Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

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martes, 20 de julio de 2010

Verso libre (I)

Ando otra vez enredado con la descripción y consiguiente definición del llamado verso o poesía libre. Verso libre suele ser el sintagma más usual para definir un tipo de composición que ahora se me vuelve a presentar a propósito de Hojas de Madrid con La Galerna (publicado en 2010), el reciente libro de Blas de Otero, cuya reseña me ha encargado la revista Insula.
Como el verso libre suele ser una modalidad que se alcanza, en los casos de poetas clásicos –desde Juan Ramón Jiménez en adelante, diríamos, desde Rimas (1902)– en su etapa final de creación, Blas de Otero llega a la poesía libre en el libro que comento; a partir de la vuelta de Cuba, en general. Otras cosas suelen ocurrir cuando se alcanza ese modo de creación, por ejemplo la del paso por la prosa poética, que Blas de Otero cumple con Historias fingidas y verdaderas (1970); o la aceptación del versículo, que también es mayoritario en esta etapa final. Rasgos más de detalle se irán señalando en una segunda entradita, de las dos en las que voy a dividir la sencilla explicación para este “blog”, refinando lo que ya he explicado de modo sesudo, doctoral, académico y, probablemente, aburrido, en otras ocasiones. Recuerdo, verbo y gracia, haber dedicado mis veinte minutos de comunicación en el congreso de la AIH (Asociación Internacional de Hispanistas) de México, en Monterrey, a explicar que en realidad no existe una unidad versal que se pueda definir como “verso libre”; lo hice ante un pequeño auditorio que movía la cabeza negativamente, porque el uso de este sintagma está extendido como fácil comodín, sobre todo para referirse a la poesía contemporánea, y no hay modo de ajustar el juicio ni de conseguir que se asuman argumentos ajenos a la tradición.

En efecto, no existe el verso libro, es casi una contradicción, si bien se mira; pero tal definición nos abre las puertas a una interpretación cabal de la forma métrica en poemas como el siguiente, dedicado a “Francisco de Bustos Tovar”:

Escribo sobre la máquina
(cosa tal vez tan absurda como la muerte de esa muchacha),
porque quiero se entienda bien
la caligrafía de la amistad:
¿de algo pueden servirte
otras pocas palabras verdaderas
que digan:
Estamos contigo en tu inmensa impresión,
contigo en tu sensibilidad atropellada,
sin ti –porque tú te bastas–
para sobreponerte, caminar, oír música
como ésta de Bach
con que ahora me aturdo
para que solo quede claro
nuestra amistad, tu fortaleza, tu serena y próxima alegría…
Dejo el detalle para la II de esta entrada, cuando analizaré esta composición y referiré datos y características de esta modalidad poética; señalaré por ahora, sin embargo, que el llamado verso libre se ensaya deliberadamente, que yo sepa,  por primera vez, por comunicación entre Villaespesa (El alto de los bohemios...) y Juan Ramón; y que los ejemplos de esa voluntad expresiva se encuentran en los respectivos libros de aquellos momentos, tal y como dije, en Rimas, de Juan Ramón.
Ya lo veremos.

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