Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

jueves, 25 de agosto de 2011

O PAZO DE BALTAR



O Val es una de las comarcas más hermosas que cruza el Camino de Santiago (inglés), antes de llegar a Narón y poco después de dejar Santiago do Lago; normalmente no consta en los itinerarios, porque no mantiene ningún hito monumental o histórico; pero el extenso valle, con el juego de lomas que lo separan del mar, es fértil, verde, cuidado, y mantiene su panorama limpio de destrozos, aunque cerca ya hayan abierto un campo de golf. Hacia el centro de ese valle se encontraba el pazo de Baltar. El pasado imperfecto es el resultado de haber muerto sus propietarios, en 1914, sin herederos, y haber pasado por fundación de la última rama a ser propiedad de los misioneros del Corazón de María (en 1919), que reconviertieron el Pazo en casa profesa o monasterio, no sin añadir pegotes arquitectónicos y cambiar otras muchas cosas del viejo Pazo, que a juzgar por los restos, debía de ser muy antiguo, pues el título de su poseedor data de comienzos del siglo XVI, el señor de Baltar, don Xuan Pardo do Lago e Andrade, cuya descendencia maridó con el marquesado de san Sadurniño. Familias nobles de Galicia, como se ve.

Llegué a visitarlo el día de las fiestas de O Val y tuve la fortuna de que el padre misionero que me vio husmear, y con el que conversé brevemente, me enseñó, antes de revestirse para la misa mayor, algunas de las cosas que yo quería ver, particularmente una fuente velazqueña –barroca– que según mi documentación estaba viva. También pude ver la iglesita, pues estaba abierta esperando fieles, aunque ya me avisó él que los dos sepulcros laterales estaban vacíos, pues los marqueses prefirieron una sepultura distinta.
El huerto interior era grande, apacible y descuidado –mentas, manzanos, sauces..., hubo de haber labranza– y a la fuente barroca le había nacido un árbol delante y le andaban enredando zarzas y enredaderas.  

Si no se remedia, poca vida le queda; pero el padre me advirtió que aquello ahora ya es muy grande y cuesta demasiado cuidarlo. O sea que. A la salida de la capilla, enfrente, una estructura de columnas de piedra, hueca, sobre una base alargada, testimonia que hubo allí un hermoso hórreo, hoy viento. De manera que ya se va extinguiendo todo, mientras se renuevan las flores. No está mal que deje el testimonio, ya que los blasones que se han conseervado en la fachada (y que fotografié, como la fuente y la capilla) indican, sin duda, que aquello había sido noble y rico en un lugar privilegiado.
Cerca de donde hubo hórreo se habían instalado unas camas elásticas y se vendía rosquillas. Me volví a mi lugar, y en la playa de la Magdalena me encontré con este sol.

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