Mi primer desencuentro con el minimalismo tuvo lugar cuando, al intentar entender determinados paradigmas gramaticales, obtuve tan solo una secuencia de usos de una palabra. Me acordé –es un tópico borgiano– de que el mejor mapa de una ciudad es reproducir exactamente la misma ciudad: nada falta, el análisis es perfecto. Hace poco, en una entrada sobre la biografía de Quevedo, razoné de la misma manera: no quiero acumular más datos biográficos sobre este autor –o sobre cualquier otro– porque a la postre no seré capaz de reconstruir cada segundo de su vida, con todas las circunstancias que le rodearon. En algún momento hay que detener ese peligrosísimo proceso, primero, para no ejercer una tarea gratuita; segundo, porque no se llega a ningún lugar en donde la comprensión o el conocimiento mejore definitivamente; antes al contrario, parece que para traer ese conocimiento y esa comprensión a nuestra ventana personal, a nuestra mirada, hay que liberarse, saltar fuera de la acumulación taxonómica y “entender” aquello de otra manera que no tiene más remedio que ser “actual”, porque el sujeto está actuando. Al tratarse de un proceso mental, la tarea es reflexiva, teórica, mental, como corresponde a nuestra actividad comprensiva.
Luego he vuelto a encontrar al minimalismo por todos lados, a veces para bien y a veces para raro. Esta última condición me asalta siempre que la acumulación se realiza sin objetivos claros, un poco por avidez erudita. Estoy acostumbrado a que me digan, por ejemplo, “se necesita una edición crítica de toda su obra y papeles”, “hay que buscar y editar todos los textos”, etc. Creo que no. Voy a plagiar ahora, un poquito, a Eugenio Asensio. “Bien olvidado está”. Muchos textos y de muchos autores y de muchas épocas se quedaron en el momento de su creación y no han despertado ningún interés posterior. Me temo que así seguiría ocurriendo aunque ahora algún doctorando o investigador meticuloso le dedicara unos cuantos años de su vida a recuperarlo. Bien están. Saltemos valientemente fuera de la montaña inerte que acumularon los siglos, para intentar entenderlos desde nuestra única e inevitable perspectiva, enriquecida con todos los escorzos históricos que se quiera, pero siempre anclados en la actualidad, inevitablemente. Y no hace falta que lleve el argumento hasta sus últimas consecuencias.
En el caso de las gramáticas, que provocaron el arranque de estas aclaraciones, lo que está ocurriendo es tan ejemplar como digno de consideración: ¡se están construyendo gramáticas de cada palabra, de cada morfema, de cada sufijo...! Pero, claro, la mejor gramática de una palabra es la suma de sus ocurrencias en el lenguaje real, ese será el final de un camino abrumador, lógicamente, es decir la huida desde la teoría al uso. Una sensación parecida me asalta de vez en cuando, solo de vez en cuando, cuando consulto y releo la reciente gramática de la RAE, la grande en dos volúmenes, en donde se desciende a los usos reales de muchos términos, en detrimento quizá de la teoría. Supongo que la pericia de Ignacio Bosque ¬–no sé muy bien cómo fue la cocina, le atribuyo a él esfuerzo e inteligencia– evitó muchas veces que la gramática fuera una serie de ejemplos amontonados. Tenemos que seguir abriendo de vez en cuando la carpeta de la teoría.