Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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martes, 1 de marzo de 2011

El Retrato del III Duque de Osuna

En varias entradas anteriores sobre el mismo tema ha dado noticia sobre la efigie y los retratos del III Duque de Osuna, Pedro Téllez Girón, a partir de búsquedas y pesquisas que me llevaron de un lado a otro, particularmente para ilustrar el famoso soneto de Quevedo al retrato que le había hecho Guido Boloñés. Con los datos nuevos, de Colomer, por un lado, y de María Kusche, por otro, se puede recomponer el conjunto de esas entradas, que, en el estado actual de la cuestión remiten: 
a un perfil acuñado en una moneda napolitana; 
a una escultura en un conjunto urbano de Palermo; 
a dos copias o dos retratos –es lo que voy a señalar ahora como resumen– de la mano, posiblemente, de Bartolomé González.
Extraigo las noticias de la espléndida monografía de Kusche, Juan Pantoja de la Cruz y sus seguidores. B. González, R. de Villandrando y A. López Polanco;  Madrid: Omega, 2007; aunque hay que enmendar algunos datos, el más importante: el Duque de Osuna no muere en 1635, sino en 1625; los restantes comentarios sobre la personalidad de Osuna son lugares comunes más o menos falsos.
Resulta bastante completo el comentario –perdón por la vanidad– que hice en  http://hanganadolosmalos.blogspot.com/2010/12/el-iii-duque-de-osuna-don-pedro-giron.html
con la reproducción del cuadro que me envió el señor Colomer –aunque sigo sin saber quién colocó la asignación de autoría, que se lee, de letrería moderna, en la esquina inferior del cuadro– y las estrofas de Lope.
He aquí lo que dice María Kusche, primero del retrato de la colección Colomer, "este vigoroso retrato de gran calidad, aun siendo mucho más representativo en carácter y tamaño que el del Conde de Añover, conjuga bien con detalles formales y técnicos de éste, con postura, armadura, manos y lechuguilla y se le puede atribuir a Bartolomé González". 
Lo vuelvo a reproducir, para la comparación:




Del siguiente, que es el que reproduzco aquí, dice:
"Procede de la colección Pedro Anés, Barcelona, subastado en mayo de 1884 por Lepke, Berlín y 2006 por Sotheby's como Duque de Montalto, óleo sobre lienzo, 115x98 cm...." Obviamente ninguno de los dos puede ser el de Guido el Boloñés.



domingo, 20 de febrero de 2011

Madrid Histórico: Monasterio y convento de la Encarnación


Para conocer los orígenes de La Encarnación hay que trasladarse a las crónicas y relatos sobre el cambio de capitalidad de Madrid (1600-1606) a Valladolid y a la vuelta de la emperatriz de Praga para refugiarse en Las Descalzas, en donde va a morir (1603). No podía la piadosa Margarita competir con aquel santuario de la nobleza europea que eran Las Descalzas, a donde además había ido a encerrarse también la infanta real. 
El caso es que en Valladolid la reina se había encontrado muy a gusto saliendo al convento de las agustinas recoletas, en donde se encontraba con la hermana del marqués de Poza, el círculo de Luisa de Carvajal y otras mujeres nobles, piadosas y emprendedoras al mismo tiempo. Así es que cuando la corte vuelve a Madrid, la reina Margarita anda queriendo traerse a su tertulia de damas devotas, a las que veía, de todos modos, en sus frecuentes y largas estancias en Lerma o sus alrededores; pero eso no es suficiente, de manera que piensa en abrir convento de agustinas recoletas en Madrid, para lo cual contaba con la pericia de la salmantina Mariana de San José, que había fundado ya los de Palencia y Valladolid, entre otros (existe una biografía suya, publicada en 1646). 

