mí más me interesaría proponer ahora y aquí es precisamente la del recitado, declamado, la de la ejecución verbal –obviamente acompañada de gesticulación y movimiento escénico–, que ha de conjugar en un solo acto –el de la representación– las dos condiciones del texto: ha de mantener su valor de verso, por un lado; ha de acercarse a la entonación lógica de un discurso, de manera que pueda ser entendida como conversación o comunicación. Y eso solo se sabrá hacer cuando se sepan leer en voz alta los versos, atendiendo a su factura rítmica, que no sé si se practica o enseña adecuadamente cuando se prepara la representación de tales obras.

La biblioteca de teatro actual de la
Fundación Juan March, en Madrid
Por mi parte, puedo señalar –consecuentemente– que el llamado "examen final" de las materias que enseño sobre poesía consisten en, casi únicamente, ejecutar un poema en público, este año una oda de fray Luis de León, particularmente difíciles de verbalizar, por su atormentada sintaxis, de modo que mantengan su belleza como obra en verso y pueda ser entendida por quien la lee, primero, y quien la escucha después. Obviamente, a lo largo del curso se realizan múltiples pruebas sobre estas lecturas (o "ejecuciones", para hablar en términos de Jakobson) y se discuten posibilidades.

No sé si algo semejante se está haciendo en los talleres de teatro.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Velázquez literario: Góngora, Lope, Quevedo, Villamediana

[A Lía Schwartz]

La reciente exposición temporal del Prado sobre Velázquez me ha vuelto a plantear el problema de los retratos de Quevedo y, de su mano, el de los retratos, en este caso literarios, de Velázquez y de la época. Me refiero con "literarios" a retratos de escritores, naturalmente, como el Moreto de ¿Juan de Pareja?, o el busto de Quevedo de Alonso Cano (BNE), o el de Lope de Vega, recién redescubierto, etc.

Alonso Cano, busto de terracota de Quevedo, en la BNE,
probablemente su mejor efigie
El problema del retrato afecta, desde luego, a la creación artística y tendrán que determinarlo los especialistas: talleres, copias, etc. El resultado de una esa producción artística –o semi, si proviene de taller– nos llega a modo de cuadro y variantes, en donde muchas veces es difícil discernir cuál es el original, quién lo pintó realmente y de dónde y cómo surgen las copias, es decir, una "ecdótica" de cada cuadro o resultado artístico final. En el caso de Velázquez, bastaría con citar –entre muchos otros– la cantidad de variantes (testimonios, en lenguaje ecdótico) que han llegado de sus últimos retratos, del último: el de Felipe IV con aire lánguido y mirada perdida, o las variantes de la Infanta Margarita ya adolescente. Se sabe, porque alguno de ellos queda sin terminar a su muerte, que hubo otras manos –la de Madrazo– que terminó algunos de los incompletos, particularmente el de la Infanta del Museo del Prado, que puede ser el que aparece al fondo de "La familia del pintor", de Madrazo (en Viena). 
Si fuera así, quizá en ese pañuelo blanco de seda que apenas coge la mano derecha de la Infanta, podría Velázquez haber dado sus últimas pinceladas; lo mismo que en los versos enmendados de "El escarmiento" puede encontrarse el Quevedo final. Al refinar datos y biografía, los especialistas atisban –en este caso funciona el conocimiento de la técnica y el estilo, y la comparación con otros testimonios– en aquellos testimonios lo que puede haber de auténtico y final del artista o del escritor. Quevedo dejó sin terminar a su muerte (1645) la colección de sus poesías (Parnaso español, 1648), que retocó hasta no sabemos dónde su amigo y editor José González de Salas. Volvamos a Velázquez.

