Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

martes, 30 de noviembre de 2010

Flor del viento, Libro de sonetos



La flor del viento que en invierno abrió
con la dorada luz de la mañana
seis voces amarillas ha espigado
en un barranco yermo de montaña.

Pedregales y musgos le rodean;
y la nieve le espera y las escarchas,
la gracia de sus pétalos no sabe
que nunca alcanzarán la madrugada.

 

La flor del viento cimbra su corola,
quiebra la oscuridad del valle y canta;
los días del invierno son más breves,
y las sombras del monte se adelantan.

Respira intensamente el aire limpio
de esta mañana azul con que te engañas.



lunes, 29 de noviembre de 2010

Conciertos del Libro de sonetos: "Entretiene el preludio los finales...."

Bach suite para chelo, núm. 2, preludio (BWB 108)



Entretiene el preludio los finales
cercanías del fin que siempre cambia
deja de ser las veces que permuta
esclarece si muestra lo que avanza

más nos valiera conservar sin tiempo
un latido de luz esa constancia
que a las primeras luces cada día
se llevan lo que trajo la mañana

querella dulce en tantas crïaturas
que se alternan en ser desde la nada
y quiebran con pinceles imposibles
la sombra de virgilio en la montaña.

Que sea nuevamente tiempo abierto,
aunque tiempo será sin esperanza.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Libro de sonetos: "Vamos a prohibir la voz melancolía..."

Vamos a prohibir     la voz melancolía
quizá un poco gastada     ahuyenta tus caricias
vamos a prohibir         mirar al verbo ser
que es un problema cuando         queremos desnudarnos

cuando ya se ha aceptado         la esclavitud del cuerpo
nada está prohibido          mientras tus labios abren
la palabra del sexo y       te pido que me muerdas    
muy poco a poco dulcemente en tanto cobijo

la fuga de la luz           y busco algún refugio
para poder pensar         como si todavía
tengo a brahms en un puño     y esta noche ha mirado

al invierno como si       le cansaran los versos
y tan solo quisiera        mirar por la ventana
enamorado brahms     al oír el silencio

Homenaje a Mario Hernández

Ayer por la noche se celebró un homenaje a Mario Hernández, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, que decidió jubilarse al finalizar el curso pasado –hubiera podido continuar con sus tareas docentes durante cinco o seis años más–, de una labor que ha venido desempeñando durante los últimos cuarenta años; de la docente, porque las de investigación y creación se verán, con toda probabilidad, incrementadas a partir de ahora. Un grupo de discípulos y colegas decidió, y sin avisarle, reunirse con él para un rato de compañía y exaltación de la amistad, pero sobre todo para reconocer sencillamente magisterio tan largo. Quienes lo organizaron –yo no estaba entre ellos eficazmente, solo en "espíritu"– sé que se sintieron pronto desbordados por la gente que iba acudir y la capacidad del local elegido –un restaurante palentino, en Madrid–, que inicialmente daba espacio para unas treinta o cuarenta personas. Finalmente se cerró la convocatoria como se pudo. Ya habrá más homenajes.
Sabina de la Cruz lee unas palabra

 
Fue muy grato encontrarse con un grupo de sus discípulos –Elena Perulero, entre ellos, organizando–, algunos pocos colegas del departamento, entre los que me cuento, muchos amigos y colegas espontáneamente llegados de cercanas o de lejas tierras: Laura Dolfi (Italia), Christopher Maurer (Boston), Efraín Kristal (California),  Lina Rodríguez Cacho (de Salamanca), J. Neira (de Málaga), J.M. Pedrosa, Rosario López, Dolores Noguera... además de Sabina de la Cruz, Manuel F. Montesinos, Margarita Ramírez, Mercedes Bengoechea... con la colaboración de amistad y de arte de Gonzalo Torné; y el exquisito regalo final –una sorpresa para todos, creo– de una Antología mínima, impresa, como solo él sabe hacerlo por Emilio Torné (Calambur). Hubo abrazos, encuentros, ojos húmedos entre risas, exposición descarnada y riquísima del anecdotario de Mario, sobre el que se podría escribir un libro entero... Me cabe el doble honor de haber intervenido en algún momento de la cena para leer las coplas manriqueñas que Javier Yagüe me envió desde Bruselas, para unirse al homenaje, como hicieron otros.
Fue todo cordial, en algunos momentos –como Mario es– de un natural, elegante y sencillo tono literario. 
 

