Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

sábado, 2 de abril de 2011

Se me llena el barrio de vecinos famosos

Baroja y en la "casa de Baroja"
Margarita de Jesús
Ya existían vecinos famosos antes, aunque eran pocos y cada uno había dejado una huella distinta. En mi barrio, siempre estuvo Agustín de Foxá en la esquina de la calle Ibiza con la de Menéndez Pelayo, privilegio del que disfrutó Gabriela Mistral un poco más allá, mirando al parque, durante una de sus breves estancias en Madrid. 
Moratín, en la C/ Leganitos
Y todavía algo más hacia el nudo comercial en el que se cruzan Goya y Alcalá se recuerda con placa rota a García Lorca, en una de sus últimas casas de Madrid, aunque el color de la la placa que no resalta en la fachada y pasa casi desapercibida; en fin, siempre compuso Miguel Hernández las nanas de la cebolla en la callle Conde Peñalver –antes Torrijos–, hacia su cruce con Juan Bravo.... 


Las viejas placas lo dicen todavía, y lo dicen bien. Las hay de todos los siglos, autores y circunstancias. La de la plaza del Humilladero recuerda que allí estuvo la Puerta de Moros (bueno, por allí). La del Instituto San Isidro, que era el Colegio Imperial (hacia 1628 se empezó), que al lado de la Puerta de Alcalá estaba la vieja plaza de toros, etc.
El padre Victoria
Pero vuelvo hacia mi zona en donde se daba, además, la curiosa incidencia de que en la calle Ibiza –de donde ha partido este paseo sentimental–, en su cruce con Fernán González, ha estado desde siempre cantando Plácido Domingo en una placa enorme: la gloria de inmortalizarse 
Puerta de  moros
urbanamente en vida. A Plácido le han salido dos vecinos nuevos, en la misma casa Adriano del Valle, ya hace algunos años, y enfrente Dionisio Ridruejo, hace muy poco.
Eugenio D'Ors
Lo de recientemente alude a ese noble proceder de nuestro consistorio que, además de poner multas y rebañar las cuentas corrientes del vecindario con los tributos de las basuras, está llenando Madrid de placas unificadas y romboidales, a manera de lo que ya ocurría en otras grandes ciudades de pasado glorioso. Recuperar el pasado, ay, de todos modos es peligroso cuando con tanto primor se le ha destruido, de manera que la placa que tantas veces rememora, otras tantas es un aldabonazo a nuestras coinciencias, y así ocurre llamativamente con algunas, por ejemplo cuando se recuerda a Cabezón, a Margarita de Jesús, al padre Victoria o los agustinos recoletos.... entre otros muchos.
Concha Espina
El "Aquí estuvo" en una fachada de ladrillo de hace unos veinte años, cerca de un garaje y encima de una tienda de suministros eléctricos no puede ser un recordatorio de un monjita de los tiempos de Cervantes; y cuando del "aquí estuvo" de Saavedra Fajardo y los agustinos recoletos levantamos la vista al aire, el espacio y el quiosco del café del Espejo, no podemos imaginar lo que "estuvo" ni lo que fue de ello. Y menos mal, porque en el tránsito del reinado de Isabel II aquel estuvo fue un garaje de Mendizábal. Y no digamos lo que pasa con la aglomeración de placas que sufre la fachada del café de Oriente y alrededores, de la que solo la de Cubiles –el músico– es más reciente, las otras aluden a imposibles: San Gil, Las casas del Tesoro, etc.
Más suerte tuvo la residencia del padre Victoria, al que le ha correspondido un precioso edificio victoriano. Otras son sencillamente escorzos del ayuntamiento, sinécdoques urbanas, como las placas que recuerdan la vivienda de Quevedo o la de Cervantes. Están equivocadas las de Bolivar (en la parroquia de san José), probablemente la de Ercilla (en San Nicolás), etc. 
El Colegio Imperial (San Isidro)
¿Pondremos alguna vez en el suelo de la calle de Santiago una placa especial que diga: "Pasajero, estás pisando lo que hubiera podido quedar de Velázquez"? Y otra al lado de la calle Huertas que advierta, "Oh joven divertido y procaz, recuerda cuando tomes la última copa de madrugada que, pared con pared, en las trinitarias, Cervantes yace en sabe dios qué rincón y no le dejas dormir".
Bartok en la calle de la Paz
Últimamente se nos está llenando Madrid de músicos: preciosa la de Bocherini, en Mesón de Paredes; o la de Chapí en el centro, en casa tan alegre; y muy voluntariosa la que une el barrio de Lavapiés a Albeniz; más precisa la de Prokofief en el Monumental –por su estreno de uno de los conciertos de violín–; y olvidada la de Bela Bartok, en la calle de la Paz (¿leería Bartok a Galdós, escucharía a Chapí....?) Una bien reciente, en plena Malasaña, recuerda a Ramón Barce. Valle-Inclán anda por todos lados, como Galdós.
Bocherini en Lavapiés
Esto de las placas tiene su qué: ¿sabría Claudio Sánchez Albornoz –plaza de Celenque– que durante un tiempo podía encontrarse a la vuelta de la esquina con Baroja? Aunque Baroja terminó viviendo cerca del Retiro, en el barrio de los Jerónimos. ¿Se encontraría Baroja con Concha Espina, al ladito? En algunos casos hay doble placa, la vieja y la nueva, como la que hay que descubrir entre andamios y turistas para recordar dónde estuvo La fontana de oro y, por tanto, en qué lugares se inspiró Galdós par escribir la novela. Muy escondida –y algo incierta– la que recuerda el lugar donde pudo haber estudiado Cervantes en la calle Estudios.

Cervantes, en la C/ Estudios
Y ya, puestos, que es una aventura de la imaginación que a mí me gusta desarrollar hasta sus  últimas consecuencias, ¿esa vecina de ojos oscuros  que pasea al perro al atarceder, a veces noche, sabremos los dos, cuando cruzamos los ojos, los míos con lujuria los suyos con temor, que ella lleva una placa en potencia y yo en insistencia, que rezarán leyendas de nuestros encuentros ocasionales en el bulevar?
De lo que no tengo ninguna duda es de que se pelearán en mi departamento de Filología de la Universidad Autónoma de Madrid por ponerme una placa y recordatorio en el despacho que he ocupado durante décadas, será –siempre se puede soñar– a propuesta inequívoca de Florencio Sevilla, inmediatamente "apoyada" por Mariano de la Campa, en votación secreta que arrojará el siguiente resultado: trescientos ochenta y tres mil doscientos cuarenta votos a favor, uno en blanco, y dos en contra; el uno de ellos intentará una enmienda al acta explicando el sentido de su voto, enmienda que el director actual, Antonio Rey, pasará inmediatamente a votación a mano alzada, y será derrotada por por trescientos ochenta y tres mil doscientos treinta y nueve votos –uno se fue a hacer pis– en contra, con lo que nunca habrá ocurrido oficialmente aquello que uno dice.
Inaugurará la placa, con cortina y flores, Ángel Gabilondo. Y para escribir su leyenda se pelearán las mejores plumas. 
La eternidad me espera.

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