Velázquez, Góngora, Fines Arts (Boston)
En realidad hablar de los retratos de Velázquez es hablar de todo Velázquez que, como pintor de corte sobre todo, dejó una impresionante galería de retratos, que se copiaron y redistribuyeron por todos lados, particularmente por la propia dispersión de la corte imperial y por la necesidad de dar a conocer a unos y a otros a l@s infant@s, los nobles, el propio rey, etc. 
Muchas veces se emplearon los retratos minúsculos, esbozos rápidos que luego se convertían en modelos pequeños y que podrían, atravesando tierras, llegar a ser cuadros memorables. En Peribáñez y el comendador de Ocaña (c. 1607), de Lope, el motivo aparece en escena muy claramente, cuando un pintor esboza rápidamente los rasgos de Casilda para luego pintarla al por mayor. La salvedad se trae a cuento porque no siempre el modelo del pintor es el personaje real, sino un esbozo, noticia o retrato menor; a veces el retrato es un post morten, como el impresionante Cardenal Tavera de El Greco (en el Hospital toledano) o la bellísima y ausente Isabel de Portugal de Tiziano, entre otros. No creo que ese haya sido el caso de los escritores y Velázquez, sin embargo: creo que pinta modelos reales, que no le hubieran interesado –tampoco era tanta su fama o su valor en la sociedad cortesana– de no haberlos tenido delante de sus ojos.
La situación sucintamente descrita arriba afecta a Góngora, Quevedo, Lope y Villamediana, entre otros. Ahí es nada. Digamos que el de Lope ya se ha desechado y quedémonos por ahora con los otros tres. ¿Cómo acertó Velázquez a retratar, precisamente, a tres, quizá los tres, si nos perdona Lope, mayores poetas de su tiempo? A lo mejor no es verdad lo que nos cuenta la historia literaria sobre la fama de unos y otros, que en el caso de Quevedo se suele postergar a comienzos del siglo XX.
No se sabe muy bien quién es el temprano caballero (¿Juan de Fonseca?) de Detroit (Instituto de las Artes); y no doy por escritor a Francisco Pacheco –su suegro– que aparece en un conocido retrato del museo del Prado anterior a 1621 (por el cuello azul almidonado, al que se refiere un famoso romance de Quevedo). En realidad si exploramos cronológicamente su producción, lo primero que nos encontramos es con Góngora, retratado casi con seguridad en 1622, y del que existen tres excelentes testimonios: en el Prado, en el Lázaro Galdiano y en el "Fine Arts" de Boston, que se suele tener por el original, a partir de ensayos de estilo mejor que de procedencias. No hay duda de que es suyo, pues así lo documenta el mismísimo Pacheco.

Copia del Instituto Valencia de don Juan
Cruzamos los diversos y conocidos periodos artísticos de Velázquez –viaje a la corte, a Italia, etc.– sin que asome a sus cuadros ningún otro escritor, pues no lo sería el joven (Munich, Pinacoteca) y tampoco vamos a ponernos estupendos trayendo a colación a Esopo o a Menipo.
Y entonces, ¿qué pasa con Quevedo y Villamediana? Son casos distintos. Sobre el retrato de Villamediana puede verse este mismo blog http://hhttp://hanganadolosmalos.blogspot.com.es/2011/11/el-conde-de-villamediana-juan-de-tassis.html

Velázquez, ¿Villamediana? (Wellington Museum)
Con respecto al de Quevedo ocurre lo que decíamos al comienzo: se conservan no menos de cinco, algunos en colecciones privadas y con atribuciones que resulta difícil de investigar. En el estado actual que se me alcanza, Velázquez pudo pintar el original por encargo de Pacheco –que lo dibujó en el Libro de Retratos, pero que es muy distinto al del cuadro– o mejor, seguramente, en la primera estancia en la corte y alrededor de esa fecha, que es la del viaje a Andalucía (c. 1625), el momento de mayor esplendor de un Quevedo reconciliado con Olivares, que festejaba con risa a los cortesanos del viaje a Andalucía y que incluso los alojó en el señorío de La Torre de Juan Abad. 

