Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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miércoles, 11 de mayo de 2011

Felipe II y Diego Hurtado de Mendoza, a propósito de un nuevo libro

Acabo de recibir el librito de Reyes Coll Tellechea sobre Lazarillo castigado. Historia de un olvido. Muerte y resurrección de Lázaro (1559-1573-1844), publicado por Ediciones Orta (2011), que recomiendo a todos los que se hayan zambullido en la compleja historia de la trasmisión de textos –e ideas–  impresos durante el siglo XVI europeo. 
No es justo resumir en una sola frase su centenar de páginas; cierto es, sin embargo, que en muchos momentos me recordaba la vieja conferencia de Moñino –de finales de los años sesenta– sobre construcción crítica y realidad histórica, en el sentido de que los historiadores reconstruyen una realidad que no se corresponde con los datos de la época: la picaresca –por ejemplo– no triunfó cuando el siglo XVI y el XVII se dieron la mano (1599, primera parte del Guzmán de Alfarache, y a partir de ahí las restantes obras de ese género) y entonces se recobra el viejo Lazarillo (reeditado en 1602) como germen; en realidad lo que se lee hasta finales del siglo XIX es el Lazarillo “castigado”, la edición de 1572.
En ese contexto, el libro de Reyes Coll-Tellechea traza muchas idas y venidas hacia una historia complicada que suscitan en el lector inquietudes, preguntas, etc. En su momento yo objeté a la vieja tesis de Moñino, y hasta publiqué dos paginillas (en una revista checa, Philologica praguense, y en otra norteamericana, Ideologies and Literature), intentando ajustar que la recepción y banalización de la tesis de Moñino no se convirtiera en disparate. Se convirtió en disparate que adorna los gorgoritos de la academia, con pocas posibilidades de enmienda. Es verdad que la poesía del siglo XVI (y quizá también la del s. XVII) no se publica, no se imprime, habitualmente hasta mucho más tarde; pero no es verdad que el historiador actual de la literatura peninsular realice una reconstrucción crítica falsa, al ir más allá de los datos de impresión y difusión: el historiador cumple su delicada misión porque recupera cabalmente el proceso de creación poética. Es verdad que fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Cetina, Garcilaso, etc. no imprimieron sus poesías; pero sí que las escribieron, sí que las crearon en el momento y las circunstancias que el historiador dice. Y recuperar el sustrato ideológico quizá sea más importante que atenerse a la difusión impresa. Etc.
Creo que la publicación de este precioso librito se ha cruzado con la del artículo propio que descansa ya a la vista del interesado en
 http://www.edobne.com/manuscrtcao/sin-que-de-mi-nombre-quede-otra-memoria/  en donde se señalan muchas pistas documentales. Doy la referencia completa, pues, para seguir orientando la investigación.
En fin, no querría volver al Lazarillo, obrita sobre la que aun conservo documentación abundante –y preciosa–, al menos mientras Mercedes Agulló –con la que ayer hablé sobre estas cosas– vaya dando a conocer nuevos datos, algunos de los cuales, me dice, están a punto de salir. Pero sí que voy a completar la ficha de uno de los datos que cita Reyes Coll, agradeciéndome su uso, ya que yo no lo había citado antes y el investigador puede necesitarlo. En efecto, el año pasado viajé a Londres para ver, fundamentalmente, en la British Library el ms. add 28358, II, que contiene la espesa documentación provocada por el círculo de secretarios y eruditos que rodeaba a Felipe II, desde Lisboa. Zúñiga Velasco, Páez, los Dantisco.... La documentación abarca de 1582 hasta 1586, aunque las referencias cronológicas se van, como es lógico, también a los años anteriores.  Algunas son originales, firmadas por el rey, las más por sus secretarios, otras copias. Lamentablemente  la documentación es extensa y la maravillosa nueva British Library ha pensado en casi todo menos en facilitar el trabajo al humilde investigador venido de lejas tierras, pues no hay opción a obtener copia, reproducción, etc. de aquellos documentos si no se paga el sueldo de un par de meses. ¿Se habrá convertido la investigación en cosa de ricos, también? La otra opción es la de quedarse tres o cuatro días más en Londres copiando todo aquello –yo estaba, además, viendo autógrafos del padre Mariana–, lo que encarecería aun mucho más la encomienda. De manera que opté por leerlo, sacar notas y pedir la caridad a algunos de mis alumnos viajeros de que cada vez que pasaran por Londres me copiaran un par de páginas y me compraran unos calcetines en las rebajas. Muy mal. En ese precioso manuscrito, al final, hay una carta de 1645 y, antes, otro largo documento que detalla e inventaría los bienes heredados por Felipe II de Diego Hurtado de Mendoza. He utilizado ese inventario, noticias y párrafos diversos, en algunos artículos anteriores, por ejemplo, he citado la glosa al inventario que matiza que un ídolo de oro lo tomó en junio de 1576 el Rey para dársel al príncipe don Fernando (f. 77).
La parte esencial tiene veinte páginas (f. 67-86) y uno de sus párrafos, el que define la documentación, dice así: Por quanto auiendo don Diego hurtado de mendoça comendador de las casas de Calatraua de la horden de Alcantara por su testamento dexadonos por su vnico y vniuersal heredero y nos a suplicacion de sus testamentarios aceptado la herençia y nombrado por administrador de lla a Antonio graçia nuestro secretario y por su muerte a Hernando de Biruiesca mi guardajoias para que tomase qüenta a dicho secretario… por muerte del dicho… nombramos por administrador della a Juan Lopez de Velasco nuestro criado y le dimos comissión para tomar qüenta de la dicha herençia… y él la tomó a uso doña Maria de Moscoso, muger del dicho… como heredera suya en la forma siguiente....
Sigue el Cargo de bienes muebles / retratos de mármol y Xaspe que se recibieron de Antonio Graçian, y pintura, y otras cosas. La Data de los dichos bienes  va firmada en Nuestra Señora de Guadalupe a 22 de abril de 1580. Los epígrafes van enumerando: ....carga de camafeo y otras cosas / Cargo de entre piezas y chapas de oro / Cargo de Auito de oro / Cargo de ydolo de oro / cargo de retablo de otras pinturas  / cargo de bufete / Cargo de repostero y otras cosas / Cargo de sello / cargo de marauedis (que incluye todas las mandas).  El documento se fecha en Lisboa a dos de junio de 1582.
Merecería la pena que  se expusiera y publicara de modo más completo.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Dichos y hechos del Duque de Osuna, de Quevedo

