Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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miércoles, 9 de noviembre de 2011

MInimalismos, polisistemas y otros neologismos cuyo significado no debemos temer

Enredando por revistas, textos, proclamas y demás de teoría literaria actual, quien venga dando tumbos desde atrás reconoce una especie de oleada o de vaivén que recupera o desecha gestos críticos de raíces viejas. Supongo que ha ocurrido así en todas las épocas. También supongo, y me apresuro a añadir, que casi nunca –nunca, nunca– la vuelta es una mirada desde la misma ventana sobre el mismo paisaje; y nunca es el espectador el mismo, desde luego. Existen matices, apreciaciones, consolidaciones y rechazos que, por el  contrario, son miradas semejantes, pero ahora preparadas para no incurrir en viejas cegueras o para no perder rincones.

Vamos a dejarnos de alegorías, entonces.


En la crítica literaria actual, digamos, más avanzada o con capacidad para proclamarse con autoridad por el lugar de donde viene, por el canal que usa o por los nombres que esgrime –revistas de prestigio; universidades en donde se cuecen esas ideas, en inglés casi siempre, con su poquito de francés; colecciones y editoriales; etc.– se está produciendo el doble y curioso fenómeno que voy a  denominar con dos neologismos invasores: minimalismo y polisistema. 
Suelo acceder al primero a través de los estudios del lenguaje, tanto de los que antaño se llamaban diacronía y sincronía, como los de tipo teórico. Algunas de las últimas tesis que he debido leer, de las publicaciones que me han sometido a valoración o de las discusiones a las que he asistido en foros académicos se las habían con un solo término, sea por su valor como tal –una palabra cualquiera–, sea por su dimensión genérica –una preposición, por ejemplo– y lo estudiaban de modo tan exhaustivo que publicación y discusión terminaban por darnos todas las ocurrencias y combinaciones posibles del término sometido a examen. Lo califico como “minimalismo” porque el final de ese análisis, su resultado natural, sería enumerar cuidadosamente el millón de ocurrencias posibles en cada caso, incluso traspasando el diccionario –que es un alto teórico– para sumergirse en un mar de textos, en los que se analizarían detalles y matices mínimos que diferencian en cada caso su uso. He visto repertorios de este tipo y he visto libros de este tipo. Son planos de Babilonia, desde luego, cuyo destino fatal, para ser coherentes, sería volver a crear la realidad lingüística, infinita, global, tal  y como se produce. Lo que conduce a su anulación: no hagamos lo que está hecho, mirémoslo.

Decía que el diccionario es un alto teórico en el camino de un minimalista, cuando harto de aportar ejemplos –nunca se acaban los ejemplos, sobre todo si hay poetas de por medio–, decide saltar fuera y construir un mínimo nivel de teoría: es el diccionario, al que siempre le hemos de preguntar a la altura de qué piso ha decidido irse a la teoría y qué cosas se ven o no se ven desde esa construcción teórica.

Educado como fui en la llamada escuela filológica española, siempre me llamó la atención lo que decía Rafael Lapesa en sus clases, cuando anunciaba sesenta años para la terminación de un Diccionario Histórico, en la RAE, y nos daba ejemplos de la “A”. Alguna vez le pregunté que por qué sesenta años y no cuatrocientos ochenta y tres, ya que el final de la recolecta de ejemplos tenía que terminar en todos los textos de todas las épocas y en todas las circunstancias (textuales, documentales, orales....) Me contestaba con un respingo –muy de Lapesa– cariñoso. Eso no es de aquí ahora. He visto luego que esa senda era la de otro colega, Pedro Álvarez de Miranda, y desde luego la de otras muchas tareas en el campo de los estudios lingüísticos. No tengo respingos de Pedro Álvarez de Miranda, que es persona sabia y poco dada a efluvios emocionales, pero es evidente que tanto él como sus colaboradores –a algunos de los cuales conozco– desechan la vía del minimalismo y dan un salto a la teoría, desde donde la contemplación del lenguaje real ya no desasosiega tanto: se le aleja allá donde está el mundo confuso, vario e indomable. La teoría, en efecto, alivia sobremanera cuando uno vive. Aliviados y aplicados construyen sus diccionarios, siempre sin embargo con la mosca en la oreja de que se hayan dejado, en su ejercicio de teorización, lo más valioso en algún lugar de las ocurrencias, de la realidad.
Es curioso y muy interesante, en este sentido, el salto teórico de las redes de Ignacio Bosque. Otra cuestión para otro momento.

