Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

martes, 10 de agosto de 2010

Cedeira. Desmanes de verano


Doctrina adecuada es la de procurar que nuestro entorno, allí hasta donde alcance nuestro quehacer, nuestra opinión, nuestra actuación reciba el comentario, aplaudiendo para consolidar lo que nos parece bien, criticando lo que nos parece equivocado. Las cuestiones municipales, en el caso de municipios como el de Cedeira, villa de extremada belleza, bastante bien conservada y ordenada, probablemente se rigen por un consistorio dominado por partidos políticos –como es usual– en donde las decisiones a lo mejor no siempre se toman teniendo en cuenta el bienestar de los cedeirenses y de sus visitantes, sino a partir de un ideario político que no siempre sabe proyectarse adecuadamente sobre la administración y gobierno del municipio, me da igual de qué signo sea



El habitante esporádico de este lugar privilegiado, como soy yo –que aquí percibo mi sueldo de funcionario, por ejemplo–, puede observar sin demasiado esfuerzo extraños cambios, conductas, quehaceres, normas, etc. que no obedecen al sentir o pensar de los ciudadanos y que, normalmente, proceden de intereses extraños difíciles de conciliar con la mejora, el progreso o la necesidad. Muchas veces las decisiones (talas de árboles centenarios, erección de monumentos carísimos, cambios en la disposición y calendario de ferias y mercados...) son tan inexplicables que no queda más remedio que desconfiar de la “oficialidad” municipal. Creo que es deber denunciar desmanes.

Citaré tres recientes: primero, el del parque infantil de la plaza “roja” de Cedeira, lugar donde se encuentra toda la villa, se celebran las fiestas y concurren las gentes; tenía, en su centro, uno de los parques infantiles mejor logrado y más concurrido que jamás haya visto –dentro y fuera de España–, bastante bien conservado (pasarelas, columpios, barras, torres...) en madera y con suelo de corcho, creo, por lo demás, que con los beneplácitos ecológicos de todo tipo. Era una delicia ver a los chavales jugueteando entre las terrazas que bordean ese parque. De la noche a la mañana apareció vallado y durante unas semanas estuvo escondido, ¡pero lo estaban no solo desmontando, sino destrozando, serrando! Ahora acaban de “inaugurar” en su lugar un engendro; de convertir en un parque mediocre, de colorines, con los cuatro trastos de siempre (un columpio, una mesa, un balancín...), en el que ya no podrán jugar más que bebés o niños de menos de cuatro años. A quien se le haya ocurrido la sabia decisión de cambiar el maravilloso parque infantil de la Plaza Roja de Cedeira para convertirlo en uno más –y de los más feos– del montón habría que apartarlo rápidamente de cualquier tipo de decisión municipal. Y luego, además, ¿cuánto ha costado ese parque y qué necesidad había de sustituir el antiguo? Ahí se ve la oficialidad convertida en arbitrariedad y desmán.


Lo malo de los sitios más pequeños es que los municipios pretenden identificarse con las gentes al margen de la administración de la ciudad, apoyándose en una etiqueta política, que probablemente nada tiene que ver con lograr el bienestar de toda la población y la sensatez en el buen gobierno de la villa. 


Item más. Por primera vez en muchos años he visto sistemáticamente a la policía local de Cedeira poner multas a diestro y siniestro a coches mal aparcados, cerca de los supermercados, por ejemplo, no sin antes haber suprimido un 30 % de las plazas de aparcamiento por la presencia de la feria y de haber “ordenado” con amarillos, azules y verdes el resto de los aparcamientos de la villa. Cedeira es el centro de muchos lugares, desde donde se acude a comprar, comer, disfrutar... Cerrar agresivamente la villa de ese modo a los vecinos de todos los lugares es cerrarla también al comercio, la reunión, el ocio, la gestión, etc. Es intentar quitar vida a la ciudad. Y no digo que no haya de ordenarse el tráfico –aunque no como en un pueblecito suizo– lo que digo es que habría que hacerlo de otra manera. Primero se habilitan plazas cercanas, luego se da publicidad a su existencia y luego se instaura, poco a poco, el sistema de multas. No se puede hacer al revés: primero se suprimen las plazas de aparcamiento y a continuación se multa sin previo aviso. ¿Por qué en tantos municipios españoles se actuará sistemáticamente en contra de quienes en ellos viven o a ellos van?


