Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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lunes, 25 de abril de 2011

Ramos de jardín, con sus limones


El jardinero ha tenido mucha tarea. Los comarcanos cuando van al campo siempre dicen que van a “cortar” no a arreglar, plantar, etc.; casi siempre van “a cortar”, y corta sin piedad con el fouciño
Cuando se lleva tiempo en esta tierra, se entiende. 
Dicen que esta zona –el último rincón peninsular– tiene uno de los mayores crecimientos vegetativos de Europa, es decir, que es una selva en la que uno ha de imponer respeto a base de tijeras. El rapsoda metido a jardinero cometió varias temeridades de novato hace tiempo, tales como plantar una glicinia, varios árboles, una parra virgen.... Cada vez que vengo, la glicinia ha asaltado el horreo y se lo está tragando con sus abrazos; la parra virgen ha subido al tejado, lo ha recorrido y baja por la otra parte de la casa buscando más obstáculos que cubrir; el pino que me traje del rastro en un tiesto pequeño amenaza con caerse y cortar la carretera; la secuoya que me regalaron mis compañeros de Edad de Oro hace pocos años, tiene un diámetro de mas de un metro y alcanza los quince de altura; el cedro del himalaya que se regaló mi hijo debajo del brazo envuelto en un periódico, ve desde sus quince metros todos los rincones del valle de Santalla; el castaño que plantamos en un pispás Mario y yo, es el inmenso palacio del jabalí.... El jardinero ha de limitarse a mantener un relativo control sobre lo que pasa alrededor. 

Cuando ha logrado ese control, puede pasar a la fase de disfrutar de lo que no amenaza colosalismo: lirios cerca del mar, muy difíciles de conseguir; variedad de camelias, entre las cuales la alba plena –mario lo dice en latín, mejor– bellísima; mil tipo de hortensias, azaleas, olorosas, fucsias; permanencia de los heliotropos –esto es cosa nuestra, no de los cedeireneses, que no suelen conocer la planta–; es decir: la plenitud de las floraciones primaverales, que se van a ir sucediendo naturalmente: deutsias, celindas, fucsias, los primeros botones de los guindos, la suculencia verde de los avellanos....

He ido casando flores para hacer ramos. Hay que ver qué buenas migas hacen las celindas y las camelias, por ejemplo; casan blancos y contrastan las varitas con los rosetones: he hecho varios ramos, uno encima del piano, otro en la mesa de trabajo.
Y también he empezado a utilizar las olorosas; para empezar, abrótano macho para los mosquitos. No creo mucho en ellas, pero les voy a dar otra oportunidad. Y no tengo ruda –la tuve–, que sería probablemente la mejor: pero la ruda aleja mosquitos.... y humanos.
A ver.




martes, 10 de agosto de 2010

Botánica gallega (II)




Experimenta poco el agricultor gallego, muy apegado al cultivo mayoritario de maíz y patatas, lo primero me dicen que por servir para alimentar al ganado; entre las hortalizas, cultivan mucho el tomate –grandes y jugosos, pero con menos sabor que los de tierras del sur–, las lechugas y las judías. Entre las frutas, además de las muchas variedades de “peladillos” y “blanquillas” (las nectarinas de otros lugares), tienen una gama extensa de peras y de manzanas, que lamentablemente se va empobreciendo a favor de las dos o tres variedades globalizadas (la golden, verde doncella, starking, gran smith...) De los cítricos, Galicia es tierra de limoneros; raro es la finca o la casa donde no los hay, con fruto durante todo el año, aunque éste el temporal dañó muchísimo al limón, lo que se nota en su precio desorbitado. Se ha aclimatado muy bien el kiwi.

