Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

sábado, 31 de julio de 2010

Amor y verano

  

Te canto un parsifal si te descuidas,
te busco en diccionarios y te nombro,
con ángeles ocupo tu tristeza,
te pongo dos palomas en un hombro.

Tengo el tiempo capaz de subterfugios
refrendado de lágrimas y mocos,
con paciencia de dedos lagartijas,
te indago los coturnos macedonios.

Alerta en las entrañas remozadas
seremos que más da con sus asombros,
amores de los nuestros ya no hay muchos
y pechos como el tuyo quedan pocos.

Destinado a morir en tus lunares.
Estos versos me están volviendo loco.

Malde 29 de julio del 2010 (en Pantín)





Si abres los ojos      amapolas         restos
suena mozart        abril      pasan los trenes
estrellas escondidas           libros viejos
mucho antes       dora el trigo             adolescente

azul el mar       barbolilla       viejas calles
estrellas escondidas       tantas veces
hey jude   sobre todo        sin destino
            azucena      contigo       qué   noviembre

           ciudades      soledad       cuerpo desnudo
           infinito      en los versos      lentamente
           temblamos       esconder soñar       mucho antes
           en tus dedos   ya no hay        tan tarde               llueve 

Si abres los ojos          lo que tengo           claros.
Los claros ojos claros si abres tienes.



Historias de jardín


Las ilustraciones que vienen ahora muestran la vida cotidiana de unas cuantas plantas, al margen de los casos del nogal y las higueras, y también de la datura, que está creciendo nuevamente a pesar de los intentos por hacerla desaparecer. 


En la mayoría de los casos se trata de cuestiones sentimentales, con sus ribetes poéticos; así lo que le está ocurriendo al mirto o arrayán, que nombro dos veces porque todavía me acuerdo de una vieja discusión entre Antonio Carreira –el gongorista– y Mario Hernández– el lorquista–  para dirimir de qué manera puede ser que Polifemo “cuelgue” o apoye sus armas en un mirto, al comienzo del Polifemo gongorino, si se trata de arbustos de escaso tronco. En Galicia se llama muchas veces “mirto” al boj y no al arrayán, que he visto poco por aquí. 


El caso es que mis arrayanes han florecido –como se ve– este año acariciados por el sol de la tarde, que es el que reciben, y hacía el crepúsculo se inclinan de tal manera que voy a construirles un arco-guía para que adornen la entrada al jardín. Sus flores blancas desprenden un olor suave, delicado; los aromas florales en estas tierras del norte no suelen ser muy llamativos, excepto quizá el del heliotropo, que me tiene realmente impresionado, porque su exquisito perfume a casi chocolate llena toda la casa. Y es que el heliotropo tiene su historia: le tome una mata a Mario, que a su vez lo había traído de fuera, y se aclimató enseguida, de modo tal, que le di lugar delante de los muros del frente de la casa, a pleno sol de la tarde, debajo de un acebuche. A los dos o tres años ha crecido como suele –seca ramas de un año a otro–, trepando por el acebuche (como se ve), hacia las ventanas de la casa, que se llena toda de su fragancia. Lo curioso es que los visitantes me preguntan que cuál es ese árbol que se parece al olivo (el acebuche es un olivo silvestre) y que tiene esa floración azulada y aromática.
Otro de los casos dignos de párrafo es el del último abruño. Tres abruños, quizá ciruelos silvestres, había en un pradito del jardín que daban su cosecha en verano, de frutos tan dulces que los vecinos me los pedían para hacer “licor de abruños”. Estaban ya aquí, viejos, hace diez o doce años, de manera que no sé si fueron los temporales o la edad lo que les fue destruyendo, hasta el punto que solo queda uno, en una hilera de laureles, que yo creía tronco muerto: miren ustedes cómo ha fructificado este año, aunque ya no hago licor de nada –hubo un año que Mario y yo hicimos bastantes–, recogeré los abruños antes de que se estropeen, como última cosecha quizá. Aunque para licores, los guindos de este año se han punteado de todas las bolitas rojas y han dejado el suelo lleno de guindas: ha sido sobre todo en mayo, aun me ha dado a fotografiarlos, al lado de la carretera, haciendo cierre, llenos de pájaros. Al año que viene tendré toda la cuneta llena de pequeños guindos nacientes, con sus raicillas brotando el hueso. La mayor invasión, sin embargo, ha sido la de la glicinia o glicina, que trepa al hórreo y al tejado: tengo que reconducirla por el patio, y no es fácil. Y como siempre, la invasión de las hortensias, azules, rojas, rosadas... quería conseguir algunas blancas y, al otro lado de la casa, en una entrada con porche, lo he logrado, han crecido más de dos metros y están dando unas flores blancas, perfectas, gigantescas. También ha exagerado un poco la parra virgen, como se ve por la foto (debajo hay cuatro ventanas, tapadas), que ya he comenzado a quitar del todo, porque hubo un año que dio la vuelta a la casa, por el tejado, y colgaba por el otro lado. Es una pena, por el dorado de sus hojas en otoño... pero en otoño yo no suelo estar aquí.


