Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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lunes, 10 de febrero de 2014

Lorenzo Van der Hamen y Quevedo


El 17 de setiembre de 1629 en Madrid Lorenzo Van der Hämen y León aprueba la edición de las poesías de Francisco de la Torre, preparada por Quevedo, que va a salir dos años más tarde en la Imprenta Real. Las razones de la tardanza –en esencia la inminente aparición del Índice de Libros prohibidos– ya la he explicado en otro lugar. Lo que quería resaltar ahora es que la aprobación de don Lorenzo –muy cercano a Quevedo durante esos años– dista mucho de ser formularia, pues en ella introduce juicios críticos que mucho tendrían que ver con la trayectoria de la poesía durante aquellos años, al calor de la desaparición de Góngora (1627).
De allí y en referencia a las poesías del poeta editado: 

....estan escritas con la verdad, propiedad y pureza que pide nuestra lengua, cosa singular en estos tiempos, mas escribiéronse en aquellos que se sabía más bien y se hablaba mejor, y así no hay mucho que admirar. Esta verdad no la confesarán los que ahora la ignoran, pero importa poco su juicio, sientan lo que quisieren. Padecieron esta misma desdicha que hoy aflige a España casi todas las naciones, y en especial la hebrea. Hablo de ella primero que de otra alguna por ser su lengua madre y principio de todos los lenguajes, y la postrera y única en el mundo. Introdujéronse pues en ella por la larga antigüedad, por los cautiverios, por el descuido de dejar olvidar las voces propias y por la permisión en el usar de vocablos extraños, algunos tan escuros que los mismo maestros y naturales de las sinagogas después los desconocían. Esto que vemos en el idioma hebreo, que confiesa san Jerónimo, hallamos en la lengua latina, con ser tanto más nueva y más continuamente cultivada y sin estas caídas. Y así se queja Tulio de que a veces se encuentra con muchas voces en ella que no conoce, aunque las usaron Marco Varrón, Catón y otros.
Lo mismo pudiera decir de la nuestra, porque casi hemos hecho de los vocablos tantas mudanzas como de la ropa, y podríamos hacer dos lenguajes tan diferentes que el uno al otro no se entendiesen, porque nos damos tanta priesa a inventar vocablos (o por decirlo como ellos)  a tomarlos prestados de otras lenguas, que por enriquecerla hemos de venir a desconocerla. Esto nace por parecerles a algunos ignorantes deste tiempo que es humilde el lenguaje castellano si no le ponen ellos afeites de voces nuevas y le pintan con este colorido, y no advierten que el bueno y el casto, como dice Cicerón, ha de ser el que nos enseñaron nuestras madres y el que hablan en sus casas las castas matronas y mujeres bien criadas.
En este pues está escrito este libro, aunque exornado con todo lo que le permite el arte....




Ahora que se acaba de publicar un libro sobre los arqueros reales y que parece confirmarse la autoría de uno de los Van der Hamen en el retrato –siempre tenido como velazqueño– de Quevedo, parece que conviene resaltar el papel de los dos hermanos en el entorno madrileño de Quevedo. 
No es la única vez que aparece don Lorenzo en los preliminares de las obras de Quevedo, como bien muestra el facsímil que tomo de una de las últimas entradas de un excelente blog –http://blogdebibliofilia.blogspot.com.es/– que exhibe un raro ejemplar de los Sueños, pues lo que se dice en aquellas líneas dirigidas a uno de los santones de la cultura oficial  –Francisco Ximénez de Urrea– no es solo un encomio del escritor, lo habitual en estas dedicatorias y preliminares, sino también la actitud desinteresada de Quevedo hacia su propia obra, en donde "cada uno ha quitado y puesto según su antojo", de lo que se ha seguido imprimirse algunas de sus obras defectuosas. Y dice mucho más: que él tiene los originales, que ha corregido también de su cosecha, la fama universal del escritor, su intención moral aun en las obras festivas.... Un compendio de temas quevedianos –sobre los que la crítica suele volver una y otra vez–.
El conjunto de datos históricos, de temas y motivos, necesita volverse a replantear nuevamente, a la luz de la nueva documentación y los viejos datos, entre los cuales el temprano cruce de encomios (1625) a propósito de Don Filipe el Prudente y, casi al mismo tiempo, la campanuda aparición de Van der Hamen en el prólogo de Política de Dios.


