Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

Mostrando entradas con la etiqueta El País. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El País. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de enero de 2011

El País, Echevarría, el tabaco, la verdad....

Las notas en los cuadernos de pantalla, como este, se benefician de la necesaria concisión que las trae desde sistemas y digresiones, y se malefician de que, a veces, la argumentación resulta escasa. En lo que sigue, verbo y gracia, quisiera matizar de nuevo y aun más conceptos que resultan clave y que atañen, no solo a mi campo de actividad –qué más daría– sino a la labor docente y al necesario ejercicio de conceptualización que intento limpiar, esclarecer, mover de cara a alumnos, discípulos, clases, etc., ya que, cuando salta a “opinión” y se difunde por los llamados “medios”, pongo por caso, con el aura de la autoridad que a veces va pegada a nombres y discusiones, puede llegar a confundirles de muy mala manera.
Así ocurría con la famosa distinción arte/realidad, de lo que fue cuestión en  la página que se cita abajo, y que intenté explicar de manera más profunda, es decir, con mayores implicaciones sociales, una vez que la distinción, ejemplificada en dos o tres casos sonados, se había hecho en un laboratorio que dejaba fuera demasiadas cosas. Recuerdo que la discusión ya se había planteado –socialmente– con una novelista a la que se acusaba de “violencia de género” por lo que contaba y cómo lo presentaba en una de sus obras; recuerdo que volvió a levantarse la polémica a propósito de Sánchez Dragó y sus efluvios hacia las jovencitas; y recuerdo haber aireado entonces –por acudir a ejemplo por antonomasia– el caso de Sancho Panza, que se creía todo lo que estaba impreso. Podríamos encargar unas cuantas tesis para historiar este lugar común.
Me salta ahora y nuevamente la polémica a propósito de un artículo de El País sobre el tabaco, del juego de réplicas, de la intervención de la propia redacción del periódico a partir de la defensora del lector y de la recolecta que –es lo último– leo hoy de Ignacio Echevarría en El Cultural de El Mundo. Al menos hemos ido progresando: del ingenio que no se merecía el hueco en el periódico, a los lectores que comulgan con identificaciones que no hubieron de hacer, réplicas del autor, que se ve que tampoco tiene muy claro el campo, hasta las argumentaciones “oficiales” del propio periódico que muestra, una vez más, la ínfima calidad de uno de nuestros periódicos de mayor alcance, El País, que es lo que, si llega a lectores poco avezados, puede causar mayor daño y añadir leña a un fuego que solo ellos han prendido.
En resumen se trata de no confundir al autor con lo escrito, siempre que se dé una situación que se puede definir como “literaria”, es decir, con posibilidades de añadir elementos ficticios: lo cual nos permite ir a ver películas policiacas, por ejemplo, sin encerrar en chirona a su director o a su guionista.
El rapapolvos que Ignacio Echevarría atiza a la mediocridad de El País, en este aspecto,
es más que razonable y hubiera podido ser espectacular, pues la sobredicha defensora termina por una melopea apoteósica que es todo un paradigma de la ignorancia. Tampoco se puede esperar mucho de los montajes de Francisco Rico, mi simpático colega, buen historiador de la literatura, pero que cuando saca los pies del plato no alcanza a decir mucho más de lo que los textos dicen. Tampoco es su función, digamos en su defensa.
He de insistir por tanto en lo que decía en:

En donde por lo demás terminaba con “ya seguiremos (y esto es lo que sigue), después del párrafo final:
La libertad artística que se proyecta desde la imaginación produce un resultado a modo de “hecho artístico” (en realidad “discurso”, pero bueno), que se origina y va a una determinada formación social en donde va a cumplir una función “real”; es competencia del artista no solo la creación de aquel objeto sino la valoración en términos de conducta –indivual, social, histórica, etc.– de su impacto. Resortes y resultados de la creación son raseros adecuados que pueden intervenir en el proceso.
En aquel lugar se explica con más detenimiento. Aplicado a nuestro caso, cierto es el paradigma que separa arte-ficción de lo que no lo es, pero no produce los resultados que el autor del artículo –Rico, por ejemplo– presume, ya que cualquier obra –y las de arte también, desde luego– pasa a ser “objeto real”, valga la paradoja, y a integrarse en la formación social del momento. No hay que rasgarse las vestiduras por la reacción de lectores, a los que hay que razonar correctamente: no vale con señalarles como ignorantes.

