Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

miércoles, 4 de agosto de 2010

Los males del cine español, según Healey

Hace poco en El País un jugoso artículo de John J. Healey (2 de agosto, “La Cuarta Página”) con el título de “El problema más grave del cine español”, enlazaba aspectos del cine español actual con los modos expresivos habituales la sociedad española, y al realizar ese enlace juzgaba y valoraba en terrenos, circunstancias y modos de sumo interés, a mi modo de ver, para la comunidad hispanohablante.
Es difícil perfilar exactamente el enunciado del problema y su incidencia sobre campos distintos: ante todo, el autor adopta la perspectiva del cine, o mejor todavía, de la representación mediante el lenguaje y su contexto semiológico: cómo se dice y al decir se actúa en cine, teatro y cualquier otro tipo de representación (es decir: lenguaje secundario, en función no comunicativa directa, sino artística o imitativa). Al mismo tiempo enuncia que al tratar de ser “natural” esa representación se modelaba según los modos naturales o sociales de decir y actuar en la sociedad española. Finalmente, señalaba que la peculiaridad de esos modos llegaba, por vía de la naturalidad, a la representación (cine, teatro) y perjudicaba profundamente la calidad del producto cinéfilo o dramático. Como se ve, demasiadas cosas y demasiado importantes para que se traten, modestamente, en una entradilla como esta y quizá en una página de un periódico tan irregular y arbitrario como El País, aunque sea con dignidad y solvencia, como hace el autor; pero uno hace lo que puede y reconozco en ese campo un lugar de batallas que he peleado, yo también, durante cuarenta años al menos, en casi todos los niveles de la docencia. Y una pelea que sé que he ido perdiendo.
Vamos por partes y de modo sencillo. Los modos sociales de hablar, en efecto, pueden extenderse y profundizarse de manera tal que sea posible reconocer el grupo social, la marca histórica, la comunidad lingüística, etc. a la que pertenece el hablante. Yo suelo distinguir, con pocas posibilidades de equivocarme si se me da materia suficiente, los modos de hablar de un político, de un adolescente, de un francés, de un italiano, de un andaluz, de un actor dramático... El conjunto de datos lingüísticos y semiológicos (gestos, movimientos, etc.) de un hablante pueden, en esos casos, definirse. Los políticos, por ejemplo, y de modo harto fácil, por los procedimientos de entonación sobre comienzo de frase y no de palabra –entre otros muchos– con que destrozan o desvían su expresión natural. Me salen bastante bien las imitaciones de los modos de hablar damas francesas, entregando a quejidos y suspiros el “sí” y el “no”, verbo y gracia. Y eso sin entrar en jergas, como las judiciales o las periodísticas (“... los eventos obsoletos que solapan las tareas a realizar....”). Distingo con meridiana claridad cuando se trata de un diálogo de una secuencia teatral de cuando se trata de una reproducción del diálogo de una situación real.
Pongamos que existen unos modos lingüísticos y semióticos que caracterizan el habla “nacional”, por llamarlo con un adjetivo estigmatizado, y más aún, “castellana”, y que ese es el modo generalizado y, por tanto, históricamente “natural” que caracteriza la expresión carpetovetónica. El cinéfilo señala, a continuación, que los rasgos que caracterizan ese modo de expresión, cuando se llevan a pantalla, perjudican la expresión artística, ya veremos por qué. En principio no puede ser el silogismo: si esos rasgos son de verdad los que caracterizan los modos de hablar y de actuar y si se trata de conseguir la naturalidad, lo normal es que se traspasen con pocos cambios a la pantalla. Otra cosa es que los rasgos típicos de la expresividad colectiva, sean, por ellos mismos, criticables desde otros parámetros: el autor habla de “fanfarronería”, adustez, etc. Se podrían añadir más. Mis alumnos hispanoamericanos, los mexicanos por ejemplo, hablan de la sequedad agresiva del español coloquial. Desde luego como mejor se aprecian es cuando se viene de fuera, cuando uno pasa tiempo en otra comunidad lingüística.
