Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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domingo, 10 de abril de 2016

deambular en el siglo XX, Wifredo Lam


Todo un frente de siete u ocho salas ha concedido el Centro de Arte Reina Sofía a una exposición del cubano Wifredo Lam (1902-1982), que sirve para que el visitante deambule de una en otra sala, desde los cuadros postimpresionistas de los años veinte hasta la recuperación de la luz y el color –italianos– de los años finales, después de una larga y tortuosa travesía en la que se puede contemplar la lucha del artista por expresar qué en medio de la maraña artística e histórica del siglo que se fue. Y aquella travesía, enredada en dibujos cada vez más espesos y redes zoomórficas, que mantienen casi siempre las turbias raíces de la vida, atraviesa constantemente la oscuridad de zonas que se exploran y se complican cada vez más. Toda una metáfora de la densidad ideológica del siglo XX.


Parece natural si se sabe que el artista cubano atravesó biográficamente –como casi todas las biografías– espacios de aprendizaje (en Madrid, desde 1920, aproximadamente), de contagios (en el Paris de hacia 1938, luego en Marsella), de lucha y amargura (la guerra civil en España, la primera gran guerra, etc.) y encuentros y desencuentros con sus propias raíces caribeñas (volvió a la Cuba corrupta de los años cincuenta). La exposición, con abundante documentación biográfica, sirve también para trazar una determinada línea biográfica, que el artista cubano cumplió totalmente, pero que en otros casos se truncó en algún punto: estoy pensando en César Vallejo, pero también en Larrea, etc.



Toda su obra parece el esbozo de una expresión que no sabe si quiere contagiarse o no y que, sin embargo, termina contaminada, hasta que en los años finales, se entrega a la arcilla y a las formas moldeadas con las manos.... que también surgen definitivamente contaminadas, porque no es posible la salida del arte fuera de la existencia. Lam arrastra lo que rechaza constantemente.



La paulatina y radical negación del paisaje, de la figura humana, de la escena ha dejado lugar –se atraviesa el postimpresionismo, el expresionismo, la abstracción....– a un proceso de figuraciones esquemáticas cada vez más enmarañado y oscuro, en el que aparecen con frecuencia motivos de mundos culturales lejanos, cada vez más repetidos (el pájaro-ave, el hombre tendido, elementos zoomórficos, máscaras, la deformidad del cuerpo femenino....)


En esta brevísima noticia de tan interesante exposición se ha respetado el orden cronológico de los cuadros, de antiguos a finales. Excepto en los dos que encabezan y terminan la entrada, que son de sus años finales (hacia 1980), y en los que se recupera algún tipo de claridad, por el vaciado del dibujo, y se recupera nuevamente el color y la luz.




domingo, 27 de octubre de 2013

En los sótanos y bóvedas del Centro de Arte Reina Sofía (Madrid)



Tanto los folletos explicativos como las cartelas del lugar explican que por aquellos sótanos pasó una historia olvidada y sórdida, de las que no dejan estela en nuestra memoria colectiva: manicomio, enfermería, prisión... almacén de restos humanos que estorban a la sociedad bienpensante, que prefiere relegarlos a lugar invisible. Poco ha cambiado todo eso, aun cuando si atisbamos algo semejante, hasta a veces protestamos tímidamente, pues no queremos que ocurra: lo queremos lejos, controlado, sin sustos para el trascurrir de la "vida normal". La vida normal sin embargo también debería aceptar esas caídas de la condición humana, el deterioro del tiempo, los estragos de la enfermedad, la brutalidad del animal; y debería insertarlos cabalmente en cualquier sistema de vida que organizáramos.

Patio y jardín del Museo Reina Sofía
De manera que allí, durante un buen rato solo, y luego acompañado de una vigilante a la que "no le daba miedo" el lugar ni la historia, leí los textos y vi unas cuantas viejas películas, que se asociaban a la extrañeza de la conducta o que discurrían sobre los rincones de la historia.
Hace tiempo que se dice, y defiende, que el transcurso de la historia no es progresivo, que la humanidad no siempre avanza, o no avanza en todos los frentes con la misma tenacidad que el tiempo –ese no se equivoca nunca–; de manera que reconocer las sombras de la historia es un notable ejercicio de reconocimiento propio, y la sabiduría –incluso la sabiduría de la ignorancia– ayuda a la toma de decisiones y a regular el paso, la carrera o los empujones de nuestra existencia.

simpáticos paseantes sin pies y sonrientes
en las galerías del Centro de Arte
No hace falta que vuelva a exponer las razones por las que ese lugar –la bóveda y sótano del Reina Sofía– se ha reconstruido para alojar un lugar del Museo: los folletos explicatorios son suficientemente sugerentes –y subidos de tono: dicen más de lo que dice el lugar, que dice mucho–. El que firma A(lejandra) R(iera), arranca:  Existe lo que se expone y lo que, en el tumulto de un exceso de luz permanece escondido, reprimido. Existe lo que se oculta a la mirada, que está ahí, que estaba ahí ya antes de nuestra llegada....