Sería interesante –quizá se esté haciendo en otras zonas de Galicia– intentar aclimatar productos de huerta y tropicales, todavía exóticos y caros en el mercado español, pienso en frutos como el de la papaya, la frambuesa, la lima, la guayaba, los helquenques (¿...?)... Pero hay muchos más que, a veces, por curiosidad, hemos plantado y que se han dado muy bien. En otro momento me referido asimismo a productos florales (citaba el caso del heliotropo, con dos ilustraciones en esta página), en una comarca en donde reinan camelios y hortensias.
Yo no tengo nada de huerta, pues no puedo cuidarla, no podo mis manzanos, recojo en agosto las avellanas y estoy esperando que se renueven mis limoneros, que ya tienen mucha flor y algún fruto pequeño empezando a medrar (ilustración).
Los ingenieros agrónomos del gobierno gallego de Santiago sabrán de ello.

El último y dramático temporal al que he aludido en alguna ocasión, que tuvo su lugar de mayor virulencia en esta zona, se llevó los árboles mayores, en mi caso: un nogal, un chamecípero, una hilera de laureles romanos...; y los que habían alcanzado la frondosidad, a pesar de sus raíces poco profundas, como un madroño o un espino blanco (“albar”, en el romancero). Resistieron a duras penas los más esbeltos y que ofrecían menos cuerpo a los embites del viento, como los espigados enhebros –que se han quedado escorados hacia el oeste, como se ve en la ilustración–, el tejo dorado (foto), el cedro del Líbano –apenas se inclinó–, el árbol de Júpiter, con su juego de ramificaciones huesudas; y resistieron castaños –de la tierra–, avellanos –de una dureza peculiar–, arces, el cornejo, los acebos... Vivió su aventura un alcornoque, que me había traído pequeñito hace unos años del sur, y que medraba despreocupadamente en medio del prado. El temporal lo tumbó y casi lo desgajó; pero tumbado el tronco principal, ha torcido una de sus ramas que se ha erigido buscando azules –como hace la secuoya cada vez que pierde la guía cuando el cuervo la utiliza como atalaya– y anda ya con aires de árbol volviendo a ocupar su lugar.
Mucho más discretos y humildes, los limoneros se quedaron en el esqueleto, y se han empezado a recuperar lentamente ahora; dicen los lugareños que al limonero le gusta que le castiguen y que más limones da cuanto más se le quiebra, derriba, dobla, corta... Si así fuera, estarían en el límite de su felicidad; pero esta vez el castigo casi acaba con la población de limoneros que confiere a toda esta tierra un sabor peculiar con rincones llenos de árboles como iluminados por viejas bombillas. 


Le pasa al limonero lo contrario que al saúco, uno de los árboles más frecuentes en este rincón, árbol que de verdad nunca termina por morir y al que ya se le puede cortar una y mil veces, que siempre rebrota (como el de la foto), primero como arbusto de caña fofa y hoja de un verde vivo, y luego, poco a poco, cobrando el porte de árbol generoso, que según dice Font Quer, se consideraba árbol sagrado. De todos estos árboles existe una tradición culinaria y farmacéutica, que se está perdiendo a favor de la botica, en donde uno encuentra todo hecho pastilla. Tengo, empero, varias plantas que todavía utilizo directamente, como contaré en la última viñeta, y no solo las típicas de las infusiones (mentas, hierba buena, hierba luisa, romero, salvia, toronjil o melisa...), sino las propias de ungüentos y cremas.

Precisamente, y para terminar con bien, quisiera aludir a una última planta que se me ha aparecido como de uso directo en un restaurante del lugar (“A Revolta”): las ortigas. Ya me habían avisado que se empleaban, debidamente rehogadas, en ensaladas y revueltos; pero no me he atrevido nunca a cocinarlas, porque las recetas siempre eran algo vagas. Tapeando hace unos días en ese restaurante vi que en la carta se ofrecía “revuelto de ortigas” (tapa a doce euros, por cierto), pregunté al camarero, me dijo que sí y que exquisitas, y aun no las pedí. En algunos lugares me han narrado anécdotas de personajes que las guisaban y tomaban, pero yo no he visto nunca a los lugareños que las recojan o las empleen, ni siquiera para el uso erótico que de ella hacían los romanos. ¿Sabe alguien, de verdad, cómo se cocinan?







sábado, 31 de julio de 2010

Historias de jardín


Las ilustraciones que vienen ahora muestran la vida cotidiana de unas cuantas plantas, al margen de los casos del nogal y las higueras, y también de la datura, que está creciendo nuevamente a pesar de los intentos por hacerla desaparecer. 