El cine, continúa señalando, ha recogido esos rasgos. Ya hemos visto que es lo normal, si se trata de naturalidad. Me voy a apresurar a señalar, sin embargo, que no es así en todos los procesos artísticos en los que funcional el lenguaje como soporte. El caso del teatro es especialmente llamativo: el lenguaje dramático es otro, no tiene nada que ver con el lenguaje coloquial o comunicativo, se cubre inmediatamente de una sobredosis tonal y articulatoria que lo configura como “afectado”. Añadiré, pero puedo discutirlo, que es uno de los rasgos que lastra el triunfo del teatro en los niveles, ya que de ello se trata, del cine. Ahí sí que existe una extraña herida lingüística, analizable, desde luego.
Lo que viene ahora en la discusión es difícil de enunciar: qué tipo de lenguaje y de actuación es la que debe aparecer en el cine españolo que apuesta por el realismo o la naturalidad. Porque la crítica del autor, cuando se le lee bien, no es contra el cine español y sus maneras, es realmente contra el modo de ser, hablar y actuar de la sociedad española, cuestión mucho más compleja, más triste, más difícil de abordar, en la que podríamos encontrarnos, para seguir hablando, con Bisbal, Manolo Escobar, los programas nocturnos de muchas televisiones, el papel de la educación, etc. al fondo. ¿No les parece?
Luego, quedan detrás muchas cosas mal tratadas, que no se han de dar por buenas, y que pasan por aquella escena memorable del Viaje a ninguna parte, cuando Fernando Fernán Gómez, viejo actor de teatro en la peli, hace la prueba para un breve papel de actor de cine (“¡Señorito...!”). Y por la calidad expresiva de muchos de aquellos aspectos que contemplados en panorama y desde el cine japonés parecen salir maltratados, mientras Cervantes nos escucha.
Lo que parece un despropósito, al menos tal y como se enuncia, es lo de que “La lengua española tal y como está expresada en España no casa bien con el cine”, juicio que luego se prolonga en observaciones como “observar cómo la gente habla y se relaciona entre sí”, “la gran mayoría de los españoles utiliza frases hechas acopladas con un lenguaje corporal que impregna generaciones y regiones”, etc. Idea que de un plumazo borra registros personales, contextos diferentes, matices de edad y cultura, etc. no puede ser correcta, algo se ha pasado por alto en argumento tan infantil, que puede que venga de otro mito en la crítica cultural: el de medir “nacionalidades” por estereotipos y el de tomar una parte por el todo. Sería fácil convenir con el autor –y algo apuntaba– en el imparable, desasosegante, perturbador triunfo de la caspa, la vulgaridad y la moda, que tiene, como es lógico, su correlato expresivo; pero no se puede saltar de ese pecado endémico a juzgar “la rigidez fanfarrona española comunica una sensación de libertad y falsa camaradería que la cámara detecta al momento, consiguiendo que mucha parte del público se distancie de la puesta en escena”. Y falta el argumento de mayor consistencia, tremendo y demoledor argumento que ya he apuntado, pero que necesita remacharse, al menos en honor a Quevedo y Valle Inclán: si esos son los modos de actuación y expresión reales de la sociedad española, me temo que el cine no engaña ni traiciona a nadie cuando los reproduce, por mucho que nos repela; cumple con la naturalidad o lo eleva a astracán, como Almodóvar, caso que el articulista cita directamente.
A mí no me parecería adecuado que los directores españoles filmaran como los japoneses, ni que Valle Inclán escribiera como Romain Rolland, aunque así consiguieran cotas de mercado fuera; creo que a la buena filmografía francesa, y podríamos ejemplificar con más casos, tampoco se le podría suprimir esa pátina de lentitud pedante, a veces verbal, que tantas veces engalana “naturalmente” su cine.
Existe una contraargumentación necesaria, que no voy a poder desarrollar ahora, en paralelo con la crítica que opera del mismo modo, olvidando las peculiaridades históricas –el momento de la creación– para promover las de “mercado” o actuales. Es infinitamente más difícil, enriquecedor, complejo, positivo y su etcétera intentar consumir cada producto artístico “también” tal y como necesariamente nos lo ofrece el cruce histórico (de espacio y tiempo) que lo produjo, no solo con sus irradiaciones comerciales o, lo que es muy semejante, como debería ser para lograr su cota de mercado.
Lo dejamos para otra ocasión.