La ocasión o el pretexto va a ser otro hecho histórico: en 1609 se emprende la arriesgada expulsión de los moriscos, y Margarita ofrece fundar el convento si las cosas salen bien. En 1610 se trae a Madrid, a Santa Isabel, a las agustinas de Valladolid –que van a ir recibiendo adhesiones de novicias de la nobleza–; pero en 1611 la reina muere de sobreparto –las malas lenguas dicen que muere envenenada por Rodrigo Calderón; pero eso parece legendario– y Felipe III ordena que se acomoden sus monjitas en las llamadas casas del Tesoro (actual café de Oriente) donde van a residir algo más de cuatro años, hasta que en junio de 1616, recién aparecida la segunda parte de El Quijote, leyendo la gente los dos grandes poemas gongorinos y mientras Quevedo soborna a los funcionarios, se organiza el solemne espectáculo de la consagración del altar mayor y traslado de la nueva comunidad a su convento. Dicen las relaciones que aquello fue de un lujo y una solemnidad fuera de todo encarecimiento, con las calles alfombradas, adornadas con tapices reales (¿dónde estarán?), etc. 

No vamos a descubrir a estas alturas el significado histórico y el valor artístico de este pequeño conjunto de edificios que se comunicaban directamente con el Alcázar –por un pasadizo– y que acogieron  a un selecto grupo de agustinas recoletas, por iniciativa de la reina Margarita de Austria (+1611), que llevó allí a la madre Mariana de San José y a otras monjitas, formando una comunidad que todavía existe –creo que son quince las monjas en la clausura actual. En consecuencia, detrás de los dos tornos, al menos, que he visto, y probablemente disfrutando del claustro alto –que no se visita, tampoco he visto los tapices, que no sé si siguen existiendo– y otras estancias siguen viviendo y rezando las agustinas, lo que no se deja de observar en pequeños detalles decorativos –flores frescas, alfombrillas, pañitos limpios cubriendo las partes pudendas de algunas estatuas, limpieza....– 









Lo que mejor parece que se conserva parecen ser los modesto y bellos suelos –barro cocido y madera– así como los mosaicos (por ejemplo los que rodean el torno de la sacristía), y la impresionante galería de pinturas del claustro bajo (¿las habrá en el alto también?), casi todas de Carducho y Juan Vander Hamen, o las que se han colocado en la sala de los reyes, una colección de retratos de Bartolomé González, el pintor vallisoletano del III Duque de Osuna, del que volveré a hablar en este cuaderno. La colección artística va de lo religioso a lo palaciego: yo destacaría varias figuras de Gregorio Fernández, entre ellas la del Cristo Yacente, tenebroso, como todas las de este tipo, así como el San Agustín del coro; y la colección de cristos de marfil; y un San Juan de Ribera, iluminado. Gracia especial sigue teniendo el famoso cuadro de las entregas (hay tres copias, esta es una de ellas, no muy bien dilucidado el problema de las autorías), justo a la entrada, que fotografía el río Bidasoa y la entrega de Isabel de Borbón al príncipe Felipe (1615) en la Isla de los Faisanes.

Los turistas han de pasar por la cámara de torturas que es la sala de las reliquias, con la historia de la sangre de san Pantaleón y demás, quizá sin reparar en dos excelentes figuras de Salcillo y en otros detalles. Como signo de época, la sala es impresionante, como lo será la colección de El Escorial, que no recuerdo haber visto. La guía, ponderada y correcta, no explica que cada monjita tenía su cofrecillo con reliquias varias y que solían añadir una propia (un anillo, un mechón, un diente....) Eso sí, montada encima del cementerio conventual y con el nicho y monumento de las dos primeras abadesas, en la parte baja de un lateral, cofre forrado de terciopelo rojo, el cuerpo incorrupto de Luisa de Carvajal, amiga de las fundadoras, cuyo cuerpo se trajo de su aventura inglesa, que seguirán embalsamando las monjas año tras año.

