Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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miércoles, 27 de octubre de 2010

Los fantasmas de Henry James, de VIRGINIA WOLF

[...Te mando un pequeño texto de Virginia Woolf que me ha encantado. Se trata de un comentario acerca de la novela de Henry James Otra vuelta de tuerca (The turn of the screw), que (esto es descubrir el Mediterráneo) es, como sabes, una obra inteligentísima, nada convencional, muy cervantina, sutil, fascinantemente bien escrita y construida, y llena de misterio, belleza y verdad. El texto de la Woolf lo he encontrado en la edición crítica de la novela de Henry James de Norton (a Norton critical edition). No conocía el texto en castellano, y, ni corto ni perezoso, he pasado la tarde entera traduciéndolo. Ha sido un rato inolvidable...]

Los fantasmas de Henry James no tienen nada en común con los viejos fantasmas violentos –los ensangrentados capitanes de navío, los caballos blancos, las damas decapitadas de los oscuros senderos rurales y los campos comunales expuestos a los vientos. Su origen se sitúa dentro de nosotros. Se hacen presentes cuando quiera que  lo significativo sobrepasa nuestra capacidad de expresión; cuando quiera que lo ordinario aparece cercado por lo extraño. Las cosas que no se alcanzan a entender, que se dejan como sobras, que persisten pertinaces, aterradoras –estas son las emociones que él toma, plasma, hace consoladoras y amigables. ¿Pero cómo puede ser que sintamos miedo? Tal y como dice el caballero cuando ve el fantasma de Sir Edmund Orme por vez primera: “Estoy dispuesto a garantizarles a todos sin excepción que los fantasmas son mucho menos alarmantes y mucho más divertidos de lo que por lo común se piensa”. Los espíritus bellos y corteses pertenecen tan solo al otro mundo ya que tienen demasiado buen gusto para este. Han llevado consigo más allá de la frontera sus ropas, sus modales, su cortesía heredada, de ilustre cuna, sus sombrereras, sus doncellas y sus mayordomos. Continúan siendo siempre un poco mundanos. Puede que nos sintamos torpes en su presencia, pero no nos es dado tener miedo. ¿Qué ocurre, entonces, si cogemos Otra vuelta de tuerca una hora o así antes de irnos a la cama? Tras procurarnos un entretenimiento exquisito, terminaremos, si hemos de dar crédito a las otras historias, con esta sutil música en los oídos, y dormiremos a pierna suelta.
Quizá es el silencio lo primero que nos impresiona. Todo en Bly permanece tan profundamente callado. El gorjeo de los pájaros al alba, los gritos de los niños en la lejanía, los pasos apenas perceptibles en la distancia lo conmueven pero no lo quiebran. Lo acentúan; nos agobia; nos hace recelar extrañamente del ruido. Al final la casa y el jardín se extinguen por debajo de él. “Puedo escuchar de nuevo, según escribo, la intensa calma en la que caían los sonidos del final de la tarde. Los grajos dejaban de graznar en el cielo dorado, y la hora más propicia para la amistad enmudecía durante un minuto inefable”. No se puede decir con palabras. Sabemos que el hombre que permanece en la torre mirando fijamente desde lo alto a la institutriz es infame. Alguna forma de obscenidad impronunciable ha asomado a la superficie. Trata de entrar; trata de alcanzar algo. Los pequeños seres exquisitos que yacen dormidos inocentemente han de ser protegidos a toda costa. Pero el horror crece. ¿Es posible que la niña, que se da la vuelta desde la ventana, haya visto a la mujer ahí fuera? ¿Ha estado con la señorita Jessel? ¿Ha visitado Quint al niño? Es Quint el que merodea a la espera a nuestro alrededor en la oscuridad; el que está ahora en ese rincón y de nuevo en ese otro. Es de Quint del que debemos formarnos un juicio, y el que vuelve reclamando toda nuestra capacidad racional para hacerlo. ¿Puede ser que estemos asustados?  Pero no es un hombre pelirrojo y de tez pálida lo que nos inspira miedo. Estamos asustados de algo innominado, de algo, quizá, que se halla en nosotros mismos. Al poco, encendemos la lámpara. Si al abrigo de su haz de luz examinamos la historia, nos percatamos de hasta qué punto su elocuencia es magistral, cómo se alarga cada frase, cómo se perfila cada imagen, cómo el mundo interior se beneficia de la robustez del mundo exterior, cómo la belleza y la obscenidad logran introducirse imbricadas la una con la otra en lo más hondo –todavía debemos reconocer que algo permanece inexplicado. Debemos admitir que Henry James ha salido vencedor. Ese viejo caballero cortés, mundano y sentimental puede aún hacernos temer la oscuridad.