¿Y qué de la crítica literaria? Curiosamente han incurrido en una deriva semejante cuando después de todos los derribos deconstructivistas, y en sus aledaños y consecuencias, han vuelto a trabajar el campo para que nazca algún árbol que les dé sombra y les permite trabajar otra vez colectivamente; los nuevos historicistas, los polisistemas, los contrafactas de Jakobson.... Hay que ver cómo va uno embadurnándose de neologismos en cuanto se descuida. 
Vamos a dejar fuera nuevamente la alegoría.

Si no se puede objetivar y trabajar con un “objeto literario” críticamente, porque resulta ser el traslado de una querencia expresiva mediante el lenguaje a una forma (el “texto”; vale oral también, aunque no todas las corrientes lo admitan) que nunca podrá ajustarse cabalmente a aquella querencia y, lo que es peor, que será recibida y entendida por individuos varios que –miel sobre hojuelas– convertirán aquella querencia expresiva en galimatías universal; si eso es misión imposible –hallazgo después de veinte siglos de cultura occidental–, lo que es y lo que dice el texto habrá que extraerlo del sistema en el que aquel elemento precioso lleno de tantas posibilidades como de carencias (sigo con el “texto”) pasa a ser un elemento más, porque cuando el “autor” lo hace, dice, confecciona, representa, etc. lo devuelve e inscribe en un contexto. Y allí vale y significa y funciona por sus relaciones con el contexto. Habrá que estudiar ese contexto.

He aquí como los estudios de crítica literaria de última hora recuperan una vez más los estudios de sociología, las lecturas ideológicas marxistas o no, los avances de los recepcionistas tipo Iser, los actos del lenguaje, el viejo cuadro de Jakobson reelaborado por los críticos neoestructuralistas (Even-Zohar).... y recuperan, ¡quién lo diría!, el valor de los estudios culturales tan enraizados en universidades americanas, ahora que se batían en retirada (hay libros que se titulan por ejemplo “Poética de la cultura”; Greenblatt). Recuperan todo. Y lo hacen, como dije, de manera más sutil, refinada y completa; tan completa que si, se quiere ser consecuente, habría que analizar todos los sistemas y sus relaciones cuando a ellos va una o entre ellos emerge una “obra literaria”. Reconstruir lo que la vieja crítica denominaba “sociología de la creación” o “de la recepción” literaria, con muchos más mimbres, algunos de los cuales (el mercado, el poder, el género, etc,) se revelan en este nuevo abordaje como muy, muy interesantes.
Pero claro, el buen crítico solo puede parar en el proceso de su reconstrucción de los sistemas reales si decide, en algún momento –exhausto por el esfuerzo, que adivina absurdo– saltar fuera: hacia la teoría.

Y esa es la razón por la que no hay que temer encararse a esos neologismos que aparecen haciendo cocos por todos lados, y que hay que comprender y devolver a ese lugar de las inquietudes humanas por saber y entender.

Y seguimos.

martes, 22 de febrero de 2011

Jardines de Lope

camedros
Rafael Osuna señaló la riqueza de "bodegones literarios" en la literatura clásica española, en un hermoso artículo de Thesaurus, del BICC, en 1968, que ahora cuelga de la red.
Traigo uno de esos bodegones –no pudo Osuna citar todos, claro– de Jerusalén Conquistada  (Libro XVII, reproduzco la ed. de Sancha).

