Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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viernes, 6 de abril de 2018

Pascua de Resurrección


El año que viene se terminan los derechos legales de los herederos de la obra de Antonio Machado, ochenta años después de su muerte en 1939, lo que ya está bien, claro. Desde hace siempre estuvo en mis lecturas predilectas, y con cuidado me asomé con publicaciones a su obra poética, varias veces, una de ellas en torno a "Pascua de Resurrección", el hermoso poema de "Campos de Castilla" (1912), en donde, por cierto, está el único hemistiquio machadiano melódico, es decir, con acento en tercera ("madrecitas en flor / vuestras entrañas nuevas"), lo que tiene su explicación, que es de otro lugar. 


Mantengo entre mis pretensiones de lector editar los libros machadianos, cuya lectura me ha acompañado siempre y de los que he dado cuenta a veces de cuestiones importantes. Tanto como se ha trabajado y publicado de Antonio Machado, y aún y todavía hay variedad de aspectos importantes que resuenan cuando se leen sus libros. 


Voy a editar "Campos de Castilla", para que aparezca en "Clásicos Hispánicos" –con el número 100–; y estoy preparando la edición, que todavía no sé si será la de 1912 o la de 1917, o incluso la que se edita en las "Poesías completas" de 1936, la última que pudo ordenar Machado. Creo, por ejemplo, que no se ha puesto de relieve que el último de nuestros grandes clásicos vive en París (19010-1911) en los años de mayor convulsión y cambio artístico de los tiempos modernos (en París y entonces se estrena "La Consagración de la Primavera", pinta Picasso las mujeres D'Avignon, escriben el "Transiberiano" o "Alcools"....) O creo que en la batalla de los alejandrinos, que empapa los versos de Machado, la intervención–también clásica, pero muy consciente– de Antonio Machado es fundamental. Quizá estas y otras cosas explican su paulatino deslizamiento hacia la filosofía. 

Es el caso que estoy volviendo a revisar todos los originales de Machado, incluyendo los autógrafos, en los que hay bastante confusión. He pasado el día viendo los impresos originales de la BNE, aunque sigo prefiriendo la princeps de "Campos de Castilla" (1912) que se guarda en la Fundación Menéndez Pidal, y que Antonio Cid me facilitó, cuando visité la fundación.


La cadena de prestigiosos editores de Machado (Macri, Ribbans, Gullón, Valverde.....) han dejado muchas lagunas, por un lado, o han inundado el campo de trabajo, evidente en el caso de Macrí, que dispone de 400 páginas previas antes de los textos.... 

De los manuscritos, aun tengo que ver lo que hay en Burgos, porque es muy abundante lo que conserva la BNE (sobre todo entre los papeles de Domenchina y Champourcín). Y sigue siendo misterioso –bueno, secreto– lo que ha pasado con otras importantes autógrafos, como el de los "Complementarios", que publicó D. Yundurain en su tesina con Entrambasaguas y luego editó en Taurus.  ¿De dónde se ha sacado ese manuscrito? La ascendencia de Entrambasaguas e Ynduráin padre señalan claramente la procedencia de ese misterioso autógrafo. Misterioso porque yo se lo pregunté muchas veces a Domingo Ynduráin –compañero mío de cátedra en la UAM– y nunca me lo aclaró.


Sé que la la BNE está en conversaciones con los herederos, para la adquisición de otros papeles. Muchos se habrán perdido, como ya he dicho en otros lugares, pues se quemó la casa chilena que habitaba José, el hermano.




miércoles, 17 de enero de 2018

China y España. Geografía e Historia

 

Este humilde investigador está trazando la historia común que abrieron China y España desde mediados del siglo XVI, con el precioso antecedente de los portugueses, que tuvieron la desgracia de caer bajo la tutela de la Monarquía Hispánica hacia 1580. Ha publicado ya dos aburridos y densos repertorios (en la revista VOZ Y LETRA) sobre las "Fuentes" comunes para trazar esa historia desde la vertiente española, que es la de mi especialidad, pues durante mucho, mucho tiempo he sido lo que se llama "Catedrático de Literatura Española" en una ínfima universidad española, la Autónoma de Madrid, y en otras de medio mundo. Liberarme de la madrileña me ha permitido abrir mis trabajos e investigaciones, sin las trabas y problemas con que la UAM impedía cualquier trabajo serio de investigación, lo que ha prolongado negándome el pan y la sal –por ejemplo una acreditación de que allí trabajé durante cuarenta años.