De sobra sé que no es solo este municipio, en el que yo me fijo porque en él vivo. El caso de otro municipio mayor y cercano, El Ferrol, es muy llamativo y podría ejemplificarse con las carreteras que llevan a las playas. Es fácil de adivinar los días que el municipio ha aprovechado para arreglar los puntos más peligrosos de esas carreteras: empezar los primeros días de agosto y continuar unos diez o doce días más, de ese modo quienes intenten ir a las playas formarán una cola de unos 10 kilómetros y se pasarán un par de horas en el coche antes de llegar. ¡Sabía decisión de los ediles!



Me dicen que “es que hay elecciones”. La política, como bestia necesaria, la política cuando se convierte en algo ajeno a la vida común, cuando desnaturaliza su función primera y queda como el lugar del “poder” no al servicio de, sino como capacidad de ejercer la voluntad sin control de ningún tipo, o con un control tan lejano y arduo, que la gente termina por encogerse de hombros, hacer y dejar hacer. 



Botánica gallega (II)




Experimenta poco el agricultor gallego, muy apegado al cultivo mayoritario de maíz y patatas, lo primero me dicen que por servir para alimentar al ganado; entre las hortalizas, cultivan mucho el tomate –grandes y jugosos, pero con menos sabor que los de tierras del sur–, las lechugas y las judías. Entre las frutas, además de las muchas variedades de “peladillos” y “blanquillas” (las nectarinas de otros lugares), tienen una gama extensa de peras y de manzanas, que lamentablemente se va empobreciendo a favor de las dos o tres variedades globalizadas (la golden, verde doncella, starking, gran smith...) De los cítricos, Galicia es tierra de limoneros; raro es la finca o la casa donde no los hay, con fruto durante todo el año, aunque éste el temporal dañó muchísimo al limón, lo que se nota en su precio desorbitado. Se ha aclimatado muy bien el kiwi.

Sería interesante –quizá se esté haciendo en otras zonas de Galicia– intentar aclimatar productos de huerta y tropicales, todavía exóticos y caros en el mercado español, pienso en frutos como el de la papaya, la frambuesa, la lima, la guayaba, los helquenques (¿...?)... Pero hay muchos más que, a veces, por curiosidad, hemos plantado y que se han dado muy bien. En otro momento me referido asimismo a productos florales (citaba el caso del heliotropo, con dos ilustraciones en esta página), en una comarca en donde reinan camelios y hortensias.
Yo no tengo nada de huerta, pues no puedo cuidarla, no podo mis manzanos, recojo en agosto las avellanas y estoy esperando que se renueven mis limoneros, que ya tienen mucha flor y algún fruto pequeño empezando a medrar (ilustración).
Los ingenieros agrónomos del gobierno gallego de Santiago sabrán de ello.

El último y dramático temporal al que he aludido en alguna ocasión, que tuvo su lugar de mayor virulencia en esta zona, se llevó los árboles mayores, en mi caso: un nogal, un chamecípero, una hilera de laureles romanos...; y los que habían alcanzado la frondosidad, a pesar de sus raíces poco profundas, como un madroño o un espino blanco (“albar”, en el romancero). Resistieron a duras penas los más esbeltos y que ofrecían menos cuerpo a los embites del viento, como los espigados enhebros –que se han quedado escorados hacia el oeste, como se ve en la ilustración–, el tejo dorado (foto), el cedro del Líbano –apenas se inclinó–, el árbol de Júpiter, con su juego de ramificaciones huesudas; y resistieron castaños –de la tierra–, avellanos –de una dureza peculiar–, arces, el cornejo, los acebos... Vivió su aventura un alcornoque, que me había traído pequeñito hace unos años del sur, y que medraba despreocupadamente en medio del prado. El temporal lo tumbó y casi lo desgajó; pero tumbado el tronco principal, ha torcido una de sus ramas que se ha erigido buscando azules –como hace la secuoya cada vez que pierde la guía cuando el cuervo la utiliza como atalaya– y anda ya con aires de árbol volviendo a ocupar su lugar.
Mucho más discretos y humildes, los limoneros se quedaron en el esqueleto, y se han empezado a recuperar lentamente ahora; dicen los lugareños que al limonero le gusta que le castiguen y que más limones da cuanto más se le quiebra, derriba, dobla, corta... Si así fuera, estarían en el límite de su felicidad; pero esta vez el castigo casi acaba con la población de limoneros que confiere a toda esta tierra un sabor peculiar con rincones llenos de árboles como iluminados por viejas bombillas. 