Bueno, en otra ocasión les hablaré del jazmín de invierno, los saúcos, los limoneros, los (¿o será las?) altramuces, el cornejo y el caso del alcornoque caído, que se me ocurrió traer de Portugal. ¡Buffff...!

jueves, 29 de julio de 2010

Amores de verano

Chinita, vuelve a repetir mi nombre,
canta decirme como tú me sabes,
que venga de tu voz que aun me llaman
y que llenen tus labios mis vocales;

pronto se perdió el río de tu cuerpo,
tan de paso llegó para marcharse;
la espiral del crepúsculo mantuve,
todo tuve encendido para amarte.

Canta mi nombre, chinita, donde lejos,
donde quedes donde vas donde nadie,
mientras vas al montón de los olvidos
a descansar de tanto recordarte.
 
Maravillosamente fue el amor.
Chinita, creo que ni te enteraste,

miércoles, 28 de julio de 2010

Para la bibliografía de Don Diego Hurtado de Mendoza, más material en bruto. El Lazarillo (14)

  
Bastante preocupado porquese me echa el tiempo encima, y porque todavía no he tenido noticias de lo que se ha cocido en Roma, con motivo de la AIH y los calores del vaticano, añado información libraria a la anterior documental; en esta caso opto por integrar cosas bastante conocidas, como las primeras ediciones de don Diego, para que no falten en el conjunto de libros que hace falta consultar para esta materia tan rica, compleja y delicada.

martes, 27 de julio de 2010

Noticias de prensa y de verano

He pasado el día de Santiago en Galicia, entre playa, festejo y ceremonia. Y leo asiduamente "La voz de Galicia", que es un buen periódico, sentado en la terraza del café Pinzón, al que dedicaremos algunas consideraciones más adelante, pues se trata de un café paradisíaco en donde lo más gozoso consiste en acordarse del viejo, caluroso, entrañable Madrid a las cuatro de la tarde, que es cuando yo tomo café y abro mi ordenador. La brisa de la ría, bajo el emparrado, casi que pide jersey. Y el café de Galicia –por la vieja tradición americana– es excelente, todavía se va directamente a los latidos del corazón; incluso hay una marca que así se llama, "El gallego", como otras muchas de productos antaño "coloniales" que ya no se encuentran en el interior. El caso es que sí que hay algunos aspectos que preocupan, que se echan de menos en medio de este aparato de apóstoles y mariscos. Echo de menos la lectura, lo que de la lectura se deriva. En la tiendecita de los periódicos que regenta Agustín llegan todas las ofertas de todas las publicaciones periódicas; pero no parece que plúteos y anaqueles se muevan mucho con otra cosa. De manera que he decidido pasar al ataque e ilustrar esta entradilla con una vieja representación del apóstol, la de la iglesia parroquial de Mazuecos (lugar de mi tierra, Palencia), en la que el apóstol (segunda mitad del siglo XV), tallado sin duda por algún artesano local, aparece leyendo un libro. A saber qué libro leía el Apóstol. Hagamos con él. Ya saben ustedes que a la Virgen María le pilló el ángel leyendo, mírenlo en la representación de una parte del retablo que estuvo en Villamediana (y hoy se conserva en el Museo diocesano de Palencia). Que nos pillen leyendo.
Y leyendo y leyendo me doy cuenta de que la inmigración no  ha saturado todavía muchos de estos lugares; pero que si lo hiciera, podría actuar de modo distinto a como ocurre en Cataluña (Lérida, Tarragona...), es decir modernizando las costumbres de algunos lugares y de algunas gentes. No sé si aquí se produciría el escándalo de los trajes. Acostumbrado como estoy a ver las cosas también con perspectiva histórica, me doy cuenta de la reiteración del conflicto, como siempre que hay roce cultural. Véase si no lo que escribía León Pinelo sobre costumbres extrañas, en 1623, y eso que León Pinelo se había pasado mucho tiempo en Indias, en el Perú. No valen las respuestas de entonces, por eso no las expongo. Cada día, cada año, cada época pide posturas, diálogos, soluciones distintas.