Esos dos repertorios, por cierto, se están traduciendo al chino, en donde he visto, en efecto, que saben todo lo que desde allí se puede averiguar, pero les queda lejos lo que se podría completar desde aquí; más o menos lo que nos ocurre a los investigadores de esta ladera. Y bien que lo he podido comprobar, por ejemplo, en el espacio que se concede al contacto temprano Europa-Asia en el museo de Guangzhou.


En estos momentos, el investigador, con sus ribetes de viajero, lo que hace es viajar a China –y alrededores, mi próximo viaje será a la isla "Fermosa", a Taiwan– cargado de documentos, mapas, ideas y un mandarín en pañales: entiéndase que balbucea el mandarín, no que le acompañe un traductor chino en calzoncillos. Mira, ve, fotografía, lee, etc. Y coteja lo que ve con lo que sabe de los viejos tiempos. Ayer, verbo y gracia, en la Biblioteca Nacional de España, sala Cervantes, cotejé lo que que acaba de ver en mi último viaje con lo que voy sabiendo de los viejos textos manuscritos, en este caso pongo el ejemplo de un curioso manuscrito del siglo XVI (una de sus partes se redactó y probablemente se copió en 1533, por cierto: inédito y sin digitalizar) que habla exactamente de lo mismo que yo he visto ("Breve informaçáo sobre algunas cosas das ilhas de Cantao") el conjunto de islas que rodeaban –y rodean– a Guangzhou (Cantón: Ançao, Amaçao, Nantao...), la retahíla de puertos que bordean la costa, etc. Y hasta una par de páginas en la que los jesuitas portugueses –pues el texto está en portugués– esbozan como se podría conquistar La China, no se sabe si espiritual o realmente, o si ambas cosas. Y con ese motivo se describen adecuadamente las tres islas mayores y sus poblaciones. También se leen allí una "Relaçao das cidades, vilas e lugares e guarniçoes que contem en si a grande reino ou imperio da China..."


Y de ese modo, poco a poco, voy retrazando aquella historia.
La documentación adjunta incluye un poco de todo, desde la sala Cervantes de la BNE, que la actual dirección de la BNE está consiguiendo con mucho esfuerzo. dinero y publicidad que se quede vacía; hasta el documento en cuestión, y algunas fotos de la parte "europea" del museo de Guangzhou. También, fotos de aquella costa.


martes, 5 de abril de 2016

La navegación del Pacífico


Como un resultado natural de mis lecturas de textos de los siglos XVI-XVII (confieso que he dejado medio millar de publicaciones detrás, y que cuando llegué a ese lugar decidí no publicar), he entrado últimamente en la lectura de textos relacionados con un campo que nosotros hemos desgajado, pero que era lectura y sabor en la época, y no solo por la curiosidad de los cuatro caballeros japoneses que se presentaron en El Escorial a saciar la curiosidad de cortesanos, sino porque Cervantes, Lope, Quevedo, artistas, escritores, gentes.... también leían los innumerables y curiosos relatos que llegaban de lejas tierras, en donde se estaban retrazando las fronteras constantemente, en acuerdo formal con el Consejo de Indias o con el monarca, que en el caso de Felipe II sobre todo, se conocía al dedillo lo que se cocía en las costas de América, en el Caribe o lo que cabía esperar de aquellos ocho mil kilómetros que se podían navegar para llegar a lo que hoy son las Islas Filipinas, pero de donde era muy difícil volver, que por eso mandó al bueno de Urdaeta, recogido entre los agustinos.