En la mayoría de los casos se trata de cuestiones sentimentales, con sus ribetes poéticos; así lo que le está ocurriendo al mirto o arrayán, que nombro dos veces porque todavía me acuerdo de una vieja discusión entre Antonio Carreira –el gongorista– y Mario Hernández– el lorquista–  para dirimir de qué manera puede ser que Polifemo “cuelgue” o apoye sus armas en un mirto, al comienzo del Polifemo gongorino, si se trata de arbustos de escaso tronco. En Galicia se llama muchas veces “mirto” al boj y no al arrayán, que he visto poco por aquí. 


El caso es que mis arrayanes han florecido –como se ve– este año acariciados por el sol de la tarde, que es el que reciben, y hacía el crepúsculo se inclinan de tal manera que voy a construirles un arco-guía para que adornen la entrada al jardín. Sus flores blancas desprenden un olor suave, delicado; los aromas florales en estas tierras del norte no suelen ser muy llamativos, excepto quizá el del heliotropo, que me tiene realmente impresionado, porque su exquisito perfume a casi chocolate llena toda la casa. Y es que el heliotropo tiene su historia: le tome una mata a Mario, que a su vez lo había traído de fuera, y se aclimató enseguida, de modo tal, que le di lugar delante de los muros del frente de la casa, a pleno sol de la tarde, debajo de un acebuche. A los dos o tres años ha crecido como suele –seca ramas de un año a otro–, trepando por el acebuche (como se ve), hacia las ventanas de la casa, que se llena toda de su fragancia. Lo curioso es que los visitantes me preguntan que cuál es ese árbol que se parece al olivo (el acebuche es un olivo silvestre) y que tiene esa floración azulada y aromática.

Otro de los casos dignos de párrafo es el del último abruño. Tres abruños, quizá ciruelos silvestres, había en un pradito del jardín que daban su cosecha en verano, de frutos tan dulces que los vecinos me los pedían para hacer “licor de abruños”. Estaban ya aquí, viejos, hace diez o doce años, de manera que no sé si fueron los temporales o la edad lo que les fue destruyendo, hasta el punto que solo queda uno, en una hilera de laureles, que yo creía tronco muerto: miren ustedes cómo ha fructificado este año, aunque ya no hago licor de nada –hubo un año que Mario y yo hicimos bastantes–, recogeré los abruños antes de que se estropeen, como última cosecha quizá. Aunque para licores, los guindos de este año se han punteado de todas las bolitas rojas y han dejado el suelo lleno de guindas: ha sido sobre todo en mayo, aun me ha dado a fotografiarlos, al lado de la carretera, haciendo cierre, llenos de pájaros. Al año que viene tendré toda la cuneta llena de pequeños guindos nacientes, con sus raicillas brotando el hueso. La mayor invasión, sin embargo, ha sido la de la glicinia o glicina, que trepa al hórreo y al tejado: tengo que reconducirla por el patio, y no es fácil. Y como siempre, la invasión de las hortensias, azules, rojas, rosadas... quería conseguir algunas blancas y, al otro lado de la casa, en una entrada con porche, lo he logrado, han crecido más de dos metros y están dando unas flores blancas, perfectas, gigantescas. También ha exagerado un poco la parra virgen, como se ve por la foto (debajo hay cuatro ventanas, tapadas), que ya he comenzado a quitar del todo, porque hubo un año que dio la vuelta a la casa, por el tejado, y colgaba por el otro lado. Es una pena, por el dorado de sus hojas en otoño... pero en otoño yo no suelo estar aquí.