sábado, 27 de noviembre de 2010

La "Euphorbia" o estrella de navidad

Empieza la tortura comercial de las navidades. 
La planta del título se puso de moda hará una docena de años, y ahora aparece sistemáticamente en los puestos de flores, en los supermercados, en los grandes almacenes, para que vistamos las navidades todos más o menos. Ya se sabe, lo de la globalización. Viene con las hojas superiores rojas la "poinsettia pulcherrima", que también así se llama.
Es oriunda de México –efectivamente, es frecuente allí– y se le otorgan, como a todas las plantas familiares y conocidas, significados simbólicos. Sin embargo, yo le traigo al cuaderno porque, como suelo hacer, no le dejo morir ni la tiro al terminar las fiestas; al contrario, pienso que se ha quedado sin juergas y que necesitará su tanto de cariño y dulzura. De manera que la del año pasado, por ejemplo, sigue así de lozana y expresa como cualidad otra cosa distinta al rojo de las hojas, que no le he querido provocar con manipulaciones y torturas (hay que encerrarla, taparla una temporada, etc.) En compensación, iba a decir,  cobra una forma de planta frágil de una sutilidad bellísima, que extiende sus ramas –las he ayudado muy ligeramente– con una especial armonía, como las de un arce real pequeñito. Va mudando poco a poco: amarillean las de abajo, brotan las de arriba  (se ve en la foto). Conviene, como todas las plantas, que tenga bastante luz, pero que no la machaque ni el sol ni el exceso de agua. 
No siempre acierto con estas criaturas de lenta movilidad y presencia constante, pues con el frío de esta noche se me ha olvidado guardar una cineraria, muy antigua también, y no sé lo que me va a decir cuando vaya ahora a ponerla dentro. Ya está algo de morros y no se deja fotografiar. 
Sin embargo, andan iluminando el aire las violetas, medra en un rincón donde se puso provisiomalmente el aloe, el tronco del brasil ya no sabe por donde trepar (algún día contaré su historia, que la tiene).... (nótese que son cuatro puntos).
Y sigue siendo fiel –esta flor es de una devoción llamativa– el espatifilio, ya saben, la que protege su flor con una larga hoja o "espata", y que está en todas las casas.
Este año, en cuanto pueda, volveré a cultivar un par de gardenias (Ikea suele traer grandes remesas, bastante baratas), de esas que de repente, con los primeros atisbos de la primavera, te envían un recuerdo de Machín por toda la casa. Lo malo es su pulgón; pero bueno, ya veremos. Suicidé a las del año pasado, después de haber dado generosamente su dulzor. No había otro remedio, de verdad.
Otras mariposas quietas, ya puestos, son las de siempre: algún kalanchoe, potos, helechos, un nidularium, cintas, philodendron.... (en adelante voy a poner cuatro y no tres puntos suspensivos, como hacía César Vallejo).
El gran problema y la mayor inquietud estriba en las semillas que me traje del último botánico –el de Palermo–, que están creciendo en los tiestos de un alféizar y que no tengo ni idea de qué son. Ahí va una foto, por si alguien me dice que estoy cultivando algo que me va a causar sabe dios qué daño. 
A   veces la vida viene con sorpresas y de repente uno se encuentra con algo que no esperaba y que le enciende el corazón. 
Mas si las cosas salen mal, pues ya se sabe, una de las plantas que he citado es venenosa.










Romances noticieros: "Naranjas busco en tus labios..."

Naranjas busco en tus labios,
hago en tus ojos cosquillas.
La tarde dejó de ser
y la noche se aproxima.
Arte de birlibirloque
se llevó lo que vestías,
¿quién me quitó los zapatos,
desabrochó mi camisa,
nos ha dejado en pañales,
que si es que vas y te fijas
–tomates en calcetines–
te vas a morir de risa?
No sé si fueron los rollings
o si los lentos de dylan,
o si fue cuando –¿te acuerdas?–,
al coincidir en las risas,
se nos fue un beso hacia dentro
y ya poder no volvía;
borrachas fueron las manos
por la ropa enloquecidas
a la caza de botones,
cremalleras y rendijas;
buscando nidos ardientes,
serpientes o lagartijas,
con la sangre alborotada
entre lenguas y salivas,
buscando arroyos en fuga,
buscando alondras perdidas,
de las que gimen si alcanzas
a apresarlas con caricias,
de las que bien no se sabe
si bullen porque suspiran,
si suspiran porque esperan,
si esperan porque precisan
que con los labios y dientes
sin piedad muerdas su huida.

Al cabo de tantas dudas,
todo se mueve y se agita,
y tus muslos y tu espalda
como el agua se deslizan
entre las manos que quieren
encontrar lo que escondían.
Buscando cauces lejanos
hete aquí que, humedecida,
la piel se abre a no sé qué,
a bien sé qué maravilla.
Allí oculto andaba todo
lo que tanto me sufría,
que eras tú cuando no estabas,
que era la pasión vacía
que en el aire se quedaba
y que luego se perdía;
pasión que viene tan cerca
que no puedo frenar su ida;
sube, punza y me desborda,
parece que es avenida
que rezuma intensidades
y sobrepasa la vida,
no sabe si la ternura
es llegada o es partida,
no sabe más que desorden,
si despacio o si deprisa.
Ya pregunta mi ansiedad,
mientras muerdo tus orillas,
por los lugares de encuentro
donde los cuerpos ardían.

Al fin que van y se abrazan,
al fin que paran la vida,
al fin que fue que allí dentro
donde se ocultan las cimas,
donde la seda se rasga
y hondo árbol enraíza
sin que le tomen tristezas
sin saber lo que sentía.

Y he aquí que aparece el mar,
soñado mar sin orillas,
que llega creciendo inmenso
y todo lo precipita.
Entonces sé más que nada,

entonces se deja y olvida,
momento de olas y espumas
que van sembrando delicias.
Reposa entonces los ojos
en mis ojos y sé y mira.
Vamos juntos donde estamos.
Abre las olas y mira.

Poesía española actual (9). Leopoldo María Panero

Yo  no sé si la intención de Leopoldo María Panero (Madrid, 1948), como poeta, hubiera sido la de aparecer en el rosario de la poesía española actual, habida cuenta de su marginalidad inicial y de su empecinamiento por mantener un cierto grado de independencia y rebeldía, tanto personal como poética. Me da la sensación de que su veta ha sido ya absorbida por las oleadas invasoras de los nuevos poetas; queda una obra extensa e intensa, sumamente irregular, en la que se encuentran joyas cumplidas y todo un testimonio de lo que puede ser una poesía que se niega a cristalizar en supuestos limbos estéticos, sobre todo cuando así se fuga de la realidad, sobre todo si la realidad tiene aristas resistentes a la tradición poética.
Su biografía y sus azares están ocupados por esos continuos regates, bordeando locura y excentricidad; es muy sabido y aireado que ha pasado largos periodos en siquiátricos y que –creo que todavía– en uno de ellos de Las Palmas vive y escribe; de la misma manera que es inevitable la referencia a su entorno familiar –los Paneros, una familia de escritores–, que incluso produjo un par de películas, entre documentales y testimoniales. Una de las ilustraciones es un fotograma de la película.
Quizá lo más importante para nosotros es ver de qué manera la creación poética de Panero ha intentado llevar a su creación –a sus versos– una travesía vital  atormentada, confusa y cambiante que afectó (¿o empantanó?) su vida, su obra y la de buena parte de su generación durante el largo final del siglo XX. Al margen de casos concretos –el malditismo, el compromiso directo, la marginalidad...– la obra de Panero es la que con mayor contundencia y claridad nos lleva a ese lugar, desde donde escribe y sobre el que escribe.