Lo que llegaba de allí eran las "relaciones" de los capitanes, pilotos, marineros, etc. que formaban parte de alguna expedición; o las "relaciones" de los primeros evangelizadores –por ahora les llamamos así–, que normalmente eran agustinos y franciscanos, enseguida incrementados con jesuitas y dominicos, entre otros. Eso es lo que llegaba. Lo que salía de la Corte –o a veces del lejano virreinato de América– eran prescripciones, mandatos, leyes, ordenanzas, nombramientos.... Y entre unos y otros, multitud de cartas. Todo ese inmenso corpus constituye la materia de trabajo e investigación de los sinólogos-hispanistas. Puedo encarecer sin exageración haberme quedado deslumbrado por ese continente histórico, que abarca desde Alaska a Australia, pasando por California, Japón, Formosa (Taiwan), Malasia.... 


Un alto rápido, también de carácter histórico: fueron los portugueses los primeros que iniciaron esa aventura, que dejó su huella por ejemplo en Macao, pero también en otros lugares; y fueron los europeos sin nacionalidad de entonces (¡qué felicidad poderlo decir, a ver si tomamos ejemplo!), como los italianos, los primeros que hollaron, por ejemplo, el continente asiático en China, Japón o Formosa. La incorporación de Portugal a la corona española (en 1580) y las relaciones con los virreinatos o no (Génova, Nápoles, Milán, Sicilia....) de la Monarquía Hispánica parece que borraron aquellas presencias, que sin embargo asoman constantemente al historiador cuando bucea en textos y documentos originales, la mayoría de los cuales, por cierto, o no se han reeditado nunca o lo han hecho de modo parcial y precario. Y buen ejemplo son las páginas del manuscrito que acompaño, en portugués.


El historiador va leyendo poco a poco todo lo que le aparece, primero en su lugar habitual de trabajo, bibliotecas y centros documentales de Madrid; luego lee a sus colegas de todo el mundo que andan estudiando lo mismo; finalmente vuelve para equilibrar lo que podría y lo que no podría abarcar, pues el material documental que encuentra es excesivo y anda disperso: necesita de la síntesis histórica.
Lo que estoy pretendiendo es, primero, crear una guía razonada de fuentes primarias para el estudio de los descubrimientos en el Pacífico, desde la óptica española; segundo, editar –en Clásicos hispánicos– lo más interesante de aquellas relaciones y documentos. Ambas cosas están en marcha.
En ese camino, muchas cosas, como la que he empleado para ilustrar esta entrada, probablemente uno de los primeros textos que difunde, en el siglo XVI, el conocimiento de China –lugar sobre el que estoy centrando la investigación–. Se trata de un texto manuscrito de un siglo XVI mediado, en un buen manuscrito de la Biblioteca Nacional de España, el 7096, que contiene, entre otros papeles anteriores o coetáneos (de  1533, de 1546, etc.) esa relación de las cosas de China, con detenimiento expreso en Gangzhou (Cantón), que era también el puerto y puerta normal por el que pretendían acceder curas y comerciantes españoles, como ya lo habían hecho los portugueses desde Macao.
El texto se entiende bastante bien. Relaçio das cidades, vilas e lugares de guarniçoes que contem en si o grande reino ou Imperio da China afora as aldeas e da situaçiao das treze cidades cabezas de treze Prohuincias em que he repartido e de suas distançias tirado tudo de livros seus impresos e de verdaderas informaçioes ....


martes, 2 de febrero de 2016

Jornada en la Biblioteca Nacional de España, Alonso Zamora Vicente

Como suelo hacer todos los lunes, he ido a la Biblioteca Nacional de España (Madrid), en donde cumplo tareas que parecen no acabarse nunca. En la verja de la entrada he visto a Marta Ortiz y Carolina, dos antiguas alumnas; la primera acaba de comisariar (¿existe este verbo?) un exposición sobre el Inca Garcilaso; la segunda, probablemente siga trabajando sobre Galdós. Creo que las dos tiene algún tipo de trabajo en la sala Cervantes de la propia BNE, pero no sé de qué ni en qué condiciones.  



