Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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martes, 20 de enero de 2015

El Museo Arqueológico Nacional del filólogo

fíbulas (s. VI) en Alovera (Guadalajara)
Varias veces he vuelto a las espléndidas instalaciones del nuevo Museo Arqueológico Nacional, más para admirar sus salas y arquitectura que su contenido, muy irregular, y muy interesante. Siempre acabo por pararme delante de Pedro el Cruel, el que estuvo en Santo Domingo el Real (de Madrid, los dominicos) y ahora, todavía, reza en una de sus salas. 

Pedro el Cruel
Y siempre me paseo por las salas de cerámica griega, para vivir durante mi visita las delicadas y preciosas escenas de la vida griega, aunque esta vez no he encontrado –no he buscado mucho, eh– las admirables escenas de varones armados y en posición. En compensación he encontrado este príapo descabezado que asienta sobre su verga erecta las cosechas. Admirable imaginación de una cultura que no había escondido todavía muchos aspectos de la condición humana, que hoy andan en los confesionarios. Bueno, ya rescataré una foto anterior (de antes de cerrarse y remodelarse el museo) con una de aquella imágenes, no sea que la hayan suprimido.


Príapo
Esta vez, sin embargo, iba pertrechado de cuadernillo para tomar nota de los muchos nombres que hoy resultan desconocidos para el español normal, y que en las cartelas se exhiben como si todo el mundo los fuera a entender, quizá con el mejor ejemplo de todo: la identificación del objeto al que aluden. 

ascos
torques
escarabeo
escifo
Píxide
umbo
La mayoría no están en el DRAE (aviso que no pienso comprarme la edición actual, la de 100 euros; mis referencias son a la anterior): no están sencillamente, quizá como tecnicismos de la arqueología: fusayola, escifo, pélice, escarabao, umbo, asco, timaterio... o están con variantes, sea en el significado, como píxide, sea en la forma como estatero (consta terminado en -a); aunque hay una larga serie que sí se recogen, porque su huella y uso todavía suena ligeramente en el hablante culto: torque, fíbula, tésera... 

fusayolas (Edad del Hierro)
timaterio (Paleoibérico)












Casi al mismo tiempo, inconscientemente, se me va grabando el mapa de lo destruido o expoliado: Santo Domingo el Real es de lo destruido; en algún momento de este blog ya conté cómo las crónicas del siglo XIX decían que los niños del barrio jugaban a la pelota con la cabeza de Pedro el Cruel (¡de piedra maciza!)...; ahí están muchos objetos de mi patria chica: las sillerías de Astudillo, los capiteles de Carrión de los Condes, los soberbios mosaicos romanos –de lo mejor del MAN– de Palencia.... 

Tésera (arriba) y fusayola
He recordado el museo Arqueológico de Nápoles y la muestra del Nacional español me ha parecido pobre; compensa el cuidado con el que se ha organizado, explicado y dispuesto este otro, al que he vuelto, en realidad, en busca de un trozo u objeto que podría andar por algún sótano o depósito: el busto de la talla de Quevedo –creo que en madera– que realizó Alonso Cano, cuya cabeza se conserva en el Museo de la BNE. Pero no he hecho las indagaciones necesarias; me he entretenido volviendo a visitar todo. Allí estaba, por cierto, mi viejo decano –cualquiera de ellos–, con cuya figura acabo.

Astullio (Palencia), restos del coro de las clarisas (c. 1350) 

Y el filólogo pasea por las salas y va anotando palabras y admirando objetos, entre grupos de colegiales –infantiles y adolescentes– que se pierden por las galerías.

Un decano de la UAM

martes, 22 de febrero de 2011

Jardines de Lope

camedros
Rafael Osuna señaló la riqueza de "bodegones literarios" en la literatura clásica española, en un hermoso artículo de Thesaurus, del BICC, en 1968, que ahora cuelga de la red.
Traigo uno de esos bodegones –no pudo Osuna citar todos, claro– de Jerusalén Conquistada  (Libro XVII, reproduzco la ed. de Sancha).