lunes, 26 de julio de 2010

Protagonismo



Cuando dejas de ser protagonista
todo se vuelve mucho más sencillo;
cumples los días sin guión alguno,
lees los versos gustando de su ritmo,

contemplas a su paso la belleza
sin que ansiedad desasosiegue el pecho
y puede que hasta te interese el tiempo
como espectáculo que cambia el mundo

para que siempre sea original
y vayas disfrutando del camino;
pero es difícil conseguir no ser
protagonista de la propia vida.

Porque, si no somos protagonistas,
¿quién escribe estos versos y qué somos?



La foto había de presentar la caída del sol el día de Santiago sobre la playa de Pantín, pero se colaron los pies del fotógrafo... No estaba pensado ese protagonismo que afea el paisaje... ¿afea el paisaje o qué?

¿Sobrevive el nogal? Huracanes y renacimientos



Pasó el invierno este año –y aun el anterior– causando estragos en bastantes lugares: al noroeste peninsular le arrasó un vendaval que, como dicen siempre, “jamás se había visto cosa igual”, con vientos huracanados de más de 150 kms. hora, en algunos puntos esa cota se convirtió en infierno y se llevó primero hacia el cielo y luego a tierra todo lo que encontró a su paso, una noche; “gracias a dios que fue por la noche y no pilló a la gente por los caminos”, me comentaba la gente.
El mayor destrozo lo hizo, desdeñando tejas, tapias y otros artificios humanos, curiosamente en los árboles mayores, que no supieron resistir el empuje y se quebraron o se acostaron, una famosa sierra de las cercanías, la sierra da capelada, trasformó su paisaje esa noche, porque el viento derribó bosques enteros. Es la sierra de los caballos salvajes.
Aquella noche yo no estaba en el lugar, me llamó Gabriel, el lugareño amigo, y ya noté en su voz que pasaba algo: “Prepárese...” Los dos árboles más viejos y grandes que tenía, un nogal, que a veces vareaba –a finales de octubre– con una gran caña de mi cañaveral, en competencia con los cuervos, y que era el centro del “ferrado”, se había desagarrado: pude sacar poco después las fotos de su fallecimiento, que no sé si encontraré por aquí. Lo mismo ocurrió al chamecípero que se veía desde lejos, con un verde dorado que parecía directamente libado del sol del atardecer; y al madroño, que venía de un esqueje de uno de los madroños del paseo de coches del Retiro; y a los laureles mayores, los romanos... 
El nogal vuelve a crecer de las ramas caídas
Otras muchas cosas ocurrieron, bastante curiosas, desde luego, como lo que hizo un manzano que vivía bebiendo los vientos al borde del valle de Santalla, casi sobre la pendiente, lugar de hermosura y de riesgo, como suele ser frecuente, y que cuando llegó la noche de los destrozos  decidió apoyarse en el cedro del Líbano, su amigo de prado, y que así se ha quedado (como bien se ve en la foto), al amparo de su espigado compañero, que olerá a manzanas, porque no podo el árbol y se cuaja de manzanas pequeñitas, todo olor. El que mejor resistió fue el castaño del jabalí, un castaño que planté hace unos diez años que parece centenario, cubriendo de sombra medio prado; me dicen los vecinos que debajo duerme el jabalí y su camada durante el invierno, pues a los jabalíes les encantan las castañas. Es verdad que debajo del castaño existe como un inmenso lecho y que nunca he podido recoger castañas, aparecen todas  vacías. Pero debo de seguir con la historia del nogal, que no se ha terminado.
La higuera renacida y cuajada de fruta

