Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

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viernes, 2 de agosto de 2013

Políticos, ineptos, invasores, corruptos....


Es casi imposible lograr un grado de repugnancia generalizada hacia la clase política como  el que se ha conseguido durante los últimos años en España. La conjunción de ineficacia, corrupción, invasión de competencias y absoluta falta de conexión con la gente ha logrado que se dé la vuelta al entusiasmo con el que se aplaudió en cambio de signo que fue el fin de una larga dictadura.
Quizá no haga falta explicar lo de corrupción e ineficacia, ya que son términos, desgraciadamente, fáciles de entender, y cuyo significado se remacha una y otra vez, o que aprendemos sencillamente de saber lo que está pasando: los políticos –verbo y gracia– cobran sobresueldos, primas y cantidades que no están estipuladas en su salario, lo que parece que es normal, aunque la ley –por ejemplo la de incompatibilidades– diga lo contrario: pasa, se acepta y hasta se dice en el Parlamento, hemiciclo de espantapájaros, de notoria ineficacia, formado por un montón de gentes una de cuyas características es que se sabe siempre lo que van a decir. 
De la ineficacia hay tantas muestras que es difícil dónde elegir, aunque bastaría con proyectar la enorme mancha del paro o del dinero negro o de la banca para dejar convencido al más recalcitrante. De grandes manchas se puede pasar a campos, personas, proyectos, detalles.... Hablaré de lo que conozco: hace poco, cuando mis mejores alumnos iniciaron la diáspora –Estados Unidos, Francia, Alemania....– alguno de ellos se creyó los anuncios para emprendedores de la Comunidad de Madrid: resumo el calvario que consistía en atravesar administraciones, pasar por gestorías, ayuntamientos y comunidades..... que imponían sus tiempos, sus condiciones, sus consejos.... ¡y sus tasas! Lo primero que ha de hacer un llamado “autónomo” es pagar, y no cualquier cosa, sino una cantidad mensual, más otra inicial, más la gestión. Misión imposible que en otros lugares se solventa vía internet en un solo día, o que recibe el apoyo –no la voracidad económica– de la administración. Colegí que era imposible ser un "emprendedor" mientras haya una administración enfrente: en España hay varias.
Lo malo de estas situaciones es que además, el político y su jefe de la ventanilla de turno, “te lo explica” y te lo razona. Ese es precisamente el otro problema que habría que solucionar rápidamente, el más peligroso: la absoluta invasión de competencias por parte de los políticos, que han convertido en materia de su escasa capacidad la sanidad, la educación, el trabajo, las carreteras, la investigación.... Todo pasa por la meliflua influencia del político de turno o de alguno de sus derivados. ¿Cómo se puede haber llegado a un estado de cosas por el que son los políticos los que establecen las asignaturas que un bachiller debe estudiar, el número de anestesistas de un hospital, la resistencia de materiales de un puente o hasta dónde llega el sistema de frenado de un tren?
Por un lado son esos individuos y por otro son sus tropas, organizadas en partidos políticos, que se han saltado a la torera la atribución de competencias y ejercen descaradamente en esferas alejadas de su competencia en donde nunca hubieran debido entrar a administrar ni a decir, con el agravante de que con esa organización, se producen descaradamente los juegos de influencias de los que se impregnan: constructores que pagan a quienes suponen que va a tomar la decisión “política”; colegios religiosos que se apoyan en la dudosa moral de Gallardón; hospitales que se reducen a favor de consorcios de propiedad privada, que presiden exconcejales; terrenos que se compran y venden; etc.
La politización de la esfera pública es una pandemia de la que va  a resultar difícil salir: para conseguir la higiene de la política el individuo al que no ha quedado más remedio que elegir entre muchos, debería mirarse el ombligo y reconocer el cáncer, lo que es más que improbable, porque con el dinero que le da su cargo, más el que le añade el partido, más el que roba, más el que se le pega por las gestiones que hace y que presenta como imprescindibles, come, da de comer, se compra lo que siempre ha querido y se procura un retiro acomodado. Y esa actitud, oblicua pero certeramente, es la que se deduce de una "sociedad liberal" –digamos, capitalista– en la que cada uno vale lo que su esfuerzo y su sagacidad. Esfuerzo y sagacidad que no se controlan socialmente arruinan cada día este país.
Habrá políticos honrados; por supuesto que los habrá, pero eso no es suficiente. Habrá políticos conscientes de que hablan y deciden de lo que no saben ni entienden: menos, de esos hay menos; ser elegido parece que les ha dado patente de corso para llevar su moral privada a la esfera pública y convertir el rosario de su abuela en  viacrucis de quien no cree, y cosas así.
El mundo de la política necesita de una regeneración radical, pero, por favor, que no sea la que organicen, dispongan e intenten llevar a cabo los políticos.

