Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

sábado, 13 de agosto de 2011

Fiestas de verano y tradición




Porque el mes de agosto es el de las fiestas en todos los lugares que se precien de vivir al aire de los tiempos y, desde luego, en los que todavía en los que el eco de las cosechas endulce los días finales del verano. En algunos lugares y en determinadas fechas todavía podrían guardarse hábitos de fiestas tradicionales; y no sé si eso puede valorarse en términos usuales de mejor o peor. El cuadro que ofrecen tierras y pueblos extremos es sumamente variado y diferente, todavía, y el resultado del avance de las comunicaciones se mezcla en las diversas generaciones con resultados desiguales. La lengua, por ejemplo, sufre la erosión constante que le produce el sarampión castellano, más a través de la televisión que por el turismo y las gentes, más en los estratos suprasegmentales (particularmente en la entonación) que en el léxico. De esa situación va emergiendo un gallego urbano, familiar, moderno, que no es tan hermoso como el que todavía cantan en lugares pequeños –yo vivo en uno de ellos– los mayores: creo que ese es el que se está perdiendo, desgraciadamente, y que solo se salvaría apuntalando el sustrato auténtico, pero sin desvirtuarlo: el gallego oficial apuntala, pero unifica y desvirtúa (el de las series de las tres cadenas de TV autonómicas que yo capto, por ejemplo; o el de las emisoras de radio).


Se encuentran después –al margen de la lengua– los detalles de todo tipo (trajes, paisajes, hábitos, fiestas, comidas....) que andan en un proceso muy diverso. El hermoso hórreo que yo tengo, de lajas y madera, va a perder la puerta, podrida por el paso del tiempo, que es de fábrica artesanal, tablas de pino ensambladas por dos traveseras que lo cruzan por detrás. La tentación sería quizá quitar el hórreo, o poner sabe dios que puerta moderna, o despreocuparse del tema, ya que el hórreo no sirve ahora para nada; ando buscando un carpintero que me haga algo semejante a lo que había. Algo semejante ocurre con el horno, un antiquísimo y viejo horno de piedra –me aseguran que es del s. XVII, no lo sé– donde se cocía el pan para los alrededores; lo he preservado tal y como estaba y se mantiene bien; cada vez que lo enciendo se traga grandes cantidades de leña –tojo, endrina, carballo, eucalipto, laurel....– hasta que la piedra logra ponerse blanca, momento en el que se puede cocer el pan, o lo que se meta allí.
Era de fiestas, sin embargo, de lo que quería hablar. En estos pueblos –Cedeira, Cervo, San Román,  Regoa....– son las de la Virgen (las de Cedeira, el quince de agosto) y alrededores, y se componen, organizadas por los ayuntamientos y por los vecinos, de una serie de actividades, muy pocas de las cuales recuerdan ya lo que el lugar ha sido. Se conserva la procesión en la que se “saca” el santo o se lleva a la Virgen al mar –en pueblos pesqueros–, se conservan los bailes en la plaza o lugar semejante (delante de la iglesia, por ejemplo), se conserva la traca final en forma de fuegos artificiales; también se suele conservar la “jira” (el término hasta se recoge en el DRAE) o escapada –la vieja romería– a la ermita más cercana, donde se come, bebe y baila. Las autoridades han intentado renovar otros aspectos, de manera que los conciertos de rock o de bandas con música de salón de los setenta se mezclan con los concursos de bailes regionales y, al menos este año otra vez, las pequeñas formaciones de gaitas y dulzainas que recorren el lugar animando las fiestas. Me he encontrado con una de ellas ayer –de Cedeira– y me he enamorado de todos los que la formaban –bueno, menos de de uno–: tocaban muy bien. En la plaza central, un buen grupo de rock atronaba con canciones de dire straits; y al lado, en la playa que termina la misma plaza, un grupo de adolescentes ensaya acrobacias gimnásticas espléndidas, con saltos mortales sobre la arena. Les he pedido permiso para hacerles las fotos: hablaban castellano –o en él se han dirigido a mí–, aunque eran gallegos; sospecho que también hablarían gallego; llevaban la ropa de los anuncios de TV y el tatuaje y los piercings de moda, no fumaban, habían fomentado su formación gimnástica porque sí, nadie se lo había impuesto, y disfrutaban ensayando habilidades de todo tipo, en grupo; muy cerca, otro grupo, esta vez de chicas más pequeñas, casi niñas, hacía lo mismo; un par de ellas, sin embargo, de las del grupo, fumaban ostensiblemente.

Sé que hay decenas de detalles más que podrían mostrarse como ejemplo de desarrollos culturales mixtos, desde las variedades de peras y los pastelones y empanadas del lugar hasta la cultura del caballo y la liturgia de muertes y entierros, que llaman la atención dq quien no lo ha vivido así; pero algunas pinceladas sobre las fiestas pueden servir para recoger el aire, todavía distinto, de estos lugares tan hermosos, que se levantan casi siempre con la niebla sobre los valles y terminan –de vez en cuando, claro– con hermosos atardeceres en las playas.



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