¡El nogal! Hasta doce quilos de nueces el año que vigilé a los cuervos. Que qué hacemos con él, Gabriel; pues no sé, córtale, claro, y deja el tronco allí, ya veremos. “Peor es lo de los laureles”. La hilera de laureles romanos que limitaba la tierra con la colindante, en un declive, se había venido abajo, provocando un alud, no solo en mi caso, sino a lo largo de toda la ribera del río, durante los tres kilómetros que terminan en el mar. Espero que no desaparezcan los pequeños laurelitos que todos los años, cuando limpio la tierra, han brotado de las semillas esparcidas por el viento y los pájaros: algunos me los llevo así a Madrid y los pongo el el alféizar de la ventana, a que traben amistad con las albahacas, y a que esperen a las lentejas y a los jureles escabechados.

El manzano busca apoyo en el cedro para no caer definitivamente

El tronco lo dejamos allí, desnudo, secándose poco a poco: quizá se pueda utilizar como banco, mejor que moverlo o hacerlo leña; pero en el lugar donde estuvo, al lado, de las raíces que hubieran podido quedar, de las ramas, quien sabe de dónde, me he encontrado que está creciendo un nuevo nogal, ahora con las hojas desmayadas (como se ve en las fotos), porque hace tiempo que no llueve a modo, como suele. Voy a regarlo.
La historia de mi nogal me tiene conmovido.
Sobre todo porque me acuerdo de historias viejas semejantes. Dos higueras enormes tenía al lado de la casa. Una se cayo, porque estaba en una ladera, un día de viento, sin pillar a nadie debajo, con caridad y estrépito; traté desde entonces con sumo mimo a la otra, podándola para que se clavase bien en tierra y las ramas extensas no provocasen otra caída, no quería quedarme sin higuera. Ha pasado de eso unos seis o siete años. La higuera caída, reducida a nada, rebrotó, y la dejé. Este año la higuera renacida está dando una espectacular cosecha de higos; en tanto la vieja, añosa, enorme, llena de sombras, deja ver algún higo suelto allá en las alturas, reclamo de pájaros. Cuando hace mucho calor huele a higuera toda la casa.

Y en fin, todos los años mataba –eso creía yo– al estramonio o durantón o datura que crecía a la entrada, para evitar que mi hijo pequeño, atraído por su perfume empalagoso y por la belleza trompetera de sus flores blanca (las mías son blancas) no chupara o comiera de su narcótico venenoso. Hace tres años que desapareció. O eso creía yo. Miren ustedes qué lozana ha empezado a crecer de nuevo este año. ¿Qué haré?
Historias de plantas. No, no voy a sacar moralejas fáciles. Pero las pienso.
Termino enseñándoles la llegada espectacular del río a su desembocadura, formando una ría, desde la que se ven tres entradas, un faro, un puerto...


domingo, 25 de julio de 2010

Tarea de vivir


Tarea de vivir son estos versos,
de aderezar el pensamiento para
que se resuelvan todas las discordias
y se regulen con palabras ciertas

tantas contradicciones. Quebraremos
los versos por aquí, mientras recobro
el ritmo del soneto, en donde encajan
meditaciones, apropiadamente,

que nos ayudarán a bien morir.
El hombre, un animal que vive triste
y suele frecuentar la soledad
a las palabras puede recurrir

para explicarse todo y hacer versos.
Tantos versos que ya no dicen nada.