 

napel






Lo mejor, ahora, es que podemos no solo anotar la definición léxica, sino encontrar e ilustrar con su imagen. Los nombres, en efecto, ocasionaron bastantes quebraderos de cabeza –particularmente los "minosoles"– a los lexicógrafos   (V. BRAE, 28 [1948]; Isaías Lerner lo anota como arcaísmo léxico del español de América). Hay que insistir  en que muchas veces el buen Lope utilizaba, al igual que Polianteas, repertorios de botánica de la época; aunque era un  fino conocedor de plantas y flores. De hecho en esta sencilla entrada al bodegón hemos ilustrado  algunas de las denominaciones más difíciles, como camedros, napeles y balsaminas. A veces se trata de pequeñas deformaciones fonéticas que indican el uso de Lope de repertorios latinos, así por ejemplo, la "altamisa" o "artemisa", el abrótano pareja de la santolina. Y el "penses" será sencillamente nuestro actual "pensamientos". En otros casos la búsqueda léxica ha de seguir otros caminos –quizá vía Font Quer–, como el de la última ilustración, que indica  que las balsaminas son una variedad de las "alegrías", aunque en otros lugares se aluda a una variedad de "camelias".
En todo caso, nada que envidiar los bodegones de Lope a los de Juan Van der Hamen.


miércoles, 8 de septiembre de 2010

Minimalismo, ciencia, comprensión

Mi primer desencuentro con el minimalismo tuvo lugar cuando, al intentar entender determinados paradigmas gramaticales, obtuve tan solo una secuencia de usos de una palabra. Me acordé –es un tópico borgiano– de que el mejor mapa de una ciudad es reproducir exactamente la misma ciudad: nada falta, el análisis es perfecto. Hace poco, en una entrada sobre la biografía de Quevedo, razoné de la misma manera: no quiero acumular más datos biográficos sobre este autor –o sobre cualquier otro– porque a la postre no seré capaz de reconstruir cada segundo de su vida, con todas las circunstancias que le rodearon. En algún momento hay que detener ese peligrosísimo proceso, primero, para no ejercer una tarea gratuita; segundo, porque no se llega a ningún lugar en donde la comprensión o el conocimiento mejore definitivamente; antes al contrario, parece que para traer ese conocimiento y esa comprensión a nuestra ventana personal, a nuestra mirada, hay que liberarse, saltar fuera de la acumulación taxonómica y “entender” aquello de otra manera que no tiene más remedio que ser “actual”, porque el sujeto está actuando. Al tratarse de un proceso mental, la tarea es reflexiva, teórica, mental, como corresponde a nuestra actividad comprensiva.
Luego he vuelto a encontrar al minimalismo por todos lados, a veces para bien y a veces para raro. Esta última condición me asalta siempre que la acumulación se realiza sin objetivos claros, un poco por avidez erudita. Estoy acostumbrado a que me digan, por ejemplo, “se necesita una edición crítica de toda su obra y papeles”, “hay que buscar y editar todos los textos”, etc. Creo que no. Voy a plagiar ahora, un poquito, a Eugenio Asensio. “Bien olvidado está”. Muchos textos y de muchos autores y de muchas épocas se quedaron en el momento de su creación y no han despertado ningún interés posterior. Me temo que así seguiría ocurriendo aunque ahora algún doctorando o investigador meticuloso le dedicara unos cuantos años de su vida a recuperarlo. Bien están. Saltemos valientemente fuera de la montaña inerte que acumularon los siglos, para intentar entenderlos desde nuestra única e inevitable perspectiva, enriquecida con todos los escorzos históricos que se quiera, pero siempre anclados en la actualidad, inevitablemente. Y no hace falta que lleve el argumento hasta sus últimas consecuencias.
En el caso de las gramáticas, que provocaron el arranque de estas aclaraciones, lo que está ocurriendo es tan ejemplar como digno de consideración: ¡se están construyendo gramáticas de cada palabra, de cada morfema, de cada sufijo...! Pero, claro, la mejor gramática de una palabra es la suma de sus ocurrencias en el lenguaje real, ese será el final de un camino abrumador, lógicamente, es decir la huida desde la teoría al uso. Una sensación parecida me asalta de vez en cuando, solo de vez en cuando, cuando consulto y releo la reciente gramática de la RAE, la grande en dos volúmenes, en donde se desciende a los usos reales de muchos términos, en detrimento quizá de la teoría. Supongo que la pericia de Ignacio Bosque ¬–no sé muy bien cómo fue la cocina, le atribuyo a él esfuerzo e inteligencia– evitó muchas veces que la gramática fuera una serie de ejemplos amontonados. Tenemos que seguir abriendo de vez en cuando la carpeta de la teoría.