Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

lunes, 17 de febrero de 2020

Ha sido en China

A punto he estado de decir "menos mal que ha sido en China", lo cual hubiera sido empezar de mala manera. En realidad a lo que quería aludir es a que el inmenso país asiático ha sido capaz –autoritarismo, sistema de organización, control, etc.– de trazar un perímetro de acuartelados equivalente a media España con más de 80 millones de habitantes, y que todo el resto del mundo alaba su capacidad de control y el ejercicio de autoridad.
Pienso en Europa: ¿se hubiera podido hacer lo mismo en Francia, Inglaterra, Holanda, Polonia, etc.? Hubieran consentido los holandeses –pongo por caso– tener que llevar mascarilla, no salir de casa, etc.? Las llamadas "democracias" europeas no hubieran podido contener a sus individuos, acostumbrados a ciertas dosis de libertad, con las restricciones necesarias para contener una epidemia de este tipo, que se hubiera propagado urbi et orbe.
Lo cual no quiere decir nada, ni valorar nada, es una constatación de la fragilidad de nuestro modo de organizar vida y sociedad.

miércoles, 5 de febrero de 2020

sáficos

El vate anda recopilando los sáficos, para un antología breve que los incluya; un nuevo esfuerzo para lograr que el ritmo imponga su ley y la palabra no vaya demasiado suelta. De la veintena de composiciones que llevan ese ritmo, la mayoría optan por el balanceo rítmico 4/8, aunque otros jalonan el 4/6. Es probable que el puente de 4/8 exija algún tipo de fuerza tensiva. Buscaremos alguna ilustración, de los jardines de Cecilio Rodríguez, en el Retiro.


sostendré el verso mientras pueda         frágil
mente seguir           cuidar de las palabras     
que no se   alejen  demasiado            simple
mente    con la pasión de ser       que vayan

y que compongan  armonía           cerca
en tanto nuestra voz         aderezada
la inspiración      el pensamiento      imagen
en los espacios blancos      suena     enlaza

huella     motivo     sugerencia    signo
de travesía       sueños que se escapan
en donde brotan       escondidamente          
entre tierras y rocas     venas de agua

la crëación          que nos permita  ser
la plenitud        serena         de la nada

Sobre "Campos de Castilla", de Antonio Machado, fragmentos de la edición


manifestación nacionalista reciente en la calle Goya de Madrid
La imagen final de Antonio Machado (julio de 1875-enero de 1939), mirando al mar de invierno en Colliure, soñando quizá en rehacer lo que le queda de vida en aquel pueblecito francés de pescadores, cercano a la frontera, se mantiene solo durante unos instantes; las noticias y, sobre todo, las imágenes que han quedado de su fallecimiento, traslado del cuerpo, entierro…. resultan sobrecogedoras para cualquier lector de los escritos –y las poesías– del último de los grandes clásicos españoles. Este extraño país de enemigos, pendencias, incomprensiones maltrató a media España –como él había predicho– y enfrentó irremediablemente a unos y otros; además, “ganaron los malos”, que se cebaron en sus enemigos y encerraron a la triste y espaciosa españa en cuarenta años de sordidez. Sobre lo que ha quedado luego…. baste con decir que la lectura de Machado sigue siendo actual. Y no me engaño: durante aquellos años y en la españa vencedora y triunfante, claro que hubo ramalazos de belleza, logros, focos de nobleza, momentos de resolución, generosidad y todo lo que se quiera. Pero la imagen del quinto viaje de Antonio Machado a Francia, con su aire desgarbado y el gabán roto por la ceniza del cigarro, huyendo en condiciones trágicas durante el invierno de 1939 hacia Francia, quedará siempre como una realidad de nuestra historia, que se asoma de vez en cuando y gesticula hacia el horror, el miedo, la tristeza. Porque todo eso es España, mal que nos pese.