El canon y la Poesía española actual (I)

En mi campo de trabajo –la poesía española de los siglos XVI-XVII– se ha puesto de moda el "canon". Ya son tres los libros, artículos aparte, que he recibido sobre el tema, jalonan el periodo, pues se refieren al siglo xvi, al xvii y al xvii tardío, y engavillan más de treinta trabajos sobre géneros, obras, autores... Detrás de estos trabajos sistemáticos están Begoña López Bueno y Pedro Ruiz, es decir, dos de los críticos más sólidos, prestigiosos y activos dedicados al periodo. Y alrededor de los dos, en Sevilla y Córdoba, lo más granado de la filología española, con algún préstamo de buen hacer venido de lejas tierras, como los de Isaías Lerner, Lía Schwartz, etc. Del canon de Quevedo se puede decir más de lo mismo: M.Candelas (Vigo) y Rodrigo Cacho (Cambridge) hablan de su poesía.
Reseñaré el libro para revistas sesudas del gremio; de hecho es una de las tareas que tenía reservada para este verano que, por cierto, en el noroeste de la Península, en donde estoy, viene siendo espléndido, sin que peleen a muerte lluvias, vientos y soles, como suele ser habitual. Está ganando el calor, las playas, el sol. A mí la cuestión del canon se me está planteando de manera muy práctica a propósito de una de las asignaturas que tradicionalmente enseño en mi universidad, la de Poesía española actual, que además suelo compartir con jóvenes colegas que me enseñan lugares nuevos que yo no conozco, en donde la poesía actual busca arduamente su modo de decirse. Creo que a una de mis colaboradoras en este campo no le gusta que yo vaya enseñando vergüenzas en el blog, de manera que no citaré ni su nombre ni otras gracias suyas fundamentales, sobre todo y por ejemplo, que acaba de publicar nuevo libro de poesías, que no encuentro aquí, tan lejos de la civilización refinada, comprometida, libresca, sabedora solo de cosechas, bosques, mariscos...
El canon en la poesía española actual termina por plantear la nómina de obras o autores que representan lo que ese título dice. Y el canon de la actualidad está sometido, como todo el mundo sabe, a los huracanes de las modas, el comercio, los medios de comunicación, el mercado, los premios... y demás excrecencias que no permiten ver bien, que interfieren sobremanera el deseo de llegar a objetivar y definir lo que es poesía española actual.
Dos cosas hemos hecho para cumplir con tal programa sin experimentar la sensación de engaño, falsedad o equivocación. Por mi parte, he reelaborado –ya dije que llevo más de diez años con este tema en situación docente– listas y listas de poesía actual, para ofrecer un "canon" (vamos a ello) de medio centenar de nombres de poetas que escriben en lengua española hoy, dicho de modo macabro: que están vivos. Recojo cuidadosamente nombres de los huracanes mentados (premios, propaganda, planes, etc.); pero expurgo muchísimo y no digo ni quién ni qué; y añado, desde luego, nombres que no aparecen casi por ningún lado. Pondré ejemplos, para pillarme los dedos y comprometerme, que es lo que al cabo sirve.
En mi lista de este año están se encuentran nombres bien conocidos como Pablo García Baena, Guillermo Carnero, María Victoria Atencia, Luis Alberto de Cuenca, Luis García Montero, Miguel D'Ors, Antonio Carvajal, Juan Gelman...; pero no están otros muchos que ocupan habitualmente los lugares desde donde se vocea que es la poesía española actual. Y añado bastantes, bastantes de los que no aparecen nunca o casi nunca, como Rafael Juárez, Javier Yagüe, Carlos Piera... 

