La hembra por el varón
ansias en su pecho siembra
y el varón ha por la hembra
en sus entrañas pasión…
Castillejo analiza con gracia y acierto sus circunstancias y las conductas de los enamorados; cuenta historias, evoca, enjuicia, aconseja, sin dejar de mantener el ritmo poético de los más de tres mil versos que tiene la composición, de la que no puedo dar más que detalles
de mil doncellas que vemos
so las faldas de sus madres,
temerosas de sus padres,
que buscan, como sabemos,
mil senderos,
mil resquicios y agujeros
para escribir y hablar?
¿Quién las mostró a enviar
suspiros por mensajeros
de su pena?
Decidme: ¿Quién tiene llena
media España de cornudos?
¿Quién rompe los fuertes nudos
que la Santa Iglesia ordena?
fluido versal que brota salpicado de anécdotas y observaciones: “no puede darse remedio / entre amar y aborrecer…”; “... Dios os guarde / de la mujer que no arde / en el fuego que os quemáis…” En el que inserta con pericia de narrador la vivacidad de la palabra hablada, como cuando la mujer se excusa ante el varón que la busca:
…no presumáis de travieso,
que no os ha de valer nada;
estoy recién confesada,
no puedo hacer exceso
por agora…
Podríamos glosar el sermón como si esto fuera un artículo sesudo, pues son infinitas las ocurrencias de Castillejo que vocean desde el tiempo viejo (Tiempo bueno, tiempo bueno, / ¿quién te aparto de mí?, dice una de las más bellas glosas del poeta) para recrear las circunstancias del amor y sus secuelas. Sin duda él era persona herida por la belleza de las damas, bien podemos hacer nuestra una de sus fórmulas poéticas: “Confieso que se me sale / el alma cuando las veo”.
Y así seguimos hablando de amores.
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