 

napel






Lo mejor, ahora, es que podemos no solo anotar la definición léxica, sino encontrar e ilustrar con su imagen. Los nombres, en efecto, ocasionaron bastantes quebraderos de cabeza –particularmente los "minosoles"– a los lexicógrafos   (V. BRAE, 28 [1948]; Isaías Lerner lo anota como arcaísmo léxico del español de América). Hay que insistir  en que muchas veces el buen Lope utilizaba, al igual que Polianteas, repertorios de botánica de la época; aunque era un  fino conocedor de plantas y flores. De hecho en esta sencilla entrada al bodegón hemos ilustrado  algunas de las denominaciones más difíciles, como camedros, napeles y balsaminas. A veces se trata de pequeñas deformaciones fonéticas que indican el uso de Lope de repertorios latinos, así por ejemplo, la "altamisa" o "artemisa", el abrótano pareja de la santolina. Y el "penses" será sencillamente nuestro actual "pensamientos". En otros casos la búsqueda léxica ha de seguir otros caminos –quizá vía Font Quer–, como el de la última ilustración, que indica  que las balsaminas son una variedad de las "alegrías", aunque en otros lugares se aluda a una variedad de "camelias".
En todo caso, nada que envidiar los bodegones de Lope a los de Juan Van der Hamen.


miércoles, 8 de septiembre de 2010

Minimalismo, ciencia, comprensión

Mi primer desencuentro con el minimalismo tuvo lugar cuando, al intentar entender determinados paradigmas gramaticales, obtuve tan solo una secuencia de usos de una palabra. Me acordé –es un tópico borgiano– de que el mejor mapa de una ciudad es reproducir exactamente la misma ciudad: nada falta, el análisis es perfecto. Hace poco, en una entrada sobre la biografía de Quevedo, razoné de la misma manera: no quiero acumular más datos biográficos sobre este autor –o sobre cualquier otro– porque a la postre no seré capaz de reconstruir cada segundo de su vida, con todas las circunstancias que le rodearon. En algún momento hay que detener ese peligrosísimo proceso, primero, para no ejercer una tarea gratuita; segundo, porque no se llega a ningún lugar en donde la comprensión o el conocimiento mejore definitivamente; antes al contrario, parece que para traer ese conocimiento y esa comprensión a nuestra ventana personal, a nuestra mirada, hay que liberarse, saltar fuera de la acumulación taxonómica y “entender” aquello de otra manera que no tiene más remedio que ser “actual”, porque el sujeto está actuando. Al tratarse de un proceso mental, la tarea es reflexiva, teórica, mental, como corresponde a nuestra actividad comprensiva.
Luego he vuelto a encontrar al minimalismo por todos lados, a veces para bien y a veces para raro. Esta última condición me asalta siempre que la acumulación se realiza sin objetivos claros, un poco por avidez erudita. Estoy acostumbrado a que me digan, por ejemplo, “se necesita una edición crítica de toda su obra y papeles”, “hay que buscar y editar todos los textos”, etc. Creo que no. Voy a plagiar ahora, un poquito, a Eugenio Asensio. “Bien olvidado está”. Muchos textos y de muchos autores y de muchas épocas se quedaron en el momento de su creación y no han despertado ningún interés posterior. Me temo que así seguiría ocurriendo aunque ahora algún doctorando o investigador meticuloso le dedicara unos cuantos años de su vida a recuperarlo. Bien están. Saltemos valientemente fuera de la montaña inerte que acumularon los siglos, para intentar entenderlos desde nuestra única e inevitable perspectiva, enriquecida con todos los escorzos históricos que se quiera, pero siempre anclados en la actualidad, inevitablemente. Y no hace falta que lleve el argumento hasta sus últimas consecuencias.
En el caso de las gramáticas, que provocaron el arranque de estas aclaraciones, lo que está ocurriendo es tan ejemplar como digno de consideración: ¡se están construyendo gramáticas de cada palabra, de cada morfema, de cada sufijo...! Pero, claro, la mejor gramática de una palabra es la suma de sus ocurrencias en el lenguaje real, ese será el final de un camino abrumador, lógicamente, es decir la huida desde la teoría al uso. Una sensación parecida me asalta de vez en cuando, solo de vez en cuando, cuando consulto y releo la reciente gramática de la RAE, la grande en dos volúmenes, en donde se desciende a los usos reales de muchos términos, en detrimento quizá de la teoría. Supongo que la pericia de Ignacio Bosque ¬–no sé muy bien cómo fue la cocina, le atribuyo a él esfuerzo e inteligencia– evitó muchas veces que la gramática fuera una serie de ejemplos amontonados. Tenemos que seguir abriendo de vez en cuando la carpeta de la teoría.