Le pasa al limonero lo contrario que al saúco, uno de los árboles más frecuentes en este rincón, árbol que de verdad nunca termina por morir y al que ya se le puede cortar una y mil veces, que siempre rebrota (como el de la foto), primero como arbusto de caña fofa y hoja de un verde vivo, y luego, poco a poco, cobrando el porte de árbol generoso, que según dice Font Quer, se consideraba árbol sagrado. De todos estos árboles existe una tradición culinaria y farmacéutica, que se está perdiendo a favor de la botica, en donde uno encuentra todo hecho pastilla. Tengo, empero, varias plantas que todavía utilizo directamente, como contaré en la última viñeta, y no solo las típicas de las infusiones (mentas, hierba buena, hierba luisa, romero, salvia, toronjil o melisa...), sino las propias de ungüentos y cremas.

Precisamente, y para terminar con bien, quisiera aludir a una última planta que se me ha aparecido como de uso directo en un restaurante del lugar (“A Revolta”): las ortigas. Ya me habían avisado que se empleaban, debidamente rehogadas, en ensaladas y revueltos; pero no me he atrevido nunca a cocinarlas, porque las recetas siempre eran algo vagas. Tapeando hace unos días en ese restaurante vi que en la carta se ofrecía “revuelto de ortigas” (tapa a doce euros, por cierto), pregunté al camarero, me dijo que sí y que exquisitas, y aun no las pedí. En algunos lugares me han narrado anécdotas de personajes que las guisaban y tomaban, pero yo no he visto nunca a los lugareños que las recojan o las empleen, ni siquiera para el uso erótico que de ella hacían los romanos. ¿Sabe alguien, de verdad, cómo se cocinan?







lunes, 9 de agosto de 2010

Sánchez Ferlosio y el deporte


Sánchez Ferlosio ha salido a la tribuna de los comentarios de actualidad con una página en un periódico nacional a propósito de la copa del mundo, el deporte, la celebración y su coda mediática y política. Y cada vez que SF opina merece la pena detenerse en sus reflexiones e ir con su pensamiento sagaz –de admirable precisión expresiva, de añadidura– hacia los lugares desde donde mira, opina y juzga.

Se trata en este caso de comentar lo que ha ocupado interés, entusiasmo y ocio de los españolitos: el campeonato del mundo; y de asociar deporte y celebración  a ribetes peligrosamente fascistoides, cosa sobre la que arguye históricamente, a partir de juegos, fastos y celebraciones en la antigüedad clásica, hasta llegar a la “adoración” de la copa de oro en la Puerta del Sol, por iniciativa de Esperancita Aguirre, como si se tratara de la sagrada custodia, del santísimo sacramento.

La verdad es que hay un aspecto de esa página que no termina por cerrar la argumentación: aquel que se pasea por la actividad deportiva de carácter competitivo –el ganar a toda costa– y la menosvalora por su carácter no funcional, como actividad que no tiene objetivo o función. Viniendo tal supuesto de SF, cuya defensa del indio ocioso, disfrutando del sol y de un tiempo sin otra finalidad que la de estar, recordamos bien, como contraste con las catorce horas de laboreo esclavista en las minas de plata, ese desprecio a la ociosidad o a la actividad sin función aparente nos extraña. Y por ahí podría considerarse el lado noble del deporte, que lo tiene sin ningún género de dudas. Luego, cuando pasa a mayores, la competición deportiva y todo su entorno, aún podemos intentar salvar algún rescoldo de tal actividad, cuando ejerce una función catalizadora de carácter social en la que convergen gentes de muy diverso signo (ideología, clase social, casta, raza...), quienes, por fin, se encuentran y establecen contacto humano.

Siempre se puede seguir por ahí, para señalar que podría no ser conveniente esta comunión social de los unos y los otros, cuando se les convoca a una falsa unidad, situándoles fuera del mundo real para hacerles partícipes de una actividad vacua (la deportiva ajena). Y siempre habría que ajustar que tal actividad, maravillosamente situada “al margen” de otras mucho más conflictivas (la laboral, profesional, docente, económica....), se presta fácilmente a la manipulación para arrimarla a la sardina propia. Que al fin y al cabo es lo que se hizo con los fastos y celebraciones, mientras Bisbal cantaba y Esperanzita Aguirre se vestía con la camisa de Casillas. 