He de decir que el programa, que siempre publico, y también lo haré en próximo blog, después de haberlo colgado oficialmente, por si las moscas, se suministra para que los alumnos inscritos elijan un nombre a su sabor, lean su obra, particularmente un libro reciente, y extraigan los ejemplos adecuados para exponer en clase un panorama sobre su modo de hacer poesía, a partir de esa lectura, que todos compartirán. Y el consiguiente diálogo colectivo. Algunos nombres derivan de esa circunstancia colectiva. Este año, por ejemplo, quiero incorporar textos que se difunden en RAP (hubo un "blog" anterior que lo explicaba), lo tengo pendiente.
Queda la otra tarea, la de mi colaboradora, que conoce mucho mejor que yo los lugares hacia donde la poesía actual le gustaría salir o borrarse o producir sabe dios qué; la estructura teórica de sus clases y la nómina consiguiente, que ya me ha remitido, es sumamente interesante, y también la expondré, cuidadosamente, en próxima entrada, después de someterla a su mejor juicio. Porque este canon ya va muy largo.

jueves, 22 de julio de 2010

De la sección "No se deben escribir", de CHINA DESTRUIDA





China destruida tiene tres secciones censuradas, de una de ellas, la de los "modos de...", ya publiqué una poesía inocente, la de los modos de hacer empanadillas; de la sección más procaz, allá se andará, pues no difundí nada; de esta tercera, "No se deben escribir", probablemente enristre todos, una vez que con una comentarista del cuaderno hemos establecido que el protagonista puede no ser el autor, y que la literatura abre la posibilidad a la mentira, el escorzo, el sueño, el cachondeo... que es, como los espacios artísticos, todavía, un sitio donde se puede llegar a ser libre; y que de lo que se trata a veces es de intentar seguir siéndolo, sobre todo de imaginar, porque la imaginación también es parte de la vida, probablemente de las más nobles.
Niños que entran en el agua en la playa de la Malvarrosa (Valencia), esta primavera, la foto que encabeza; lugar en donde también tomé la foto del castillo, que cierra, aunque ese castillo no lo hicimos nosotros, sino un emigrante, que así pedía ayuda.
Un chaval hace castillos de arena en la playa de Pantín (La Coruña), en las otras dos ilustraciones.



Ha llegado el momento de doblar
la esquina, recoger la casa. Cerca
andarán los lugares sin memoria;
no tardará la travesía mucho.

No hace falta hacer nada, todo está
previsto por el viejo dios del tiempo.
No se puede por menos que mirar
el tesorillo del pasado, sin

demasiado entusiasmo, la verdad.
Mañana iré a la playa, veré el mar,
jugaré con mi hijo a hacer castillos
y hablaremos de cosas muy sencillas.

Después de tantos gestos sin sentido,
estar y ser y mientras. Nada más.


 

Filosofía barata. De "China destruida".

¿Cuándo se cometió el desvío extraño
de conseguir razón y pensamiento?
¿Cuándo fue que pensar se almacenó
para alcanzar que la sabiduría
 
imaginara, creara, trascendiera
miradas, voces, luces, circunstancias...
¿Y para qué, si el huracán del tiempo,
irremediablemente encadenados,

nos arrastra al azar como peleles?
¿Quién dispuso de tal manera el cuerpo
y organizó el lugar de los sucesos?

¿Quién nos abandonó en un universo
desmesurado para nuestro ser,
incomprensible para nuestra vida?

Let it be...


