Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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miércoles, 7 de mayo de 2014

La calle de la Madera (Madrid histórico)

21 de la calle del Pez


peluquería femenina





Un paseo del atardecer, caluroso, por Madrid, me ha llevado desde la Plaza del Dos de Mayo a la calle de la Madera, que he recorrido de una punta a otra, desde Jesús del Valle a la calle Luna, atravesando la calle del Escorial, en cuyo número 17 estaba la casa familiar –madre, abuelos maternos. Me he detenido allí, en la planta baja ha crecido una especie de taller artístico (Raebock. Creative Hub), con clase y gente, muy atractivo; es un signo de parte de la calle, que se ha renovado radicalmente en algunos casos, otras veces ha puesto nuevo traje a lugares viejos y aun ha conservado establecimientos de siempre. Conserva la gracia de las fachadas y balcones, algunas con relieves y adornos. Eso sí, todo rematado por grafitis y pintadas. 


De entre lo más nuevo, el par de peluquerías creo que una masculina y otra femenina, en donde pude entrar y me dejaron fotografiar la talla de la Virgen y otras menudencias decorativas. La contrapartida: la única librería que he visto, cerrada.
















Para las posibilidades de cuál fue la casa de Margarita de Quevedo, en la que hubo de vivir el escritor alguna vez, véase
http://artedemadrid.wordpress.com/2012/11/26/quevedo-y-la-calle-de-la-madera/



peluquería masculina





En la parte "baja" de la calle Madera, pasada la fachada posterior de San Plácido, se encuentra la otra casa ocupada, en este caso por lesbianas, transexuales y feministas (no sé si lo he dicho bien; hablé con algunas, no me dejaron entrar).  Frente a esas novedades, un par de tabernas muy acogedoras, dos o tres establecimientos de salud alternativa (yoga, chino, etc.) y varios talleres artesanos (carpinteros, vintages, encuadernadores....) Maravilloso este Madrid persistente y cambiante al mismo tiempo que se refugia en estas callejuelas, con un paisaje humano también universal en el que se pasa del matrimonio anciano que riega geranios en los balcones a las familias orientales (¿chinas?), la mezcla de razas y de edades. Al final de la calle, un restaurante "oriental", como dios manda.



Hoy es un día para versos rotos
de los que salen limpios sin rodeos,
que se vienen de no se sabe dónde
sin tema, sin amor, desde muy dentro.

Voy buscando la calle de las Minas;
calle del Pez arriba, me paseo:
en el veintiuno viven los ocupas;
El palentino estaba aun desierto.

En una de las casas de Madera
sospechamos que vivió, quizá, Quevedo;
Mercedes lo narró en un blog magnífico.

Las calles que vivieron mis abuelos.
Las cruzo sin saber qué me ha traído.
¿Era yo quien estuvo aquí hace tiempo?




sábado, 8 de diciembre de 2012

Madrid histórico, segundo paseo por la calle del Pez y aledaños


Nos habíamos quedado en la iglesia de San Antonio de los Alemanes, tosca y sencilla por fuera, a pesar de la fachada de Gómez de Mora (1624), pero deslumbrante en cuanto se accede a ella: no hay ni un solo trocito de pared, techo, pilastra que no esté aprovechado para pintar (Francisco Ricci, Carreño de Miranda, Lucas Jordan...) o decorar. Fundación de Felipe III en 1606, se fue de los "portugueses" a los "alemanes" a finales del s. XVII, por causas políticas, claro; y sufrió restauraciones en 1690, 1886, 1974 y 1980. Mantiene un colegio vivo, también, en lo que era la Real Hermandad del Refugio (institución que data de 1585). El barroco que se amanera. Los medallones de los altares-capillitas que lo circulan son retratos de la realeza.

Pez, 36
Pez, 36
Barrio de iglesias, aun vivas las más: Mercedarias de Alarcón (fundación de 1609, edificación terminada en 1656, existe abundante documentación en el AHPM), benedictinas de San Plácido, la vieja parroquia de Maravillas (hoy San Justo y Pastor, al lado de la Plaza del Dos de Mayo), San Ildefonso en una de las plazas más entrañables de Madrid, San Martín (la nueva).... Solo la Iglesia de la Buena Dicha (1916-17), en la C/ Silva 25, es más joven y va a cumplir en breve un siglo, aunque contenga objetos artísticos anteriores del s. XVII.