Sobre obras y papeles de Quevedo que andan perdidos por ahí he ido dando noticia –y así lo haré siempre que se me pida– para que se sigan pistas de investigación. Aún así, de vez en cuando me sorprende que en congresos, reuniones, seminarios, prensa, etc. se insista machaconamente en datos falsos. Quizá resulte más difícil de refutar algo cuando ya se le he dado voz en algún momento. Hace poco todavía –la semana pasada– insistía en la equivocación de los datos del padre Fita sobre la prisión de Quevedo en San Marcos. Un par de veces al menos he desmentido que la habitación que se suele enseñar como "la celda donde murió Quevedo" en Villanueva de los Infantes, es la la habitación sobre la que el cronista local –Valle– me pidió consejo para habilitar y amueblar como tal. Todavía guardo las fotos de su primer aderezo. Así lo hizo porque era la mas cómoda para visitar. Y no quisiera extenderme con los huesos que algún alcalde de Villanueva dice que guarda en la caja fuerte del Ayuntamiento, porque, al parecer, las gentes de Villanueva se dan por ofendidas si se les cuenta la patraña.
Simulacro de la habitación donde murió Quevedo,
en Villanueva de los Infantes. Foto tomada por este
 peregrino en los años ochenta del siglo que se fue
 (como la otra de la mesa)
Me voy a referir a otra más importante, porque atañe a una obra perdida de Quevedo y porque, como señalé, todavía en un reciente viaje a Palermo, en un congreso de especialistas, he comprobado que no se sabe bien lo que fue de esa obra y dónde puede estar ahora.

Los "Epitetos del Duque de Osuna" no es una obra fantasma; se sabía que don Francisco la estaba escribiendo, probablemente en torno a 1630; el manuscrito que la contenía, encuadernado en un tomo facticio, fue visto por Rodríguez Moñino, y quizá por Crosby, a finales de los años sesenta. Tengo la carta en la que Moñino se lo dice a Crosby.
En enero de 1963 la librera Victoria Vindel le dijo a Crosby que Moñino, antes de irse a EEU, le iba a dejar la colección documental que poseía sobre Osuna-Quevedo. Esa transacción no se llegó a hacer y los papeles, probablemente, fueron a parar a un noble coleccionista, el Marqués de Valdeterrazo, del que enseguida daremos noticia, en tanto Moniño viajaba a América (abril de 1963).