La iglesia, aunque conserva parte del viejo trazado –se han suprimido las capillas y sufrió un gran incendio en el siglo XVIII– y algunos cuadros, entre ellos el de Carducho en el altar mayor, ha recibido la mano ordenada de Ventura Rodríguez y de una tropilla de artistas sensatos y aburridos del s. XVIII (Isidro Carnicero, Juan de Mena, Jose Castillo, Gregorio Ferro....) Su joya puede ser la del órgano, que aun admira al auditorio cuando, como hoy, domingo, se toca.
Fuera, un día de sol espléndido, con Lope de Vega dando la espalda al convento, mirando hacia Madrid: Gallardón acaba de poner una fuente de granito donde estaban los caños del Peral (¿y qué se hizo de los que aparecieron, incorruptos también, al ensanchar el metro de "Ópera"?). Tampoco he podido ver la biblioteca, que creo saber que es una de las mejores bibliotecas musicales e históricas de este país (¿se mando al monasterio de Ripoll?). Cualquiera lo intenta: todavía me acuerdo de que me echaron del colegio de Santa Isabel, también de patrimonio.
Hablaremos de Luisa de Carvajal.



jueves, 30 de diciembre de 2010

El III Duque de Osuna, don Pedro Girón

Debo a la gentileza de su poseedor actual la espléndida reproducción y detalles del cuadro adjunto, del que ya había dado noticia –lo había perseguido en vano– en entrada anterior de este cuaderno, a partir de la amabilidad y exquisito conocimiento de los recovecos de la investigación de Fernando Bouza. Después de muchas idas y venidas, he aquí la efigie, solemne y cabal, de don Pedro Girón, III Duque de Osuna, virrey de Sicilia y Nápoles, protector y amigo de Francisco de Quevedo. 
El retrato circulaba por ahí, escasamente, como de "un gentilhombre"; pero el bastón de mando, el fajín, la armadura, la pose casi oficial del retratado, a manera de reyes y grandes, y otros detalles indican bien a las claras que se trataba de un personaje poderoso y conocido. Sobre otros detalles más particulares –cuidado de la imagen, pelo oscuro, ocultamiento de la estatura....– ya tendremos ocasión de hablar. 
La tradición dice que se trata de pintura de Bartolomé González, uno de los retratistas oficiales de Felipe IV, lo que me perturba algo, pues me gustaría pensar que está hecho del natural y no a partir de dibujo o copia ligera –el pintor vallisoletano trabajó muchas veces a partir de esos pequeños modelos; estoy intentando rehacer el catálogo de lo que entonces pintó. Y me perturba porque, según mis cálculos, Bartolomé González y el Duque no se pudieron ver en la fecha que determinan otros rasgos; y la fecha está casi clavada por el cuello escarolado (anterior a la pregmática de comienzos de los años veinte) y por el bastón de mando (de la época napolitana), es decir, de entre 1615-1620. Me extrañaría sobremanera que se hubiera hecho a la vuelta del Duque de Osuna a Madrid, con el cambio de reinado, es decir, a partir de 1620, pues los acontecimientos que entonces se suceden y no solo en Nápoles –con el Cardenal Zapata– van a terminar con su fortuna.


Me gustaría insistir en que no se conocía verdaderamente la imagen, ni el rostro, del  III duque de Osuna, y que las referencias precarias del perfil de una moneda o del esbozo de una estatua no eran suficientes para corroborar ese gesto de osadía y grandeza que el retrato nos enseña. Tampoco eran muy de fiar las imágenes tardías (la de Caraceda, por ejemplo). 


El mejor acompañamiento para este retrato ha de ser la canción que le dedica Lope de Vega justo en estos momentos (reproduzco la edición de Sancha), a la vuelta de Italia; Lope, como Góngora, no fue muy afortunado en sus amistades nobiliarias, de manera que el repiqueteo de campanas (nótense las trimembraciones al terminar cada estrofa) y elogios de la canción contradicen la prisión y muerte, muy poco después (1625) de don Pedro.