Calle del Pez, a la izquierda el Palentino
El historiador ha ido recorriendo luego lugares cercanos con recuerdos literarios, fetichismo que es muy productivo en estos andurriales, en donde los recuerdos históricos son muy abundantes desde finales del siglo XVI hasta hoy; o como ya dije, desde los primeros conventos y palacios hasta llegar a la academia de García Calvo en la calle Desengaño, la misma calle en la que se atentó contra Narváez (1843) y en uno de cuyos antiguos locales se estrenó el Don Juan Tenorio de Zorrilla, pasando por las innumerables anécdotas de la calle de los Libreros, sucesos del levantamiento de Madrid contra Napoleón, que dieron nombre al barrio (por Clara Malasaña, una heroína) y a la plaza del Dos de Mayo; periódicos y revistas que allí tuvieron redacción  (como El Correo Español).... Es evidente que sus años de apogeo son los centrales del s. XIX. 
Precisamente de esa época son algunas de las fachadas con lápida y recuerdo: dos tiene Rosalía de Castro –en la calle de la Ballesta, habrá que dirimir cuál es la cierta– y una José Martí, en la calle Desengaño, 10. También se recuerda en otro lugar cercano (la C/Puebla, 11) a Ramón Gómez de la Serna –en casa más noble. Y en la calle Concepción Arenal, 9, a Gertrudis Gómez de Avellaneda. Se podrían añadir al menos las actuales que ye he dejado citadas en otros lugares: Amenábar, Segura, García Calvo, Siniestro Total, los Ocupas del 21.... Y se hubieran podido añadir otras anteriores, entre las cuales se puede ver ahora la de Bocherini (en la calle de la Madera; el músico de Lucca tiene otra lápida en la calle Mesón de Paredes);  L. F. de Moratín vivió su adolescencia en la C/de la Puebla esquina a la del Barco, donde también vivía la damita que le inspiró El sí de las niñas.

Al lado de la anterior, también de Rosalía
De Rosalía de Castro
           
En realidad la prosperidad de la zona es desde mediados del siglo XVIII, con su ápice en la segunda mitad del s. XIX y ramalazos que llegan hasta la guerra civil. De hecho si consultamos el manuscrito Las casas de Madrid..., de mediados del siglo XVII (en la BNE, del que existe una excelente transcripción de Roberto Castilla, habría que conseguir que se lo editasen), el barrio se encuentra ocupado por gente menor –eran afueras, prácticamente; la calle del Pez era una vaguada, apreciable todavía en lo empinado de algunos ramales, como la calle del Escorial, colina, como la calle de la Madera– con abundancia de albañiles, artesanos, mercaderes de poca monta, funcionarios de tercer o cuarto rango: acemileros, boticarios, alojeros, sastres, guardias, pasamaneros, labradores, escribanos, alguaciles, panaderos, aguadores, alarifes, barberos, tablajeros, cordoneros, catarriberas, confiteros, tapiadores.... y un llamativo montón de viudas (¿resultado de las guerras?). Detecto algunas personas conocidas, como la de los herederos del impresor Diego Flamenco en la C/ de la Luna; la de los herederos de Pedro Mexía en la C/ de la Magdalena (la antigua calle de la Magdalena bajaba hasta este barrio; fue una de las cortadas por la Gran Vía). Se habla de "Un Hospital de San Martín" entre la c/ Silva y la del Pozo –no está muy claro, quizá tambien con vuelta a la C/Silva– y de un mesón  –habría más– "de don Gabriel de Alarcón, secretario de su majestad, que fue de don Francisco de Garnica". En el viejo trazado se diferencia asimismo cuatro casas del Marqués de Leganés (que se localizan en la C/de la Flor), que tiene otras en calles cercanas.

En fin, el temprano callejero localiza por allí "una casa de frailes bernardos" y el convento de San Bernardo, además del Noviciado de los jesuitas. No hay mucha distinción con las casas concretas de la calle del Pez, en donde hay un bodegonero, vive el cura de Colmenar en una de las casas más ricas –esquina a la que llaman de las Pozas–, una criada de Lope de Vega que se llama Lorenza Sánchez (en casa humilde, de seis ducados; la del cura era de 40), un despensero y un repostero de los fúcares, entre otras muchas curiosidades. Y añade el manuscrito: "En la Traviesa de la Madera, que es lo alto a mano izquierda desde la calle del Pez, la novena casa es "Una casa de doña Margarita de Quevedo, que fue de Gabriel Ruiz y de Miguel de Santa Ana, que la compuso. Tasada en 6 ducados": es discreta, si no humilde, a pesar de que Margarita de Quevedo tenía buenas rentas. Allí hubo de parar a veces Quevedo, el escritor. Véase ahora sobre esa casa, quizá el nº 28 (habría que casar los planos de la planimetría con los del ms. que cito, el de mediados del s. XVII):
 http://artedemadrid.wordpress.com/2012/11/26/quevedo-y-la-calle-de-la-madera/

