Las resmas de la revista se guardaban entre algunas piezas de cerámica, que esas sí que perdurarán. Aparte de el juego de cerámicas de San Isidro (Granada) que el grupo de educadores me regaló, con mi nombre y el suyo, cuando dirígía el internado del instituto de Cogollos-Vega (1976), a propósito de unas circunstancias penosas que quizá no merezca la pena recordar, guardo todavía algunas piezas, pocas, dos o tres, del año que el Seminario Edad de Oro encargó a Tito de Úbeda la confección de unas cuantas piezas conmemorativas de la XIV edición. Me asesoró Alonso Zamora Vicente, que conocía al alfarero (juntos comimos un día en Madrid), y al cabo le encargamos fundamentalmente unas cuantas piezas muy sencillas –tipo vaso y jarra pequeña– y una “maricona”, que es la de la foto, en la que, aparte de su arte natural (cada pieza llevaba un dibujo distinto, nótese la tradición griega), añadía al dorso la leyenda conmemorativa. Piececita de museo es. Recuerdo que a Tito de Úbeda le encargamos una exposición de su alfarería en la UAM, en el edificio del rectorado, y que era el año en el que Rafael Alberti abría el seminario con una charla sobre el barroco, en la que quería que “hubiera mucha gente joven”. La sala se le llenó con unas 500 personas, casi todos alumnos jóvenes. La mesa de apertura en la que se presentó la revista la presidía un catedrático de Metafísica que solía acudir a nuestros seminarios, Ángel Gabilondo.
No nos cobró nada, Alberti. Fue una de esas aperturas memorables, como otras muchas, empezando por el II Edad de Oro, que se inauguró con una charla de Eugenio Asensio (sobre las silvas en Quevedo), que abrió todo un panorama nuevo a los estudios sobre poesía culta durante los siglos XVI-XVII, en primera fila le escuchaban F. Ynduráin, F. Rico, A. Redondo, Carlos Blanco Aguinaga, Maxime Chevalier, Robert Jammes, Maurice Molho, Alberto Sánchez, José Rico Verdú, José Simón Díaz...., que también intervinieron en aquella II edición. Eugenio Asensio volvió a repetir unos años después, con otra charla memorable en la que dio a conocer el famoso texto de fray Luis de León en la universidad al salir de la prisión; entre el público Elias Rivers, F. Pierce, M. G. Profetti, A. Redondo.... Otras inauguraciones de las que me acuerdo en Edad de Oro corrieron a cargo de Alberto Blecua, Anthony Close, F. Rico, J. E. Varey, Aurora Egido, Lázaro Carreter, Camilo José Cela, Pedro Luis Barcia, Barry Ife.... El año que inauguró Alberto Blecua, el III, para no desviarnos demasiado, las actas recogen las intervenciones de Joaquín Casalduero, Daniel Devoto, Aurora Egido, José Lara Garrido, María Grazia Profeti, Asunción Rallo, Agustín Redondo, Francisco Rico, Leonardo Romero Tobar, Dorothy Serman Severin, Domingo Ynduráin, Enrique Tierno Galván.... entre las cuales a mí me gustaba situar la de la gente más joven del departamento, o la de aquellos que en el departamento tenían, digamos, poca actividad académica, por su juventud o por cualquier otra razón; y así en ese mismo número hay ya una comunicación de Florencio Sevilla, que entonces era “ayudante”, sobre el tema que trabajaba para su tesis; en tanto que Antonio Rey intervino sobre la Pícara Justina, tema que había sido de su tesis y a partir de entonces publicó prácticamente en cada número de Edad de Oro. Y de ese modo se iniciaron publicaciones de muchos alumnos jóvenes, a los que yo presionaba para que intervinieran y se dieran a conocer: Jesús Gómez, Óscar Barrero, Carmen Valcárcel (que además fue la encargada de organizar una de las primeras ediciones), María Luisa Cerrón Puga (ahora en Roma), etc. y muchos de mis alumnos (Miguel Marañón, Manuel Urí, Isabel Pérez Cuenca, Pedro Rojo Alique, Delia Gavela, Lina Rodríguez Cacho....) Si repaso las listas de las comisiones organizadoras en las actas, leo nombres como Guillermo Carrascón (en Turín), Josune García, Juan Carlos Conde (en Cambridge), Elena de Miguel (hoy catedrática en la UAM), Antonio Gago, José Montero Reguera (en Vigo), Mercedes Sánchez (en la RAE), Elena Sánchez Ramos, Elena Varela, Julio Varas....
La verdad es que puestos a recoger la actividad académica de aquellos dieciocho años me veo en la obligación de parar, pues fue verdaderamente, al menos, muy extensa y comprometió a todo el hispanismo, europeo y americano. Ahí ha quedado. Quizá convenga recordarlo, para aplauso de todos los que me ayudaron a semejante tarea, que fue encontrando la oposición cada vez mayor de mis queridos colegas, que ahora organizan y festejan su continuidad, excluyéndome cuidadosamente, desde luego, aun cuando el tema sea el de Quevedo, pongo por caso.
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ResponderEliminarNO la he eliminado, se ha debido borrar en una manipulación torpe mía...: copio aquí lo que decía:çPablo, me sitúas siempre en Cambridge, y estoy en Oxford. No tiene importancia, que todo es vanidad de vanidades, pero quede ahí el dato.
ResponderEliminarY qué recuerdos: llevaba yo en mi sensacional y peligroso Simca 1200 a la flor y nata del hispanismo francés (Molho, Chevalier, Jammes y alguno que se me olvida) camino de algún sarao o festolín calle Alberto Alcocer abajo y Jammes nos contaba de cuando él llevaba en coche a Dámaso a su casa en esa calle, en el número 23, la calle sin asfaltar, llena de desmontes y cárcabas, y Dámaso le decía: "vaya con cuidado, Jammes, que esto es el jodedero de Madrid, no vaya a atropellar a alguien". Ah, tiempos...
Lamentable actitud, por cierto, la de los usurpadores.
Mil gracias, Pablo, por la restauración. Un abrazo,
ResponderEliminarJuan Carlos
¡Vaya historia novelesca de celos, traiciones y puñaladas es ésta de dedicarse a investigaciones y congresos en ámbitos universitarios!, ¡qué afán de poder posee el hombre!, en todas parte, siempre por tonterías.
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