miércoles, 16 de junio de 2010

Almacén de dobletes para torturar máquinas

Ya señale en nota lateral que no se hiciera mucho caso del corrector del WORD y otros programas, confeccionado por un informático de pocas miras filológicas. Le he sometido a la prueba de los dobletes y casi se me vuelve loco subrayando. Por eso me he resuelto a dedicar algunas entradas sistemáticas del cuaderno a los dobletes –a veces tripletes, como el de roo/roo/royo, del verbo “roer”– ya que no siempre asiente uno a lo que lee en los libros académicos, aún con ese maravilloso regalo que es la monumental nueva gramática, obra de consulta y no de lectura, en la que tanto se concede al habla viva actual. Hasta el feísimo “solapar”, que ha invadido los usos de “coincidir” y del desterrado “traslapar”, se admite, eso sí, en abrazo con el que ya nadie recuerda, al menos en el español peninsular: “Para dar cuenta de estos solapamientos o traslapes , ciertos autores entienden… “ (p. 721). He visto que “traslapar” aparece con naturalidad, sin embargo, en textos cultos hispanoamericanos; Margit Frenk, por ejemplo, lo usa.

He aquí algunos de los dobletes con los que torturé a mi procesador. He tachado lo que me reconvenía el procesador, pero se entiende que todo lo que sigue es correcto, todo;,y que el sistema del "blog", una máquina al fin y al cabo, no me deja subrayar. Yo aconsejaría utilizar de preferencia la forma de la primera columna, por la razón de la mayoría que así lo hace, que a su vez suele preferir la forma más eufónica, que a su vez sufre fuertes presiones de la razón analógica. 


riguroso o rigoroso
se gloría o se gloria de “gloriarse”
auxilíe o auxilie de “auxiliar”
agría o agria de “agriar”
cimiento o cimento de “cimentar”
empariento o emparento de "emparentar"
hiberna o hibierna de "hibernar"
hender o hendir
cerner o cernir
descuella o descolla de "descollar"
el viceversa o la viceversa
adecua o adecúa
toda asustada o todo asustada
medio engañada o media engañada


Y ya saben ustedes, las máquinas son tontas, en el sentido pleno del término; no se crean nunca lo que dicen. El listo es el que las hace. Seguiremos haciendo un inventario de dobletes para trastornar máquinas, en defensa del arte; y cuando ya no los haya (calculo que sería de unas tres mil entradas el diccionario de dobletes, no sé si alguien lo está haciendo, habrá que preguntarle a Ignacio Bosque, cerebro lúcido de estas empresas), los forjaremos, ya saben, creando adverbios en mente con sustantivos prohibidos (“amarillamente”), aplicando sufijos en lugares prohibidos (“des-fiel”, "desbonito"), etc.



A esta entrada vamos a ponerle un decorado playero, porque a lo mejor este año el verano no viene y lo tenemos que disfrutar de oídas (la playa es la de Pantín).
Y le he quitado el rojo y amarillo de los colores, porque la selección española de fútbol ha perdido su primer partido en unos mundiales con Suiza –la de los dineros y las finanzas– y yo no sé cómo vamos a salir ahora de la crisis. He intentado algunas veces convencer a personas dúctiles y asequibles a la persuasión que en la mayoría de los casos (vean ustedes el título de mi "blog") era mejor perder que ganar; pero es una pareja léxica anquilosada en su antinomia, irracional, se diría que forjada por una máquina.