De José Martí
De Gómez de la Serna


Imposible dar cuenta en tan breve viñeta del esplendor que iba a alcanzar más tarde, al transformarse, primero por la desamortización y expropiación de los bienes de los jesuitas (el viejo "Noviciado", que ha dejado el nombre a la estación de metro) y enseguida por construcciones de varias residencias nobiliarias en la zona, particularmente la de la casa de Altamira, de 1772, –arruinada y desmantelada hacia 1868, queda una reconstrucción en la calle Flor Alta: parte de su legado se encuentra hoy en el palacio Zabálburu–; finalmente, la zona quedó muy afectada por la apertura de la Gran Vía, que cortó muchas de sus arterias y relegó la calle del Pez a callejuela de barrio sin competencia posible con la flamante Gran Vía. Toda esa historia se puede perseguir minuciosamente consultando periódicos y revistas de la época (a través de la Biblioteca Digital Hispánica), de modo más erudito a través de la prolija documentación del AHPM y de modo literario recorriendo los clásicos, los que pasan por los relatos de Moratín, Ponz, Mesonero Romanos, viajantes del XIX, madrileñistas de entre siglos –incluyendo Azorín, atravesando letras de zarzuelas, para terminar en Laín Entralgo y en la "movida" y sus secuelas, que han dejado un reguero actual bastante digno: todo el barrio se ha llenado de lugares agradables –cafeterías, pequeños restaurantes, bares de tapeo, boutiques elegantes de minoristas, artesanos....– que compensan el deterioro sufrido durante la segunda mitad del siglo que se fue, a manos de especuladores e inmobiliarias.

Pez, 12
Mi consejo sería pasear sencillamente la calle, deteniéndose en cada fachada, intentando ver los vanos y escaleras, a ser posible también los patios, y hacer las estaciones de los lugares históricos, entrar en las iglesias aprovechando el culto o las visitas guiadas (las monjitas de Alarcón, por ejemplo, enseñan iglesia y parte del conjunto los miércoles por la mañana, a las 11). El Palacio de la Infanta Carlota  (1775-1850; Cruz Verde, 2 con vuelta a la calle Luna, 32, y fachada a la de Andrés Borrego); el del Conde Talara y Torralba (1785, en Luna 15); el Palacio del Duque de Baena (1860; en Pozas, 36-38); el Palacio del Marqués de Escalona y Bornos (1860, muy restaurado; en la esquina de la C/del Pez, 12, con la de Madera); el Palacio del Conde de Cheste (en la esquina con Pizarro); etc.

Patio de Pez, 12
Y después del recorrido, si se está muy cansado y dependiendo de la hora, entrar a tomar algo en El Palentino, o sentarse en ese rincón que es la plazoleta de Carlos Cambronero; si no lo estuviera tanto, se puede alargar a la plaza de San Ildefonso y tomar una tortilla de patata en La Ardosa (C/ Colón), la taberna de más solera en la zona; aunque también se puede seguir la moda de los más jóvenes durante los últimos meses: comprar una porción de pizza en la pequeña pizzeria de la plaza y tomarla sentado en el suelo, compartiendo aire libre con los amigos.

Plaza de Carlos Cambronero, que se abre al paso de la calle del Pez
El tercer post sobre la calle del Pez recogerá tan solo el Palacio llamado Bauer.





martes, 4 de diciembre de 2012

Paseos por el Madrid histórico, de la portería de Pez 38 a la sor de San Plácido


Valdecillas, subida a la biblioteca y sala de exposiciones
A media mañana el descanso me ha venido a modo de tranquila charla con Pablo, el portero del 38 de la calle del Pez, cuando después de pasar por Valdecillas –biblioteca histórica de la Complutense– acababa de visitar el palacio Bauer, con mayor detenimiento que otras veces, por la buena voluntad y simpatía de quienes lo regentan y lo guardan, mucho más de agradecer por cuanto se oían las voces e instrumentos de los ensayos, ya que ahora es la Escuela Superior de Canto (San Bernardo esquina calle del Pez). Tendrá su entrada en este blog.