La relación de sus publicaciones es deslumbrante; y eso que he suprimido obras en colaboración (pero ¿qué colaboración es la que establece, por ejemplo en los libros finales con Félix Caballero?) y otras menudencias. A la altura del año 2004 Túa Blesa editó una Poesía Completa (1970-2000), que lleva ya bastantes reediciones; también he suprimido lo anterior (1968):
Así se fundó Carnaby Street (Ocnos, 1970).– Teoría (Lumen, 1973).– Narciso en el acorde último de las flautas (Visor, 1979).–Last River Together (Ayuso, 1980).– El que no ve (La banda de Moebius, 1980).– Dioscuros (Ayuso, 1982).– El último hombre (Ediciones Libertarias, 1984).– Antología (Ediciones Libertarias, 1985).– Contra España y otros poema de no amor (Ediciones Libertarias, 1990).–Agujero llamado Nevermore (Selección poética, 1968–1992) (Cátedra, 1992).–Heroína y otros poemas (Ediciones Libertarias, 1992).–Piedra negra o del temblar (Ediciones Libertarias, 1992).–Orfebre (Visor, 1994).–El tarot del inconsciente anónimo (Valdemar, 1997). 
Guarida de un animal que no existe (Visor, 1998).–Abismo (Endimión, 1999).–Poemas del manicomio de Mondragón (Hiperión, 1999)-–Suplicio en la cruz de la boca (El Gato Gris, 2000).–Teoría del miedo (Igitur, 2000).–Águila contra el hombre: poemas para un suicidamiento (Valdemar, 2001).– Buena nueva del desastre (Scio, 2002).– Poemas del manicomio del Dr. Rafael Inglot (Valdemar, 2002).– Conversación (Nivola, 2003).– Esquizofrénicas o la balada de la lámpara azul (Hiperión, 2004).– Erección del labio sobre la página (Valdemar, 2004).– Danza de la muerte (Igitur, 2004).– Poemas de la locura seguido por El hombre elefante (2005).– Sombra (Huerga y Fierro, 2008).– Escribir como escupir (Calambur , 2008).– Esphera (El ángel caído, 2009).– Reflexión (Casus-Belli, 2010).
El poema que sigue pertenece al libro de El que no ve (1980):







Poesía actual, noveles, novedades

De nuestro contacto con los poetas malagueños que acaban de dar a conocer  el número tres de CARTOEMAS proviene el conocimiento de una sugestiva revista, Los noveles, para creadores que se inician, he aquí el enlace:

http://www.losnoveles.net/2010/newish13.htm

En cuanto a CARTOEMAS, aquí va asimismo el enlace para seguir sus aventuras y leer lo que están haciendo:

http://dvdediciones.com/cronicas_cartoemas.html


Los callos de Christopher, en el Gijón

A veces, cuando trabajo en la Biblioteca Nacional, salgo a comer al café Gijón, el de abolengo literario, que continuá siendo un sitio respetable y bullanguero, donde se almuerza razonablemente bien un menú madrileño de 12,50 euros, de los de toda la vida. Como hoy me he encontrado con mi colega y amigo bostoniano Christopher Maurer, nos hemos escapado al Gijón; yo, helado de frío, y él, a cuerpo gentil,  disfrutando de los dos grados de Madrid, con sol, que se le antojaban casi casi primaverales. 
Venía yo del Casón del Prado, que no había visitado desde hace muchísimo tiempo –es el viejo Coliseo del Buen Retiro, que ha pasado por constantes transformaciones– a donde había ido a la caza y captura de tres documentos histórico-literarios fundamentales para mí: (1) el famoso e inencontrable retrato que Guido Boloñés, Guido Reni, hizo del III Duque de Osuna y al que Quevedo dedicó un soneto. (2) Papeles, obras  dibujos, procedencias de obras de Alonso Cano, para completar mi investigación sobre el busto de arcilla o terracota de la BNE. (3) El retrato que del III Duque de Osuna hizo Bartolomé González, y del que Gabrielle Finaldi –subdirector del Prado– dio noticia en el 2004, como estante en "private collection". De las tres cosas he ido dando noticia en este cuaderno y las tres habrán de ser rematadas a no mucho más tardar.
Lo que sí que me ha impresionado y sí que quiero añadir ahora es la comodidad, acierto, calidad, etc. de la sala de lectura que me he encontrado, de la que ya tenía indicios a partir de la admirable exposición –y correspondiente página– que de la Libreria del Museo del Prado han montado en el Retiro. Invito a que se visite la güeb "marcas tipográficas," que lleva Carlos Fernández, para que el paseo sea completo; y este otro enlace:
http://marcasdeimpresor.blogspot.com/2010/10/bibliotheca-artis.html:

Madrid tiene, en estos momentos, una serie de sedes maravillosas para poder trabajar cómodamente, no solo con recursos, sino en lugares extraordinariamente atractivos para el investigador: a la propia Biblioteca Nacional, la municipal Joaquín Leguina, el Ateneo... y demás, muy conocidas, puede añadirse la del casón del Buen Retiro, en donde se trabaja bajo la cúpula que pintó Lucas Jordano, asistido por un personal competente y amable.¡ (¡muchas gracias, Yolanda!).
Del Prado hube de ir a la Biblioteca Nacional, exactamente al Museo, en donde recibí asistencia y simpatía de quienes lo llevan (¡gracias Gema y Mercedes!) y seguí atesorando datos y circunstancias, con las que ya tengo casi finalizados al menos dos de los caminos de la investigación enunciados antes. Pude, además, ver el viejo retrato de Quevedo –es copia del de Velázquez– en un despacho; pasé por el archivo, en donde Enrique Pérez Boyero me está ayudando a encontrar las papeletas de compra de los objetos que me interesan; y terminé en larga conversación con mi buen alumno y colaborador Víctor Sierra, que va a empezar a editar –bajo mi supervisión– el códice Daza, el extraordinario autógrafo de Lope que la BNE compró el año pasado y que, como ya anunciamos entonces, ha estado transcribiendo y estudiando durante todo este tiempo. Me dice que la RAE piensa publicarlo también en facsímil y con transcripción enseguida. Extraña tarea la de duplicarlo, máxime cuando llevamos casi quince años intentando conseguir que alguien trabaje sobre la poesía de Lope de Vega, para cuya entrada en el Diccionario Filológico no encontramos a nadie (ni dentro ni fuera de España) y la tuvimos que hacer nosotros; de nuestro grupo salió, por lo demás, hace una docena de años, el único trabajo –una tesis doctoral– sobre el tema. Incordios serán de glorias pegadizas.

En fin, después de tanto ajetreo, vuelvo al comienzo, bien se comprenderá que en el Gijón nos decidiéramos por un menú cargado y castizo. Mi colega bostoniano se pidió los "callos con garbanzos", y así, más relajados, tomé una instantánea, en la que me he decidido más por los callos y los pimientos rellenos –era mi primero– que por nuestras nobles figuras, un tanto ajadas ya.


Una vieja polémica sobre arte/vida

A raíz de una desafortunada polémica periodística actual –de la que no voy a tratar aquí directamente–, así como de la prohibición de una película (Serbia) o de la censura de algunos “blogs" (Into the Wild), etc. he tenido que razonar, desde la vertiente de profesor de literatura, por ejemplo y nuevamente, algo que ahora hace un año aproximadamente salió a la palestra, con motivo de una narración en la abundaban las escenas de lo que ahora se llama “violencia de género”, lo que provocó la condena fulminante, mayoritaria y explícita de la narradora.
Así, directamente, sin entrar en mayores consideraciones no se puede condenar  una obra creada como producto de la imaginación en campo libre, porque inmediatamente tendríamos que juzgar a Agatha Christie por los crímenes de Hércules Poirot o a Antonio Muñoz Molina por pederasta; de manera que conviene siempre distinguir entre lo que es tema, argumento, motivo, etc, de una creación artística, sea del género que sea, y la realidad. Los niños “juegan” a matar indios (bueno, ahora, pokemos y seres extraños y galácticos) y me parece que, mientras sepan distinguir juego de realidad, eso no les proyecta directamente a la delincuencia, ni siquiera a la violencia. Aunque parezca mentira este argumento todavía necesita exponerse y razonarse para convencer a quienes confunden realidad y arte; no es extraño, ya le ocurría a Sancho Panza, que era incapaz de distinguir entre “poesía” e “historia”, como se decía en la época.
Pero tal argumento, que hasta lo he oído –menos mal– en labios de nuestra siempre admirada Esperanza Aguirre tiene sus peligros; y el peligro que tiene es un componente fundamental en todo este aparato o rifirrafe. A lo que hay que referirse inmediatamente para no simplificar las cosas es a ese peligro, que en realidad es  una demostración por la vía  fácil de la presunta autonomía del arte que trae debajo del brazo una falsedad. La imaginación es libre o, como yo suelo argüir, nadie puede controlarla (pueden restringir su ámbito mediante el curioso procedimiento de agotar sus funciones dirigiéndola hacia campos inocuos, como el del fútbol; pero eso es otro tema). Sin embargo el resultado de la imaginación creadora es un objeto de arte que –y esto es lo importante– pasa a ser inmediatamente un objeto más de la vida real, mal que les pese a los artistas. De manera que los desnudos de Tiziano son cuadros, arte, y no hay por qué escandalizarnos; pero Felipe II encargaba esos cuadros para solaz de su lujuria y satisfacción bien real de su vista: el arte volvía a la vida y se imbricaba nuevamente con ella, desde un estatuto peculiar, el de haber sido concebido en estado de libertad. Y así ocurre con todo el arte y con todas sus circunstancias por más gorgoritos que nos hagan los defensores de la autonomía del arte. Lo cual se demuestra andando: dadme cualquier objeto artístico, que yo lo consumo tal y como venga (lo oigo, veo, palpo, huelo, entiendo, dejo de entender...)
Escena de la película "Serbia"
Con esta vuelta del argumento que defiende el “compromiso” del arte como circunstancia o discurso normal en cualquier formación social, complicamos el campo, que es de lo que se trata, pues casi siempre la devolución de un tema humano de múltiples aristas a su complejidad suele ser un acierto, al menos en el planteamiento. Y muchos problemas no pueden más que plantearse.  Es lo que hago cuando juego al ajedrez con mi churumbel: paramos la partida cuando ya se ha planteado una red de posibilidades, sin acabarla.
Vuelvo al arte. Podemos dejarlo así, abierto, o podemos avanzar, al menos, una pauta general que nos ayude ante la perplejidad.

Sea este: la libertad artística que se proyecta desde la imaginación produce un resultado a modo de “hecho artístico” (en realidad “discurso”, pero bueno), que se origina y va a una determinada formación social en donde va a cumplir una función “real”; es competencia del artista no solo la creación de aquel objeto sino la valoración en términos de conducta –indivual, social, histórica, etc.– de su impacto. Resortes y resultados de la creación son raseros adecuados que pueden intervenir en el proceso.

Ya seguiremos.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Romances noticieros: "Chinita que al sueño vuelves..."