detalle de un bodegón de Van der
Hamen,  especialista en contrastar
colores 
La atribución es tardía, de Palomino; pero la documentación nueva, de Iordan, sospecha con buenas razones que pertenece a una colección de retratos que Juan Van der Hamen llevó a cabo en Madrid en la década de los veinte (1620-1630); y las buenas razones están en el testamento y en el inventario de sus bienes. En cualquiera de los dos casos, de ese original, que la crítica velazqueña da por seguro pero por perdido, derivaron los tres testimonios más reputados (Instituto Valencia de don Juan, Wellington Museum y colección particular, la de Salas). Según Iordan, en fórmula que parece sólidamente expuesta, entre otros lugares, en la monografía-catálogo que tuvo lugar en 2006 sobre Van der Hamen, el original pudo ser uno de los veinte retratos que el pintor holandés estaba realizando, incluso antes de que Velázquez llegara en 1622 a la Corte y se le nombrara pintor del rey. Para entonces ya había esbozado un retrato de Góngora, que tiene una preciosa secuela: el grabado del manuscrito Chacón (original en la BNE, hay facsímil). 



Si el retrato de Quevedo fuera finalmente de Juan Van der Hamen habría dos curiosas posibilidades: una, el flamenco copió el de Velázquez, lo que más a menos ha admitido toda la crítica artística cuando dicen "del taller de Velázquez, "copia de un original perdido de Velázquez", etc. Es raro: no he leído que el afamado pintor de bodegones y figuras lo hiciera, aunque sí que se fijaría en el arte del sevillano, desde luego, y emularía sus maneras y sus logros. 
La segunda opción resulta más atractiva si se involucra a don Francisco un poco más en la batalla por la eternidad: la admiración que supuso en la corte el retrato de Góngora por Velázquez, fue emulada por Quevedo, que se dejó pintar por Van der Hamen, amigo muy cercano; recordamos, aunque es muy sabido, que el hermano del pintor, Lorenzo Van der Hamen, fue el encargado de limar la edición de Juguetes de la niñez, ya terminada en 1629. Sería posible, en fin en este caso, que los viejos datos de Palomino (de 1724) y los papeles viejos se hayan engañado, por la calidad del retrato, y hayan dado el salto del original (el de Van der Hamen) a Velázquez, lo que dice mucho del retratista holandés afincado en España. Todo lo demás que se suele comentar de este retrato sigue siendo válido: fecha, edad, circunstancias, testimonios, etc. La copia mejor –¿la original?– se fue a Londres con Wellington, ¿o es la del instituto Valencia de don Juan?
Curiosa coincidencia, pues allí para el excelente retrato velazqueño del caballero que a veces se ha identificado con Villamediana, hipótesis que a mí me engolosina sobremanera, pues no conozco otra imagen del Conde, y esta cuadra con lo que de él sabemos. 


Lorenzo Van der Hamen, hermano
del pintor, otro cuadro más
probablemente de la serie
No repetiré lo que ya dije en otro lugar de este blog.
La atribución a Juan Van der Hamen se ha acentuado quizá por la reciente aparición del retrato de Lope de Vega. El polígrafo madrileño, generoso como nadie en sus alabanzas literarias, llevaba tiempo poniendo laureles (entre ellos el de El laurel de Apolo) en la cabeza de su amigo el pintor, quien al parecer le retrató al menos un par de veces, si es que el retrato que aparece en el inventario de la colección del Marqués de Leganés no es el mismo que el del inventario de los bienes a la muerte del pintor, ya que difieren ligeramente en el tamaño, como difiere del que venía atribuyéndose a Eugenio Cajés (en colección privada, en Munich) y que ahora (estudio de Benito Navarrete, en 2010) se ha identificado como de Van der Hamen, sobre todo por su cercanía estilística al de Francisco de la Cueva y Silva (¡al que también dedicó un soneto Quevedo!), que se encuentra en el Museo de la RABA de San Fernando, y que sería uno de los veinte antes aludidos. Y aun otro sería el de su hermano Lorenzo.

Lope de Vega (colección particular, Munich)
El enredo no es tal. Lo que ha enredado ha sido el tiempo y la historia. Es bastante probable que los cuatro casos mentados terminen por esclarecerse, aun más, y que, para lo que nos interesa, los retratos de Góngora y Quevedo, tenidos como velazqueños, sean un motivo más de la enemiga entre los dos vates, trabada, como ellos solían hacerlo, indirectamente, a través de sus obras o de las representaciones artísticas de sus amigos.