escalera de Pez 38
Y la charla con Pablo ha sido grata y provechosa: ha sido él quien me ha indicado que visitara el patio del 27, enfrente, aunque está en obras y la fuente a riesgo de perderse, y quien me ha recordado que en el 36 se rodaron algunas escenas de la última película de Segura –que por ahí vive, no diremos dónde exactamente. 
Yo le he preguntado que cómo limpiaba una escalera tan grande, con esas barandillas de madera contorneada, y mientras me lo explicaba –que con plumeros–,  hemos ido comentando otras historias de la calle del Pez que han sido escenario o motivo de hechos recientes: que si las canciones de "Siniestro total" alusivas al bar Palentino, que si la película de Amenábar, que si las aventuras con la censura del viejo cine Pez (hoy teatro Alfil), que si los artistas de la casa ocupada, etc. 
Todos podrían remontarse a los conocidos sucesos del viejo convento de las benedictinas, el de San Plácido, cuya documentación exhumó cumplidamente en su momento Mercedes Agulló y que ha sido motivo de tesis doctorales y hasta motivo de novelas (la de Torrente Ballester), de la que en este blog se ha dado cuenta de un extenso e interesante manuscrito autógrafo, en lo que se me alcanza inédito, en la que relata la historia uno de sus protagonistas, el hermano de la superiora.

detalle de escultura en madera del salón de actos
del Palacio Bauer
¡Cuántas cosas en la calle del Pez! La semana pasada visitamos la casa ocupada (el 21) y hablamos con más vecinos, que siempre añaden matices nuevos –inventados o reales: Pablo, por ejemplo, me ha contado hoy a su manera la permanencia del bar Palentino, en la esquina de la plazoleta, uno de los clásicos de siempre, por voluntad y noble empecinamiento del dueño, que se ha negado a modernizar, cambiar, vender, etc. y que sigue teniendo el bar lleno. El investigador constata, además, que en su público no hay distinciones: parejas, emigrantes, gente mayor, obreros de pincho y caña, extraviados como yo, etc.

Aunque he ido pertrechado 
de documentación (por cierto: suele ser lamentable la que proporcionan las primeras veinte entradas de Google, que además se copian unas a otras; al lector de este blog le iremos contando otras, auténticas), charlar con la gente a veces es el mejor modo de visitar un barrio, un monumento, callejear, etc. Yo lo he hecho hoy con tanto provecho que casi se me va el relato más a la condición agradable del extraordinario restaurador de Valdecillas –Javier Tacón–, del colega que allí he encontrado, de quienes me han enseñado el palacio Bauer (¡gracias!), de la monjita –una benedictina– que me ha abierto San Plácido, de la dama con la que he hablado en San Antonio de los Alemanes (nos hemos pasado el agua bendita con los dedos, cosa que ya no se hace, creo), el vecino de las benedictas de San Plácido que me ha dicho dónde llamar y cómo hacer con esas monjitas "que son unas santas", de la chica que hacía la calle en una esquina de la Ballesta cuando yo sacaba la foto a la casa donde vivió Rosalía de Castro –y que, lamentablemente, he tenido que rechazar, a la chica no a la foto–.... hasta terminar, agotado y con la sensación de deber cumplido, al filo de las dos.


– ¿Y cómo le llamo? ¿Hermana o madre?
– Sor.
– ¿Forman muchas la comunidad, sor?
– Somos trece. Esos dos altares laterales también son de Claudio Coello.
– No hay órgano.
– No. En las pechinas, las abadesas. Voy a dar la luz
– ¿Dónde está el cepillo?
– Dámelo en la mano....
– Ha debido ser milagro de Santa Hildegarda, sor, porque tenía un billete de cinco preparado para el cepillo y no lo encuentro; tengo que darle uno de veinte...
– No me dé tanto.
–Hace mucho frío aquí, seguro que lo necesitan.
–Espere, espere....

Y me ha sacado un folletito y un montón de postales, entre ellas dos del Cristo (c. 1609) de Gregorio Fernández –del que hay media docena de copias repartidas por iglesias y conventos, todas estremecedoras. Le he comentado el de las clarisas de Palencia, pero me ha mirado sin decir nada. No sé, puede que sea conversación peligrosa la competencia de Cristos yacentes. En 1609 ocurren muchas cosas tristes en la Monarquía Hispánica, es el año de la tregua, y de las rimas sacras  de Lope.