Chinita que al sueño vuelves
dame tus ojos rasgados
dame tu cabello negro
la blancura de tus manos
que recorra mis secretos
y que los deje esperando
harto estoy de imaginarte
quiero tu cuerpo en mis labios
y el temor a los amores
cuando estallan cuando vamos
a recoger otra vez
lo que tanto hemos soñado
dame amores dame amores
dame tu vientre ovalado
donde ocultas entre pliegues
tantos pétalos rosados
dame alondras escondidas
dame botones y nardos
dame tu lengua en la mía
y dame tus cuatro labios
dame al cerrar de los ojos
los dedos que van buscando
el largo canal abierto
que desde el cuello bajando
termina con tanta gracia
que se me pierden las manos
entre montes y entre valles
entre bosques y pantanos
donde habrá que hundir la vida
con el cuerpo adelantado
con tus dedos y tus besos
llévame allí y con tus labios
que me prendan caracoles
y me arañen los costados
dime tú si este es el ritmo
dime tú si este es el paso
que mi cuerpo tan crecido
ya dentro te está buscando
para llegar a infinito
para llegar encumbrado
al mar que crece esas olas
que al cuerpo dejan temblando
como quien pulsa instrumento
que luego queda sonando
marea de plenitud
que al fin nos ha desbordado

miércoles, 24 de noviembre de 2010

ROMANCILLO DE LOS AMORES DE INVIERNO (parte II)


¿Qué voy a ocultar
y con qué silencio
si ocupas mi voz
y llenas mis versos?
Me acerco y me miras;
no mires tan dentro,
no mires tan cerca,
que sé lo que pienso
y voy y lo digo
y voy y te llevo,
te llevo a las noches,
te llevo a mi cuerpo,
te llevo a mis manos,
te llevo a mis besos,
te llevo perdido,
donde están te llevo
la luz apagada
y el roce del viento,
la luna desnuda,
la sombra del cielo,
a mirar estrellas,
y contar luceros,
tú aquellos de arriba,
yo los dos del suelo,
no los cierres nunca
cuando vaya dentro
que entonces relumbren,
que entonces me muero,
solo si los abres
muy cerca me quedo.

Abre cuanto puedas
mientras cede el cielo,
estrellas se queden
si quieren a verlo,
que yo necesito
mirar cuando tiemblo
que estás junto a mí,
que te estoy sintiendo,
estar en tus ojos
y en tu pensamiento.

Vayamos deprisa,
queda poco tiempo;
detrás de una esquina
me espera el silencio
y allí yo quisiera
llevar tu recuerdo.
No bajes los ojos,
si en ellos me pierdo;
escucha a  mis manos
si buscan tu cuerpo;
guardo para ti
todo lo que fueron
paisajes sin nombre
amagos, intentos,
todo lo que se iba
al cabo muy lejos,
que nunca creí
poder ya tenerlo.
Pasaré a tu lado,
rozaré tu cuerpo,
marcharé a mi viaje,
esparcerá el tiempo
ceniza de amores
por el universo.
Mas si abres los labios
me quedaré dentro,
donde siempre quise,
dentro dentro dentro.

Libro de sonetos: "Lo de toda la vida no me sirve..."


Lo de “toda la vida” no me sirve,
prefiero el jueves por la tarde en casa;
te prestaré de hache eme la camisa
y el pantalón más grande del pijama.

Creo que ya no quedan cigarrillos,
tengo las viejas pipas olvidadas;
elegiremos a medias la música:
una tú y otra yo, vale cambiarlas;

a los primeros besos que se escapen
haremos como que no hacemos nada;
tampoco vale censurar las manos
ni comentar qué tal, cuando se acaba.

Con aire displicente quizá diga:
“Podríamos volver aquí mañana”.

César Vallejo y los sonetos

Es realmente llamativo la lucha que César Vallejo mantuvo con la forma más tradicional de las estrofas, hasta el punto de que quien lea su obra poética desde esa perspectiva se percatará de que recorrió un camino, por tortuoso, muy creativo, en el que, desde el punto de vista métrico, intentó fidelidad y huida, construir y destruir ese cauce versal. Un tanto por cierto abundantísimo de su obra, sobre todo en sus primeros libros, son sonetos de factura clásica, en los que el vaso formal desborda contenidos y aventuras expresivas; pronto esa capacidad de Vallejo por decir distinto y más lejos de lo que había conocido comienza a romper sonetos, por todos lados; aun así, volviendo una y otra vez al molde clásico, mantenido cada vez con dificultad. En esa lucha van quedando restos de la batalla, los más curiosos: su constante preferencia por poemas de cuatro estrofas, en las que trasparenta la vieja forma soneto, quebrada, rehecha, traicionada... Algunos ejemplos son casi modelos perfectos de cómo se varía un soneto. O de cómo se vuelve a él, para observar los destrozos: unas veces es deformando los terceros: otras añadiendo algún verso, a modo de estrambote.
Copio un ejemplo bastante claro, me parece:

Así pasa la vida, como raro espejismo
¡la rosa azul que alumbra y da el ser al cardo!
Junto al dogma del fardo
matador, el sofisma del Bien y la Razón!

Se ha cogido, al acaso, lo que rozó la mano;
los perfumes volaron, y entre ellos se ha sentido
el moho que a mitad de la ruta ha crecido
en el manzano seco de la muerta Ilusión.

Así pasa la vida,
con cánticos aleves de agostada bacante.
Yo voy todo azorado, adelante... adelante,
rezongando mi marcha funeral.

Van al pie de brahacmánicos elefantes reales,
y al sórdido abejeo de un hervor mercurial,
parejas que alzan brindis esculpidos en roca
y olvidados crespúsculos una cruz en la boca.

Así pasa la vida, vasta orquesta de Esfinges
que arrojaron al Vacío su marcha funeral.

