Final de China destruida
Sobran perchas y sillas en la casa;
vacíos los armarios, y ordenados;
un cepillo de dientes tan solo veo,
su turno espera, creo que asustado
de verse en soledad por las mañanas
cuando huele a naranjas y a pan tostado,
la antigua hora de prisas y pasillos,
de manos limpias y de ojos claros,
los ascensores trabajando a tope
con niños todavía adormilados,
adultos que terminan de vestirse,
padres, madres que van desaforados,
bufandas, bolsos, libros y mochilas...
Un silencio quedó deshabitado.