Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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sábado, 11 de enero de 2020

Joan Margarit

Viaje hacia la sombra se titula la reciente antología del XXVII Premio Reina Sofía de Poesía Hispanoamericana, encargado a la profesora Lina Rodríguez Cacho, quien ha ejercido su tarea con rigor, entusiasmo y conocimiento: ha sido la mejor lectora del poeta catalán.
Joan Margarit ha venido acumulando versos, versos, versos.... poemas, libros, quizá como un modo de expresión casi natural, sencillo, que ha llegado frecuentemente a los lectores. Poeta tardío, y bilingüe, así la antología; pocas veces se le "nota" el catalán de fondo, y supongo que tampoco su naturalidad en el manejo del catalán.
La antologadora ha rehecho y seleccionado de acuerdo con seis "espacios" más o menos temáticos, que le han servido para recoger una excelente antología, desde 1985 hasta un inédito. Se puede completar, libro a libro, o a partir de la edición de J.C. Mainer (de 2015).
Joan Margarit escribe con una evidente naturalidad, adecuando sus versos a la llamada "silva moderna" de estructura impar, aunque a veces se va a catorce (es decir a 7+7) y a veces desciende a cuatro o cinco, incluso hay algunos romancillos y hasta cuartetos de pie quebrado y algún soneto de alejandrinos. Es lo de menos. No le interesa. Lo que sí le interesa es dejar en verso la plenitud de su existencia, en donde plenitud no es gozo sino todo el inmenso arco humano, quizá de un europeo culto que sabe encontrar el sabor y decir la palabra adecuada, y que ha sabido instalarse en el lugar privilegiado -estudios, cultura, ciudad, trato, familia...- que le permite la naturalidad de ese gesto poético. Ni márgenes, ni extravagancias ni fronteras. Toda la tradición poética confluye en Joan Margarit, que la encauza. Y aun que la defiende, como la profesora LRC, que defiende esa "valentía" de decir y ser entendido.
Desde esa  vertiente es casi obligado que los "espacios" vengan también de la tradición, empezando por los poemas en torno al amor y sus efectos, las personas, los paisajes que suelen ser de ciudades y todo lo que la civilización alcanza (música, literatura,  arte, etc.)
Una auténtica aventura es leer la larga introducción de LRC, que te lleva en volandas por los versos de Margarit, subrayando y acentuando poemas, imágenes, escenas. Parece que en este tipo de poesía –como la de Ángel González o en la de Luis García Montero– está hecha a la medida de nuestra tradición y cultura.




lunes, 6 de enero de 2020

Galdós



La noria de los tiempos trae cosas, algunas literarias. Andan de moda Galdós, Machado.... hasta aparecen en las citas de los congresistas o entre las preferencias del buen Rufián, junto a Cervantes y Rosalía y Sanz, el canto-autor, que se acaba de disfrazar de Rey Mago. 
Este vate anduvo una mañana prendido del griterío del Congreso, en donde unos y otros se peleaban con ardor. Terminé como el famoso "Teruel existe", reconociendo que en el lenguaje de la gente normal, común, de vida diaria no se dan esas jaranas. La sensación que uno tiene después de semejante espectáculo es la de que "todos mienten" con el mayor desparpajo del mundo, aun a sabiendas de que el resto de los españolitos lo saben. Y que no queda más remedio. 
Galdós, de moda. Con Lina Rodríguez Cacho, que me iba a entregar su antología de Joan Margarit --hablaremos de ello– acudimos a la BNE, para dar una vuelta a la exposición sobre Galdós, que no daba mucho de sí, aunque nos detuvimos un buen rato delante del corto –también de tiempo– que muestra a Galdós, ciego y viejo, jugueteando con su perro. Se habían traído de la sala de manuscritos muchos de los borradores de sus obras, pues allí están  casi todas, copiadas para el centro canario de Galdós. Muchos libros, fotos conocidas y antiguas, imágenes de siempre, como la de Sorolla, y una rara nómina de escritores actuales, algunos de los cuales peroran su qué.
Los viejos mapas de Madrid no señalan prácticamente nada, ni siquiera la vivienda de la calle Leganitos, cuya Lápida –al lado del "Debate"– ha desaparecido. 
Galdós es demasiado rico, amplio, extenso, profundo como para que pueda sintetizarse en tres salas oscurecidas atiborradas de papeles. Aun así.... me siguió conmoviendo la serie de esculturas de Victorio Macho, y entre ellas, la foto que recoge la asistencia del propio Galdós a la inauguración de su escultura, cubierto con una manta, en el Retiro. He pedido una semejante, entre flores y niños.
Los vaivenes ideológicos de los tiempos han venido zarandeando a Galdós, desde los garbanzos de Valle a las crueles recreaciones de Cortázar, que tampoco caben en las glorificaciones de los centenarios. 
Recuerdo una vieja anécdota de Alonso Zamora Vicente, al que encontré una vez con alguno de los viejos volúmenes rojos de las completas de Galdós en Aguilar. "Estoy releyendo a Galdós", me dijo. Yo le contesté que acababa de comprar la edición de los Episodios ilustrada por Lafuente Ferrari. Don Alonso: "Galdós es lengua de calle".