En la edición de Américo Ferrari, que manejo por comodidad ahora, se editan en Los Heraldos Negros una quincena de sonetos perfectos y hasta una decena de contrahechos de diversa manera  (por ejemplo “Truenos”, “Líneas”), en donde no faltan los de metro diverso, como “Lluvia” (de eneasílabos), los de alejandrinos (“Encaje de fiebre”), los mixtos (“Los anillos fatigados”), y desde luego el poema de cuatro estrofas, como ya dije. En el libro siguiente, en Trilce, la sensación es que Vallejo avanza todavía más en su laboratorio métrico, pues el libro se abre con toda una batería de poemas que se encauzan a través de las cuatro estrofas y que, aun anunciando la silva moderna, todavía conservan esa cuádruple división estrófica que delata su abolengo sonetil. Hacia la mitad del libro la ruptura parece lograrse por su mayor extensión, resueltamente hacia la silva moderna, con menos retrocesos hacia la forma pura del soneto viejo (el  XXXIV, el XXXVII, el XXXVIII... por ejemplo) y mayor audacia en las transgresiones. Tanto es así, que bien pudiera leerse Trilce como un ensayo de destrozar y rehacer sonetos. Alguno se acerca todavía (“La tarde cocinera se detiene....”, el XLVI) al soneto clásico, aunque siempre con quiebros y guiños (“Cratrerizados los puntos más altos, los puntos...”, el LVII), que están a punto de hacerlo irreconocible (“”Ha triunfado otro ay. La verdad está allí...”, el LXXIII). Algo semejante se observa en algunos “Poemas en prosa”.  Finalmente, en Poemas humanos parece haberse superado esta lucha amor odio con la forma soneto, que se puede volver a escribir a la manera antigua (“Me moriré en París con aguacero....”; “Quiero escribir, pero me sale espuma...”), con alguna licencia (“Sombrero, abrigo, guantes...”), pero que ha desembocado ya en poemas de mayor aliento, más extensos sin duda, en donde la vieja forma de cuatro estrofas sigue apareciendo como recuerdo, pero desbordada ya por una inspiración mucho más abierta, tal, por citar uno entre todos, el “Me viene, hay días, una gana ubérrima, política....” Quizá lo más significativo sea, en consecuencia, que Vallejo consigue salir de la prisión del soneto y sus consecuencias, salir de la lucha, y que por esa razón exhibe una gran variedad de resultados métricos, que le permiten ese aliento épico y emocionado de España aparta de mí este caliz.



Ejemplos de los primeros contrafactas que se pueden leer como campo de batalla para zafarse del soneto o para retorcer su estructura: “A mi hermano Miguel”.  Otro texto que copio ahora (se puede agrandar para leerlo mejor) es  de la edición milanesa (Lerici) de 1964, que manejamos –junto a la de Losada, a la que sigue– en mi generación.

Erotismo de lencería

En gentil intercambio de ideas sobre este cuaderno de pantalla –no diré en este caso con quien–, y al señalarle yo que la consulta del “blog” se había disparado durante la última semana, pero que seguían siendo las páginas más consultadas las que etiquetaba como “literatura y erotismo”, mi interlocutora opinó sensatamente sobre varios aspectos y me insinuó que la parte gráfica del cuaderno no era muy convincente, porque casi siempre parecía ilustrar con ese “erotismo de lencería” tan abundante en la red. Le dije, claro, que las ilustraciones en esos casos provenían no de experiencias del rapsoda –como cuando hablaba de libros o de flores– sino de haber ido buscando imágenes apropiadas en la red, sin mucho afán, bien es verdad, porque en esa búsqueda, además de especilizarse uno en camisones y escorzos eróticos –y en aparatos genitales de todos los tamaños– acababa uno agotado por una especie de agitación erótica sobre vacío, que amortiguaba lo mejor de estos planteamientos.  
Y luego me quedé pensando que cómo podría, para en adelante, ilustrar, si es que hacía falta ilustrar, siguiendo mis propias teorías sobre el asunto. Mis propias teorías sobre el asunto decían (están en este cuaderno de pantalla) que para que haya erotismo tiene que darse movimiento de la imaginación en el espectador; con lo cual la tarea iba a resultar, al mismo tiempo que imposible de controlar, sumamente dificultosa. 
Yo podría sembrar de motivos –quizá huyendo siempre de situaciones explícitas– que supongo capaces de catapultar la imaginación de algún lector hacia esa parte nobilísima; pero el resorte de esta oleada hacia el cuerpo y sus bondades puede variar tanto como los posicionamientos, invenciones, recuerdos y ansiedades de las personas; de manera que mientras a perico el de los palotes no le “pone” pero nada la novia de Ronaldo desperezándose en la cama con unas braguitas de talla de adolescente, resulta que luego se asoma a una ventana, ve a la vecina del quinto en boatiné... y ya tiene gasolina erótica para un par de días. Y no digamos si de los objetos humanos –vamos a llamarlos así, respetuosamente– derivamos a los que por arte de birlibirloque se convierten en fetiches. Yo, ver a Françoise Hardy y perder el control de mi vida es todo uno. Y mira que F. Hardy hasta cantó con Julio Iglesias, pues nada; y si además la escucho; bueno, entonces, el universo se sublima y lo atravieso hasta el bing bang.
También la red suministra todo una batería –esa sí que es aburrida– de objetos fetiches, que suele ir precisamente en contra de la capacidad para convertir en erótico lo que, en principio, no lo es. Frente a ese menú bastante indigesto, uno se puede encontrar con situaciones infinitamente más sencillas y maravillosas en las que el erotismo se dispara como: el correr del agua, sol en rincón insospechado, alguien patinando con una bufanda al cuello, los dedos que rodean un vaso o una taza, el final de una mirada que se va, la boca que se quedó momentáneamente entreabierta por la sorpresa, el cansancio de haber estado sentado que se resuelve en un estiramiento repentino, una nota perdida de alguna canción atada a un recuerdo difuso, el ritmo del tren cuando vamos leyendo, aquella mano que voló un momento y creímos que se iba a posar en nosotros, Gema al atardecer, Le Prelude à l'apré midi d'un faune, Cospedal contraviniendo sus principios, la panadera que me expende el pan mientras se sacude la harina, la curva de una lechuga en una ensalada que va a ser regada por oliva y limón, el limón de antes cuando se lo lleva a los labios cualquiera de los mentados antes, tú que estás leyendo y te sonríes, el cuadro de Alonso Cano (esto va de fetiche), con la Virgen regando de leche al santo, todos los sansebastianes bien hechos, yo qué sé...


