Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

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lunes, 25 de julio de 2011

La edición de los bailes y el teatro de Quevedo


El ms. 108 de la BMPS, testimonio esencial de Cómo ha de ser el privado
Me ha llegado en la semanas pasadas una nueva edición del Teatro completo de Quevedo (a cargo de Ignacio Arellano y C.C. García Valdés; Madrid: Cátedra, 2011), oportuna a todas luces, ya que no existía ninguna edición actual de estas características. Por desgracia, he de añadir inmediatamente que la edición presenta graves fallos que no permiten acogerla como una de las cosas que faltaba para mejor leer a don Francisco. En reseña más extensa y pormenorizada, que ya he hecho y he enviado a revista profesional, intento señalar los más graves; ahora me voy a referir al, quizá, más peliagudo de todos, porque, además, era el que exigía trato más riguroso: el de los bailes. Y porque, en cierto modo, cuadra con las series de Métrica que voy dando en este cuaderno.

Fragmento de comedia del ms. 108 de la BMPS .
No se habían editado los “bailes” de Quevedo desde que lo hizo José Manuel Blecua, en el cuarto de su volúmenes de la Poesía Completa; edición que se empezó en 1962, y a mitad de la cual coincidió con la edición de la Poesía Original, en un solo volumen; hoy por hoy la mejor colección poética de Quevedo. Sobre cómo editar los llamados "bailes" pregunte a la doctora Lobato en su reciente comunicación en la AISO de Poitiers; e hice extensiva la pregunta a Álvaro Torrente, que se encontraba, como yo, entre el público. Sacamos entre todos poco en claro; pero lo que me resulta más que anómalo es que los editores actuales, entre otras cosas, no hayan empleado testimonios manuscritos  de algunos bailes, que se acompañan de notas de dramatización e incluso de tablaturas musicales (por ejemplo, en la HSA)
Cuatro párrafos dedican los editores a esta decena de composiciones, de enorme atractivo y complejidad. Y aun de esas veinte líneas sobra la mitad, con tantas imprecisiones (“fundamentalmente romances”) como comentarios críticos anodinos. Un auténtico retroceso en el conocimiento de la obra de Quevedo; del que ni siquiera parecen conocerse –no aparecen en la disparatada bibliografía– los dos últimos trabajos sobre el teatro y zonas afines: el de María Hernández (tesis doctoral, dirigida en Barcelona por Rosa Navarro, que está en la red, allí podrían haberse enterado de que puede que haya más testimonios de la comedia Cómo ha de ser el privado) y el de María José Alonso (varias publicaciones, algunas derivadas de su tesis doctoral y en revistas y monografías, en Santiago de Compostela, viejas ya de unos seis años).
Si uno lee “Los galeotes, baile III” en esta edición, por ejemplo, habría que señalar a los editores que entre el verso 80 y el 176, donde termina, no hay romance, forma con la que se abre el baile, sino una sucesión de redondillas, romancillos, seguidillas, estribillos, etc. que configuran la forma dramática y que hubiera sido necesario editar cambiando parlamentos, lo cual hubiera sido relativamente fácil persiguiendo metro y rima. Como va todo de cualquier manera, los editores no se dan cuenta de que en el v. 56 del baile IV, una seguidilla (de 6-6-7-5), marca el cambio de interlocutor, a partir de la cual y durante los más de cien versos que restan aparecen todo tipo de metros tradicionales –y no romances–, que en esta malhadada edición se amontonan en serie (¡). Pero es que hay incluso alguno, como el baile VIII (Boda de pordioseros) que no tiene ni un solo verso de romance: cien versos de romancillo, una silva de pareados, estribillos y un final de seguidillas.

BNNápoles, con las actas orginales del Parlamento
Lo más grave estriba en que, como no se han percatado de la forma métrica –ni naturalmente, de su valor dramático–, a veces cortan los versos mal y quedan cojos o disparatados, o admiten tetrasílabos como verso, lo que no ocurre nunca en la poesía antigua, a no ser cuando aparece la copla de verso quebrado, lo que por cierto también aparece en uno de los bailes (el II, vv. 93 y ss; tres coplas), de lo que tampoco parecen haberse percatado, a juzgar porque inmediatamente parten un octosílabo “Siente vuarced / Que ya siento”, como si fueran dos versos de cuatro sílabas. Esa escansión errónea se produce otras veces. Dada la precariedad con la que se edita esata decena de bailes, sería pedirles peras al olmo que nos explicaran la función de esas coplas, de algún eneasílabo (tres), un decasílabo, de las series de redondillas (baile IV), de las sextillas (VI), de los romancillos exasilábicos (VII y IX), de la silva de consonantes.... Así quizá encuentren el valor dramático de estos bailes y por qué suelen terminar con un festejo de seguidillas, la forma triunfante del baile desde principios del s. XVII (véase el final del baile I).
Muchos etcéteras, que no habrá más remedio que señalar detalladamente.
No sé yo para qué habrán servido las quince páginas de bibliografía, si lo que resulta más elemental e importante –que podamos leer a Quevedo– no se ha logrado. Y otras 124 páginas de introducción, a la que le sobran, por lo menos, cien, pues los editores se limitan a parafrasear y repetir los argumentos de cada una de las obritas –comedia y fragmentos, entremeses, bailes....
Hay que volver a editar el teatro de Quevedo. Y después de una edición correcta, se tiene que intentar reconstruir el panorama histórico (fecha, función, etc.) y ensayar una lectura crítica más adecuada, manejando mejor las fuentes (¿por qué no se han utilizado los testimonios escritos y manuscritos conocidos?) y utilizando todos esos elementos para una lectura mejor y una presentación adecuada del teatro de Quevedo