
Cuando realmente me enamoré de lo que hacían los Beatles fue al escuchar el Hey Jude en el muelle bretón de Saint Malo, los sonidos que venían de un barco allí anclado, convertido en lugar de encuentro de gente joven, mientras yo ocupaba mi puesto de asistente o lector o como se quiera llamar en el Lycée Jacques Cartier de Saint Servain Sur-Mer, huyendo de la quema estudiantil del 62-63 y de sus secuelas. Era en 1968 y la canción acababa de editarse. Llegaban los Beatles con toda la oleada francesa –es entonces cuando me enamoré en secreto de Françoise Hardy; sabido es que siempre le amaré, realmente no sé cómo hubiera sido mi vida sin ella; y le he perdonado, por cierto, todas las infidelidades, con las que atormentó mi pasión–, los Credence Clearwater, Aznavour… La lista de los nostálgicos, en la que no quiero incurrir. Hace unos días colgué en este “blog” mi particular homenaje a los Beatles, unos versos escritos en Roma, que va a publicar un grupo poético inquieto y excelente, de Málaga, del que voy a hacer publicidad en la ilustración (Hipotecas familiares). Anda por aquí abajo.
Otra era mi intención, sin embargo. Supongo que los musicólogos habrán organizado mentalmente el batiburrillo que significa una encrucijada de tradiciones como nunca se había producido, la mezcla de la música clásica de siempre, con la clásica del siglo XX, con la actual, con la música folklórica, con la canción tradicional…. y con todos los subgéneros que queramos ir añadiendo, ahora que anda Caetano Veloso por Madrid, y Aznavour con Berlusconi: canción francesa, copla, salsa, rap, etc. Agítese y léase el correspondiente volumen de Adorno, el mejor teórico musical, el sesudo y riguroso ensayista, para ver hasta dónde alcanza la reflexión sobre los azares estéticos y sociales de la música, que son los dos grandes pilares de Adorno en sus densas y jugosas páginas.

El espectáculo de Paula escuchando aquella música me hipnotizaba; era el grado supremo que yo no iba a poder alcanzar; y esa es una de las cosas que quería comentar, porque en el intercambio de sonidos con que comercié con ella y con Dinorah –otra especialista, de la que hablaré–, los nombres de las canciones, los grupos y los géneros que ella me suministraba no estaban casi nunca en el Spotify. Bien es verdad que asimilé el golpe de esas enormes lagunas cuando al hacer yo mismo el inventario de los Nocturnos de Chopin (también fueron a este cuaderno, más arriba), un tanto por ciento de más de la mitad, entre los que estaba lo mejorcito (por ejemplo Friedman) tampoco aparecía en el Spotify. El caso de Dinorah era distinto, pues me proporcionaba gasolina musical secundaria, al margen de la que se difundía oficialmente por emisoras y discotecas, que frecuentemente tenía exigua representación en el Spoyify.

He pensado luego, y no a modo de venganza, en que a lo mejor Paula y Dinorah no le encuentran gracia y no se sobrecogen de plenitud musical recibida cuando escuchan los dos sextetos de Brahms (particularmente el de la opus 18), como a mí me ocurre. Y que no es problema solo de educación, pues Paula me aceptó un disco de clásica y yo le pedí el suyo de actual; y escuchamos los dos el ajeno, con voluntad de empaparnos de todo lo hermoso que la nueva música pudiera depararnos. Y de ahí, de la música, pasamos a su contexto, como una secuela de la creación pura, ¿no les interesará ya a mis jóvenes colegas y amigos el desengaño del Mahler final o el abandono de Chopin, en ambos casos refugiados en creaciones excelsas para olvidar tristezas y abandonos del corazón? ¿Me ha interesado a mí el nuevo “look” de Rihanna o las condiciones personales de Anthony and the Johnson?
Y luego está el problema del clasicismo de los Beatles, de Bob Dylan y de Leonard Cohen, que habrá que plantearse en otra ocasión.
Y luego está el problema del clasicismo de los Beatles, de Bob Dylan y de Leonard Cohen, que habrá que plantearse en otra ocasión.
Tendría que tener una larga conversación con Adorno.
Voy a escuchar “Let it be…”
Voy a escuchar “Let it be…”
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