Y así. 


Literariamente creo –también lo intenté explicar– que es distinto, e inmediatamente intentaré ejemplificarlo con un romance correntío a la chinita de mis sueños.
Para las otras ilustraciones y por el momento no voy a intentarlo, por la dificultad explicada y porque necesitaría mucho tiempo; y además porque barrunto que esta búsqueda a lo mejor habría que emprenderla en compañía, ¿no?, para discutir los detalles y abrirnos al diálogo y sus circunstancias.


Libro de sonetos: ...


.



.



.


.


.

Libro de sonetos: "Y..."


y
.
.
.


.
.
n
.


.
o
.

s
é
.

Libro de sonetos: "E..."

e
s
t
a

t
e
r
m


i
n
a

n
d
o

martes, 23 de noviembre de 2010

Libro de sonetos: "Que..."

que
ya
no
hay

que
ya
fue
y

ya
sin
voz

a
ca
ba

Libro de sonetos: "Llega..."

llega
todo
siempre
tarde

llega
cuando
falta
tiempo

lejos
siempre
queda

siempre
tarde
lejos

Quevedo y Alonso Cano

[Esta nota sobre el busto de Quevedo que se conserva en la BNE debe bastante a Concha Huidobro, Pilar Picavea y Mercedes Sánchez, que me han ayudado en diversos momentos de la investigación, investigación que terminará con un artículo sesudo y  documentado, que haremos Mercedes y yo, sobre lo que aquí se refiere a modo de primicia, con menos lastre erudito.]

Quevedo vuelve a Madrid durante el verano de 1643 (la fecha del documento de  excarcelación es del 7 de junio), y allí sobrevive –cuidado por el duque de Medinaceli– durante casi un año. En algún momento hubo de encontrarse con un viejo amigo, el pintor Alonso Cano, a quien había conocido directamente en 1638, ya que el granadino había modelado, además, una soberbia escultura de su busto, en terracota, que probablemente entonces pensaba terminar, pero con la caída en desgracia de Quevedo, se quedó a mitad, sin rematar ni pintar. Con toda seguridad se deterioró aun más durante la última guerra (la de 1936) y algo ocurrió que nunca sabremos, pues perdió el busto –el que ahora tiene es funcional y moderno–, que todavía se ve en la fotografía de Astrana a la vida de Quevedo (1945, pero la foto es anterior). De otros bailes y deterioros de esa cabeza he hablado en otras ocasiones y lo expondré por menudo en el trabajo sesudo de marras.
Alonso Cano había llegado a Madrid durante la primavera de 1638, en el momento en el que el prestigio y el reconocimiento de Quevedo han alcanzado cierta importancia hasta el punto de que pudo haber sido pieza en alguno de los bandos políticos que zarandeaban al Conde-duque; es razonable que fuera entonces cuando el escultor trabaje con el modelado de su cabeza, y que en el su taller de Madrid le ayude su buen discípulo Sebastián de Herrera Barnuevo, al fin y al cabo los encargos que le han hecho al granadino conectan con universos muy quevedianos, así el de los cuadros para San Isidro (una Virgen de Belén y un San Ignacio) –mundo de jesuitas, hay dibujos de entonces de san Estanislao de Kostka– y otro par de cuadros para el Salón Dorado del Alcázar. Sin embargo conviene recordar, a efectos de atribución, que es muy pronto para el discípulo la tarea, que hubo de hacerse necesariamente antes de 1639: la tradición que se lo atribuye yerra en ese dato.

Sebastián Herrera Barnuevo, Retablo de la Sagrada Familia, Colegiata de San Isidro


La detención de Quevedo y del duque de Medinaceli primero, los estertores del privado antes de su definitiva caída enseguida, las guerras, etc. hubieron de pensar en el escultor para que, prudentemente, abandonara el proyecto del busto y cabeza de Quevedo, que quedaría arrumbado por ahí, probablemente en su taller o en alguna dependencia del Alcázar, de Palacio, de donde se lo lleva un capellán cultivado, que lo vende en 1725. Lo que hoy se conserva –en el Museo de la BNE– es solo la cabeza, en ese estado de inacabada, pero con signos evidentes de haberse modelado del natural, y con detalles muy nobles de gran fidelidad: el cabello y las entradas, el bigote, las cicatrices, la miopía... que todavía conmueven, como conmovieron a Menéndez Pelayo, que la juzgaba de gran valor, aunque sin percatarse de la más que probable autoría.
Mientras Quevedo es conducido a su cárcel de San Marcos, en León, y allí padece los rigores del invierno y las penas del apartamiento, Alonso Cano viaja con un  antiguo amigo, Diego Velázquez, pintor del rey, por Castilla buscando pinturas, prácticamente como agentes artísticos del rey, que anda en la jornada de Aragón y en las guerras de Cataluña... ¿pasaron por León? No lo sé, mis investigaciones tienen fronteras que ya no me atrevo a cruzar. Cano, todavía en 1643, todavía en la corte, pinta en Loeches uno de sus estremecedores Cristos crucificados, seguramente para Olivares. En modo alguno está en Loeches entonces don Francisco de Quevedo, como he visto que vuelven a repicar ahora los historiadores del arte, otra vez confundidos por un homónimo por el que Elliott atribuyó a Quevedo, el escritor, protagonismo en las dominicas. No, no es Quevedo el escritor, esta vez es un notario del santo oficio, hace tiempo identificado por Crosby y por mí en una colección documental.
Quevedo ha vuelto a Madrid, por fin, en 1643, a comienzos del verano, y allí va a pasar el año con el que abríamos esta nota. Muchas son las novedades de la Corte para el escritor cansado e ilusionado a partes iguales. Una de ellas la provocaba el escultor granadino, como nos cuenta Pellicer (leemos su autógrafo de los Avisos en la BNE):
“Sucedió quatro días ha que Alonso Cano, pintor de gran fama, tenía un pobre que acudía a su casa para copiar del los cuerpos que pintava. Y estando él fuera de casa, y su mujer en la casa sangrada (virtuosissima criatura) el pobre se quedó cerrado en el obrador, y saliendo al aposento de la mujer, la mató con quince puñaladas con un cuchillo pequeño. Escapose; y a ella la hallaron con matas de los cabellos del pobre en la mano. Vino su marido y por los indicios de disgustos que tenía con ella sobre mocedades suyas le prendieron y han dado tormento. Negó en él haberla hecho matar y hase recibido la causa a prueba; y se cree está sin culpa”.