Recordemos, finalmente, que "un retrato de Quevedo.... se tasó entre los bienes del hermano pintor, Juan Van der Hamen" (Iordan), lo que ha llevado a desmentir el juicio de Palomino (1724) de que Velázquez fue el autor del más famoso de los retratos de Quevedo (representado por ejemplo en el Instituto Valencia de don Juan). Con uno de los numerosos bodegones o cuadros sobre objetos estáticos –que circularon a decenas en la corte– de Juan cerramos la entrada.





martes, 22 de febrero de 2011

Jardines de Lope

camedros
Rafael Osuna señaló la riqueza de "bodegones literarios" en la literatura clásica española, en un hermoso artículo de Thesaurus, del BICC, en 1968, que ahora cuelga de la red.
Traigo uno de esos bodegones –no pudo Osuna citar todos, claro– de Jerusalén Conquistada  (Libro XVII, reproduzco la ed. de Sancha).

 

napel






Lo mejor, ahora, es que podemos no solo anotar la definición léxica, sino encontrar e ilustrar con su imagen. Los nombres, en efecto, ocasionaron bastantes quebraderos de cabeza –particularmente los "minosoles"– a los lexicógrafos   (V. BRAE, 28 [1948]; Isaías Lerner lo anota como arcaísmo léxico del español de América). Hay que insistir  en que muchas veces el buen Lope utilizaba, al igual que Polianteas, repertorios de botánica de la época; aunque era un  fino conocedor de plantas y flores. De hecho en esta sencilla entrada al bodegón hemos ilustrado  algunas de las denominaciones más difíciles, como camedros, napeles y balsaminas. A veces se trata de pequeñas deformaciones fonéticas que indican el uso de Lope de repertorios latinos, así por ejemplo, la "altamisa" o "artemisa", el abrótano pareja de la santolina. Y el "penses" será sencillamente nuestro actual "pensamientos". En otros casos la búsqueda léxica ha de seguir otros caminos –quizá vía Font Quer–, como el de la última ilustración, que indica  que las balsaminas son una variedad de las "alegrías", aunque en otros lugares se aluda a una variedad de "camelias".
En todo caso, nada que envidiar los bodegones de Lope a los de Juan Van der Hamen.


sábado, 4 de diciembre de 2010

Buscando quevedos


Durante las últimas semanas he ido recopilando y contrastando datos y testimonios sobre la imagen de Quevedo. Las investigaciones de este tipo suelen concluir en un caminos sin salida, o en caminos que ya no es posible seguir, eslabones perdidos que, probablemente, puedan irse completando en otras ocasiones o por otros investigadores. La investigación ha tenido, como suele ocurrir, de todo: frustraciones, hallazgos, evidencias, nuevas sugerencias... El nuevo recorrido de una noticia, desde su fuente original hasta el estado actual, suele suministrar tanto perspectivas nuevas como datos nuevos. Eso ocurre en el caso de los retratos de Quevedo, cuyos testimonios fieles y tradicionales eran los de Pacheco (en el Libro de retratos, aunque sin identificación, curiosamente) y los tres tradicionalmente atribuidos a Velázquez o a su taller, de los que a su vez deriva un puñado de copias peores. A ese conjunto había que añadir el busto de arcilla de la BNE y los muchos grabados en libros propios. Buena parte de la muestra ilustra la entrada. 

Todo eso ha cambiado al realizar el nuevo trayecto, como he dicho. El retrato atribuido a Velázquez, con tres copias soberbias (la de Londres, la mejor) ha vuelto a ser considerado como posible obra de Juan Van der Hamen (del que hubo una excelente exposición en el Palacio Real, en 2005, con catálogo y texto de Iordan, que da muchas pistas sobre la tarea de Van der Hamen). Es evidente que el cuadro propiedad de los Herederos de Xavier de Salas Bosch (en Madrid) salió del pincel del flamenco, arquero real del rey Felipe IV desde aproximadamente 1621. A esa familia, a ese cuadro, han de referirse los más de los muchos testimonios que he visto por ahí, entre ellos las dos muestras en propiedad de los herederos de Quevedo o el cuadro de la BNE que decora en estos momentos uno de los despachos de la planta alta.