Una de las últimas fotos de Machado, en Colliure (de la reciente exposición
en el Instituto Cervantes)
Este editor va a publicar, cuando se cumplen ochenta años de su muerte –y los herederos ya no pueden prohibirlo, ni vivir de la herencia de la creación, como Pérez de Ayala, Juan Ramón Jiménez y tantos otros–, va a publicar Campos de Castilla, al menos si Clásicos Hispánicos alcanza su número 100. No va un paréntesis para señalar el año, que hubiera podido ser 1912, pues la obrita que aparece entonces con ese título no tiene prácticamente nada que ver con la que usualmente se lee. Para que nadie se llame a engaño: no existe Campos de Castilla de 1917, no existe ese libro. El pequeño y frágil libro que aparece en 1912 termina con “humoradas”, proverbios, cantares y dos poesías en homenaje a Juan Ramón Jiménez y a Unamuno. Hacia el final se sitúa también el largo romance “La tierra de Alvargonzález”, dedicada a JRJ, que ya andaba bastante lejos de lo que escribía su amigo sevillano. Biográficamente contiene apuntes de todo tipo, pero en aquella edición se encuentra uno de los poemas más frescos y vitales del poeta, Pascua de Resurrección, escrito hacia el verano de 1909, poco antes de casarse con Leonor.
https://hanganadolosmalos.blogspot.com/2014/04/pascua-de-resurreccion-armonias-poeticas.html

Es curioso que nadie defienda que el clasicismo de Antonio Machado es culpable, primero, de su permanencia como poeta que resuena constantemente; y segundo, de una especie de apagamiento que se va operando poco a poco en su vena poética, germinal en Campos de Castilla, evidente en Nuevas Canciones (1924). La guerra y la tensión social reavivan su vena poética, determinada obviamente por las circunstancias y por un amor tardío; pero el referente de la poesía clásica será una buena antología que recoja casi todo de los dos primeros libros y una selección de su etapa final, entreverada de apócrifos, prosas y otras páginas. Terminará por escribir una veintena de páginas ensayísticas en La Vanguardia de Barcelona, cuando allí se detenga camino del exilio –y la muerte– en 1938-39. Y es curioso, con toda evidencia asoman en toda su obra, pero particularmente en su obra final, defectillos técnicos a modo de ripios, reiteraciones, desapegos…. que nadie va a admitir nunca, pero que son una muestra de cómo el poeta piensa más que canta.

En realidad Campos de Castilla se prepara para su edición (1912) mientras que están ocurriendo todos los grandes cambios estéticos que preceden e la primera guerra mundial (1914) –Picasso, Mallarme, Stravinsky…– y cuya onda alcanza al Ulyses de James Joyce y Tierra Baldía de Eliot, al poco de comenzar la década de los veinte, cuando Machado –en Baeza– ya ha descendido de sus versos, y las nuevas generaciones poéticas, entre ellos Lorca, han iniciado el asenso al arte del siglo XX. Poco se entenderá de la poesía de Antonio Machado si no se sitúan sus versos en aquella formación histórica.
Antonio Machado es el último gran poeta clásico antes de que el siglo XX se encarrile hacia las vanguardias. Eso quiere decir sencillamente que sus versos se entienden en una lectura directa, sin necesidad de una explicación crítica, como voz común.












En el Museo de Artes Decorativas

Ayer enseñé ese escondido museo, que está entre mis preferidos de Madrid, y aparte de subir la vieja escalera de madera hasta la cocina valenciana del cuarto piso, me encontré con cuatro o cinco sencillas exposiciones, una de ellas la los carteles que anunciaban las centenarias exposiciones de Barcelona y Sevilla, las que originaron –¡qué tiempos¡– el pueblo español de Barcelona o la gran plaza de España de Sevilla, entre otras cosas. Y de paso me llevé un par de generosos carteles anunciadores de las fiestas florales de Valencia, también centenarios. Es curioso, algún poso ha dejado en mí Levante, en donde profesé cuando obtuve mi plaza de profesor en el Instituto de Gandía. La luz de abril sobre el Mediterráneo. 

De vez en cuando vuelvo al hormiguero del verano y me perfuma todavía el azahar, que me llevaba –en bici– de la playa al "Instituto nuevo". 