domingo, 12 de diciembre de 2010

Los cuadros de Bartolomé González y la revolución de los claveles

.... Inicio con cuatro puntos suspensivos (ya expliqué que escribo cuatro por apego a César Vallejo) la entrada porque es recuperación de la que no pude terminar cuando GOOGLE me dijo que si no pagaba cinco dólares –es el mínimo–, me iba a quedar sin capacidades y sin Picasea, o algo así. Luego me comentó algo Julia desde Buenos Aires sobre esa misma cosa (y lo ejemplificó enviándome una foto tomada en París, delante del Instituto Cervantes, con motivo del congreso de la AIH, algún día contaré ese congreso), de manera que, si tengo tiempo, veré luego lo que se llama con una torcedura de Picasso; pero temo la invasión de la técnica mucho, mucho la temo, y siempre me acuerdo de la máquina de comer de Tiempos Modernos, sobre todo ahora que tengo un grano en la nariz, que exige cuidados artesanales y no industriales. Y ya sé, ya sé que no se habla de granos en público; pero la desmesura de lo privado también me asusta mucho, porque ya prácticamente no puedes hablar a nadie de nada, téngase o no se tenga intenciones aviesas. Y al fin y al cabo, según uno estudió en los años que se estudiaban estas cosas, ya se sabe, el ámbito de lo privado es el que más se desarrolla con el auge de las sociedades burguesas. En el por el contra de lo que es comunitario, vayan a la raíz.
Volvemos a Bartolomé –si pasan por Valladolid vayan a ver lo que hay allí, yo tengo pensado hacer un par de visitas a la Encarnación, las Descalzas y al Banco de España, a ver si me acompañan Gema y Diana, en donde paran varias cosas interesantes del retratista, del que doy ahora toda la referencia pictórica tras la que ando; si no la encuentro, habré de ir a Lisboa, y que Sofía me lleve a las hemerotecas, para corroborar a ciencia cierta qué pasó con esta media docena de cuadros y si la revolución de los claveles, ¡ay!, no fue como la cantaba José Afonso:







Recuerdo las personas representadas y mi interés por encontrar alguna reproducción de mejor calidad, en color a ser posible:

–El Archiduque Carlos de Austria, cuñado de Felipe III.
–La Archiduquesa María Magdalena, cuñada de Felipe III, Gran Duquesa de Toscana
–Gregoria Maximiliana, prometida de Felipe III
–La Archiduquesa Catalina Renata, cuñada de Felipe III
–La Archiduquesa María Cristina, cuñada de Felipe III, Princesa de Transilvania
–La Archiduquesa Leonor, cuñada de Felipe III

sábado, 11 de diciembre de 2010

Bartolomé González, sus retratos

Está siendo más que complicada la reconstrucción de la galería de retratos que pintó el vallisoletano (en algún lugar he leído que es segoviano, ¿alguien me lo confirma?) Bartolomé González (+1627), porque atraviesa unas cuantas lagunas y otras tantas confusiones. He estado haciendo investigación de campo en varios lugares, la que comencé en Italia hace un par de meses, me llevó al Museo del Prado, donde fui atendido gentilmente por Mercedes Orihuela –conservadora–; pasé luego por la sala Goya de la BNE –E. Vinatea y Concha Huidobro me guiaron–, tengo solicitados los archivos de procedencias –gracias a Enrique, el amabilísimo y competente archivero de aquella casa–, y he ido en busca de Gabriele Finaldi a la biblioteca del Casón, en donde también me atendieron debidamente y en donde también pude consultar carpetas de archivo.... Pero no he terminado de atar todos los cabos –nunca se atan todos– de manera que estoy como el artificio griego, "in media res", y creo que tendré que volver a retrazar el camino, que es algo que suele ocurrir con este tipo de investigaciones y aclaraciones. 

Un caballero de la Orden de Santiago, ¿de Ribera? (Meadows Museum, Dallas)
El tropiezo mayor es el que motiva estas líneas, pues como yo había sospechado hace tiempo las pinturas pierden, cuando pasan los siglos, parte de su circunstancias, y algunas de ellas tan importantes como la de quién es el retratado. Para el caso que nos ocupa, para el que me ocupa, esa ceguera histórica del cuadro afecta nada menos que: a don Francisco de Quevedo y al III Duque de Osuna, don Pedro Girón. Al no encontrar algunos de los cuadros más importantes que buscaba, deduje que de no haberse quemado, perdido, etc. –en cuyo caso se habría hecho inventario de esa calamidad– podrían ser cualquiera de los retratos de innominados que andan por ahí. Ya nos había ocurrido –a Mercedes Sánchez y a mí– hace tiempo con ese estupendo retrato de Ribera a un caballero del Hábito de Santiago (Ribera coincidió con el Duque de Osuna, que le protegió, y con Quevedo, en Nápoles), que ha de ser alguien importante, pero que no se parece a Quevedo "en la cara", a pesar de lucir sus atributos (gafotas, hábito de la Orden, mostachos....), el bastón de capitán general y otros detalles semejantes obligan a  pensar en alguien de mayor altura oficial, a veces (Felton) se dijo que era el mismísimo Duque de Osuna, pero siempre me pareció demasiado viejo y corpulento. Ahora, con la aparición del auténtico retrato del Duque, se puede desechar esa atribución, aunque tampoco creo que pueda ser el Conde de Monterrey (virrey de Nápoles a partir de 1631).  Lo dejo ahí.