Erotismo, literatura, pornografía (I)

Al asomarse a la red se capta frecuentemente el espacio e importancia que allí ocupa toda la cuestión sexual, vamos a llamarla por ahora así, de modo muy general. Los “blogs” que abordan directamente esa cuestión o que se ocupan centralmente de ella son los que cuentan con mayor número de seguidores, los más internacionales, los perseguidos por la publicidad, los que suministran mayor número de enlaces, etc. Incluso en mi propio “cuaderno de pantalla”, en donde tengo un contador que miro muy de vez en cuando, me ha sorprendido que una de mis páginas anteriores en las que aludía a ese tema, creo que tangencialmente, se ha ido encaramando a uno de los primeros puestos de página más consultada. No quiero ser mojigato, de manera que he vuelto a la página, la he releído, he conectado con las que conmigo lo han hecho desde ese perfil, y apuntado como “favoritas” algunas especialmente valiosas, espectacularmente eróticas o pornográficas, y me he impuesto a mí mismo ser claro y preciso en este tema, también, desde mis labores sobre todo, es decir desde las labores literarias. Con erotismo literario terminaremos más adelante, dentro de unos días.

Quisiera en consecuencia, y para despejar el campo, definir al menos tres cosas, que andan en las páginas de los tratadistas del género, pero que se necesitan aplicar al campo con cierto rigor, para no mezclar todo... a  no ser que lo que se quiera es precisamente el batiburrillo, que suele ser una finalidad inconsciente de ese tipo de páginas o direcciones, en donde se han ido conformando subgéneros –no se crean ustedes– que a veces resultan difíciles de dominar. Normalmente los subgéneros proceden de su uso en inglés, y no creo que porque los anglosajones sean más erótico-pornográficos, sino por el dominio del inglés en campos de alcance universal, como sin duda es este. Más adelante, ya que el tema da para bastante, podremos hablar de porqué algunas nacionalidades incluso algunas razas tienen su apartado porno-erótico y otras no: japonesas, chinas, coreanas, brasileñas, rusas... lo tienen y van a la cabeza; pero no hay demasiados estancos de “españolas”, “canadienses”, “portuguesas”, “guatemaltecas” o “danesas”, pongo por caso. Tampoco hay demasiados “americanos”.

Hay que tener en cuenta que todavía no soy un experto, aunque estoy en ello.  Lo curioso es que en muchos casos funciona la categoría superior a la nacional, de modo que existen estancos para “latinas”, “árabes”, etc. al mismo nivel que otras más descriptivos de la forma y cualidades físicas (“con mucho pelo”, “con pelo corto”... e imagínense ustedes el resto de la serie) y de otras categorías mucho más sorprendentes, que nos va a permitir navegar de lo pornográfico a los erótico: “Celebridades”, “Amas de casa”, “Estudiantes”... En fin, ya hablaremos de la inaudita riqueza de los “tag” o etiquetados que sirven para ir a una categoría u otra, incluso les citaré el que por ahora se lleva la palma, una página con ¡más de mil etiquetas!, en donde la inmensa mayoría lejos nos queda de imaginar que remite a una selección de películas, fotografías  o material porno-erótico. La clave estriba en la imaginación. Compondré esa página más adelante, porque entraña cierta dificultad.

Cuando la cuestión sexual se aborda directamente, sin tapujos, para desequilibrar a la parte animal del individuo, sea hombre o mujer, buscando la representación directa de actos de tipo sexual decimos que se trata de “pornografía”, que a su vez admite adjetivaciones y graduaciones posteriores, empezando por el “porno duro” (hard) o blando (soft), según se muestre o no directamente el sexo de quienes lo practican hasta su culminación. Hay poco que reflexionar sobre la pornografía en este aspecto; lo hay, y mucho, desde otros puntos de vista. Allá iremos con el tiempo.