No vamos a poder seguir con la novelesca actividad de Alonso Cano, que después de pasarse más de un año en la cartuja de Portaceli, en Valencia, asustado quizá por la experiencia reciente, vuelve a Madrid en 1645, cuando ya Quevedo ha viajado a La Torre (en octubre de 1644), para bien morir. El "pobre" modelo que apuñaló a su dama, ¿sería uno de los Cristos?  Las fechas coinciden. Mejor no pensarlo. 
Alonso Cano el 20 de setiembre de 1645 firma el contrato para hacer el retablo de la Magdalena, en Getafe, que se puede todavía admirar, particularmente el Ecce Homo en la puerta de madera del Sagrario; allí por cierto empieza la colaboración más seria con su discípulo Sebastián Herrera Barnuevo (1619-1671), que conviene que no perdamos de vista, porque, como ya dije a él también se va a atribuir el busto de terracota de Quevedo. No está mal la competencia, hasta Felipe IV fue un día expresamente a la vieja parroquia de Santa María (no existe hoy, estaba frente al Alcázar) para contemplar El Milagro del Pozo (circa 1640), que hoy está en el Prado. Alonso Cano volverá a Granada en 1651, y ahí le dejamos por ahora. A lo mejor fue por aquel cuadro por lo que Felipe IV nombró a Herrera “maestro mayor de obras reales”. Una peregrinación por el Madrid de la época nos ofrecería todavía las deslumbrantes pinturas de la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe en el claustro de las Descalzas Reales (1653), pintadas sobre espejos; o la Sagrada Familia que estaba en el retablo de la iglesia de San Isidro y que fue una de las pocas cosas que no se quemaron allí durante la guerra civil. Mi buena alumna Diana y yo estamos preparando un itinerario para recorrer estos lugares que voy citando: las Descalzas, San Isidro, el Prado... Daremos duenta de él.

Cuando en 1648 Diego Díaz de la Carrera edita, a costa de Pedro Coello, en Madrid el Parnaso español..., la primera edición de la poesía de Quevedo, al menos los grabados de Clio, Polymneia, Melpómene y Erato, llevan el “A. Cano delin.”, al que quizá también se deba el de las nueves musas, con dos figuras de Quevedo, pero con las inscripciones distintas de “D.J. A. Inv.” y “Iuan de Noort Scu.” Es probable que de ese modo el escultor granadino se reconciliara  espiritualmente con el viejo escritor, fallecido, del que se separó con el destierro.
Antes y por todas estas circunstancias, yo no puedo por menos de pensar que el poeta coronado que dibuja Can en 1645, tan parecido a un Quevedo "intemporal"... es Quevedo, desde luego. Se guarda en el Museo del Prado,  y allí iré este viernes, si me dejan entrar guardias jurados, a recabar más datos, después de haber consultado la monografía de Wehtley.
Alonso Cano, cuya biografía está tan llena de leyendas casi como la de Quevedo, pintó una de las “Marías” más hermosas que nos ha dado la pintura, casi tanto como la talla en madera de cedro de la Inmaculada que estaba o estará en la sacristía de la catedral de Granada; quede para otra ocasión seguir con el tema.





 




Pueden verse estos enlaces: http://www.patrimonionacional.es/Home/Programas-Culturales/Publicaciones/Otras-publicaciones/INVENTARIOS-DOCUMENTALES-DE-LOS-ARCHIVOS.aspx
Sobre las Descalzas Reales 

AMORES DE INVIERNO. Romancillo (I)







Amores tardíos,
amores de invierno
que vienen, si vienen,
con prisa pidiendo;
amores maduros,
castañas y fuego.
Amor tan tardío,
amor de invierno,
no quise buscarte,
y cerca te siento.
¡Por dios!, cómo mira
y yo aquí indefenso:
“Que bajes los ojos,
que da mucho miedo”.
Y ahora va y se va
y yo como lelo
me quedo mirando
camisa y vaqueros,

sus manos, su frente,
sus labios, su pelo,
mi perplejidad,
que grita en silencio:
"Ya sé que no miras,
ya sabes que quiero,
ya sé que quererte
dirán que no puedo;
por eso comprende
que hago lo que puedo,
y oculto pasiones,
te escondo en los versos,
y pierdo las gafas
y todo lo pierdo,
perdido me miro
si vuelves o vuelvo.
Haré disimulos
como que no veo,
que estás entre todo,
que estás aquí dentro;
que mire a tu lado
que mire bien lejos
al cabo tus ojos
será lo que veo;
detrás de tus ojos
yo ando bullendo,
quisiera besarte
en los pensamientos,
trazar tus sonrisas,
fabricar tus besos,
morder en tu lengua,
rodear tu cuello,
recorrer tu espalda,
remontar tu pecho,
deslizar tu piel,
enredar tu pelo,
contar muy despacio
nuestros once dedos,
andar con cuidado
abriendo secretos,
el camino rosado
el botón abierto,
túneles sin fin
que nos lleven dentro;
mirar si es que puedes
saber lo que siento
cuando puedas sentir
qué dicen los versos
que van como locos
cantando deseos".


Amores tardíos,
amores de invierno.