Cristo yacente, de Gregorio Fernández (San Plácido)
Cuando cierra el portalón de la iglesia, la sor, encorvada y viejecita, con andares de alguna deformación o de alguna enfermedad mal curada, deja un filo abierto y por primera vez, detrás de unas enormes gafas antiguas, esboza una medio sonrisa antes de cerrar:
Vaya ahora, ahora mismo, a San Antonio de los Alemanes, que estará terminando la misa y puede entrar....
– Gracias, sor, gracias.
Y llegué a tiempo a San Antonio de los Alemanes, cerrando el final de la calle del Pez, y entré a ver el esplendor de la cúpula ovalada chorreando pinturas –Lucas Jordan– y dorados. Ya lo contaremos. También fue lugar de recogidas, con su hermandad, es decir de mujeres que hacían la calle y a las que se recogía durante la Semana Santa, a ver si se arrepentían. En las calles de los alrededores (Desengaño, Ballesta, Palma, etc.) quedan todavía muchas que no se arrepintieron. 



miércoles, 28 de noviembre de 2012

Ocupas (en Madrid)


No  puedo ser tan pretencioso como para explicar en una entrada sencilla del blog lo que sustancialmente son los ocupas; aunque he seguido más o menos el itinerario final, del Patio Maravillas a la calle del Pez, pasando por Casablanca en la calle de Santa Isabel, que tuvo varias entradas en este blog. En cada caso se reproducen modo, sistema, estilo.... aunque nada tan soberbio como los patios del Maravillas –como un viejo teatro de comedias– y aquella cafetería con sillones en donde dormían algunos emigrantes y cuyo grato ambiente no creo que logre nunca el Palace. En Casablanca era el bar y alguno de los patios lo que funcionaba estupendamente, para tomarse algo antes de ir a la filmoteca. En realidad todo o casi todo lo que yo vi funcionaba bien, lo que no deja de dar que pensar en un país en donde la "gestión" administrativa envenena cada quicio de nuestro sistema. 


Me doy cuenta, sin embargo, que buscar esos aspectos desvirtúa algo el juicio, como si uno aplaudiera lo que realmente no es y no se pretende: la comodidad de un bar burguesito,  la vida social en modalidad peculiar, un refinamiento buscado en las carencias. Por ejemplo.

Lo que más me satisfacía al volver a este lugar era distinto: la gente que se reunía para hacer cosas en las que creía, que gastaba su tiempo en los demás, que anulaba de raíz todo lo que pudiera haber de malsano fuera de aquel lugar –mercado, dinero, gestión interesada, humillación, prestigio, engaño.... 
Impresionantes los carteles que anunciaban e identificaban el lugar como distinto, y que hubiera debido reproducir en su totalidad (lo he hecho con tres o cuatro, algunos muy conocidos); simpática y efectiva la tienda de ropa gratis; sencillamente admirable el grupo de músicos jóvenes –o menos jóvenes, no creo que fuera condición– para ensayar música (¡también clásica!). 
No iba solo, sino acompañado de dos personas cuya identidad se descubría por su imagen física: nadie dijo nada, no observé ningún movimiento extraño, la sensación de respeto era absoluta, como lo fue la nuestra al ver a varios emigrantes con su padecimiento de papeles y su itinerario asegurado de humillaciones, que probablemente se aliviaban al entrar en aquel espacio, la "Oficina de derechos so ciales".


La noche era fría, y de martes, por lo que las calles estaban semivacías. Al callejear y salir a la plaza de San Ildefonso recordé que todos mis hermanos habían sido bautizados en aquella parroquia, y las casas familiares en la calle del Escorial (abuelos), Minas (padres).... El trazado es el mismo, pero el barrio se renueva constantemente. Invité a mis acompañantes a tortilla de patata en La Ardosa, la vieja taberna de al lado, en la Calle Colón. El barrio de Malasaña se renueva constantemente y de manera muy curiosa; habrá que hablar de él en otro momento despacio. No todas las renovaciones –ya se sabe– son mejoras. Los ocupas nos muestran de modo cordial y evidente cuántas cosas esta sociedad ha envenenado, deformado y corrompido.

Para el que guste de símbolos, permanece el muñequito que come chocolate en la tienda de ropa infantil, casi un icono del comercio de aquel barrio, en donde tienen placa José Martí, Ramón Gómez de la Serna, Rosalía de Castro, Gertrudis Gómez de Avellaneda, duques y marqueses sin cuento –es zona de palacios noeclásicos y románticos–; y que se puede recorrer leyendo a Torrente Ballester o a Max Aub; pero le falta placa a la Academia de la calle Desengaño, en donde enseñó García Calvo cuando le expulsaron de la Universidad, y faltan quizá algunas más antiguas, de las que ya daré razón.
Terminaremos con un patio de uno de los muchos palacios convertido en viviendas: están escondidos, hay que pedir permiso y entrar a verlos.