(Traducción de J. R. Trotter)

martes, 21 de septiembre de 2010

En la buhardilla (F. Kafka), y texto de Juan Ramón Trotter

En la buhardilla

Los niños tenían un secreto. En la buhardilla, entre los trastos de todo un siglo, en un recoveco hasta el que ningún adulto podía abrirse paso, Hans, el hijo del abogado, había descubierto a un desconocido. Estaba sentado sobre un arcón adosado verticalmente a la pared. Cuando vio a Hans, su cara no reveló ni espanto ni asombro, sino mera apatía; le devolvía la  mirada a Hans con sus ojos claros. Tenía calado en la cabeza un gran gorro de astracán. Un grueso bigote se desplegaba tieso por su rostro. Iba vestido con una amplia pelliza marrón, sujeta por un fuerte correaje que recordaba las riendas de un caballo. En el regazo tenía un sable corto y curvado, enfundado en una vaina con reflejos mates. Los pies estaban metidos en unas botas de caña alta con espuelas; un pie descansaba sobre una botella de vino volcada, y el otro en el suelo, ligeramente levantado por la punta y afianzado en la madera con el talón y la espuela. «Aparta», gritó Hans cuando el hombre intentó echarle mano con lento ademán, y salió corriendo hacia la parte nueva de la buhardilla; no se detuvo hasta que la ropa tendida allí, aún húmeda, le abofeteó la cara. Pero enseguida volvió. El desconocido seguía sentado, inmóvil, con el labio inferior echado hacia delante en un gesto aparentemente despectivo. Hans se acercó con sigilo y precaución, temiendo que aquella inmovilidad pudiera ser una trampa. Pero el desconocido parecía no albergar realmente ninguna intención aviesa; estaba totalmente relajado, tanto que su cabeza se balanceaba arriba y abajo de manera casi imperceptible. De modo que Hans se atrevió a apartar una vieja y agujereada pantalla de estufa que todavía lo separaba del desconocido, y se le acercó hasta llegar a tocarlo. «¡Cuánto polvo tienes encima!», dijo sorprendido mientras retiraba la mano ennegrecida. «Sí, mucho polvo», dijo el desconocido, y no añadió nada más. Tenía un acento extraño; Hans no entendió las palabras hasta después de pronunciadas. «Soy Hans», dijo, «el hijo del abogado, ¿y tú quién eres?». «Ah», dijo el desconocido. «Yo también soy un Hans, me llamo Hans Schlag, soy cazador y nací en Baden, en Kossgarten am Neckar. Viejas historias».

Franz Kafka

Glosa al texto  «En la buhardilla», procedente del cuaderno en octavo A (noviembre-diciembre de 1916) de los escritos póstumos de Franz Kafka.

La buhardilla en cuyo interior se halla el desconocido posee los rasgos propios de los lugares en los que una puerta da paso a un espacio hueco, no diáfano, sino constituido por una serie de recovecos o sinuosidades, ocupado en parte por un sinnúmero de objetos heterogéneos, inútiles o en desuso, y cuyo fondo, de difícil acceso, no se alcanza a adivinar. El arquetipo de dichos lugares es la cueva. El que no ha entrado todavía en una cueva se figura lo que quiera que pueda haber en su interior como la encarnación viva, a punto de despertarse, de lo desconocido. De ahí que el interior indeterminado de la cueva sea una de las figuras que tradicionalmente ha adoptado el genérico exterior indeterminado donde, ya sea porque le proporciona cobijo, ya sea porque en él tiene la querencia, permanece relegado, como un desterrado, u oculto, como un bandido o una criatura soterraña, lo que carece de lugar en el sistema de clasificación de las cosas del mundo, lo que no se corresponde con ninguna de las categorías o subcategorías de que la gramática vigente se sirve para dar cuenta de la realidad: lo monstruoso. Si a ello se añade que en no pocos desvanes habitan animales que, como el ratón o el murciélago, causan, a despecho de su carácter inofensivo, aprensión, o producen, en algún grado, aversión o repugnancia, no es extraño, entonces, que el personaje del desconocido posea unas connotaciones, sugeridas en virtud del contexto en que aparece, que lo emparentan con los animales de los desvanes y, en último término,  con los monstruos de las cuevas. Pero lo monstruoso es tan solo una de las dos caras que, como la cabeza de Jano bifronte, posee aquello que, no formando parte de ningún género ni especie, permanece dentro de la cueva. La otra cara es la de lo que no tiene precio, la de lo que escapa al principio de equivalencia: es decir, la representada por el tesoro, que, desde Hesiodo, ha venido guardándose en cavidades subterráneas. En el interior de las anfractuosidades de una gruta vive una serpiente terrible que, con el paso del tiempo, ha llegado a crecer desaforadamente, y a la que le han nacido dos extremidades anteriores, sobre tres de cuyos dedos, que son larguísimos, y que terminan en uñas corvas, fuertes y agudas, se extienden unas alas membranosas similares a las de los quirópteros. En su regazo guarda las manzanas de oro del jardín de las Hespérides. Por su parte, Hans Schlag, el desconocido, animal de desván, cubierto por una capa de polvo, que causa extrañeza o aprensión, a pesar de no albergar ninguna intención aviesa, guarda, a su vez, como un dragón ceniciento, un tesoro: «Viejas historias».

Juan Ramón Trotter