Los papeles que tenía o compraba el Marqués de Valdeterrazo están relacionados, a su vez, con la rocambolesca historia de los testamentos, que hace muy poco han andado en subastas y demás. Recuerdo que el codicilo auténtico, que faltaba, lo ha localizado también hace muy poco, unos meses, Mercedes Sánchez, y que lo hemos publicado en la revista manuscrtcao.

capilla del primer enterramiento de Quevedo, foto tomada por el
peregrino,  engañado por el párroco del lugar sobre muchas
circunstancias
La historia del testamento que ahora ha vuelto a La Torre de Juan Abad, adquirido por el municipio, es la siguiente: Se arranca el correspondiente libro de protocolos de Villanueva de los Infantes  (en donde ocupaba el f. 155r). En algún momento lo compró el Conde de San Luis, en cuya casa lo leyó Fernández Guerra (1852), de manera que sufrió los saqueos de 1854, entre ellos los de la casa del Conde. El siguiente dato nos dice que fue vendido por un "sargento licenciado" a un escritor sevillano en 1861, quien se lo devolvió al Conde de San Luis a finales de esa misma década. El Conde se lo regala a un amigo, cuyos herederos se lo venden a José María Iduarre, Marqués de Valdeterrazo, que todavía hacia 1962 lo poseía en su vivienda madrileña de la calle de Hortaleza. Quizá sea importante señalar que allí lo vio todavía James O. Crosby, el gran quevedista norteamericano, quien me comunicó, hace mucho, bastantes de los datos que intento ordenar.

Procedente de los papeles del Marqués de Valdeterrazo ya han salido, con cuentagotas, a la venta varios documentos, papeles, etc. a los que es difícil seguir la pista, porque aparecen ahora a través de casas de subastas, que o dicen o no dicen su origen y procedencia. De ese modo se vendió el testamento, y de ese modo Mercedes Sánchez ha localizado alguna carta autógrafa.

Y esa es la razón por la que ya hace tiempo dije –y ahora lo confirmo– que Quevedo escribió sin duda los dichos y hechos del Duque de Osuna (así se llama en otras ocasiones) y que más tarde o más pronto acabará por salir.... al mercado, si antes alguien no hace la gestión directa con los herederos del Marqués, como otras muchas gestiones directas que estoy intentando culminar últimamente, entre las cuales una hay que corre cierta prisa: la de que se puedan ver los papeles que Rodríguez Moñino dejó en la RAE, los papeles, no solo su soberbia colección de manuscritos y libros. Y ya de paso, no estaría mal que pudiera obtener fotografía del retrato de Quevedo en el salón de plenos que, aunque copia evidente, me falta para articular toda la historia de sus retratos y representaciones (dibujos, esculturas, relieves....)

No hay que preocuparse si las entradas al blog están saliendo demasiado eruditas; las cosas vienen así; pero tengo en el magín una entrada sobre Jane Birkin, con la que nos podremos volver a la frescura de la vida menos intelectual.

Y también estoy esperando a que Paco Rico diga algo sobre El Lazarillo para publicar una preciosa documentación sobre su autoría. A ver si hay suerte.

A ver.




