Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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jueves, 24 de marzo de 2011

San Felipe el Real. Las gradas de San Felipe (el Madrid histórico)


El convento de San Felipe al tiempo de su fundación caía en los confines de Madrid, y al presente.... viene a ser su asiento en la yema de la villa (Quintana, 1627).
He de sintetizar obligatoriamente lo que se refiere a San Felipe el Real, una de las iglesias más famosas del Madrid viejo, de agustinos calzados, fundada y edificada –como las más valiosas de aquella época– hacia mediados del siglo XVI (1547, primera misa-1553, bendición de la iglesia), cuando la corte se va aproximando a Madrid (1561).  
Su ubicación y su lonja, en el arranque de la calle Mayor, hubo de ser fundamental para que se convirtiera en lugar de encuentros, de reunión de desocupados, máxime teniendo en cuenta que enfrente, en un callejón  (el de "la Duda") hoy desaparecido, se encontraba la mancebía, es decir, la casa de prostitución de Madrid, que las autoridades intentaban sin éxito llevar a las afueras, a algún descampado del camino de Atocha, por ejemplo, y que a partir de San Felipe se abría el centro comercial de lujo de la capital, lo que dejó huella en nombres que todavía se conservan (Bordadores, Milaneses, Hileras, etc.). 

Eugenio Caxes
La parte baja del claustro se aprovechó, algo más tarde, para unas tiendecitas o puestos (las “covachuelas”, se observa bien en las ilustraciones) que también atrajeron a mucha gente. 

Son, sin embargo, todas las ilustraciones de esta entrada posteriores, la mayoría del s. XIX (hay una maqueta en el Museo Municipal), recién desaparecido el conjunto, pero cuando el recuerdo estaba todavía vivo, como veremos.
El convento hubo de ser iniciativa de fray Alonso de Madrid, provincial de los agustinos descalzos, “que tuvo grandes contradicciones así de parte de don Juan Martínez Silíceo, arzobispo de Toledo, como de la villa y otros interesados, alegando había otros dos conventos, el de Atocha y San Francisco, que vivían de limosna....”, lo que se logró por el interés del príncipe Felipe, en 1547, que iba a dar el nombre al convento. Creció enseguida en riquezas y dignidad, y fue enterramiento de prelados insignes y púlpito de sermones famosos. Lo que se suele decir de que allí vivió fray Luis de León creo que es noticia que proviene de un documento notarial (AHPM, de 1587), por el que fray Luis otorga allí un poder para cobrar dineros en Sevilla. Es normal que, si iba a la corte, se alojara en "su" convento.


La iglesia sufrió un primer incendio en 1718 en el que se perdieron, entre otras cosas, las estatuas de Pompeyo Leoni del altar mayor –Ponz lo pone en entredicho– y se sustituyeron por otras de Churriguera. Sospecho que entonces se perderían los "panes de oro" que constan en otra documento de finales del s. XVI de un benefactor que los había pagado. Había  cuadros de Carducho, Rizzi (el del altar mayor también se quemó), frescos de Francisco Herrera, un San Agustín de Ribera, etc., pero el estucado blanco de Churriguera desesperaba a Ponz, que pedía la renovación de “la desgraciada hojarasca de estuco”. El claustro del convento, sin embargo, parece ser que era una maravilla “de granito cárdeno, con 28 arcos”. Entre otras muchas joyas conservaba un crucifijo de Francisco Ribalta, un nacimiento de Eugenio Caxes (quizá el que hoy se conserva en el Prado) y una excelente librería, que usó sin duda fray Enrique Flórez para sus copiosos trabajos como naturalista e historiador, y para componer la España sagrada. ¿Estará esta biblioteca en la BNE? La investigación no siempre queda cerrada. Ya lo diré.
“A la altura de 1615-1620, el mentidero de las gradas de San Felipe se había transformado en un auténtico centro del ocio popular de los madrileños, y en una institución importante dentro de la incipiente «cultura curiosa» del barroco. A San Felipe el público acudía en busca de noticias, novedades, rumores, poemas de actualidad, libros extranjeros o papeles curiosos: en busca, en suma, de entretenimiento” (F. Javier Castro). Por esos motivos la literatura costumbrista de la época ambientó escenas y paseó gentes por aquel lugar: Salas Barbadillo, Zabaleta, Liñán y Verdugo, Castillo Solórzano.... aunque el historiador citado no documenta ningún texto anterior a comienzos del s. XVII (el Buscón de Quevedo), lo que claramente apunta a que las gradas espumaron a partir de la vuelta de la Corte en 1606.
Cuando empezó la fiebre destructora de la desamortización las instituciones y personas más sensibles a estas salvajadas protestaron viva e inútilmente; la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando terminó por casi suplicar que al menos se salvaran dos edificios de la “pica destructora guiada por la ignorancia o la malignidad”: la Iglesia de los Basilios y San Felipe; el primero resistió en pie hasta 1850, pero San Felipe fue demolido. Enseguida se construyeron pisos (las casas de Cordero) y se trazó la nueva línea recta de la calle Mayor.
“¿Qué pudo mover, dirán los españoles, a destruir en el siglo XIX” lo que representaba lo mejor de nuestra historia pasada, lo que envidiaban los extranjeros, lo que ya no podría volverse a admirar si se destruía...? Y de ese tenor el sentido y demoledor informe de los académicos de Bellas Artes en 1837.
He aquí el borrador de los informes académicos que, si se quiere leer despacio, es indicador de la actitud  de la RABSF y de la importancia de los hechos que estaban ocurriendo:


miércoles, 23 de marzo de 2011

Recorriendo Madrid; espacios viejos e invadidos

La real fábrica de tapices, vista desde la entrada a la iglesia de Atocha
Las dos próximas entradas del Madrid histórico me están dando mucho trabajo, porque sobre ellas han coincidido la mar de circunstancias: San Felipe el Real y Atocha. El lugar histórico ha desaparecido totalmente en el caso de san Felipe, sin dejar huellas; ha dejado una estela eclesiástica en el caso del viejo convento de Atocha, que todavía cuenta con iglesia y anexos de dominicos. En ambos casos, sin embargo, se conserva una documentación riquísima, tanto de carácter arqueológico como de trasfondo literario, de manera que estoy teniendo que seleccionar mucho y rebuscar entre montañas de papeles. Algunas entradas anteriores a este cuaderno –tal la de la calle Fuentes– se explican porque recorrí de un lado para otros el lugar –en ese caso el de San Felipe– tratando de imaginar lo que hizo el desarrollo urbano; luego investigué en la literatura de la época lo que del convento y del templo se decía; un joven colega e historiador, que acaba de publicar artículo sobre el tema (F. Javier Castro Ibaseta, Mentidero de Madrid: la corte como comedia) me ha servido de guía y referente inicial, que he completado releyendo la documentación histórico que narra la destrucción de la vieja iglesia que se hizo tan famosa por sus gradas, por su mentidero. De entre los papeles encontrados, utilizaré los que guarda el Archivo de la Academia de San Fernando, que se opuso con vehemencia a la demolición del templo. Con el borrador de uno de esos informes ilustro esta entrada.
Borrador del informe de la RA de San Fernando sobre la demolición de iglesias en 1636
El otro caso viene cargado asimismo de Literatura, nada menos que nuestra señora de Atocha, que ha terminado por dar nombre a calles, barrios, estación.... y que asoma también a la literatura de la época constantemente, pues la devoción y tradición de los reyes fue siempre –y se mantuvo en la última boda– pasar por la iglesia de los dominicos para ofrecer y encomendar a la virgen de las afueras todo lo que hiciera falta. El espacio se fue complicando con el paso del tiempo, de manera que se convirtió en un impresionante cenobio, que cedió terreno –con Felipe V– a la Real fábrica de tapices y, un siglo más tarde, en un costado, al Panteón de Hombres Ilustres. 

Buena parte de la documentación histórica del conjunto de Atocha se encontrará en algún lugar que no conozco, a donde fueran a parar los archivos de la Igleisa y del convento durante la desamortización. Aun lo tengo que ver. Otra parte está en los archivos del Palacio Real; documentación interesante aparece en el AHPM. De los otros dos centros –Tapices y Panteón– hay documentación diversa. La del Panteón, que me interesó hace tiempo –pues allí se enviaron, presuntamente, los restos de Quevedo– no se puede consultar, me temo, porque está en obras; pero en ambos casos hay curiosas fuentes indirectas: los periódicos y gacetas de la época. Y ya existe la fotografía desde la tercera década del siglo XVIII, para el Panteón.
He tenido que descargar todo este itinerario metodológico para poder ofrecer, en breve, la entrada limpia de cada lugar.


Y otra cosa es la localización de las joyas artísticas que en cada lugar se conservaban.
Eso sí, en los paseos, de vez en cuando, se encuentra uno algunos remansos históricos, más recientes, llenando de gracia el barrio, como este colegio público  ("San Isidro", a la vuelta de una de las calles del convento de Atocha. ¿Lo destruirán?).

viernes, 11 de marzo de 2011

Madrid histórico: Calle de la Paz

Casi siempre las referencias que hemos venido haciendo en estas entradas han girado en torno a una iglesia o convento, lo que es normal, pues junto a palacios, en su mayoría derruidos o vendidos, en los lugares de culto  se preservaba buena parte del patrimonio artístico. Hoy, sin embargo, lo voy a hacer con una calle, callecita en verdad, que he vuelto a recorrer con motivo de ver despacio, sobre el terreno, lo que ocupaba y cómo San Felipe el Real, una de las iglesias emblemáticas del Madrid viejo, cuya viñeta histórica daré en breve, acompañada de alguna documentación, como siempre. El caso es que rehaciendo el viejo plano de la Puerta del Sol, he subido por la calle Correos, hasta abrirse a la plaza de Pontejos, –en donde compraban nuestras abuelas artilugios de coser y bordar–; lo que sigue en línea recta, al terminar esa plazoleta es la calle de la Paz, que no sé si llegará a los 20 metros, pero en ese corto espacio yo mismo me he asombrado de lo que todavía guarda –en algunos casos, como la librería religiosa, a punto de desaparecer, quizá porque no ha podico sufrir la competencia de una librería exotérica. Siempre fue calle de libreros. Tampoco creo que duren mucho las curiosas tiendas para manolas o para toreros –otras dos perlas–; esperemos, sin embargo, que sobreviva uno de los bares más representativos, la tasca "de las torrijas", que lleva más de un siglo allí (1907), o la del fabricante de guitarras. Como se ve, es una calle muy especial, que arranca nada menos que con el malogrado teatro Albeniz, cerrado, que nos regala otra perla a su mitad: una de las nuevas placas del ayuntamiento –también hablaremos de ellas– dice que en una de sus casas, moderna, residió en su primer viaje a Madrid Bela Bartok. No lo sabía. Sí la del segundo concierto para violín de Prokofief, que acaba de adornar la fachada del Monumental (en Antón Martín). Ya hablaremos de placas.  Y de músicos.