Los toros. Perspectivas históricas. Quevedo también quiso que se prohibieran

Así es, en efecto. Debajo van los tercetos de la Epístola satírica y censoria dirigida (hacia 1625-6) al Conde Duque de Olivares en los que se refiere a las fiestas que empleaban toros entonces. La Epístola se suele citar como ejemplo de valentía crítica casi siempre; y es cita equivocada, empecinadamente equivocada, pues Quevedo la escribió para reforzar las medidas reformistas, los cambios, del privado al comienzo del reinado de Felipe IV, y probablemente para reconciliarse con el nuevo gobierno; pero ese es uno de los lugares críticos de difícil enderezamiento. El pasaje sobre los toros dice así (versos 130 y ss.):

..........
   Hoy desprecia el honor al que trabaja,
y entonces fue el trabajo ejecutoria
y el vicio graduó la gente baja.
   Pretende el alentado joven gloria
por dejar la vacada sin marido
y de Ceres ofende la memoria.
   Un animal a la labor nacido
y simbolo celoso a los mortales,
que a Jove fue disfraz y fue vestido,
   que un tiempo endureció manos reales
y detrás de él los cónsules gimieron
y rumia luz en campos celestiales,
   ¿por cuál enemistad se persuadieron
a que su apocamiento fuese hazaña
ya las mieses tan grande ofensa hicieron?
   ¡Qué cosa es ver un infanzón de España
abreviado en la silla a la jineta,
y gastar un caballo en una caña!
   Que la niñez al gallo le acometa
con semejante munición apruebo;
mas no la edad madura y la perfeta.
   Ejercite sus fuerzas el mancebo
en frentes de escuadrones; no en la frente
del útil bruto l'asta del acebo.
   El trompeta le llame diligente,
dando fuerza de ley el viento vano
y al son esté el ejército obediente.
   ¡Con cuánta majestad llena la mano
la pica y el mosquete carga el hombro
del que se atreve a ser buen castellano!
   Con asco, entre las otras gentes, nombro
al que de su persona, sin decoro,
más quiere nota dar que dar asombro,
   Jineta y cañas son contagio moro;
 restitúyanse justas y torneos
y hagan paces las capas con el toro.
........

Un  comentario histórico y sencillo pondría de manifiesto el rechazo de Quevedo –estamos a cuatrocientos años– y sus razones; pero debidamente actualizado, todo daría pie a nueva argumentación sobre debate tan encendido hoy. No voy a comentarlo, pues,  porque creo que es sencillo: los toros de la época –costumbre de nobles hasta el siglo xviii– se "toreaban" con picas o lanzas (las "cañas" del poema), y eran parte de una fiesta más que, en tiempos de rigor, alejaba a quienes se divertían y a quienes la contemplaban de actividades más importantes.


nunca te he visto

he recorrido playas    aeropuertos
pueblos desconocidos       capitales
panaderías       grandes almacenes
colas del autobús     consultas médicas

pasarelas de moda    fiestas    parques
entierros     exámenes    consultorios
supermercados     cursos de cocina 
tiendas de chinos     ministerios    bodas 

gimnasios     ascensores   rebajas 
mezquitas      catedrales     subterfugios
delegaciones     manifestaciones

desiertos      cementerios  hospitales...
he recorrido mi memoria        y no
nunca te he visto        ¿de verdad existes?

lunes, 2 de agosto de 2010

Que no se termine el centenario de Chopin

Nocturnos, nocturnos, nocturnos...


los dedos dicen al pïano       voces

esparcen los nocturnos   por las teclas
enlazan melodías       que no sé
lo que dicen     por qué     cómo lo dejan

todo lo que has podido amar  más    tanto
en esos dedos que acarician      llevan
dicho otra vez    y nuevamente  y siempre
el piano    cumple     su pasión de niebla

surgen lazos       sin resolver  su forma
y trazan   del misterio     qué tristeza
es inútil que intentes      con palabras
la misma luz que    al descender   se aleja

pregunta     una vez más  a cuanto sabes
¿qué fue de todo?   fue    los ojos cierra

      [Malde, 31 de julio del 2010]

La Coruña, ciudades marinas y bibliotecas cerradas


De las ciudades marinas de España pocas pueden competir con La Coruña, quizá Cádiz, San Sebastián...; pero no llegan a esa sensación continua de mar que en La Coruña uno experimenta desde que se aproxima hasta que se va, después de haber paseado calles, plazas, jardines, playas. 

