Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

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miércoles, 11 de mayo de 2011

Variación y libertad

Interpretado de modo positivo, como he venido intentando hacerlo siempre, esa conducta resumía en la vida diaria una constante defensa de la libertad; al fin y al cabo había además algo de esfuerzo, sin llegar a lucha, por no caer en rutinas nimias, ni siquiera las más insignificantes y procurar constantemente, siempre que me diera cuenta, comportarme y actuar de modo distinto a como lo había hecho la vez anterior o las veces de las que me acordara: no recorro nunca el mismo camino para ir al trabajo, no siempre compro en el mismo supermercado, ni elijo la misma barra de pan, ni me visto con aquella mezcla que me resultó tan cómoda la otra vez, ni llevo el mismo horario, ni como a la hora fijada, procuro no acostarme a la misma hora siempre, no creo jamás haberle dicho a la misma mujer la misma frase, no me enfado por la misma razón.... romper, quebrar, variar, elegir siempre algo que no conduzca inexorablemente a un esbozo de la rutina. Creo que la repulsión se me enquistó al salir de la última fase de mi vida familiar, tan complicada que mejor no recordarla, porque también en los hábitos mentales se da ese rosario decadente de la insistencia: siempre la misma frustración con la misma mujer, siempre el mismo recuerdo del viejo mar de la felicidad adolescente, siempre la reproducción detallada de las circunstancias del éxito o del fracaso, siempre la belleza colocada en la luna o el poniente, siempre el verso romántico, siempre la reflexión sesuda, etc. No y no. 
Me asustó sobremanera, eso lo sé bien, el hábito de la vejez, que vi cumplirse inexorablemente en la vida obligatoriamente casera de mis padres, en donde –desde las medicinas de por la mañana hasta la pastilla para dormir por la noche– nada había que no fuera la rutina, el esquema, la máquina del tiempo convertido en sucesión de ritos.
Bocanadas de frescura en cada caso, sin rendirme nunca a la calcificación de las ilusiones, de los recuerdos, de los actos.
Iba a comenzar este párrafo con “La gente que me rodea....”; pero claro, bien se echará de ver que no hay gente que me rodee mucho tiempo y que mi círculo humano es una feria; eso sí, tampoco hay censura en ese aspecto: sencillamente entran, van, vienen, aparecen, desaparecen, sin que en ningún momento yo me plantee fomentar una relación y que se convierta en costumbre, pero tampoco rechazar a nada ni a nadie cuando vienen. Insisto mucho que todo eso tiene su explicación teórica, casi emotiva: la libertad.
Por eso, esta tarde, sentado en la misma terraza del bulevar en la que me senté ayer, tomando nuevamente una de las primeras horchatas del verano que se avecina  y dejando que este sol de mayo, como un perrillo fiel, vuelva a acariciar las acacias, poniendo en ellas la misma luz que ayer tanto me emocionó, por eso pienso que por fin me he liberado de la peor de las rutinas: la que me imponía siempre la elección de lo desconocido.

[Denis Antonio]




P.D.: E ilustrando adecuadamente lo que me envía Denis Antonio, le vamos a poner ilustraciones de la rosaleda del Retiro, que son del mismo tipo que algunas de las precedentes.









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