Frente a la pornografía en el erotismo es absolutamente necesario que en el algún momento de la representación –sea del tipo que sea– el individuo erotizado/a ponga algo de su parte; la pornografía es claramente animal en su realización, aunque se apodere totalmente de nosotros; en el erotismo ha de funcionar en algún momento el resorte de la condición humana que imagina, piensa, ve más o menos de lo que hay, sueña, etc. es decir, interviene como “persona” para convertir lo que se le está ofreciendo en algo de incidencia claramente sexual. No se trata solo de lo que se ve, desde luego, la música, el olfato, el tacto... actúan de maravilla como resortes que nos permiten alcanzar el grado sexual de lo que a lo mejor no lo tenía en las intenciones de los que actúan. Por eso puede producirse un estallido erótico provocado por personas o escenas que no tenían esa intención; por relatos que aparentemente no buscaban ese efecto; por situaciones que nadie piensa, objetivamente, que pueden impulsarnos a la gozosa turbación erótica. Y desde luego existe la búsqueda y realización del erotismo buscando precisamente ese gozne, tanto en representaciones (arte, literatura, cine, música...) como en la vida social y en la actuación personal. Eso sí, en todos esos casos el objetivo puede fallar, porque nada pone de su parte la persona o el público para el que se ha pensado esos efectos. Lo que nos lleva a los dos últimos párrafos.

En efecto, quiero acabar esta primera anotación, la mar de sencilla, con un último apunte, que todo el mundo entiende: cualquier cosa puede ser erótica. Unas nubes, un sueño, un silencio, un olor perdido, unas notas musicales, un ruido, un vestido, una comida... Como ocurre en el campo de la Semiótica, la entrada de un receptor (el erotizado) en una escena universal permite que el elemento variable de ese receptor produzca la sensación eléctrica del erotismo, aunque nadie más lo haya apreciado.
Es verdad, por tanto, que la pornografía refleja el placer sexual servido en bandeja y sin complicaciones iniciales, en tanto que el erotismo nos puede llevar al mismo lugar placentero y turbulento de la condición humana, pero a través de un camino en el que intervenimos personalmente de alguna manera. Mucho mejor, ¿no? Pues no: mucho mejor solamente en las situaciones en las que el individuo necesite ese escorzo personal, quizá impertinente cuando la fiera anda suelta.

Para mí todas las ilustraciones de la entrada siguiente (la de SF) son eróticas, como las nubes de más arriba.



sábado, 7 de agosto de 2010

Londres


Estuve el pasado otoño en Londres, para trabajar en la British Library. Mi buen amigo y colega Trevor Dadson me facilitó un alojamiento no turístico en el Queens Mary College, y además cenamos en un viejo restaurante que conservaba todavía el recuerdo de Dickens. Los diez días, aproximadamente, que duró la estancia fueron fructíferos desde el punto de vista de la investigación, ya que en la British encontré muchos de los documentos –originales– que buscaba, especialmente la intervención de Felipe II a la muerte de Diego Hurtado de Mendoza. Aproveché, del mismo modo, para copiar a mano varias cartas y pasajes autógrafos del padre Mariana (la reproducción oficial que me ofrecía la British costaba tanto que más parecía negocio con ricos que facilidades al investigador), así como resolver algunas dudas sobre el inventario que yo tengo –y que publiqué hace tiempo– de los fondos quevedianos que allí se guardan; particularmente los datos sobre una presunta copia de “Lince de Italia”. En fin, en mis idas y venidas (las secciones de la BL que a mí me interesaban cerraban a las 17 horas), me habitué a los alrededores de San Pancracio y a las vistas del Támesis desde mi apartamento en el Queens, en la Mile East Road, de lo que dan cuenta las ilustraciones. Pero lo que me siguió subyugando, como siempre, fue la mezcolanza humana de la capital inglesa, el universo racial, lo que quise a veces recoger con versos, un cancionerillo breve como el que sigue. El día de cierre de la BL lo emplee en visitar el botánico en Richmond, que tuvo antaño su noticia en este “cuaderno de pantalla”.





