Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

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lunes, 30 de mayo de 2011

La catedral del mar y los tamarindos, Trani

Trani es uno de los puertos que se citan con frecuencia en la documentación italiana de la época de Quevedo, durante el virreinato del Duque de Osuna. Trani, Brindis, Bari.... Trani era un conocido puerto del Adriático, ya en la Edad Media.

Me he encontrado con una ciudad bellísima, blanca y azul, mirando al mar, rodeando al mar, extraordinariamente bien conservada, de la que hay que destacar, como bien se sabe, el duomo, la inmensa y hermosa catedral de aire normando, el último edificio antes del espigón, exageradamente elevado para estar casi con los pies en las olas. El conjunto se completa con un castillo de origen medieval, palacios y casas señoriales, iglesias, callejuelas de trazado antiguo.... y un parque extraordinariamente bello al otro lado del puerto, también mirando al mar.

Además de un par de palacios de la época, uno de ellos por cierto con una exposición de artistas cubanos actuales –latinoamericanos, en realidad–, he localizado y visitado la casa del enviado o gobernador del virrey; es la que tiene ahora una farmacia abajo.

Han sido cuatro horas de recorrido; en ningún momento me he sentido cansado o aburrido, pues la ciudad no lo permite. Al final he cenado en el puerto, esperando tomar algún pescado desconocido, lo que no ha ocurrido, a pesar de que me lo habían predicho y de que el puerto se ve muy activo. Eso sí, parece que se ha quedado en puerto pesquero y deportivo, no he visto demasiados mercantes y faltan los galeones y las fragatas para defenderlo de los turcos, los piratas y otros enemigos ocasionales. Mejor.
Va la imagen del viajero, también, a petición (me dicen que nunca aparezco, es verdad) sentado al final del recorrido por la ciudad, en la esquina del paseo marítimo que es un jardín tan cuidado que hasta contiene una exposición de flores, y cuya última frontera es una hilera de impresionantes  tamarindos, que han crecido bebiendo la brisa del mar y retorciendo troncos como ningún árbol sabe hacerlo. Daré más adelante una muestra de una decena de troncos de tamarindos. 

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