Bueno, en otra ocasión les hablaré del jazmín de invierno, los saúcos, los limoneros, los (¿o será las?) altramuces, el cornejo y el caso del alcornoque caído, que se me ocurrió traer de Portugal. ¡Buffff...!

miércoles, 2 de junio de 2010

Un soneto palentino. Alejandro. Coda

No había mezclado tres entradas tan dispares en el Cuaderno, como hago ahora para recordar un soneto palentino (que se publicó en El año del ombligo), este: 



ATARDECER EN SAN PABLO

La plaza de San Pablo llena octubre
de amarillos sutiles. Chopos, plátanos,
aligustres, castaños, un magnolio...
En las piedras de las fachadas trepa

la noche poco a poco, las farolas
abren sus ojos a las largas sombras;
se ha terminado ya en los dominicos
la misa vespertina de los sábados;

hay corrillos de fieles a las puertas,
mientras el aire frío se desnuda
y vacía las calles; la ciudad
desierta va quedando y silenciosa.

Abandonado, como un niño solo,
el tiempo en la placita oscura tiembla.


     ....................


ALEJANDRO


Y Alejandro estaba serio, mirando hacia no se sabe. Sería su dueño, porque le hablaba como si hubiera ya tanta confianza que con cada palabra llegaba el recordatorio de otras anteriores y la alusión a un tiempo compartido. Como si se hubiera cerrado definitivamente en torno el universo y nadie más pudiera entender plenamente aquella relación. “No tienes por qué ir por ahí haciendo lo que haces, ni escondiéndote, Alejandro”. Y un tuse con la mirada o quizá con un cambio leve de postura que no llegaba a gesto de cariño, pero que lo amagaba. “Venga, que tenemos todavía que pasar por la farmacia, Alejandro”. Y luego murmuraba algo más que yo no alcanzaba a oír. La relativa quietud de Alejandro estaba llena no tanto de comprensión como de saber estar, descansado sobre sus patas traseras, con algún ligero movimiento de cabeza, contemplando las maneras de su amo, entre condescendiente, respetuoso e inquieto. Yo no hubiera sabido estar así.
No pude desprenderme fácilmente de la escena, de manera que cuando subí a casa, me dirigí mecánicamente al balcón que da sobre el bulevard, lo abrí y me asomé, por curiosidad ciega. No estaban. Al asomarme, sentí que rozaba una de las plantas de la jardinera, la que terminaba la hilera de geranios. Dos palillos ridículos y retorcidos que sostenían unas hojillas temblorosas, con el verde amarillento de recién brotadas. “Menudo invierno nos hemos pasado, tan largo y con tanta lluvia, creíamos que no lo contabas, heliotropo”. “Menos mal que te abrigué en este rincón de la ventana, a donde no llegó todo el frío ni te sacudió el viento”. “La hierbaluisa, en medio del balcón, no ha sobrevivido”. “Voy a regarte, espera un poco”. Mientras lleno la regadera pienso que pronto me dará su aroma azul de chocolate agazapado. Que no caiga con demasiada fuerza el agua. “Anda, vamos, heliotropo. Criatura, criatura, criatura. Que tengo todavía que hacer la cama, poner una lavadora, fregar los cacharros. Ya está, que sé que te gusta la humedad y el calor. No me voy del todo, te he dicho. Que mañana vuelvo a regarte, de verdad.”

............. 

Y este soneto heterodoxo

A G.G.

Palabras apagadas
encendida la piel
cerca tus manos vengan
en tus labios mi sed

la luz que sobra y cede
más no puede más ser
para mis besos te abres
seda saliva miel

tiempo que va sin tiempo
allí allá sostener
la luz cierra los ojos

dentro se quiere ser
quizá siempre infinito
dejar abrir ceder