Seis estaciones    seis  duró el hechizo
en un vagón     destartalado y sucio
mientras se consumía   el tiempo oscuro
incapaces de comunicarse  con nada


porque faltaba el rito necesario
para el encuentro    desconocido
más fácil   el silencio y los temores
que la palabra y la sonrisa   porque

así quieren que seamos    mujer triste

que  a nadie miras    mientras yo te miro

y te comprendo    mujer pensativa
que por mi vida    cruzas   un momento

de lo ignorado    a lo desconocido
llevándote   mi voz    sin que lo sepas




voy a comer melocotones     bajo
la catalpa que cubre la pradera
delante de Wetsminster    iré luego
contigo a Chelsea    a recordar a Erasmo

como un intelectual pero en King's Road
nos compraremos ropa nueva    para
compartir    y un helado de cerezas
ya ves     contigo sale todo en verso

andas    por los rincones de mi vida
con total desparpajo   hablando  riendo
nada puede    impedir  tanta presencia

la verdad es que   nunca    imaginé
que me acompañarías     esta tarde
de otoño    en mi paseo solitario






ciudades   y ciudades    y ciudades
ya no consiguen atrapar los ojos
tantos colores     ni grabar estampas
que se recuerden cuando al fin   volvemos

la huella   solo queda   recogida
de lo que se prendió   de otra manera
y con palabras se fraguó   despacio
lo que el tiempo   no sabe maltratar

permanece   aleteando   en la memoria

Y entonces es    cuando lo que termina
resistiéndose a ser   arrinconado
y sortea     la mugre del olvido

como si    la semilla de la vida
tan solo   germinara  en los secretos


escuchando a Bartok y a Cesaria Évora
trascurre el viaje en bus   a San Pancracio
a la altura de Aldgate Place      sube
un oriental     con ropa militar

acribillado el rostro por los piercings
y el pelo en cresta verde y plata      como
mariposa     Bishopgate      twoeufive
es imposible    pronunciarlo todo

salta Chopin en el I Pod       me acuerdo
de ti       los árboles de Euston Road
acarician la luz de los cristales

cuando pasamos en el bus     juntos
el aire se estremece     y se retira
estás aquí      te llevo de la mano





por fin     he visto niños   en un parque
jugaban con las luces de la tarde
al escondite     entraban y salían
en la sombra    gritando   protegidos

por los plátanos centenarios   cerca
de la noche    endulzando los cansancios
con las últimas risas   ignorando
todo lo que no fuera su esplendor

algún día     saldrán hacia las calles
de esta ciudad  incomprensible   donde
viven todas las gentes    confundidas

y distantes   al mismo tiempo siempre
dispuestas a ignorarse    educadas
para sobrevivir     precariamente



suena el piano de Albéniz   en las calles
de Londres    y se mezclan los paisajes
evocados y reales    por la gracia
del Ipod      sin embargo  tanta gente

de tantas razas    con los ojos huidos
agazapados     el algún rincón
secreto.... ¿soñarán también   con otras
tierras lejanas? ¿de qué somos huella?

dulzor remoto     de melancolía
cristales del pasado    imperceptible
que a veces hacia la luz emergen
¿cuándo grabé tantos recuerdos? ¿dónde?

lo dice    la canción desconocida

“si no alcanza la voz    llega la pena”




El random del ipod va de Ponce
a Camarón luego a John Field  Haendel....
atardece en King’s Road  mientras termino
la ensalada  y el zumo de cranberry


barullo de autobuses   y turistas

los árboles de Sloane Square vienen

a proteger las luces amarillas

de la noche    la luna juguetea

Se cierran muchas tiendas   abren bares
se trasforma la calle   cambia la gente
japoneses con burca    indias con flores
ejecutivos africanos     rubios

borrachos    falsos italianos  chinos....
y un español    desorientado y triste




viernes, 6 de agosto de 2010

Ya no voy a dejar que te me vayas...


ya   no voy a dejar   que te me vayas
diré     los vocativos que te nombran
las noches    para ti    todos los días
que mis dedos     temblando  te recorran

que se quede tu piel      de fatigada
abierta   suave    tersa   y olorosa
que en los labios  se ceben las caricias
y mis manos  te sepan   de memoria

vivir     para mirarte   cada día
que mis sueños   no inventen otra cosa
laberinto   tu cuerpo   sin salida
la dulce  servidumbre  de la rosa

el aire se cansó al final del viento
y al mar llegó  y sobre el mar  se posa

Verso libre (y III)



Verso libre (y 3)

Todas estas entradas sobre métrica han ido a formar parte de mi nuevo Manual de Métrica Española (Madrid: Cátedra, 2020)

En dos viñetas anteriores expuse brevemente los prolegómenos que habrían de confluir en una descripción –con su posible definición– de lo que realmente es el verso libre, habida cuenta de que no se encuentra ni en el uso del sintagma ni en textos teóricos sobre métrica una definición cabal de esta modalidad métrica, sin duda la más frecuentada en poesía contemporánea desde que por primera vez la emplearon ya hace más de cien años poetas como Leopoldo Lugones, Juan Ramón Jiménez, Villaespesa... y luego los que construían “ismos” de moda, por ejemplo Huidobro.

