Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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jueves, 21 de marzo de 2013

Fallas, ruido, música.... Melancolía











Se avecinan las fiestas de primavera; las primeras, como es lógico, las de Levante: la vida que emerge necesita purgar todo lo viejo y purificarse; se dice que todas estas fiestas son un resultado más o menos simbólico y tradicional de ese proceso de purificación, que en el caso de Valencia quema todo para salir de nuevo. Lo que pasa es que se ha creado con mimo, atención y dinero para que se consuma rápidamente, no es que se destruya lo viejo, sino que se quema lo recién terminado y brevemente expuesto.

Eso sí, las fiestas tienen ese indudable valor social de toda fiesta que se precie: reúnen a la gente y la invitan a experimentar, celebrar, etc. en convivencia. Las razones de la convivencia no son en las fiestas especialmente llamativas: cantar, comer, pasear.... Cuanto más cerca estén de ser pura convivencia más valiosas son estas celebraciones; cuanto más se alejen de esa comunión social –beber, discotecas, comilonas, playas, etc.– menos valor social tienen y más se alejan de su función primera: la de la convivencia, quizá de la cohesión de un pueblo.
Las fallas mantienen vivos muchos elementos de cohesión, aunque muy contaminados, como no podía ser de otra manera: las reuniones, la música, las celebraciones en torno a un acto mínimo, el "disfraz" que significa vestirse de otra manera (y estar preparando ese atuendo durante todo el año), un vago sabor religioso (la ofrenda), el ingrediente natural (flores), la ostentación de hábitos ancestrales (la hoguera y el fuego). etc. Todo eso es ejemplar y sirve para que el visitante o el extranjero aprecie –o al menos, que lo intente– las fiestas, que bien se ve que constituyen todo un proceso de aprendizaje que los valencianos inculcan a los niños y adolescentes. En las largas procesiones de esos días, por ejemplo, es notable la contribución a la fiesta de grupos, personas mayores, y familias con niños; no hay, sin embargo y en proporción, tanto joven, quizá porque están en otras guerras, también muy dignas, o se sitúan un poco al margen, lo que no quiere decir que lo hagan en contra.



Alguien comentó, al volver de la plaza del Ayuntamiento, donde se quemó la más grande de las fallas y se exhibió el último castillo de fuegos artificiales, que las brasas y hogueras que quedaban, en el itinerario de vuelta, producían una cierta tristeza. Vamos a dejarlo en melancolía.





domingo, 20 de marzo de 2011

Valencia, las fallas, Sorolla




Dicen que nunca hubo tanta gente en Valencia como este año, en las fallas; probablemente ayude el buen tiempo y la espectacular recuperación desde hace algunos años de la Malvarrosa como playa para la ciudad. También ha sido este un año Sorolla, en el que el pintor ha recuperado buena parte de la fama que tuvo en vida: su prestigio fue grande  durante la segunda decena del siglo XX, por ejemplo, cuando se le encargaron los grandes cuadros que hoy adornan la Hispanic Society of America de Nueva York.

A modo de homenaje y para estar en consonancia con lo que suena me pasé la mañana del viernes en el museo Sorolla de Madrid, es decir, en lo que fue su casa en el barrio de Chamberí, un palacete primoroso, rodeado de edificios de viviendas que quisieran ahogarlo. La casa, la amplitud, el lugar, etc. documentan el  reconocimiento artístico que obtuvo –traducido en bienestar económico– y muestran sus querencias valencianas, andaluzas y familiares. No hay disarmonía en colocar esas tres cosas como serie; no la hay cuando uno entra por el jardín de la casa, que evoca los granadinos del Generalife –en miniatura, como muchos de sus cuadros, un naranjo en una de sus puertas–, adornados por las cerámicas y azulejos valencianos; o contempla pinturas y esculturas a las que asoma la belleza femenina de las mujeres que le rodearon –su mujer y sus hijas–, que por allí andan trasformadas en luz, deslumbrantes, como el retrato esencial en lo que fue su estudio, y que encabeza esta viñeta.


Volverá a sufrir Sorolla el zarpazo de la evolución crítica –como los impresionistas– por esa búsqueda de la belleza iluminada a toda costa, una trasmutación de blancos, azules, amarillos, tostados.... que tantas y tantas veces ocultan la imagen y el dibujo. Luz frente a línea. 

En mi homenaje no he podido por menos que ofrecer algunos de sus cuadros más conocidos de los que hay en la casa museo; pero también voy a seleccionar unas cuantas "postales", cuadritos menores que se exponen como ejercicios de mano, pero que se van a realzar, espero, cumplidamente por arte de esta presentación: su tamaño original desaparece y se iguala con el de sus obras mayores.