Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

viernes, 6 de agosto de 2010

Verso libre (y III)


Verso libre (y 3)

En dos viñetas anteriores expuse brevemente los prolegómenos que habrían de confluir en una descripción –con su posible definición– de lo que realmente es el verso libre, habida cuenta de que no se encuentra ni en el uso del sintagma ni en textos teóricos sobre métrica una definición cabal de esta modalidad métrica, sin duda la más frecuentada en poesía contemporánea desde que por primera vez la emplearon ya hace más de cien años poetas como Leopoldo Lugones, Juan Ramón Jiménez, Villaespesa... y luego los que construían “ismos” de moda, por ejemplo Huidobro.
Las conclusiones sencillas de aquellas viñetas eran casi pura constatación de que no existe un “verso sin ritmo”, aunque sí puede existir un verso no frecuentado o usado por la tradición literaria (por ejemplo endecasílabos con estructura acentual 3.8.10); la segunda constatación –y usábamos como modelo un poema de Blas de Otero– era la de que en los poemas en verso libre aparecían versos de variada medida (heptasílabos, pentasílabos, versículos, decasílabos...), por un lado, y que el ritmo de cada uno de ellos y, por supuesto, el del poema como conjunto armónico, tampoco obedecía a pautas conocidas (por ejemplo, se mezclaban, por una parte, versos de siete, de ocho y de once sílabas), ni silábica ni rítmicamente (en el ejemplo aducido, los versos de once, a su vez, llevaban ritmo no tradicional, extraño, tal el de 3.8.10 con el que ejemplificábamos).
Para no volver a definir y describir, por tanto, todo el proceso: se llama verso libre a la utilización de pautas métricas (silábicas, rítmicas, etc.) en las que no se crea a partir del objeto mismo que se produce, los versos, sino de la real gana del versificador, que toma de aquí y de allá sin importarle para nada la existencia de tradición, pautas, etc. De esa actitud realmente “libre” puede producirse –y así ocurre mayoritariamente– que el poema resultante sea una mezcolanza de metros, ritmos, rimas, estrofas... en donde un análisis descubre enseguida que se disponen allí versos tradicionales, versos irregulares, mezclas, etc. Incluso pueden ser mayoritarios los versos tradicionales, salpimentados por algún versículo, mezclados sin proporción reconocible (por ejemplo, al mezclar versos eneasílabos y decasílabos), etc.
Es relativamente fácil llegados a este punto saber qué es lo que se suele llamar verso libre: así se denomina el resultado de una inspiración que no quiere conducirse a través de los parámetros métricos que le presta la tradición, aunque no le importa incurrir en ellos. Verso libre define la actitud del versificador y, por exageración de la crítica, define también al resultado de esa actitud que se proclama como más espontánea, menos constreñida, más abierta.
Hasta ahí la descripción de lo que se llama “verso libre”. Nos faltan dos ajustes importantes. Al paso del breve texto anterior hemos empleado el sintagma “verso irregular”: en efecto, llamamos así al verso que no se acomoda a las pautas métricas conocidas por la tradición y mayoritariamente en uso. Los endecasílabos con estructura 3.7.10, 2.8.10, 3.5.8... etc. son irregulares, frente al corpus de endecasílabos biensonantes y clásicos.
Y nos falta la coda final. ¿Quiere decir todo eso que el poeta que emplea el verso libre no obedece a ningún criterio rítmico y crea a la buena de dios? Evidentemente no. Una vez que hemos entendido que el criterio creador no es el de la métrica tradicional podremos entender las largas explicaciones de los teóricos, cuando hablan de que mediante la utilización del verso libre el poeta ensaya devolver el peso de la armonía del verso a las palabras, las frases, su contenido, su realización, etc. Algo de eso hay cuando un versificador que ha creído emplear el verso libre nos pide que leamos su serie realzando tonalmente determinadas palabras, otorgando unidad de pronunciación a los versos como unidades, y rasgos de este tipo. En realidad nos está diciendo: ha desaparecido el entramado rítmico al que estabas habituado, pero hay otro personal con la mezcla que yo he logrado, descúbrelo al leerlo adecuadamente.
Es ese último un camino posible, un camino que puede conducir, en efecto, a la belleza o a la caprichosa disposición de un texto que no hay modo de elevar al rango de poesía en verso.
Si con estas explicaciones se vuelve al poema que en su día copiamos de Blas de Otero (y que está en el índice de este cuaderno de pantalla), se observará que, en efecto, versos regulares e irregulares se mezclan para componer un todo que se puede definir como poesía escrita en “verso libre”, en tanto que el análisis de sus versos, detalladamente, remite, en consecuencia a una disposición que no conoce estrofa clásica en la que se mezclan ritmos muy variados.

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