Para recibir a la primavera en Valencia me he llevado esta vez a Azorín, escritor que ha ido cayendo lentamente en el olvido, relativo, como si su prosa lenta, remilgada, pulida, no consonara con los tiempos que corren; y no digamos nada de su teatro –que él pensaba que iba a triunfar y a perdurar. Mi levantino predilecto es, sin embargo, Gil Albert, aunque también he disfrutado con Gabriel Miró, y he comprobado que quien más de moda sigue es Max Aub.
Azorín se puede leer muy bien fragmentariamente, a sorbos, como él escribía: capitulillos a modo de viñetas, de acción detenida, en los que se saborea un recuerdo, un objeto, un paisaje, un gesto. Para saborear la llegada de la primavera en Valencia, Azorín. Valencia (1941) se prestaba cabalmente a este modo de proceder. No ha de buscarse en sus páginas una descripción turística, ni siquiera literaria, pues el ensayo se balancea entre la evocación personal y la meditación poética, aunque por sus páginas aparecen todos los valencianos que él conoció o de los que se sintió deudor: Luis Vives, San Vicente Ferrer, Blasco Ibáñez, Sorolla.... En algún caso el personaje nos lleva al lugar –por ejemplo Mayáns nos lleva a Oliva– o la narración mínima recupera un aguamanil, la vieja cafetería de la plaza de España, las corridas de toros, los teatros, etc. De ese modo asoman pueblos, lugares y paisajes. Es siempre una lectura grata, de valor indeterminado y quizá ya muy lejano, y mucho más en la Valencia actual, ciudad destartalada –con demasiada suciedad– que han intentado convertir en mastodonte mediático, y que solo conservará de Azorín luz y rincones. No habría nada que lamentar si la renovación –al fin y al cabo Azorín es un costumbrista– realzara bondades; me temo que en Valencia solo se ha logrado realzar lo que tenía detrás dinero.
Yo sigo prefiriendo el campo y los pueblos, ver el mar a través de los naranjos, los bancales recogiendo el azul "lechoso" (el adjetivo es, precisamente, de Azorín), y la sensación de noche, cuando el azahar empalaga los sentidos. Miro con inquietud la Malvarrosa –qué se recupera y cómo–, me parecen un acierto los "tinglados" del puerto, y la salvación de la ciudad el cauce del Turia como espacio verde. La modernización impuesta a golpe de talonario va a resultar un disparate.
| La Albufera |
| Playas de Pinedo |
De las playas abandonadas de Pinedo, he ido a la Albufera, me he asomado a los arrozales y he recorrido algunos barrios –Benimaclet–, viendo fallas y persiguiendo bandas, ese valioso elemento colectivo que aglutina a las gentes y convierte al valenciano en gente apegada al terruño, hasta el punto de que debe ser el español menos viajero. En otro post, croniquilla de las fallas, que me recuerdan mi paso de profesor recién estrenado por esta tierra (en Gandía).
| Rincones de Valencia |

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