Let it be…
Cuando realmente me enamoré de lo que hacían los Beatles fue al escuchar el Hey Jude en el muelle bretón de Saint Malo, los sonidos que venían de un barco allí anclado, convertido en lugar de encuentro de gente joven, mientras yo ocupaba mi puesto de asistente o lector o como se quiera llamar en el Lycée Jacques Cartier de Saint Servain Sur-Mer, huyendo de la quema estudiantil del 62-63 y de sus secuelas. Era en 1968 y la canción acababa de editarse. L
legaban los Beatles con toda la oleada francesa –es entonces cuando me enamoré en secreto de Françoise Hardy; sabido es que siempre le amaré, realmente no sé cómo hubiera sido mi vida sin ella; y le he perdonado, por cierto, todas las infidelidades, con las que atormentó mi pasión–, los Credence Clearwater, Aznavour… La lista de  los nostálgicos, en la que no quiero incurrir. Hace unos días colgué en este “blog” mi particular homenaje a los Beatles, unos versos escritos en Roma, que va a publicar un grupo poético inquieto y excelente, de Málaga, del que voy a hacer publicidad en la ilustración (Hipotecas familiares).  Anda por aquí abajo.
Otra era mi intención, sin embargo. Supongo que los musicólogos habrán organizado mentalmente el batiburrillo que significa una encrucijada de tradiciones como nunca se había producido, la mezcla de la música clásica de siempre, con la clásica del siglo XX, con la actual, con la música folklórica, con la canción tradicional…. y con todos los subgéneros que queramos ir añadiendo, ahora que anda Caetano Veloso por Madrid, y Aznavour con Berlusconi: canción francesa, copla, salsa, rap, etc. Agítese y léase el correspondiente volumen de Adorno, el mejor teórico musical, el sesudo y riguroso ensayista, para ver hasta dónde alcanza la reflexión sobre los azares estéticos y sociales de la música, que son los dos grandes pilares de Adorno en sus densas y jugosas páginas.
Le dejé uno de los volúmenes (Akal está publicando así su Obra Completa, a  mí el que más me ha interesado, musicalmente, es el de Escritos musicales, I-III, que es el 16) a Paula, conocedora y degustadora de no saben ustedes qué música actual irrepetible, que buceaba en las tienduchas de Lisboa buscando perlas musicales, discos y sellos que a mí me parecían extravagantes Paula a a quien se le han convertido las orejas en cascos, se fue a Chile, donde está ahora, sin llevárselo para el viaje, buen  criterio, para poder convenir con Maruja Mallo: "... violento oceano Pacífico que baña unas playas cuyas arenas son piedras de colores... y el mar arroja piedras calcinadas por los volcannes y pulidas por las aguas...." Creo que de Maruja Mallo también he estado bastante enamorado.
El espectáculo de Paula escuchando aquella música me hipnotizaba; era el grado supremo que yo no iba a poder alcanzar; y esa es una de las cosas que quería comentar, porque en el intercambio de sonidos con que comercié con ella y con Dinorah –otra especialista, de la que hablaré–, los nombres de las canciones, los grupos y los géneros que ella me suministraba no estaban casi nunca en el Spotify. Bien es verdad que asimilé el golpe de esas enormes lagunas cuando al hacer yo mismo el inventario de los Nocturnos de Chopin (también fueron a este cuaderno, más arriba), un tanto por ciento de más de la mitad, entre los que estaba lo mejorcito (por ejemplo Friedman) tampoco aparecía en el Spotify. El caso de Dinorah era distinto, pues me proporcionaba gasolina musical secundaria, al margen de la que se difundía oficialmente por emisoras y discotecas, que frecuentemente tenía exigua representación en el Spoyify.
Vuelvo al hilo perdido. Quería yo encontrar el lugar adecuado, la perspectiva, la disposición para no solo degustar, sino emocionarme y alcanzar cotas de felicidad como hacía Paula, como de vez en cuando hacia Dinorah, como tanta gente ––claro, claro– logra, cuando uno de mis discípulos más dilectos y más críticos, observando cómo me aplicaba, me comentó: “Es inútil; ya no podrás llegar a gustar esa música, es otra manera de escuchar, de comprender…” Melancolía y frustración en un primer momento, sí: existe una estética que no voy a poder incorporar a mi propia cultura, formada y deformada por Chopin, los Beatles, Mozart, Caetano… No siempre se puede absorber lo que nos rodea, no siempre se puede entender, aunque se quiera y se intente. 
He pensado luego, y no a modo de venganza, en que a lo mejor Paula y Dinorah no le encuentran gracia y no se sobrecogen de plenitud musical recibida cuando escuchan los dos sextetos de Brahms (particularmente el de la opus 18), como a mí me ocurre. Y que no es problema solo de educación, pues Paula me aceptó un disco de clásica y yo le pedí el suyo de actual; y escuchamos los dos el ajeno, con voluntad de empaparnos de todo lo hermoso que la nueva música pudiera depararnos. Y de ahí, de la música, pasamos a su contexto, como una secuela de la creación pura, ¿no les interesará ya a mis jóvenes colegas y amigos el desengaño del Mahler final o el abandono de Chopin, en ambos casos refugiados en creaciones excelsas para olvidar tristezas y abandonos del corazón? ¿Me ha interesado a mí el nuevo “look” de Rihanna o las condiciones personales de Antony and the Johnsons?
Y luego está el problema del clasicismo de los Beatles, de Bob Dylan y de Leonard Cohen, que habrá que plantearse en otra ocasión.
Tendría que tener una larga conversación con Adorno.
Voy a escuchar “Let it be…”