martes, 28 de septiembre de 2010

Castalia, el libro electrónico



despacho de la dirección de Castalia en Madrid
Mantuve ayer una de las reuniones habituales en Castalia, la vieja editorial en la que, desde hace unos diez años, dirijo algunas colecciones, entre ellas Clásicos Castalia. En su local de la calle Zurbano tiene la sede, y en la sede un despachito, entre otras habitaciones, que es donde habitualmente se mantienen las reuniones para dirigir y proyectar la editorial, que desde hace ahora unos cuantos meses, ha cambiado de propietario –y en consecuencia, de editor–; ahora pertenece a Edhasa.
Lo que yo quería indicar, no obstante, ahora que libros, editoriales, papel impreso, etc, han entrado en zona confusa de porvenir azaroso es que ese lugar –editorial, despacho– es como un pequeño santuario de un pasado literario muy peculiar, que se ha contado muchas veces, desde luego. Dirigieron la colección Rodríguez Moñino, el gran bibliógrafo, que la inició; José Fernández Montesinos, cuya foto entre elegante e irónica, presidía las reuniones; poco tiempo estuvo allí Fernando Lázaro Carreter –yo le tuve como profesor, en Salamanca, pero apenas le conocí en sus funciones de director de la CC– y Alonso Zamora Vicente, con el que más tiempo compartí –era mi maestro– tareas.  En ese despacho conocí y traté a muchas personalidades de nuestras letras, entre las cuales solo voy a recordar a Amparo Soler (“Gráficas Soler”), la antigua impresora y promotora de la editorial, elegante, emprendedora, activa.
El despacho ahora padece de la “crisis”, como todo en este extraño país, e intenta remontar el vuelo con el impulso que los nuevos dueños quieren dar a la editorial. Recuerdo, en los últimos años, las concienzudas reuniones de quienes habíamos inventado la REC (“Revista de Erudición y Crítica”), que dedicábamos largas sesiones, con los editores, para montar cada número: Mario Hernández, Pablo Moíño, María Fernández  y yo mismo.
La reflexión sobre qué va a ser del libro no es de un rincón tan corto. Lo último que he leído –en Argentina– y lo último que he visto –en Nueva York–  es desconcertante, pero alentador: el libro recobra el vuelo perdido y se envalentona frente al libro electrónico, al que doblega curiosamente, con elegancia e historia. El libro remite a un concepto de escritura, se erige en centro de un lugar desde donde se despliega todo un ámbito, recorrido antes por la historia, con mayúscula. Incluso su formato futuro está empezando a beneficiarse del  libro electrónico que, hay que subrayar este hecho, "le imita" hasta en su textura.
Añado un enlace para un estupendo artículo de Irene de Benito (la referencia argentina de marras) en La Gaceta argentina.

miércoles, 30 de junio de 2010

De cómo el trabajo no agota la vida

Entiéndase bien: no podremos reconstruir nunca con nuestra tarea ni con nuestra inteligencia un fragmento mínimo de vida real, de existencia. Confesión paladina, que a tantos historiadores ha hecho meditar, viene a cuento de quienes me preguntan que para cuándo la segunda edición de una biografía de Quevedo, que publiqué en 1998. Para nunca, digo de modo entre tajante y dramático. ¿No hay nada nuevo?, me dicen, de alguna manera.

Sí, muchísimas cosas se han ido acumulando y algunas otras habría que corregir; pero me he dado cuenta ya hace tiempo de que, aunque rehaga minuto a minuto su vida  –o la de un día–, el esfuerzo no me va a servir más que para reproducir elementos externos, algunos ideológicos, otros alejados... de algo que nunca obtendré totalmente, a  no ser que fabrique otro quevedo y con la máquina del tiempo me traslade a 1580. Es al contrario, en algún momento el historiador ha de saber salir de ese esfuerzo documental hacia fuera, para trazar el "objeto mental" que le permita adquirir el conocimiento histórico de la persona o de la época; y eso es lo válido, no lo otro. Cierto que hay que saber guardar una adecuada proporción entre distancia y proximidad: no se puede intentar obtener ese conocimiento histórico adecuado sin un mínimo de conocimiento de los datos reales; pero se perderá esa posibilidad del panorama si tanto nos acercamos que solo somos capaces de ver anécdotas de la vida diaria. 
De manera que si encuentro en el ms. 12962/66 de la BNE,  entre los papeles que se copiaron de los de Moratín, un par de hojas con las casas que ocuparon algunos cómicos durante el s. XVII en Madrid, en donde dice que Quevedo tenía una casa en la Calle del Niño, tasada en 30 ducados, “y había sido de María de la Paz”, pues lo copia, sin mucho entusiasmo, y lo dejo ahí. O si en la caja de ms. 12964/52 de la misma biblioteca topo con una carta de Gerónimo de Vera en la que critica el Para todos, de Montalbán, fechada en Salamanca, a 4 de julio de 1632, pues más de lo mismo. Un centenar largo de veces me ha debido ocurrir eso, en ocasiones con datos más o menos golosos (libros anotados de su propiedad, censuras a libros ajenos, autógrafos, colecciones documentales enteras...) Trabajan a mi alrededor investigadores jóvenes, alguno de los cuales podrá aprovechar todo el material acumulado.