Las conclusiones sencillas de aquellas viñetas eran casi pura constatación de que no existe un “verso sin ritmo”, aunque sí puede existir un verso no frecuentado o usado por la tradición literaria (por ejemplo endecasílabos con estructura acentual 3.8.10); la segunda constatación –y usábamos como modelo un poema de Blas de Otero– era la de que en los poemas en verso libre aparecían versos de variada medida (heptasílabos, pentasílabos, versículos, decasílabos...), por un lado, y que el ritmo de cada uno de ellos y, por supuesto, el del poema como conjunto armónico, tampoco obedecía a pautas conocidas (por ejemplo, se mezclaban, por una parte, versos de siete, de ocho y de once sílabas), ni silábica ni rítmicamente (en el ejemplo aducido, los versos de once, a su vez, llevaban ritmo no tradicional, extraño, tal el de 3.8.10 con el que ejemplificábamos).

Para no volver a definir y describir, por tanto, todo el proceso: se llama verso libre a la utilización de pautas métricas (silábicas, rítmicas, etc.) en las que no se crea a partir del objeto mismo que se produce, los versos, sino de la real gana del versificador, que toma de aquí y de allá sin importarle para nada la existencia de tradición, pautas, etc. De esa actitud realmente “libre” puede producirse –y así ocurre mayoritariamente– que el poema resultante sea una mezcolanza de metros, ritmos, rimas, estrofas... en donde un análisis descubre enseguida que se disponen allí versos tradicionales, versos irregulares, mezclas, etc. Incluso pueden ser mayoritarios los versos tradicionales, salpimentados por algún versículo, mezclados sin proporción reconocible (por ejemplo, al mezclar versos eneasílabos y decasílabos), etc.
Es relativamente fácil llegados a este punto saber qué es lo que se suele llamar verso libre: así se denomina el resultado de una inspiración que no quiere conducirse a través de los parámetros métricos que le presta la tradición, aunque no le importa incurrir en ellos. Verso libre define la actitud del versificador y, por exageración de la crítica, define también al resultado de esa actitud que se proclama como más espontánea, menos constreñida, más abierta.
Hasta ahí la descripción de lo que se llama “verso libre”. Nos faltan dos ajustes importantes. Al paso del breve texto anterior hemos empleado el sintagma “verso irregular”: en efecto, llamamos así al verso que no se acomoda a las pautas métricas conocidas por la tradición y mayoritariamente en uso. Los endecasílabos con estructura 3.7.10, 2.8.10, 3.5.8... etc. son irregulares, frente al corpus de endecasílabos biensonantes y clásicos. 

Y nos falta la coda final. ¿Quiere decir todo eso que el poeta que emplea el verso libre no obedece a ningún criterio rítmico y crea a la buena de dios? Evidentemente no. Una vez que hemos entendido que el criterio creador no es el de la métrica tradicional podremos entender las largas explicaciones de los teóricos, cuando hablan de que mediante la utilización del verso libre el poeta ensaya devolver el peso de la armonía del verso a las palabras, las frases, su contenido, su realización, etc. Algo de eso hay cuando un versificador que ha creído emplear el verso libre nos pide que leamos su serie realzando tonalmente determinadas palabras, otorgando unidad de pronunciación a los versos como unidades, y rasgos de este tipo. En realidad nos está diciendo: ha desaparecido el entramado rítmico al que estabas habituado, pero hay otro personal con la mezcla que yo he logrado, descúbrelo al leerlo adecuadamente. 

Es ese último un camino posible, un camino que puede conducir, en efecto, a la belleza o a la caprichosa disposición de un texto que no hay modo de elevar al rango de poesía en verso.

Si con estas explicaciones se vuelve al poema que en su día copiamos de Blas de Otero (y que está en el índice de este cuaderno de pantalla), se observará que, en efecto, versos regulares e irregulares se mezclan para componer un todo que se puede definir como poesía escrita en “verso libre”, en tanto que el análisis de sus versos, detalladamente, remite, en consecuencia a una disposición que no conoce estrofa clásica en la que se mezclan ritmos muy variados.