Luego, al entrar en la BNE, justo en la sala primera que distribuye espacios, he visto una cartel –el de la foto– que anuncia el centenario de Alonso Zamora Vicente (había nacido el 1 de febrero de 1616); su mirada burlona con la cabeza ladeada y un ligerísimo movimiento de cejas, detrás del cual se esboza una sonrisa, era uno de sus modos de saludar y de estar. He seguido hasta la sala Cervantes con su mirada detrás. Y en la sala Cervantes he estado trabajando –comida de por medio, con María, otra antigua alumna, ya doctora, y he podido intercambiar impresiones con Laura –otra antigua alumna, ahora en Pavía– que forma parte del Consejo de Redacción de Clásicos Hispánicos. Tanto Pilar como Cristina, en la sala, me han ayudado con problemas bibliográficos, para localizar la digitalización de los dos volúmenes de la Biblioteca Oriental, de Luis Vindel, por la confusión de nombres (Francisco, Luis, Pedro....) y porque el bibliógrafo, que los había empezado a publicar en 1902, los insertó luego en colecciones mayores. Incluso he tenido que escapar un rato a la sección de Bibliografía, en donde he charlado con Eduardo y Félix sobre esos libros y sobre el portal de hispanoamericana que han abierto.  Y cada vez que cruzaba la sala de entrada, don Alonso me seguía con la mirada entre curiosa, burlona y afectuosa.


Es la misma que recuerdo cuando, al volver a España, me concedió un par de minutos en un pasillo de la Complutense, en medio de varias citas –recuerdo que me precedía Enrique Miralles–: yo buscaba un director de tesis, pues venía de Salamanca, adonde hube de irme después de manifestaciones y depuraciones estudiantiles, había conseguido terminar la licenciatura en Madrid y quería un tema de doctorado: Mateo Alemán.  Lapesa, con quien había conectado bien, estaba rodeado de miles de alumnos y colaboradores, entre ellos algunos de mis antiguos compañeros: Marcos Marín, Ariza, Carmen Monedero...
Mi relación con Alonso Zamora prosiguió, desigualmente, durante muchos años y se acentuó poco a poco, a medida que él entraba en la espiral de cargos, tareas, obligaciones... Merecería muchos capítulos, que no son de aquí; pero se incrementó especialmente durante los últimos diez o quince años, cuando –ya en Madrid, había estado en Granada– comencé a colaborar en la editorial Castalia, enfermó su mujer y se fue a vivir a una casa en La Granjilla, a unos 20 kms. de Madrid. Me integró entre sus colaboradores de la Escuela de Verano, en donde conocí a Jesús Lobato, Carmen Megía, Pedro Peira, los dos Juanes... Y luego asistí a una especie de desmantelamiento, cuando se fue de la RAE –de la que había sido secretario–, dejó en mis manos la colección de Clásicos Castalia y se retiró a cuidar a María Josefa Canellada, su mujer, enferma. 
Durante los años finales acudía a su casa, le ayudaba y trabajaba con él Mario Pedrazuela, que como alumno mío en la UAM, trabajaba en "los lunes de la BNE", mi grupo de investigación, y que, después de algunas indecisiones, terminó por hacer su tesis doctoral sobre don Alonso, o mejor dicho, sobre su trayectoria intelectual, lo que permitía una perspectiva más amplia y menos personal. Pedrazuela presentó su tesis y ha debido publicarla, además de tal cual, con algunos volúmenes cercanos más. Creo que ahora es profesor o trabaja en la Universidad Carlos III de Madrid.

