Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

sábado, 28 de agosto de 2010

El árbol de Júpiter y la pena





No cupo en la entrada anterior el testimonio fotográfico de unas cuantas cosas, que voy a ofrecer ahora, no sea que les dé pena –con el soneto de la “pena”, irán– de ese menosvaler, que no es tal. Así ocurrió con el árbol de Júpiter, plantado en la bifurcación del jardín, que conserva una historia sentimental y anecdótica propia: en las fotos es el que va hacia arriba por encima de los tiestos, en su base, y empieza a teñir las hojas de las ramas más altas, las de la izquierda según se mira, de un color indefinido entre rosa, morado, púrpura... Cuando yo me vaya, lo hará con todo su cuerpo y, al darle el sol de la mañana –es el que tiene, orientado a levante– parecerá a los pájaros una gigantesca mariposa. A la izquierda (en la foto final) sobresale una rama del arce dorado, el esplendor de una buganvilla que me regalaron Mamen y Gonzalo, las deutzias ya sin flor... El tronco, irregular, con mil desviaciones, es huesudo, liso, sin corteza visible. Y eso es curioso porque, cuando lo planté, muy tierno, de apenas medio metro, y empezó a pujar, observé que por las mañanas aparecía con el tronquito dañado por rozamientos y pequeñas hendiduras. Javi –cuatro o cinco años entonces– y yo hicimos pesquisas y acabamos por averiguar que era el tronco fresco y joven que utilizaba el ciervo para aliviar los males de su frente, y que con ese árbol, por las noches, se frotaba hasta dejar las huellas inequívocas de los cuernos y pelar el tronco. Para que no terminara por cargárselo compramos un producto recomendado, ya que, como luego comenté con algún vecino con fincas de frutales,  podían cargarse media docena de árboles jóvenes en una noche de desesperación. El producto, infame, maloliente y carísimo, no hizo efecto. Javi se levantaba todas las mañanas, iba al árbol y me gritaba “¡Otra vez, otra vez!”. Así hasta que Gabriel –nuestro labrador amigo, que corta la hierba cuando me voy– me dijo que eso no hacía nada, que lo mejor era grasa de oveja, ya que el olor de las ovejas espantaba a los ciervos. También me repugnaba a mí, y a Javi. En fin, el caso es que con unos y otros procedimientos, mimado y protegido, el árbol de Júpiter terminó en un par de años por alzarse hasta los dos metros y endurecer su tronco, que dejó se ser plato apetecible de la “¿brama?” de los ciervos.
Entonces surgió otro problema: el árbol de Júpiter detesta la línea recta, es imprevisible cómo va a levantar los brazos al cielo y hacia donde dirigirá sus cruces y aspavientos; es parte de su naturaleza. Los ejemplares del Retiro, algunos bastante viejos, muestran su belleza desordenada y son todo una réplica a cedros, tejos y otros ejemplares tiesos. Todavía me acuerdo de haber visto plazas enteras en París –una mañana, al dirigirnos en coche a la “Butte aux Cailles”–adornadas con este árbol, tan cuidadas y hermosas como suelen hacerlo allí. Pues bien, a la vuelta de una ausencia de meses, al llegar a Malde, me encontré al “árbol de Júpiter” enderezado a la fuerza con rodrigones, estacas y con señales de por dónde se le podía podar. Un marinero que dejó la mar y se iba a dedicar a cuidar fincas se había empeñado en enderezar los malos hábitos del árbol y pretendía dejar sus ramas como las de los avellanos. Menos mal que llegué a tiempo de evitar la poda (al árbol de Júpiter se le pueden podar, ligeramente, las ramas más altas o el final de las ramas más altas) y pude retirar los pertrechos de tortura que le intentaban fijar perpendicularmente.
Ahora ya ha alcanzado los cuatro metros y pico, que es poco más o menos, su estatura de adulto. Y digo yo que vive tranquilo.





Y el soneto de la “Pena”  (de “Filosofía Barata”, en China destruida)

No se va fácilmente tanta pena.
Se cobija, me temo, en circunstancias
que forman parte del trasiego inútil
que sin motivo traen noches y días;

no se va como siempre, ahora resulta;
no viene del rincón de los recuerdos,
tampoco la vejez es su motivo,
ni la carencia de unos ojos claros,

ni la traída soledad que cuentan,
ni el miedo al miedo o al misterioso azar,
ni las miserias de combates necios,
ni la secreta historia del futuro...

Me parece que es algo muy más simple.
Sencillamente creo que es la pena.


2 comentarios:

  1. ¡Cómo se va a ir tanta pena ahí!
    Deje ya esa casa, no vuelva la vista atrás. Será bonita la casa y los paisajes pero ya sabe cómo el clima, las borrascas y las playas frías y desangeladas propician la melancolía -humores negros, como decían los antiguos-. La melancolía y la psicosis se llevan medio paso.
    ¿Quién le recomendó meterse a jardinero-domador de tanta naturaleza, árboles y matorrales varios?
    Cuidar unas cuantas macetas vale pero ... ¡tanto trabajazo!.
    Done su biblioteca de Quevedo y la de jardinería.
    Verá cómo se le vuelve ligera y sutil el alma. Su cuerpo y su corazón lo agradecerán.
    El próximo verano vaya a un hotel de playa bulliciosa del Mediterráneo: con todo hecho, para flotar en ese mar con más sal, yodo y litio, para zambullirse y gritar, verano de siesta larga de calor, del placer del refresco después, de sentarse horas en terrazas con cóctel y ver pasar extranjeros y locales, de holganza sin prisa y sin trabajo ... dormitar y pensar en versos. Tiene para escoger paisajes bonitos y feos, de norte a sur.
    Váyase de ahí para siempre. Mímese usted un poco, un poco más que a las plantas.
    Vuelva de visita si quiere pero no le conviene nada ese ambiente. Cada vez le atacará más el humor negro de la melancolía y no es usted, es el ambiente. ¡Y teniendo que coger siempre el coche!, mucha planta pero qué poco ecológico es usted.
    Gracias por el poema. Le van saliendo muy bien y de dentro.
    Para que no se enfade y para que haga mientras está ahí, receta de empanadillas de pena: cuando arrecie la melancolía, abandone rápidamente la botánica, destape una botella de rico vino y la introduce lentamente y con cuidado entre su pecho y su espalda mientras se pone a Elvis Presley o Celentano. ¡Ya está hecha la fácil empanadilla!

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  2. Para acompañar a su poema mientras zampa la empanadilla:
    [...]
    Y ahora me fluye dentro una tristeza,
    un río de tristeza gris,
    con lentos puentes grises, como estructuras funerales grises.
    Tengo frío en el alma y en los pies.
    Y el sol se pone.
    Ha debido pasar mucho tiempo.
    Ha debido pasar el tiempo lento, lento, minutos, siglos, eras.
    Ha debido pasar toda la pena del mundo, como un tiempo lentísimo.
    Han debido pasar todas las lágrimas del mundo, como un río indiferente.
    Ha debido pasar mucho tiempo, amigos míos, mucho tiempo
    desde que yo me senté aquí en la orilla, a orillas
    de esta tristeza, de este
    río al que le llamaban Dámaso, digo, Carlos.

    Dámaso Alonso (de A un río lo llamaban Carlos)
    Dunster House, febrero de 1954.

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