miércoles, 21 de julio de 2010

La voracidad mercantil

La voracidad del capital no tiene límites, ni el propio riesgo a perder su dominio absoluto detiene la erosión de los discretos, escasos, limitados bienes que, después de muchos años de lucha, las llamadas sociedades occidentales han alcanzado. Leo o escucho ahora, y frecuentemente, que la gente joven –por un lado– y los "mayores" –por otro– se están planteando y solucionando sus problemas de subsistencia mediante el arbitrio de compartir la vivienda... ¡uno de los lugares sagrados de las sociedades burguesas, hasta el punto de que IKEA, con mala pata, lo hizo bandera de su publicidad! Parejas que se asocian de dos en dos; individuos que forman colectivo ocasional para compartir un alquiler; jubilados que se van a las poblaciones de los andurriales o al pueblo, con la familia... para poder hacer frente a los gastos que siginifican vivir solo o, lo que es lo mismo, las posibilidades de una vivienda digna. 
Durante las décadas pasadas ya se ocupó el capital de hacerse con –digamos– el 50 o el 60 % de lo que producía la fuerza del trabajo, de manera que casi toda la población trabajadora entrega esa cantidad de su sueldo a algún Banco, Caja de Ahorro o similar para poder tener una vivienda, que muchas veces además no es tan digna como el sintagma dice, por inercia lo dice. La entrega se suele hacer durante un periodo de veinte o más años, en casos hasta de cuarenta años, es decir: durante casi toda la vida laboral del trabajador.  Media España trabaja en estos momentos para dar la mitad de su sueldo a un Banco, que se lo adelantó para que adquiriera una vivienda. Y poder realizar ese esfuerzo brutal es una de las metas de quienes quieren integrarse en nuestra sociedad civilizada, occidental y disfrutar de sus bienes, aunque luego para los bienes que se vayan a disfrutar hay que volver a hacer pequeños esfuerzos suplementarios, en forma de coche a plazos, tarjetas de pago, hipotecas añadidas, préstamos... Mundo financiero perfectamente organizado paa nuestra comodidad que, si alguna vez se distorsiona, será cuidadosamente consolidado, protegido, ayudado por el impuesto o el esfuerzo adiccional de la misma clase trabajadora.
La presión de las sociedades financieras, organizadas y protegidas por el gran capital, se ha hecho tan insoportable y se ha dirigido tan arteramente a los lugares donde queda algo para rebañar, que hoy día casi nadie se atreve a plantearse criticamente seguir soportando ese estado de cosas. Se ha conseguido propagar el miedo a la crítica, a los cambios y a la revolución, y se ha hecho precisamente impregnando a la clase trabajadora del mismo temor que les produce su discreción, su incultura financiera, la creencia de que les hacen un bien cuando les abren las puertas a un trabajo indigno o mal pagado.

Poco margen para la solución mientras no se trabaje desde el único sitio posible en donde se puede conseguir algo: el de la educación, el del conocimiento, el de la cultura y la sabiduría. Terreno minado desde hace tiempo, que interesa desertizar rápidamente –escuelas públicas degradadas, profesorado de IES sin alicientes, universidad mercantilizada como empresa...– o, mejor todavía, rellenar con ingredientes inocuos que satisfagan imaginación, vida social, anhelos humanos.

Y así nos va.