BNE, el rincón de Antonio Machado
Ahora veo, con cierta íntima satisfacción, el triunfo de Penal de Ocaña, la obra de su mujer; las actividades teatrales de su nieta Ana Zamora, de la que él hablaba con orgullo.... y este homenaje, que no sé bien quién organiza ni de qué manera; pero que me parece muy bien.
Durante los años finales, don Alonso me llamaba a casa ya tarde, noche ("¡Pablooooo!"), hablábamos, acudía a visitarle; él mantenía una cierta inquietud desde su abandono, que salpicaba con comentarios casi nunca malintencionados, pero sí desconcertados, sobre lo que ocurría a su alrededor: las derivaciones de conducta Cela –de su quinta y buen amigo;  las incidencias de la RAE y cada uno de sus integrantes; sobre los cuentos, que aun conseguía publicar en algún periódico. Escribió una monografía ejemplar de la RAE, de la que existe una versión pacata, lujosa y desmedrada a nombre de Víctor García de la Concha. Este tipo de descensos son al parecer habituales.

Con frecuencia historias y anécdotas –¿él se daba cuenta?– que a mí me resultaban esclarecedoras: la vez que llegó Julio Cortázar a Salamanca, desamparado, y tuvieron que alojarle y darle de cenar María José y él mismo; las burlas con Borges; historias argentinas –en donde estuvo bastante tiempo, como director del Instituto de Filología– relaciones con Daniel Devoto, Sánchez Albornoz, Henríquez Ureña... El legado de Amado Alonso, su devoción por Dámaso Alonso y Rodríguez Moñino... Multitud de historias, que a mí me fueron enriqueciendo, particularmente las más largas, que desgranaba en alguno de los viajes que hicimos juntos (a Granada, a Sevilla, por la Mancha... )
Siempre prevalecía su vocación literaria y su deseo vehemente de ocupar un espacio en la creación narrativa, desde que publicó Primeras hojas y sobre todo Smith y Ramírez, la primera vez –encarecía– que se utiliza en la prosa española la "corriente de conciencia", lo que es cierto, aunque sus obras en prosa, que se ha definido como "azoriniana", es decir, rica en matices, vocabulario y de sintaxis con filigrana, se dio a conocer precisamente durante los años en los que los jóvenes imponían el objetivismo cinematográfico. Él hacia lo contrario, se colocaba dentro de un personaje o del narrador, que derramaba todo su caudal verbal, a partir del cual trazaba el desamparo del individuo en medio de la sociedad moderna. 
No sé qué tipo de homenaje se le estará organizando. Tuve un correo de persona desconocida de la Universidad Complutense, refiriéndomelo, a la que respondí que sí; pero no he vuelto a saber nada más.
Estos días releo su obra.




martes, 17 de diciembre de 2013

jueves, 5 de diciembre de 2013

Sobre Maquiavelo, en la BNE


viernes, 22 de noviembre de 2013

Memoria de la escritura

Se acaba de publicar




sábado, 18 de mayo de 2013

Males y bienes de la Biblioteca Nacional de España



La BNE es uno de los grandes tesoros de nuestro patrimonio cultural, no cabe ninguna duda, por lo que España fue, atesoró y guardó. No voy a exponer a estas alturas lo que significan esos depósitos bien conservados en el gran edificio de Recoletos, ni voy a referirme a detalles de su funcionamiento, personal, etc. Quisiera mantener un cierto tono general, al abrigo de cotilleos e incidencias y circunstancias; y he de hacerlo casi obligadamente con un cierto tónico crítico, no sé si constructivo o no, porque en estos momentos la crítica del ciudadano normal alcanza muy pocas veces, si alguna, el lugar donde se “construye”, el olimpo donde los dioses se reparten gajes y dineros en una falsa democracia de cartón piedra. Y así empiezo porque los dos o tres argumentos que siguen, expuestos en la propia BNE, a veces a personas con responsabilidad interna, solo reciben un encogimiento de hombros que remite a mayores, es decir, al olimpo del que antes hablábamos, adonde los mortales no llegamos y nuestras quejas se pierden.

