Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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miércoles, 18 de mayo de 2011

Errores y rectificaciones (del investigador)

Ocurre que algunas veces la complejidad de la investigación, o la acumulación de datos, acarrea incluir en el resultado final errores u otros necesitados de matización; a veces esos errores no repercuten en la exposición final o se les puede dejar pasar; en otros casos, sin embargo, colea la mala conciencia de que el dato suministrado puede reaparecer sabe dios dónde confundiendo a otros estudiosos o tergiversando la realidad histórica. Creo que en estos casos hay que enmendar y corregir lo mejor posible, desde luego; y me parece que estos nuevos modos de vocear públicamente –blogs, fancines, etc.– facilitan la rapidez y efectividad de la tarea.
De entre las últimas veces que me ha ocurrido esto, dos datos hay que querría enmendar: el uno totalmente, el otro para matizar.
El que necesita enmienda es importante para quevedistas, sobre todo para los que me escucharon en una charla en el Instituto Cervantes de Nueva York hace poco; o con los que hablé en la universidad de Palermo, con motivo de un encuentro sobre mecenas en el Siglo de Oro. En ambos casos aduje como hito de una exposición sobre poesía cortesana –simplifico, las charlas eran distintas– que en 1635 Quevedo todavía escribía epitafios belicosos a favor del Duque de Osuna, su amigo y protector, muerto diez años antes (en 1625). El testimonio para mí claro era el autógrafo de un epitafio que el escritor borrajeó en las guardas de una edición de Píndaro.... de 1635, ese era mi argumento, que procedía de un investigador anterior que así lo había difundido. Lamentablemente la cronología de la poesía de Quevedo, estupendamente establecida por Crosby en una publicación de 1967, no incluye este epitafio, al que dedica, sin embargo, unas páginas iniciales del mismo libro (En torno a la poesía de Quevedo) y que incluso transcribe –sin citar nunca el año de la impresión de Píndaro. Varios trabajos anteriores, sin embargo, suministraban fechas distintas, aunque era correcta la de 1525 que daba Manuel Fernández Galiano en un artículo de 1945 (en la RBAM). En la exposición final que hice, en lugares lejanos, no pude desenredar el problema. La historia de la noticia venía envenenada desde de que Cayetano Rosell (1874) dio noticia del hallazgo, ya que ni Fernández Guerra (su edición es anterior) ni Janer (que dijo que iba a publicarla) terminaron por editarla, y sí lo hizo, precariamente, Astrana.
Así las cosas, de vuelta a Madrid, resolví la confusión del modo más sencillo y para siempre. En la Biblioteca Nacional de Madrid –en donde trabajo habitualmente– pedí el impreso (R. 642): la edición es de 1525 (Basilea, Andrés Cratandro) y el texto de Quevedo, efectivamente, se está "desvaneciendo". Punto. Afortunadamente en la versión escrita que he enviado para las actas de la reunión de Palermo y de Nueva York el dato va ya corregido.
El problema muestra muy a las claras la seguridad que da trabajar con fuentes primarias y originales; lo que no siempre es posible, soy consciente.

Segundo caso: el de la boda de Felipa de Espinosa. En esta ocasión es una enmienda de tipo contrario, ya que en este mismo blog me he atrevido a añadir un documento del AHPM que en una recensión global (La familia de Quevedo. Setecientos documentos inéditos) que publicamos Crosby y yo hace años se daba a esa Felipa de Espinosa como homónimo de la abuela de Quevedo. He vuelto a verlo y a transcribirlo totalmente y a considerar despacio lo que dice y sus circunstancias: es difícil que haya otra persona del mismo nombre y  en la corte de Felipe II, trabajando también en Palacio, con las fechas tan ajustadas. Abriré nueva nota de investigación sobre esta noble dama, que vestía a la reina en su cámara y que consiguió para su nieto, Francisco de Quevedo, que su señora le pagara los estudios en Ocaña, con los jesuitas.
Y que queden las dos enmiendas.