En el Texeira se ve bien que toda aquella zona, in luyendo la actual plaza de Pontejos, eran las traseras de San Felipe el Real. Todo ese trazado de calles está, por tanto, remodelado.
Por cierto, tiempo es ya de torrijas, de fresas, de espárragos y de potajes. En el restaurante las Hileras, de la calle vecina, me dieron un potaje excepcional el otro día. Daremos alguna receta. Y en esa casa vivió el gran escultor granadino Alonso Cano (esta vez no hay placa) durante su primer viaje a Madrid, es decir, en la triste ocasión que asesinaron a su joven esposa.












viernes, 18 de febrero de 2011

Hablar a las farolas y la destrucción del patrimonio

Plaza de San Ildefonso
Calle Hortaleza
Calle Hortaleza
Mi oculista –excelente, amable, eficaz– me ha dicho que he ganado vista y que tengo que hacerme gafas nuevas con otros cristales; lo malo es que para llegar a esa conclusión hubo de dilatarme las pupilas. Yo no sabía que la dilatación podía durar cuarenta y ocho horas, de manera que mi trabajo de campo de los viernes ha sido un recorrido lleno de aventuras y peligros, tomando autobuses indebidos, sentándome encima de un señor respetable que leía el ABC, hablando encarecidamente a las farolas, preguntando que cuándo abrían las Descalzas a un poste de anuncios o comiéndome una servilleta como si fuera lechuga.... y eso que de cerca veía mejor. Para saber si una dama era hermosa tenía que acercarme a medio metro y, prácticamente, preguntárselo; creo que he ligado con el conserje de la Academia de Bellas Artes de San Fernando; desde luego lo he hecho con una pareja de  hombres muy amables a la altura de la calle Infantas –porque me han hecho propuestas curiosas–; he entrado en una peluquería china de la calle Leganitos para saber si tenían la monografía de Kusche (sobre Pantoja y Bartolomé González); y he estado hablando un buen rato con una estatua de la planta tercera del Museo que he visitado, atenta ella, la estatua, escuchando sin decirme nada.... Eso sí, he comido el excelente menú (9,50 euros) en uno de los mejores restaurantes de Madrid –Hileras, la verdad es que hay muchos– de la zona centro, lo que compensaré con su foto publicitaria.
La jornada había de rematarse en el Doré, en la filmoteca; cambié a media tarde por los Goldem de Plaza de España y en el último momento tomé la sabia decisión de no entrar, para no pedir a mi compañero de butaca –yo iba solo– que me leyera los subtítulos.

Calle Hortaleza
Algo frustrado he vuelto callejeando y me he regalado la hermosura de la calle de Hortaleza, una de la que pasea los edificios más hermosos de Madrid, para recalar en las dos o tres plazoletas más encantadoras de Malasaña, particularmente en la de San Ildefonso, al ladito de una de mis raíces familiares –la materna, en la Calle del Escorial. De todo ello he obtenido las debidas ilustraciones. 
Calle Hortaleza
Eso sí, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, por la mañana,  he recorrido sus tres pisos y he terminado en su archivo-biblioteca, uno de los lugares en donde me documento para mis viñetas sobre el Madrid histórico. Los legajos que he leído me han ilustrado sobremanera sobre el triste destino de buena parte de nuestro patrimonio –particularmente lo que era y habia en San Felipe el Real, el convento de La Victoria, de mínimos; San Felipe Neri.... 
Me he detenido particularmente en los escritos, lamentos y esfuerzos de esa admirable corporación para que –en 1836, con motivo de la desamortización– no se siguiera destruyendo nuestro patrimonio. Querían salvar San Felipe el Real, San Felipe Neri, la cúpula de los Basilios, las Calatravas.... todo estaba amenazado de demolición. Y todo pereció. No sé si tendré ánimo para contarles –con la documentación histórica en la mano– episodios de esa naturaleza, que sistemáticamente han ido deshaciendo lo que hacíamos. Ya veremos. Quizá en pequeñas dosis.
Ah, y no hay que preocuparse demasiado por lo de las gafas: las quiero raras –ya está bien– y María a lo mejor me acompaña para verme los perfiles, y yo le miro los suyos, que también a lo mejor.