Como asiduo activo de la BNE me voy a referir muy brevemente a tres cuestiones de fondo; y no son las tres de solución económica.


Sí lo es la primera. La hemeroteca de la BNE ha puesto a disposición de los usuarios –¡de todo el mundo y desde su casa, si quieren!– la mayor colección de revistas y periódicos digitalizados en lengua española, desde el siglo XVII a la actualidad.  Podemos leer en nuestra pantalla números de la Gaceta de Madrid, El Semanario Pintoresco, La Ilustración Española, La Pluma...., cualquier número de cualquier año. La herramienta para el conocimiento e investigación de nuestra historia –cultural, científica, política, etc.– no tiene parangón en nuestra lengua con lo que nos ofrece esa digitalización. Ahí está.


En la espléndida, agradable y funcional sala donde se ubica la hemeroteca hubo, hasta hace poco, como en todas las hemerotecas que se precien, una batería de revistas de acceso directo, con su sistema de almacenamiento de las más recientes, en donde, por ejemplo, el historiador o el filólogo encontraba buena parte de lo que en ese campo se publicaba en todo el mundo. No alcanzaba la riqueza de las de Harvard (Widener) París o Londres y otros santuarios; pero era digna y –quizá– suficiente para mantener el nivel de calidad de la Hemeroteca que, añadido al fondo histórico digitalizado, convertía a la BNE en un centro de investigación internacional insustituible.
Sin embargo –empiezan las adversativas– desde hace unos meses, yo no sé desde cuándo exactamente, de aquellos anaqueles de acceso directo han desaparecido las mejores revistas francesas, alemanas, italianas, americanas....., lo cual quiere decir que se han perdido también –lo he preguntado– las suscripciones. Daño tremendo para el conjunto de la BNE, como centro de investigación, al que se podía acudir con la completa seguridad de que no había sitio mejor para trabajar sobre el mundo hispánico y, a veces, sobre aspectos históricos del italiano, americano, centroeropeo, etc. En estos momentos la Hemeroteca de la BNE camina hacia la sala de periódicos de un buen Ateneo provinciano.

La segunda cuestión va de horarios. Se van a volver a reducir con la llegada del verano, pero creo que excesivamente y con poca fortuna; es más, pese a lo que me han explicado, creo que  nunca había sufrido la BNE una reducción de horarios tan drástica. Supongo que habrán predominado las razones económicas sobre las de consulta y trabajo, ya que cerrar a las 18 horas: echar al lector de julio y agosto a las calles de Madrid a esa hora quita mucho lienzo al investigador, y sobre todo quizá aliciente al que de fuera viene, precisamente durante ese tiempo, a agotar la jornada, como se suele hacer en las grandes bibliotecas nacionales de todo el mundo, que abren –por lo general– hasta mucho más tarde. La meditación sobre los horarios de las salas tiene muchos más recovecos.

Y la tercera, emparentada quizá con las dos anteriores, no tiene tanto carácter económico como de política de la propia BNE, de política activa y no de inercia y seguimiento. Durante el periodo no vacacional sobre todo las salas de investigación (información bibliográfica, la hemeroteca, la Barbieri, la propia sala Cervantes....) aparecen semi vacías. Siempre me llamó la atención ese vacío en contraste, por ejemplo, al tumulto de lectores e investigadores de la BL o de la BN de París (cuya sala Richelieu, sin embargo, no es un modelo de buena gestión, sino al contrario). Lateralmente expresa la escasa capacidad de investigación en humanidades de escuelas y universidades, de lo que no voy a decir nada ahora, creo que es batalla perdida; pero también significa –y eso sí que me concierne y preocupa– la falta de interés hacia aquellos que habrían de ser los que trabajasen con aquel inmenso material que allí se atesora: la BNE es el lugar natural de aprendizaje de los filólogos, historiadores de la lengua y de la cultura, y comparte con archivos y otros centros documentales esa propiedad en el caso de otras muchas ramas de las humanidades. Para que así sea, sin embargo, quienes se están formando en esas disciplinas tienen que saber lo que allí hay, cómo se organiza y cómo se trabaja con ello. Facultades, departamentos, profesores deberían de incluir en sus programas la iniciación gradual en ese conocimniento, es cierto; pero la BNE debería desarrollar una política activa hacia ese tipo de estudioso e investigador, para atraerle, ayudarle y facilitarle que los millones de impresos o los miles de manuscritos –por ejemplo– no sean, y cada vez más, un montón de papeles que nadie nunca verá.