sábado, 3 de julio de 2010

No va mal, la prensa


La verdad es que no va muy mal el uso de la lengua en la prensa, en general, y refiriéndome siempre a la que consulto o cae en mis manos, pues sí que he observado mucho más cuidado tanto en lo que se refiere a normas ortográficas y propiedad del léxico como a la calidad del estilo. Lo peor –y me temo que imparable– es la ventolera de los neologismos, barbarismos y modas léxicas. Me parece, verbo y gracia, que va a ser imposible oponerse a "evento", que ya todo lo es, hasta rascarse la nariz o ir a hacer pis; palabro fervorosamente adoptado por el dios google para meterse en nuestras vidas. Solo cabe implorar que no hagan lo mismo con los nuevos que van ascendiendo ("domótica") de los sótanos de los diccionarios, como hizo en su tiempo "obsoleto", que a pesar de su abrumadora fealdad, ya está entronizado. Más feo que "google", de todas maneras, es difícil encontrar algo en nuestros repertorios léxicos, a no ser "envergadura", que se nos fue de las alas del avión a un calambur de consecuencias imprevisibles. Hagan la prueba de pedir a una persona sencilla que lea google, y observen sus muecas. Propongo que cambiemos el nombre a google; pido una encuesta nacional. Se admiten propuestas. ¡Viva la República! (se me ha ido la mano).
Sigo con mi animadversión contra las solapas que no sean las de las prendas de vestir, pero me temo que no pueda aupar a "traslapar" (ya dije que anda en la p. 721 de la Gramática grande la RAE), ni recuperar ese campo conceptual para el entrañable "coincidir". 

Muchos periódicos han  conseguido limpiar defectos de siempre, como el  "esto" y el "ti" con tilde, que no hace poco condecoraba ignominiosamente los anuncios de Telefónica. Todavía se lucía ayer a toda plana en un anuncio de "Viajes Iberia" de El Mundo, periódico que viene resultando –y hay que decirlo– de los más respetuosos y dignos en el tratamiento de la lengua que nos es común. Sin embargo, otros, como El País, necesitan todavía ser menos pedantes y consultar más el Diccionario. Luego le hago un mimo al País, para que no salga menoscabado. Las caries son más abundantes en ese rosario de estupendos periódicos provinciales y locales, pero por el inevitable contagio con otras lenguas peninsulares (La Voz de Galicia, La Vanguardia...: periódicos de indudable calidad).

Se ha conseguido, por ejemplo, que casi todo el mundo ponga tilde a las mayúsculas y a otras variedades gráficas; convendría ahora, que se está a punto de lograrlo, remachar el argumento, que no es solo cuestión de estética: una tilde airosa, a modo de sombrerete, sobre una vocal mayúscula debería resultar mucho más estética que el vacío, como en la cabecera de El país, con su tilde color de mar profundo, ladeada por el viento (este era el mimo): las tildes tienen como función primordial señalar la pronunciación de las palabras; se pronuncian igual las mayúsculas que las minúsculas, esa condición, por tanto, no sirve para justificar que unas se marquen y otras no. Propongo, en consecuencia, que VIAJES HALCON se saque una hermosa tilde de donde pueda para sus anuncios y carteles; que haga lo mismo, aunque sea francés, MICHELIN; y que al experto de Obras Públicas de la Dirección General de Tráfico le ayude un licenciado en Filología –que se podría pagar con el dinero de las multas municipales, injustas en un 99%– para que ponga o no tildes en FONTIVEROS, AGREDA... y esos centenares de lugares de nuestra hermosa, dispersa, caótica geografía peninsular.

Y aun seguiré luchando con la "temática" sustantiva,  que todos los días me pincha con ejemplos, como el que ilustra dde la fundación BBV (de fecha ayer).
Otra cosa es lo que digan, su veracidad, propaganda, etc. Son los periódicos como las personas: cuando les envenenan "políticamente" pierden la razón y tan solo debaten con argumentos para obtener la cuota de  "poder", sin darse cuenta de que el común de los lectores, cuando entran en ese torbellino absurdo, se desentienden de sus peroratas y los desprecian. Harina de otro costal para más adelante.