Lo sorprendente es que la única representación pictórica del III Duque de Osuna, detrás de cuya ubicación y otros detalles ando, ya había circulado antes como la de un "caballero de la época"; es decir, se había perdido la noticia de que era don Pedro Girón. Así se reproduce el cuadro en varios lugares, aunque no en el catálogo los bienes de Osuna –que se encuentra en el Indice Histórico español y que, naturalmente, he consultado minuciosamente. Incluso así ha aparecido en la enciclopedia universal de nuestro tiempo, en google. La reproducción la he sacado de allí.

y con un escollo: en 1975, media docena de retratos de Bartolomé González colgaban de las paredes de la Embajada Española de Lisboa, que fue acosada y saqueada cuando la revolución de los claveles. Las fichas del Museo del Prado dan la mayoría de esos cuadros como "destruidos" (alguno como "perdido"); pero al leer la información periodística de la época no se dice taxativamente que se quemaran o destruyeran; mas bien pudiera tratarse de saqueo, en cuyo caso terminarán por aparecer en el mercado.
Se trata de los siguientes cuadros, de los que me gustaría encontrar fotografía en color; solo tengo lo que expongo:

–El Archiduque Carlos de Austria, cuñado de Felipe III.
–La Archiduquesa María Magdalena, cuñada de Felipe III, Gran Duquesa de Toscana
–Gregoria Maximilana, prometida de Felipe III
–La Archiduquesa Catalina Renata, cuñada de Felipe III
–La Archiduquesa María Cristina, cuñada de Felipe III, Princesa de Transilvania
–La Archiduquesa Leonor, cuñada de Felipe III
¿Alguien me puede dar noticia de ellos o noticia de su reproducción?

Como en las novelas policiacas, seguirá, pero con esta sorpresa final que no me ha dejado terminar la nota  ni añadir los cuatro cuadros que faltaban. Ya veré cómo se arregla.

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Esta entrada ha tenido secuelas y desarrollo en entradas posteriores.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Tanto otoño, tanto otoño


Sigue siendo una joya de Madrid y, de entre los que he podido ver, uno de los botánicos más bellos y mejor organizados del mundo, para visitar en cualquier estación: menos cosas ante las que extasiarse, quizá, en otoño, pero más singulares. Me venía cantando Camarón de la Isla ("Al verte las flores lloran... porque las flores quisieran... parecerse a ti...", entre palmas, ayes y melismas) y parece que ya termina. Frío nada más abrirlo, cuando menos gente hay –nunca hay demasiada–, senderos, plazoletas y rincones en donde parece que nos están esperando para que nos sentemos más a ser que a pensar. Enseguida llegan los grupos de escolares, a veces casi niños –seis, siete, ocho... años–, aunque dominan los adolescentes, con algún maestro que les habla con entusiasmo y cariño ("...las plantas más antiguas son los helechos, están en el agua...."), mientras cogen hojas, buscan estatuas o se admiran ante las flores más extravagantes. 
La verdad es que yo también he ido relativamente rápido, despreciando la majestad de los almeces, para buscar lo que quería: ante todo el alerce, un árbol que siempre me ha atraído –pinacea que pierde la hoja–, y que allí estaba, como lo había imaginado, solitario, frágil y con el color en vilo. Ya había comenzado a cantar  en el "nano" del Mac Chavela Vargas, y lo he parado ("...la barca en que me iré / lleva una cruz de olvido / lleva una cruz de amor / y en esa cruz sin ti / me moriré de hastío...") porque las dos cosas a la vez no las hubiera aceptado bien. Además Chavela cambia luego lo de la "barca" por la "nave", y me resulta más ajeno, no sé por qué.
Cuando ya no podía mirarlo más, me he ido hacia la entrada nuevamente, sin volver la vista atrás, por si me llamaba (el alerce es un árbol "solitario"; uno solo he visto en el Retiro ,en los jardines de Cecilio Rodríguez) y no podía resistir; a la búsqueda del "árbol del hierro", la joya del otoño en el Botánico: aquí está: 