El movimiento general de la BNE es en sentido contrario: desde hace años está dando prioridad a la gestión cultural (exposiciones, conciertos, conferencias, muestras....) y lo está haciendo, por cierto, muy bien; pero no debe de ser actividad excluyente. La política activa puede empezar por gestos pequeños: alumnos de filología, historia, música, arte.... recibidos con campanillas y no con trabas, verbo y gracia. Son los que allí van a poder trabajar plenamente.

Y de ese modo el vaciado de salas, pasillos y depósitos no tentará al político de turno para convertir la sede en Ministerio Asuntos Financieros y Modos de Expoliación del Ciudadano, mientras que la decena de viejos investigadores que hayan sobrevido toman el tren para consultar los fondos de lo que fue la BNE depositados en Navaconejos del Cid, en una remota provincia a la que llega el AVE.




viernes, 1 de marzo de 2013

Los autógrafos de Lorca



Uno de nuestros temas preferidos es, el de los autógrafos, sobre todo ahora que andamos cerrando los dos nuevos volúmenes de la Biblioteca de Autógrafos Españoles, resultado de tanto trabajar sobre textos en formato original (manuscritos, impresos antiguos o modernos, letras de música....) Por eso la charla de Mercedes Dexeus y Mario Hernández, ayer, en el ciclo del Museo de la Biblioteca Nacional, revistió para nosotros tanto interés. No en balde a ella acudieron Tibisay L. García y Víctor Sierra, responsables de los volúmenes del s. XIX y del s. XVIII, respectivamente, así como Shihua He, que habrá empezado a trabajar sobre el volumen hispanoamericano: aparecen todos en la ilustración final.

La charla estaba acompañada de la exhibición de varias vitrinas con buena parte de los autógrafos de Lorca que la BNE guarda; con buena parte porque otra ha viajado a Nueva York, en donde creo que dentro de unos diez días se abre en la Public Library otra exposición sobre Lorca, bajo la autoridad de Christopher Maurer, es decir, sobradamente autorizado y, sin duda, merecedora de visita.
Mercedes Dexeus trazó un rápido panorama de las grandes bibliotecas que se fueron integrando en la BNE, con muy interesantes y acertadas apostillas.

Mario Hernández, además de los detalles y circunstancias sobre algunos de los autógrafos –tal los que nacen de la colaboración argentina entre Neruda y Lorca, nuestra primera ilustración– esbozó aspectos muy interesantes  sobre las derivaciones caligráficas de Lorca –al fondo: Miró, Dali, quizá la tradición caligráfica más antigua (¿Morante?), etc.– hacia esbozos de dibujos y piruetas de la fantasía que terminan unas veces en formas híbridas y otras en auténticas figuraciones.

Los conferenciantes tuvieron la gentileza, al término del acto, de acompañarnos al Museo, para volver a contemplar la exposición, con algunas de sus explicaciones ahora en directo. Por una casualidad –y lo muestran las fotos– contemplamos los autógrafos al mismo tiempo que don Francisco (de Quevedo), que nos miraba desde su expositor, a través de la escultura de Alonso Cano  –la leyenda de la tarjeta está equivocada–. En aquel museo de la BNE, tan hermoso, quizá tan poco conocido, se produjo una conjunción literaria inenarrable, de la que ojalá haya podido dar cuenta somera.