Eso sí, no pude ver las bibliotecas que iba a visitar –manía que tengo, como otros visitan museos o monumentos–, pues estaba cerrada, por saneamiento, la que se encuentra en el edificio histórico de la plaza de San Agustín, sede de la Academia de Bellas Artes, de manera que pasee por las calles, hasta llegar a la playa de Riazor, espléndida de luz y de gente. Las playas urbanas tienen su encanto. 
Me perdí luego por el paseo marítimo, incomparable, otra vez por la luz, el paisaje verde, el mar... y la brisa, que mantenía la temperatura a 22 grados, mientras el resto de España se abrasaba. En el deambular final obtuve alguna fotografía peculiar, como la de esta preciosa librería, cuyo nombre me pareció de perlas. Y terminé en el puerto, soñando en las ciudades lejanas a las que se podría uno embarcar...




Plaza de Mariana Pita

playa de Riazor

domingo, 1 de agosto de 2010

Cedeira, El Kilowatio y el Café PInzón


Esta es la vista que se puede disfrutar desde cualquiera de los dos lugares que voy a comentar, a recomendar, en pago de que uno de ellos me mantiene bien alimentado y el otro es el que suelo utilizar para conectarme a la red; ambos en Cedeira, desde luego.
La villa viene cambiando, siempre ligeramente los cambios, pero el kilowatio ya estaba aquí hace una docena de años, al menos, sirviendo su corto menú de tapas deliciosas, entre las que el "marraxo", un escuálido (cuya foto te enseñan) y los calamares son las dos estrellas, en ambos casos servidos sobre un lecho generoso de patatas fritas. Antes, cuando existía el restaurante "El Náutico", la competencia era 


esa: o el menú del Náutico, con el Rape con guisantes como plato estrella, o el tapeo del kilowatio. Se cerró el restaurante y ahora hay que deambular de lugar en lugar buscando lo mejor; pero al tapeo del kilowatio sigue siendo espléndido, y con dos tapas se come y con una ración hay para más de dos.
El viejo café Pinzón, a pocos metros, orillas de la ría, era un noble café de aire tradicional, muy visitado y querido por las gentes de la villa, lindando con la parte vieja. Hace un par de años vino a parar a manos de un argentino, simpático y emprendedor, que lo ha remozado, sin demasiadas estridencias –a no ser la de la música, dentro–, pero claro está que sigue manteniendo el emparrado de la terraza, en donde a las cuatro de la tarde, a finales de julio, mientras toda España se abrasa, es difícil soportar el frescor de la brisa.



Filosofía barata (de" China destruida")

Si las meditaciones se plantean
para qué tanto meditar, yo creo
que nunca alcanzaremos a saber
si es pensar lo importante o lo que piensas;

este agujero de argumentos arduos
no lleva más que a la inquietud estéril
tejiendo y destejiendo conclusiones
que son premisas de tareas nuevas;

y en tanto argüimos incansablemente,
pierde la rosa su color, termina
el día, se confunden los aromas ...

y algo nos pide a gritos que entreguemos
la piel abierta y tersa a la encendida
humedad del amor y sus hogueras




Nunca comprenderemos el misterio.
Es nuestra inteligencia diminuta
para entender el universo o para
imaginar espacio y tiempo, todo

lo que intuimos más allá de nuestra
pobre capacidad de recordar
personas y paisajes, los momentos
que no querríamos perder jamás

voces, canciones, gestos, las figuras
amadas convertidas en retablo
de recuerdos que dañan y confortan

al mismo tiempo, los lugares donde
melancolía ordena sus juguetes
y sueña que no sabe de la muerte.