Juan Genovés

sábado, 2 de febrero de 2013

De formas culturales y junturas sociales

No sé muy bien a dónde nos va a llevar la oleada de corrupción que se ha convertido en el pan nuestro de cada día; es posible que siempre haya existido, es probable, pero amasada, por un lado, con el impresionante desarrollo de los medios de comunicación y, por otro, con el envío a la degradación de millones de personas, por ejemplo con el paro, los despidos y los "ajustes", produce una situación nueva en la que no sé si es piadoso encontrar elementos positivos. Uno hay, aletargado, que de vez en cuando asoma con fuerza: reaparece, en efecto, al fondo el viejo tema de "la lucha de clases", sobrevuela incluso por encima de artificios ideológicos, como los intentos nacionalistas que tratan de saltárselos a la torera; los expedientes siempre anuladores de la "religión", que llevan a esferas irracionales lo que se pretenda entender; y desde luego por encima de las razones "de ingeniería económica" con que la clase política intenta argüir por qué todo está como está, desastrosamente. 


Sin embargo el buen sentido de las gentes se va a lo que constituye su propia vida y lo que cada día ve: los sueldos vergonzosos de consejeros, banqueros, políticos, empresarios de altos vuelos, etc.; los despidos siempre de los más humildes; la diferencia cada vez mayor en el tren de vida de la sociedad en la que vive; el desparpajo con que se lucen coches, viajes, prebendas, gajes.... mientras se reducen sueldos, prestaciones, medicamentos, servicios en hospitales y escuelas. El alza poco disimulada y abusiva, mediante argucias, de los precios en servicios indispensables para aprovechar los resquicios de la pésima organización social (la gasolina, la luz, los transportes, los teléfonos....), sin que nadie sea capaz de controlar el asalto diario a la economía –que empieza a ser supervivencia– de las clases inferiores. Y en ese contexto, de vez en cuando, para aderezar el pastel, duques, empresarios (Bárcenas, Marsán...), políticos (decenas), ayuntamientos y comunidades, etc. organizan el asalto a los bienes públicos. De vez en cuando, algún juez consigue sacar a relucir trapos sucios, pero ¿cuántos seguirán ocultos?
Una enorme corriente de indignación, de solidaridad con los que sufren; una toma de postura firme ante las mentiras de todo lo que huela a oficial ("noticias, periódicos, TV, declaraciones....") Y la contemplación del circo político, en el que va a ser difícil distinguir entre unos y otros: el espectador les contempla como marionetas. 
Ojalá en el camino hacia la revolución no haya salvadores.