Sumamente interesantes son los retratos que aparecen en libros, estampas y documentos; algunos grabados son imágenes de un Quevedo joven (¿o idealizado?), como la de la muestra; y otras remiten a la actividad de Quevedo durante los últimos años de su vida, digamos, con posterioridad a 1630. Lo más interesante aboca a sus posibles relaciones con Alonso Cano, quien también pudo haber dejado sin terminar –como Pacheco– algunos trabajos, pero que, muerto el autor, trabaja en los grabados de sus poesías póstumas (El Parnaso español) y lo dibuja y corona, idealizado por la muerte, en un dibujo que hay que designar ya y en adelante como glorificación de Quevedo a su muerte (1645).
De todo va en esta entrada, que precede al trazado de un capítulo de su historia, que terminaré en breve y que daré a conocer –por gentil invitación reciente– en una charla en la Biblioteca Nacional sobre "La Pieza del Mes"; y en inmediata publicación.
¿Sabe alguien de más representaciones de Quevedo que sean o procedan de su época?



martes, 17 de agosto de 2010

Una nueva cara de Lope de Vega


Víctor Sierra me envía esta precisa y preciosa entrada. 


Poco antes de que en febrero de 1630 saliese de la madrileña imprenta de Juan González el Laurel de Apolo, lo hacía del taller del pintor Juan Van der Hamen y León (Madrid, 1596-1631) el retrato de Lope de Vega que ahora reaparece. Ambas obras constituyen una muestra del gran afecto que se profesaban los dos artistas: mientras que Lope pone a desfilar al pintor hacia «la difícil cumbre de Helicona» en la novena silva del poema, Van der Hamen dibuja al “Fénix” con un manteo donde luce su recién estrenada cruz, la que le había concedido el papa Urbano VIII en 1627 y que le identificaba ya como caballero de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta. Lope dedicó otros halagos poéticos a su amigo (como los sonetos «Si cuando coronado de laureles / copias, Vander, la primavera amena…»), donde alaba, sobre todo, la capacidad de Van der Hamen para pintar bodegones, género pictórico que se convirtió en su principal fuente de ingresos. Sabemos que Van der Hamen retrató al poeta en al menos dos ocasiones más: la primera de ellas se documenta en el inventario de los bienes del pintor tras su muerte, donde se menciona la existencia de una serie de veinte retratos de personajes ilustres, cuyas medidas son tres cuartas de alto y media vara de ancho (63 x 41,75 cm.), entre los que figura «un retrato de Lope de Vega de medio cuerpo»; la segunda, en el inventario de la colección del Marqués de Leganés, que poseía «un retrato de media bara en quadro [41,75 x 41,75 cm.], de medio cuerpo, de Lope de Vega, de mano de Vanderhamen».  
  


En cuanto a la obra recuperada, que no podemos identificar con ninguna de las dos anteriores ni por dimensiones ni por procedencia, el hallazgo se lo debemos a Benito Navarrete Prieto, profesor de Historia del Arte en la Universidad de Alcalá de Henares, quien disecciona el cuadro en su artículo «De poesía y pintura: Lope de Vega retratado por Van der Hamen» (Ars Magazine, año 3, número 6, abril-junio 2010). Se trata de un óleo sobre lienzo, de 119 x 97,5 cm., que se encontraba en una colección particular de Munich con una antigua atribución a Eugenio Cajés. Procede de la colección del Príncipe Joseph-Clement de Bavaria (1902-1990), y pasó, por herencia, a ser propiedad de una familia noble alemana. Benito Navarrete basa la atribución del retrato de Lope en la comparación con otro que parece pertenecer a la misma serie: el de Francisco de la Cueva y Silva (Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid), que es el único que lleva la firma de Van der Hamen. En efecto, existen pruebas de que fueron concebidos por el mismo autor, como el tipo de retrato, la disposición de las figuras, la preparación del lienzo, la factura de la pincelada y la idéntica grafía que aparece sobre los papeles que sujetan respectivamente De la Cueva y Lope. Además, la radiografía de la obra permite observar la riqueza de los plegados y los contrastes de las arrugas, que demuestran que nos encontramos ante un original que puede ser considerado como el modelo del retrato conservado en la Casa-Museo de Lope de Vega, similar al de Van der Hamen, pero que denota la sequedad y la torpeza propias de una copia.



El reciente descubrimiento del cuadro Félix Lope de Vega y Carpio como caballero de Malta tiene, como apuntábamos, el valor añadido de constituir el “eslabón perdido” de algunas de las copias conservadas de la imagen del “Fénix”. Quedan descolgados de la filiación genética el retrato del Museo Lázaro Galdiano de Madrid y el grabado de Juan de Courbes (aquel que servía de pórtico a la primera edición del Laurel de Apolo); la hipótesis de Benito Navarrete es que también estén basados en alguno de los cuadros perdidos del buen amigo de Lope, Juan Van der Hamen.

VÍCTOR SIERRA MATUTE