Yo creo que los dos estábamos un poco sorprendidos, bueno, él más divertido que sorprendido de ver que aquel jovencito pedante y redicho hubiera presentado un original para la Biblioteca Románica Hispánica de Gredos, la más prestigiosa, sin duda, a finales de los setenta, de las colecciones filológicas; y divertido de ver cómo intentaba defenderme ante la batería de "consideraciones" con que iba punteando un original que se llamaba Manual de Investigación literaria, y que venía con algunos juicios de Dámaso Alonso, el director de la serie. Yo estaba también entre asustado y sorprendido, porque Valentín García Yebra, que estaba sentado en una mesa delante de mí, con mi original abierto –en la sede de la propia editorial– se lo había leído de cabo a rabo y las consideraciones, aparte de la muy general de Dámaso Alonso, que me diría al final, terminaban por ser enormemente puntillosas y concretas, de manera que sin darme cuenta tuve que discutir los modos de citación, los signos diacríticos, el valor de las sibilantes, el uso de determinados vocablos.... ¡Qué grato fue –y es– saber que la persona que sabe está en el lugar adecuado, ejerciendo con sencillez y cpmpetencia su tarea!

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