martes, 22 de marzo de 2011

Nobleza y administración. Las raíces de Quevedo

Voy a dar a conocer un documento –creo que nunca lo he subrayado públicamente, ni con las implicaciones que tiene–, que señala claramente cómo en la ascendencia materna de Quevedo hay una rama de la alta administración del estado, con adornos de la nobleza media. Recuerdo rápidamente que la rama paterna –la de Pedro de Quevedo– procedía de la Montaña (el valle de Pas) y exhibía un timbre de pureza de sangre y orgullo ancestral que les permitía enlazar con la nobleza cortesana. Ya que en efecto, en este caso la rama materna era una "Espinosa", la abuela, Felipa de Espinosa, madre de Margarita de Espinosa, a quien Quevedo dedicará en 1613 el Heráclito Cristiano, y de María de Santibáñez, la madre de Quevedo, que servía como "azafata" o "ayuda de cámara" en el Alcázar, al igual que la abuela.
Pues bien, el documento, de 1592 (protocolo 704 del AHPM) se abre así: "Sepan cuantos esta carta de obligación vieren como nos el licenciado Francisco de Albornoz, comendador de la encomienda del teshoro, de la orden y caballería de Calatrava, del consejo supremo de Castilla de su majestad, y doña Felipa de Espinosa, su mujer, residentes que somos en esta corte...."
 

Son preguntas que se puede hacer el historiador a continuación: por qué han bailado tanto los apellidos y por qué la madre de Quevedo tomó el de Santibáñez, en tanto que su hermana se llamaba Margarita; por qué Quevedo nunca adujo esta ascendencia, etc.


Habrá, en primer lugar, razones de la vida privada que ya difícilmente sabremos, como cercanías y tutorías que solo ocasionalmente asoman en los papeles; por ejemplo la tía y una hermana de Quevedo debieron educarse al arrimo de la abuela, y por eso llevan su apellido. La madre, sin embargo, optó por el Santibáñez, más alejado entre los de  la abuela, porque esa rama se estaba haciendo muy fuerte en la administración de Palacio, como muestran los numerosos Santibáñez de la documentación. El escritor, finalmente, adoptó el apellido paterno, probablemente cuando pasó a ser el mayor de los hermanos –por muerte de otro mayor–, es decir, el que iba a conservar la ascendencia humilde pero noble de los llegados del norte; la misma razón por la que eligió el "y Villegas".  En fin, tampoco he dilucidado, todavía, si el matrimonio de Felipa con Francisco de Albornoz es el que originó la prole o es posterior. El "Albornoz" quedó, en todo caso, perdido.
El documento se lee bastante bien.

domingo, 27 de febrero de 2011

La hermana de Quevedo profesa en las carmelitas descalzas



El documento (24 de abril de 1599) describe la decisión de profesar –y renuncia a la legítima– de Felipa de Espinosa, hermana menor de Quevedo, de dieciséis años, que ha terminado su noviciado, pues lleva más o menos un año con esa condición, en el monasterio de Santa Ana de carmelitas descalzas de Madrid. Será la única hermana que sobreviva al escritor, quien se acuerda de ella muy ocasionalmente.
Quizá no haga falta señalar que ese convento se encontraba en lo que hoy es –porque se recuerda– la Plaza de Santa Ana, en Madrid, frente al teatro Español.

viernes, 11 de febrero de 2011

Los primeros documentos de la familia Quevedo

Entre los primeros documentos de la familia de Quevedo, asentadas ya las dos ramas en Madrid, he seleccionado esta carta de pago de Felipa de Espinosa (1577, el escritor nacerá en 1580), la abuela, la figura más interesante –es quien consigue que al escritor le paguen los estudios los reyes–; figura como testigo del documento su hija María de Santibáñez –la madre de Francisco–; y se extiende la carta de pago en nombre de Antolín de Santibáñez y Margarita de Espinosa, su otra hija (en el documento Felipa los llama "hijos"). Ojo al documento anterior que termina el primer folio, en donde firman Pedro de Quevedo y Juan de Alderete. La documentación que he exhumado de don Francisco es muy rica, muy rica. 

Las nuevas condiciones de la investigación permiten ahora poner a disposición de investigadores y curiosos las fuentes primarias de la investigación, cosa que no podía hacer más que referencialmente cuando hace ahora unos catorce años tracé su biografía.