sábado, 9 de abril de 2011

Corrregir la política

Que el ritmo de los políticos se acomode al ritmo de los ciudadanos y no la viceversa. Podríamos empezar con una petición así de sencilla para pedir –ojalá lo pudiéramos exigir– unas cuantas cosas ahora que suenan campanas de cambios y transformaciones. La llamada "clase política", grupo de personas de actividades nebulosas y de vida fácil, tendría que ir poco a poco corrigiendo su conciencia de pequeños dioses de un olimpo falso y diluyéndose en la masa de gente, particularmente en la más numerosa y que más padece. Y así, el nuevo concejal, director de algo, delegado de no sé qué, etc. cuando llegara al lugar que le van a dar desde su partido político –aunque maldita la idea que pueda tener de ese campo– haría bien en empaparse de lo que allí sucede y entrar como en santuario preguntando a quienes mantienen el ritmo del trabajo cotidiano, la efectividad de su funcionamiento, el conocimiento de cómo se hace, etc. Eso en vez de anunciar que "van a cambiar" esto, lo otro y lo de más allá; y en vez de lo más usual, dañino y arrogante: llamar a subordinados, trabajadores y conocedores para que "le expliquen" cuáles son sus funciones, problemas, apetencias y demases, de manera que él luego como pontífice clarividente, después de haber removido todo lo que apetece, dictamine soluciones, que pasados tres o cuatro años volverán a cambiarse. Cambiarán de esa manera las condiciones laborales, los horarios, los programas de estudios, las normas para abortar, sonarse los mocos, los lápices, los pañuelos y los  mismos mocos, el modo de vestirse, el de desnudarse, los saludos, el valor de las sotanas, las oposiciones, los temas....  
En el campo de la llamada cultura y, de otro modo, de las humanidades, he conocido personas de clases políticas varias que de la noche a la mañana salían etiquetados y encumbrados para dirigir áreas culturales, porque escucharon una vez una sinfonía de Mahler –se lo dijo Guerra– y les gustó; gerentes de universidades y centros de cultura que no sabían lo que es una clase de universidad, o sus actividades de investigación; encargados de centros de enseñanza que nunca pisaron uno y no saben lo que es ser maestro o profesor; etc. Y así sucesivamente: se puede premiar a una novelista, pongo por caso, para dirigir una Biblioteca Nacional; pero a nadie se le ocurre poner a un poeta al frente de un instituto de Oncología....; aunque todo llegará, si no se corrige a la clase política para que desciendan al nivel del ciudadano, tomen vuelos de bajo coste esperando largas colas de Easy Jet o paguen las maletas de Ryan a precio de oro, llenen el depósito de gasolina solo a comienzos de mes, viajen en trenes regionales y no en el AVE –el tren de los ricos–; y a ninguno de ellos se le ocurra percibir un sueldo mensual por encima de lo que gana –elegiré dos o tres casos– un maestro nacional, un ayudante sanitario, un becario con tres carreras y cinco idiomas...., al fin y al cabo ya ganan tres veces más que un catedrático de universidad, diez veces más que una secretaria, cinco veces más que....
La política es una cosa muy seria, cuando lo es, no ahora, el vacío de la política o su conversión en estercolero aboca a una situación muy peligrosa que da pie a intervenciones salvadoras que nadie parecía querer, y que ahora se escuchan por ahí. Se vuelven a escuchar por ahí.
La gente necesita que dejen de insultarse Camps, Blanco, Arenas, Chaves, Esperancita, el andaluz, el vasco.... Ya sabemos lo que van a decir antes de que abran la boca. Que no la abran todos los días delante de nuestras narices para enseñarnos las toneladas de mierda que han acumulado. Sabemos de sobra que tienen un tanto por ciento de inutilidad y corrupción que supera los de cualquier persona sencilla; pero que no lo exhiban, que intenten pudrirse ellos solitos. Que cumplan discretamente su función.
Y queremos que la vida pública les vuelva a situar en la sombra de la que nunca debieron salir, y en consonancia preferimos que la circulación se pare cuando va a pasar un maestro, un bedel o un ama de casa; que la policia proteja las intervenciones de un jardinero del Retiro, de un conductor de autobús o del empleado de banca que está en ventanilla; y que los telediarios de todas las cadenas se abran con las noticias de mayor interés, entre las que no deberían estar nunca los polvos de un ministro, los hurtos de un concejal valenciano o los insultos refinadísimos de la portavoz del PP.
Por favor.