La estación de Atocha desde los ascensores del Reina Sofía
Un largo texto teórico de Maya Deren (Un anagrama de ideas sobre el arte, la forma y el cine, de 1946) y la información sacada de una tesis de Dolores Muñoz Alonso (2010) sobre la historia del viejo hospital general de Madrid conforman la estructura teórica –escrita– sobre la que se ha organizado ese lugar como motivo de una exposición, o lo que sea. El texto de Maya Deren mantiene cierta actualidad, es evidente; en tanto los datos del trabajo histórico recuperan la parte de la historia que la pulida burguesía española no quiso conocer como parte de su sociedad, quizá mejor, como lugar oscuro de la condición humana.











viernes, 2 de diciembre de 2011

Blas de Otero, "Hojas de Madrid con La Galerna"



He estado durante estos días preparando una reseña –que luego ha sido artículo breve– para enviarlo a Ancia, que me lo había pedido, la revista sobre Blas de Otero; y al releer nuevamente ese oceano poético que es su último libro, el aparecido el año pasado (Hojas de Madrid con la Galerna), he vuelto a quedar deslumbrado. Contiene buena parte de la poesía final, ya que es edición póstuma de su compañera, Sabina de la Cruz. Poesía escrita por tanto desde finales de los años sesenta hasta mediados de los setenta, sobre la que ya he dado variada noticia en este mismo blog.

B. Palermo, Sin título (1971)
En esta ocasión, sin embargo, he querido profundizar en su significado histórico ampliando mi lectura con la visita a dos exposiciones peculiares: la del Museo de Artes Decorativas, en donde se expone el arte gráfico entre 1939 y 1976; y la del CA Reina Sofía, que han titulado De la Revuelta a la posmodernidad (1962-1982), pues ambas, como se ve por las fechas, nos devuelven modos de actuar que fueron los del poeta con sus palabras, con sus versos. 

La primera coincidencia evidente –y así lo señalo en mi reseña– es la de la extensión, la de la libertad, la de la salida a campo abierto en donde se ensayan o se admiten todo tipo de soluciones, sin constricción excesiva. La ironía con la que se destruyen las formas poéticas clásicas, el modo de pasearse por los versos, a veces desnaturalizados, la aceptación de materiales de desecho (fragmentos, canciones, modismos, jergas, noticias de todo tipo, etc.).... que terminan por poner en entredicho las nociones clásicas de autor (¡el autorretrato de Robert Fillou!, que va en la ilustración de arriba), o la relación autor-obra, o la disolución de un cuadro en fragmentos (de papel o del propio marco), etc. son recursos recurrentes en los modos artísticos de aquellos años, que muestran indicios del hastío hacia   modelos culturales clásicos. La poesía de Blas de Otero avanza todos esos modos, aunque nunca llega a negar totalmente su actividad–no le dio tiempo. Como tampoco le dio tiempo –a pesar de los numerosos poemas de introspección, a esa absoluta ridiculización y negación del artista, para pasar a crear situaciones nuevas.


Al final, cuando ya estaba atiborrado de referencias culturales y la red se iba haciendo cada vez más espesa, me di cuenta de que la confrontación resultaba descompensada, pues Blas de Otero era una voz –rica, profunda y compleja, pero una voz– y lo que había en las nuevas salas del Reina Sofía o recorría las grafías de la posguerra provenía de muchos artistas, en diversas situaciones y con intereses y determinaciones distantes.

La curiosa muestra del Museo de decoraciones artísticas nos devuelve montones de objetos con los que nos habíamos familiarizado (portadas de discos, anuncios de TV, carteles, logotipos, cubiertas de libros....)  Quien escribe estas líneas llegó a padecer (en este caso "padecer", la cubierta es francamente mala, por eso no la reproduzco) incluso uno de esos diseños en sus propias carnes, ya que Alberto Corazón dibujó para Akal una de mis primeras publicaciones (la edición, junto con Alfredo Bellón, del Cancionero de obras de burlas provocantes a risa), un plátano con una base de dos huevos, todo en grises, que yo hube de presentar como uno de mis méritos en oposiciones dominadas por gentes del opus en las que ejercía como secretario del tribunal Víctor García de la Concha. Y no me votaron, claro, porque aunque puse forro a la edición, lo quitaron.


Mi colaboración en Ancia se titula Un calcetín colgando de un alambre, y la ilustración la he obtenido hace una semana en el interior de uno de los edificios ocupados de Madrid, en la calle Santa Isabel.