Y no se trata solo de datos biográficos, también los hay sobre su obra y sus ediciones. En la RAE, el ms. RM 6880 [colección Rodríguez-Moñino], el Cancionero de Fabio, no citado por Bonneville, dice en lomo Cancionero del siglo XVI; lleva una nota autógrafa de Rodríguez-Moñino al comienzo que señala que es del Dr. Garay (en la p. 177 un copista lo identifica con el citado Fabio) y que procede de la biblioteca de Cotarelo; se vendió a la muerte de su hijo Armando y RM lo adquirió junto con el Buscón, (en Anuario de Letras [UNAM], VI-VII (1966-1967), 81-134.] Habrá que reconstruir con datos como ese la historia de los ejemplares del Buscón.

Y en fin, también se trata de circunstancias históricas: siempre quise saber si Quevedo asistió al "estreno mundial" del Requiem del padre Victoria (por cierto acaba de salir nueva edición discográfica), en las Descalzas Reales, compuesto a la muerte de la Emperatriz; y tenía localizado el sermón, inédito, de fray Juan de los Ángeles (no se publica en la edición de la BAC); en donde no se dice nada, pero hay que conjugarlo con las pp. 560-566 del ms. 11773 de la BNE en las que Diego de Urbina, criado de su majestad, nos relata las honras a la Emperatriz el martes y el miércoles 19 de marzo de 1603. Quevedo no estaba en Madrid esos días, vaya por dios.

Las noticias vienen de documentación perdida frecuentemente, pero en otros casos de fuentes directamente informadoras, como las gacetas: el 17 de diciembre de 1617,  Gerónimo Gascón de Torquemada, (en la Gaçeta, ms. 10303,  f. 46):  "A los 17 hiço su magestad merced de dos hávitos de Santiago, el uno a don Juan de Salazar, secretario del duque de Uceda, con dos mil ducados de renta, y el otro a don Francisco de Quevedo, con mil". Yo había publicado y creído que no le reportaba más ganancia que la casi simbólica del pan y la sal.

El noticiero y el papeleo está por todos lados, como corresponde a la actividad del autor; por ejemplo, para el asunto del padre Mariana, España defendida y la actuación de Quevedo durante esos años convendría echar una ojeada al "L'antimariana" de 1610 (Bibliothèque Mazarine de Paris, FD 835-7)...

En fin, también estoy esperando que los descendientes de Quevedo me permitan publicar los datos históricos sobre su genealogía y patrimonio, que no son los que se dice que son. 
Es tanta la acumulación de datos, fuentes, documentos... que naturalmente alguien habrá de emprender con nuevas fuerzas nueva biografía; yo insistiría que sin caer en la tentación de acumular más y más datos. En todo caso, los mejores fondos documentales sobre la vida y la obra de Quevedo han aparecido durante los últimos años y ahora se pueden consultar, en su mayoría se pueden consultar. Yo mismo poseo uno de ellos, de unos 500 documentos y un centenar de microfilmes que se está catalogando, para depositarlo en el centro y quevediano de La Torre de Juan Abad y que allí pueda ser consultado por todos.


Lo más difícil de llevar es cuando noticias que son patrañas y supercherías acaban por convertirse en datos históricos "irrefutables", como el de los huesos de Quevedo, o el de sus restos, o el de la celda en la que murió en Villanueva de los Infantes. Va un par de fotos  de la celda tal y como la amuebló y dispuso –para que la vieran mejor los turistas– un cronista local: yo estaba presente, hablé con él, le aconsejé que lo dijera, que no era realidad sino reconstrucción y obtuve varias fotos. Quede como testimonio.
De otra naturaleza son las mentiras filológicas, que muchas hay, verbo y gracia Roncero –que se dice "catedrático de la universidad de Nueva York", cuando edita España defendida... como si nada tuviera que ver con la leyenda negra, como un eco más de un motivo literario ("laus"), sin historia. Pero esas nos llevan a otro terreno.

Ya va muy cargada esta noticia, que voy a ilustrar con autógrafos recién descubiertos, retratos inéditos, documentos nuevos...