Cuando se acerca el final de agosto me voy a ver a Andrés el Colmenero, en A Ribeira, enfrente de mi casa, como quien dice, que además fue él quien me libro el verano pasado de la colmena que se me había instalado en el patio; es verdad que, como está prohibido deshacerse de colmenas y como, a fin y al cabo, él es colmenero, tardó unos veinte días en convencerse de que no habría modo de sacar a la reina, ya que la colmena, muy crecida, ocupaba algún lugar dentro de los muros de piedra, con acceso por decenas de ranuras. La sentencia vino con el “polvo de escarabajos”; pero antes, pasamos muchas tardes viendo partidos de los mundiales de fútbol y tapando ranuras, por si había otra solución.
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puesto de feria hoy en Cedeira |
Andrés tiene colmenas por varios lugares, como cumple para tener variedad de mieles con sus sabores, y cuando he ido a verle –Lamela, Covo, Arrasa, Carreiro....– estaba en algunas de Faro reogiendo miel, de manera que he charlado con su madre y hemos hablado de cómo va la miel. La nueva este año es de “flores silvestres” y me la ha dado a probar: riquísima, sin duda. Se prueba con un palillo, por cierto. Le he comprado cuatro quilos, uno de cada variedad y me he llevado las etiquetas para ponérselas en casa; también he tomado la foto de su casa, en donde se ve la ría de Cedeira. Colmenas, a la derecha (según se mira).
El español tiene alma de mercadito. Pero para mercados callejeros, los parisinos: alianza definitiva entre el campo y la ciudad, con la elegancia francesa. Estos de Galicia son más rudos, claro, y los gitanos se empeñan en vender ropa interior de señora de tallas gigantescas, y zapatos, muchos zapatos; aunque una vendedora hoy tenía un saquito de alubias blancas –judiones– que llamaban la atención.
– A nueve el quilo....
– ¡Bufff...!
– Estaban a diez, y he bajado....
– Si probablemente lo valgan, pero son muy caras....
– Las semillas me costaron a ocho....
– Deme dos quilos de judías verdes.
– ¿Y unos pimientos?
– No, solo eso, que ya llevo de casi todo. ¿Y a cómo tiene las nueces?
– A cuatro.
– También llevo un quilo, aquí.
– ¿Y a cómo se las han vendido?
– A cinco. Creo que son francesas.
– Ya ve.

¡Qué confundido va todo!
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