Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

martes, 9 de noviembre de 2010

Quevedo, últimas fotos suyas y de su familia

La verdad es que a la historia  le cuesta hacerse un huequecillo como testimonio cierto frente a las leyendas, chismorreos, mentiras e intereses que terminan por cambiarla. En el caso de Quevedo, recuerdo muy bien un famoso congreso habido en Salamanca, en 1980, con motivo del centenario de su nacimiento, al que acudí ingenuamente para aprender de la mayor concentración de maestros a la que nunca antes había asistido. Mal sabor de boca me quedó de la cantidad de errores –de fechas, autorías, textos, etc.– que circulaban por allí, enquistados en el corpus de conocimientos  que tradicionalmente se trasmitían sobre nuestro autor. Recuerdo que yo escribí o estaba escribiendo algo así como "Quevedo. Leyenda e historia", luego o antes publicado, y que fue una de las razones –la otra era mi vicio por las bibliotecas y los archivos, a cuyo cuerpo de funcionarios había opositado de estudiante– por las que me incliné decidida y cautelarmente a trabajar siempre que pudiera con fuentes primarias. 
Y así me ha ocurrido luego muchas veces; y creo haber conservado esa testadurez en trazar un recorrido  desde la primera fuente, o vigilar que el crítico me diga si, al menos, sabe cuál es o donde está.
Quevedo no está limpio. Inevitablemente la mucha fama crea mucha roña; de vez en cuando conviene volver a pasar un paño y a recordar que la investigación de campo es la base de la crítica correcta que piense en más altos vuelos.
En algún momento de este blog dije que tampoco es plan intentar recabar "todos" los datos sobre ae autor, su vida y sus obras, porque nunca conseguiremos volver a recrear –afortunadamente– la España de los Austrias; que hace falta saltar hacia fuera y mirar desde lejos y desde arriba para comprender nuestra historia. Hoy traigo dos ejemplos sencillos, con su ilustración gráfica.
En el primero, la última foto que conozco de Quevedo, datada en 1920, y que hace bien poco –creo recordar que el año pasado– se propusieron negar forenses, profes, alcaldes y gentes de mala memoria en campaña nacional; a mí me entrevistó Informe Semanal, pero no recogieron lo más cierto. Y el caso es que la foto –hay más– se había vuelto a reproducir en el diario de Infantes (1999) y la debo a la gentileza de persona de allí.

También hace muy poco se vendieron los papeles de Quevedo, los auténticos, a los que alude en su estancia final en La Torre como guardados sobre el baúl que arma su cama y que se fueron trasmitiendo de generación en generación, conservados por alguno de sus primeros herederos (si tengo tiempo daré a conocer todos los árboles genealógicos de todas las ramas), en La Serna de Iguña (Cantabria), en la casa de  Margarita de Mendizábal y Martínez de Velasco y Ramón Morais Villarinomis, abuelos paternos de los actuales herederos. Los había llevado Amalia Martínez de Velasco y Bustamante. Amalia se había trasladado al Valle de Iguña (Cantabria) definitivamente, al morir su marido Federico de Mendizábal y Tros de Ilarduya. Amalia era hija de Juana Bustamente Quevedo y Villegas, última heredera del “mayorazgo” de Francisco de Quevedo. La foto es la de Gelasio Martínez de Velasco y Juana Bustamente de Quevedo y Villegas.
Amalia dejó todas sus pertenencias en casa de su hija Margarita en donde vivió hasta su muerte. Esta casa familiar, como es natural, estaba llena de muebles y objetos familiares. Como herencia, casa y demás pertenecía por igual a sus hijos: Damiana, Modesto, Federico, Carmina, Ramón, José Antonio y Amalia. Vamos a este nueva Amalia. Amalia Moráis Mendizábal y su marido Gregorio Becerro Bermejo –natural de La Alberca-Salamanca–, se quedaron a vivir en esta casa hasta los años sesenta, cuando se trasladaron definitivamente con su hija Carmina a Salamanca. La herencia de La Iguñaa fue atendida  entonces por José Antonio Moráis Mendizábal, uno de los hermanos, y allí hasta los años setenta acudieron diversos familiares, entre ellos  Amalia con su marido Gregorio y su hija Carmina.  Sin embargo Amalia, al parecer sin consultar a su hermano ni a otra familia, se llevó el baúl con los papeles de Quevedo, y probablemente algún objeto más de los citados en la herencia del escritor, a Salamanca para que los consultara y descifrara su confesor Florencio Marcos, archivero de la catedral de Salamanca y facultativo de la biblioteca de la Universidad, adonde yo llegué como auxiliar de bibliotecas en 1963-4, recién ganadas las oposiciones. Guardo excelentes recuerdos de don Florencio –uno de mis jefes–, pero nunca hablamos de esos papeles, probablemente porque él los consultó más tarde.  Pero vi todos años después en casa de la hija, Carmina. La noticia de los papeles –que el hermano reclamó, al parecer, varias veces– asomó a la prensa (ABC, por ejemplo, 1979) y al mundo académico (comunicación de Florencio Marcos en el congreso de Salamanca de 1980). Amalia murió en Madrid en 1994. Los papeles fueron vendidos por su hija Carmina hace dos años. En estos momentos están en la Fundación Francisco de Quevedo en La Torre de Juan Abad. Uno de quienes entonces era excelente alumno mío, Pablo Moíño, elaboró un  catálogo completo.

Con posterioridad a estas noticias, las he tenido también tanto del Cristo al que alude Quevedo en su correspondencia final, como a la venera de Santiago, que este mismo año me han mostrado en fotografía.

Como en las novelas por entregas, seguirá.

1 comentario:

  1. Fascinante, verdad? Lo de los archivos es más adicto que la nicotina. Yo sólo lo sé por el humo pero creo que caería en la trampa fácilmente.

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