Al paso y antes y después, los árboles y plantas de frutos tardíos, como el granado; o aquellos que se visten de color antes de desparecer la estación –castaños, ginkos, arces, espárragos...:


Al salir, barullo de grupos nuevamente haciendo cola para entrar en el Prado –enfrente, de donde yo he venido, después de buscar retratos del pintor real Bartolomé González–, y una larga cola de turistas, mayoritariamente turistas, que esperan entrar, a lo largo de la fachada principal, que he recorrido deprisa –frío, frío...– para llegar a la Biblioteca Nacional. Vuelvo a calzarme  el "Nano"; Chavela Vargas ha cambiado de canción ("... voy a buscar otro amor que me comprenda / y la otra la olvido cada día más y más..."), para arañarse el corazón con la rabia del desamor. La glicina del banco hipotecario –una de las mayores que conozco, quizá como la del Carmen de la Victoria, en el Albaicín granadino– todavía no ha cambiado el color de sus hojas. Mientras entro en la Biblioteca, salta el viejo disco de los Secretos ("...si pudiera recordar qué estoy buscando, pararía a descansar... qué solo estás contigo...")
Entro en calor mientras consulto en la sala Goya un viejo catálogo de los cuadros y objetos artísticos vendidos por el duque de Osuna (1894).





viernes, 29 de octubre de 2010

El III Duque de Osuna y su retrato

Después de haber buscado, con poca fortuna, un retrato fidedigno de don Pedro Girón, III Duque de Osuna, y de haberme conseguido hacer una idea de su imagen real, taraceando muestras (medallas, estatuas...) una conversación sencilla con Fernando Bouza, con el que estoy coincidiendo en el congreso de Santiago, me ha indicado, sencillamente, que existe un cuadro de época excelente, en colección privada, que se puede ver ahora incluso en internet, en este enlace:



Es verdad que la publicación es muy reciente y el retrato, del conocido pintor real Bartolomé González, es propiedad particular; pero nunca había oído hablar de él, ni hay noticia en sus biógrafos. Es un retrato, además, espectacular del Duque, armado, con bastón de mando y en postura ya tradicional de medio perfil. Ahí están algunos de los rasgos de su fisonomía: moreno, adusto quizá, de mirada desafiante, más joven que adulto, vigoroso, y de una elegancia algo petulante, en la que llaman la atención peinado y grandes bigotes. El cuadro esconde su baja estatura.
Si en algún momento encuentro, por otro lado, el cuadro perdido de Guido Reni, podremos corroborar autenticidad y valor careándolo con este.
Remito, por un lado, a Finaldi Ribera Colomer, Arte y diplomacia de la monarquía hispánica en el siglo xvii, (2005), y por otro a la multitud de noticias que me están llegando (¡gracias, Javier!), que iré poniendo poco a poco en claro, entre las que están las del catálogo de los bienes del Duque de Osuna, subastados a finales del siglo XIX; los estudios y trabajos que ese catálogo provocó; y la asombrosa noticia, que me parece falsa, que me envía también Javier de que un que un retrato del duque, obra de José Ribera, fue robado de El Prado en 1976 y que actualmente está en Meadows, Dallas. 

www://enigmas0.iespana.es/robo_museo_del_prado.htm, que más bien parece de chismorreo, en tanto el retratado no es el Duque de Osuna (es un caballero de Santiago), que alguna vez se ha confundido con Quevedo (tampoco lo es) y que consta en todos los catálogos de la obra de Ribera.