Pues a mitad de camino entre la corte y el extremo noroeste de la península he parado en Villafranca del Bierzo para intentar ver el esplendor de las peonías, que allí están y siempre decaídas, con signos de su grandeza. Para llegar a Villafranca hay que desviarse del autopista dejando la sierra de los Ancares a la izquierda, pasado Ponferrada y el Bierzo, los valles de frutales –en verano venden cerezas en la carretera. En Villafranca habían parado muchos viajeros y hasta peregrinos/as barbudos ellos, otros muy jóvenes, que luego te encontrabas siguiendo a pie la línea de la carretera. Comí rápidamente en la plaza mayor –muy coqueta, soleada en ese momento– y despreciando monumentos –Villafranca es ciudad monumental– fui al parque de las peonías: muchas estaban maltratadas por las lluivas de los últimos días; pero en otros casos había capullos recién abiertos, abrumadas otras de tanto color, como flores cabezonas. Fotografíé otras floraciones y, al ir a tomar otra vez la carretera, el puentecillo que circundan calles viejas y algún convento (el de la Concepción, por ejemplo). Y se fue el viajero, que nunca ha conseguido cultivar peonías.
– ¿Cómo se dan tan bien, si aquí, tan alto y en el interior tienen que sufrir heladas....?
– No se crea –era un villafranqués sentado al sol en el parque–, que aquí están muy protegidas....
Eso será–, contesté yo mientras me guardaba discretamente algunos esquejes.