Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

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martes, 1 de junio de 2010

De la indignación a los Sueños. Almuerzo en el Gijón

Vengo de la indignación, y no es bueno pasar de la indignación directamente a la escritura, porque las órdenes del cerebro sanguíneo no se temperan al descender por las venas hasta las yemas de los dedos que teclean. Estaba terminando de ver la peli de la dos, que me había enganchado mientras tomaba una ensalada, "Cuatro minutos", sin  cortes y con la suficiencia que la 2 insufla a sus espacios; es peli con ribetes musicales conocida (la reclusa adolescente que sabe tocar el piano maravillosamente, la vieja profe lesbi, el concierto final...) Pues después del concierto final –triunfante, claro– cuando esposan a la reclusa para devolverla a prisión y aparecen los créditos... nuestro canal "culto" y pretencioso corta los créditos y pasa a otro programa, para que nadie se entere, verbo y gracia, de cuáles eran las piezas interpretadas, por qué pianista y con qué orquesta, etc. Indignante. Pido la dimisión del director de radio televisión española. Pido la dimisión del Obispo de Coria, pido la dimisión  de Zapatero, la dimisión de mi querido y viejo colega Ángel Gabilondo, ministro de educación, pido la dimisión de la cámara baja y de la alta. 

 Si la indignación no me hubiera arrojado con tanta agresividad verbal hacia el teclado tenía pensado anunciar la aparición de un nuevo y valioso manuscrito de los Sueños de Quevedo, con cuyo motivo nos hemos reunido a comer en el Gijón (veníamos de la Biblioteca Zabálburu e íbamos a la Biblioteca Nacional) José Luis Rivas, presidente de la fundación Francisco de Quevedo en La Torre de Juan Abad, mi admirada quevedista Diana Eguía y yo mismo, claro. 
José Luis Rivas está reuniendo pacientemente textos y documentos de Quevedo para llevarlos a La Torre, de donde es oriundo, a la fundación del escritor. Allí 
se encuentra ya el legado que compró hace más o menos un año a uno de los descendientes de don Francisco, de la rama de los Mendizábal. Anda José Luis en tratos con los herederos de los Fernández Guerra y Luis Valdés, que poseen otro importante fondo documental, que ojala se decidan a ceder en los mejores términos para la fundación; y hasta me ha engatusado para que yo le entregue mi propio fondo documental, que a decir verdad es muy, muy rico. Diana Eguía, que trabaja sobre los autógrafos de Quevedo, es editora de la revista Manuscritcao y, a pesar de todo eso y de otras cosas semejantes, es una chica muy normal; está catalogando mi fondo, a donde han venido a parar papeles de Felipe C. Maldonado y de su hijo Felipe C. Camarero, algunos enviados por James O. Crosby –viejo colega quevedista, ahora en Florida–, los más entregados en manos por Felipe C. Camarero hace unos diez años. No hace falta que se entienda este galimatías documental, baste con que se sepa que, mientras discutíamos sobre cómo se hacen unas buenas pechugas escabechadas, muy socorridas ahora que llegan los calores (se conservan unos 20 días en el frigo), íbamos consolidando un gran archivo documental sobre don Francisco. Ya ven como en ese contexto es natural que salga un manuscrito nuevo de los Sueños, estudiado y valorado por Diana, quien alguna nota más erudita publicará para los especialistas, porque los Sueños, (¡ay los Sueños y si solo fueran los Sueños!,) no se crean ustedes que tiene edición definitiva. Definitivo, definitivo en esta vida poco hay.

He pensado que podía ilustrar esta nota, no con una fotografía de Ángel Gabilondo dimitiendo, perseguido por funcionarios hambrientos –ya vienen los nuevos sueldos–; o con la directora de radio televisión española escuchando cuatrocientas veces el festival de eurovisión; o con zapatero y rajoy cogiditos de la mano canturreando el comienzo del concierto en La menor de Schumann, que es uno de los créditos hurtados en la peli...; no, no, aunque la tentación bien grande es, a ilustrarla voy con un retrato desconocido de Quevedo y con unas instantáneas que nos hizo una japonesa en el Gijón creyendo que éramos gobernadores del banco de españa, porque así se lo insinué yo al oído, para ver si luego había oportunidad de seguir la velada con sus ojos rasgados. No la hubo, porque nos vio racanerar con el café, que en el Gijón es carísimo, cuesta casi medio menú.
Y termino. Pero no quiero terminar así, con el pobre Gabilondo en deshilada, de modo que les voy a presentar a Lope de Vega y a Quevedo, reunidos en la BNE, ocultos bajo la sabia apariencia de Víctor Sierra, que anda descifrando el códice Daza, y de Diana Eguía enamorada del ductus caligráfico de Quevedo, de cuyos autógrafos nos entregará un valioso trabajo. Su aparición frecuente en este cuaderno es un signo de cariño y aprecio, como en los índices de audiencia, que tengo que aprender a manejar conmo lo hacen en la TV. Ocho millones, eurovisión. Ya se ve lo que pasa. Ya se ve lo que significa. Mañana, para compensar, les hablo de la feria del libro en Madrid.


Recuerden, sin embargo, que he pedido la dimisión de la directora de radio televisión española.