El Museo –cierto es– resulta discreto, escondido, con poca fortuna en esta ciudad de grandes y soberbios museos. Supongo que también anda con poco presupuesto. Le adorna el Retiro y la belleza del barrio de los Jerónimos.

un viejo poema



recorro de vez en cuando -y expurgo– la extensa, demasiado extensa, creación de versos o la exploración de rincones del conocimiento y de la investigación, sin demasiado convencimiento. Hoy me he parado en un viejo soneto –lo de los sonetos tiene su qué, para controlar la facilidad de la vena–, el que me lleva una y otra vez al remanso de los tilos, la plazoleta del jardín botánico de Madrid. He retocado muy poco. Suena todavía:




quietud redonda       y cinco tilos        para
que        de pensar    descanse el pasajero
el viejo sol    de invierno     apenas llega
a trazar laberintos en el suelo

no hay colores       ni frutos       solo verde
alguna rama cruje       se oye el vuelo
de los pájaros        y un rumor urbano
gente que bulle      cada vez    más lejos

a la plaza        sentado      como siempre
he venido a dejar los pensamientos
necesito llegar a la armonía
sentir que      nada soy       que      nada tengo

a mirar         he venido       a respirar
a llenarme de paz           y de silencio




martes, 4 de febrero de 2020

Abrir la página

He abierto esta página como se abrían las viejas páginas de mis cuadernos escolares: para escribir y, quizá, para no decir nada. O como hacía el  buen Unamuno, para ir "de lo uno a lo otro", mejor que "contra esto y aquello", que es otro título. En realidad no me apetece mucho escribir en contra, cuando en realidad uno va de retirada, a sus propios cuarteles, buscando más bien el alivio de los respiraderos, cada vez más escasos. Leí mucho a Unamuno cuando vivía como estudiante universitario en la vieja calle Libreros, cerca de la parra del rectorado –a la que dedicó un buen soneto–, mientras trabajaba y soñaba. No encontré lo que buscaba Unamuno, siempre un poco perdido, incluyendo en la cinta de Amenábar: a veces me llegaban algunos versos de fuerza ciega, que todavía andan mal editados. Hubiera querido editar sus versos, que él ensayaba métricamente con infinita paciencia; pero he ido desechando poco a poco la tarea, para terminar refugiado en la edición de Campos de Castilla, que habría de ser el número 100 de Clásicos Hispánicos. Terminada está, con sus viajes a Soria, Almazán, Segovia, Baeza.... Machado sí que ofrece algún tipo de refugio –el último gran clásico de nuestra historia, como digo en la edición. Sirve para sentir con sus palabras la emoción de la "persona" que se aferra a lo que le va quedando, cada vez menos, y a la tierra: soy castellano, nací y viví la infancia en Palencia, en cuyas eras jugué con los amigos. Todo lejos, ahora, extraviado en los lejanos mares de China; en los países del norte; en los recorridos por tierras que ya no me dicen casi nada.
Me dice todavía el Retiro –que cruzo incansablemente, para admirar el ciclo inagotable de la naturaleza. Me dice la noche. Me dicen las viejas músicas, todas las músicas, con su dulzura anónima que no necesito identificar, al contrario de los versos. Y me dice cada vez más el silencio.



domingo, 2 de febrero de 2020

VOZ Y LETRA (número final)

La revista VOZ Y LETRA acaba de publicar el último número (XXVIII/1 y 2), que además es el número final, como explica el editor en nota previa (en la primera de las fotos). He dirigido la revista durante los últimos –no me acuerdo– probablemente quince años, de manera que lo siento. Es bastante probable que su agotamiento se haya ido larvando en esta época de escasas lecturas, competencia de los "on line" y menoscabo de la actividad intelectual frente a la invasión del universo de las imágenes.


Durante los últimos años me he apoyado en gente joven, que trabajaba a mi alrededor, para que me ayudaran a editar los números, dos al año, aunque en este número final se recogen, como número doble, dos corpus distintos, el primero dedicado a Clara Campoamor, que se ha nutrido de la espléndida tarea de Beatriz Ledesma, hace poco doctorada sobre ese tema, con un trabajo de investigación amplio, rico, profundo. A su lado, Federico Fernández de Castillejo y José Luis Castillejo, entre otras cosas. Otra ilustración recoge el índice, que recoge la colaboración de algunos jóvenes hispanistas franceses y otras hierbas.



De ese modo, termina mi paso por la dirección de revistas, de las que, además, y en la serie siguiente, fui fundador, normalmente con mis mejores alumnos: Manuscrit.cao, Edad de Oro, Revista de la Nueva Biblioteca de Erudición y Crítica.