Nadie pensaría que esas fotografías son de rincones de El Retiro, que como todas las cosas hermosas, extrema su belleza cuando parecería que tendría que desmerecer, porque le abandonan los adornos, se desnuda de lo que le cubría y se llena de oscuridades ya a las seis de la tarde. Todos querríamos que nos quisieran, precisamente, el día que no nos afeitamos, arrastramos tristezas, se han olvidado de nuestro nombre en la fiesta del cole y nos ha salido un grano en la nariz. Pues eso. Esta tarde de un diciembre madrileño escaso de luz, que coincide con un domingo por la tarde –día tradicionalmente maldito para algunas gentes, entre las que me cuento–, he ido a pasearle un rato, le he dado mimos y le he convencido para que no tenga miedo cuando llegue la noche. Y se ha dejado fotografiar.


Bien es verdad que para convencerle de inquebrantable pasión por sus prendas hube de mostrarle una foto que el viernes, a las tres de la madrugada, le hice cuando volvía de la cena anual de nuestro grupo de EdoBNE –en Gades–, caminando, para pensar despacio en cosas de la vida, que a esas horas y por esos lugares suele salir al paso para que así se haga.
Otra cosa: ese árbol alicaído y majestuoso de una de las fotos, a la izquierda según se entra por la puerta del Casón, es uno de los árboles más viejos de Madrid, un "ciprés calvo" del que ya existe noticia en el siglo XVII.
Y otra cosa: me ha salido un grano en la nariz, vaya.