martes, 26 de noviembre de 2013

Volver de vez en cuando a Salamanca

Fonseca
Casa de las Conchas
Extraña esta ciudad milenaria, entre la sensualidad y el estudio, arrinconada en ese frío, pero decorada con el calor dorado de los atardeceres, ahora casi iluminada por las arboledas del Tormes. Si el día es limpio y soleado, el azul resulta terso y deslumbrante. He estado en ella muchas veces, y he vivido –en la calle Libreros– de joven: y aun me impresiona y no sé qué buscar recorriendo sus calles y deteniéndome en rincones, monumentos, lugares históricos. Las últimas veces he vuelto a admirar la plazoleta que se abre delante de las ursulinas y desemboca, por detrás del palacio de Monterrey, en otra placita muy peculiar, Unamuno en el centro. Y al ir allí, estar allí, mirar allí, sí que siento algún tipo de emoción, que no ha de ser humana, porque, como diría Machado, allí no nací ni a la vida ni al amor, por tanto no puede estar allí mi corazón: habrá de ser lo que aprendí, sentí o me ocurrió mientras leía con pasión pedante y adolescente, primero a Unamuno (desde mi ventana se veía la "parra" de la casa rectoral), luego y sobre todo a fray Luis, con cuya estatua me cruzaba cada día cuando iba a trabajar a la biblioteca de la Universidad –mi primer trabajo, cuando me marché de Madrid (año 1962-63, lo que señala la causa)–. Mi devoción por Unamuno se apagó un tanto, pero las odas luisianas me han seguido acompañando, lo mismo que sus versiones poéticas.

Por la mañana recibía clases en el Palacio Anaya –Senabre, Cortés, Real de la Riva, Lázaro Carreter...; y allí me volvía a cruzar con don Miguel, más tenaz y pétreo que nunca, el de Victorio Macho y la cruz de la leyenda en el pecho.

Cuando tenía tiempo, poco, deambulaba por los patios y me iba a admirar vencejos, en verano, o estorninos, en otoño: me obligaban a mirar arriba, a la catedral o la Compañía. Extraña emoción, quizá emoción histórica.
Estorninos en clerecía
Ahora he vuelto, para conversar sobre Quevedo con mi querida amiga y colega Lía Schwartz, de visitante en Salamanca, sobre Quevedo, que es un pretexto que nos une académicamente para decir las cosas que los buenos amigos, un poco de vuelta de todo, se dicen. En medio, Lina Rodríguez Cacho, la pasión de la literatura encarnada en una salmantina: no sería Salamanca la misma sin Lina diciéndonos todo lo mucho que siempre tiene que decir.
Conversar se va convirtiendo en un remanso de los azares de la vida y de las destemplanzas del tiempo. Y la conversación pasa de ser un motivo de comunicación –lo que se dice– a valer por ella misma, un hecho fáctico.

Muchos orientales he visto –chinos, japoneses...– que recorren con su paso corto y peculiar las calles peatonales y reaparecen sonrientes en bares, bibliotecas, clases.... pero Salamanca persiste impertérrita con su serenidad de piedra y frío, acoge a todo y exige pronto bufandas, gorro y guantes. Es inútil que se haya llenado de comercios de embutidos, más caros que en cualquier otro lugar, o que hayan proliferado hamburgueserías americanas. La ciudad mantiene su corazón en forma de plaza y su laberinto de calles rosadas con un edificio histórico a cada paso. Y si uno entra.... he aquí quizá una de las ciudades que conserva la mayor y más admirable riqueza de patios y claustros históricos: las Dueñas, San Esteban, Las Conchas, Clerecía, el Patio de Escuelas, Fonseca, el Museo Municipal.... Entre los enumerados –¿cuántos más hay?– no había visto nunca algunos (como el Palacio en el que se ha montado del Museo Municipal, algo pobre de contenido, pero soberbio de espacio).
Si los patios y claustros invitaban a la meditación, Salamanca será una ciudad para meditar, a la que hay que volver de vez en cuando.

Palacio Anaya

Museo Municipal