Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

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martes, 22 de septiembre de 2015

Bonnard


Exposición extraña en la Fundación Mapfre de Madrid, en donde se han recogido cerca de un centenar de obras de Pierre Bonnard (1867-1847), pintor francés que atravesó guerras, vanguardias y estilos manteniendo su propio ensimismamiento y evolución, después de haberse empapado de sus maestros impresionistas –era amigo de Monet, adoraba a Gauguin, en sus cuadros se ve a Degas....–. Y por esa razón tanto me ha interesado. Pintar en Francia entre 1890 y 1947 no es tarea que pueda hacerse al margen de lo que ocurría y de lo que era la pintura. Y él lo hizo. De los impresionistas se quedó con los colores empalagosos, que terminan en auténticos caramelos de color, pocas veces logrados (el paisaje de Cannet, de 1927, que abre esta entrada, es una de esas veces), en donde el proceso de disolución que las artes había venido llevando a cabo se resuelve en esas masas de color tras de las cuales desaparecen dibujos y representaciones. Algunos de sus cuadros finales, cuando no son encargos para cubrir paredes de salones, terminan en enormes manchas de colores vivos (entre ellos, el amarillo, dominante). ¿De dónde procede este modo de pintar? ¿Es una evolución del impresionismo hacia un muro ciego?


El modo y la manera que ensaya con mayor frecuencia para mirar se resuelve en una redistribución del contenido del cuadro, muchas veces por buscar una perspectiva nueva, otras porque esa perspectiva disloca los objetos que conforman el cuadro, otras utilizando la propia falta de relieve de su arte para que el pincel construyera planos; en fin porque casi desde el comienzo –e incluyendo retratos– objetos y figuras aparecen escondidos detrás de las siluetas. Si bien se considera, una trayectoria bien distinta de la que se inicia hacia 1913 en todas las artes. 
Si la novedad está en la distribución del contenido, paisajes, desnudos y figuras familiares constituyen la serie temática, meridiana y tradicional; en todo ese repertorio sí que se observa la incapacidad del pintor para salir a otras aventuras. Y en el modo de encajarlas en cada cuadro, la inquietud que le traiciona.



Sería muy peligroso y aventurado pensar que esa trayectoria depende del medio exquisitamente burgués que le rodeó y de que Bonnard utilizó campechanamente todos los circuitos mercantiles por donde circulaba el arte, por ejemplo cumpliendo con encargos y decoración de la alta sociedad francesa.


De hecho, sí que se perciben, precisamente en los rasgos que he enumerado, intentos de evolución, necesidad de pintar de otra manera, quizá también el prurito de no acompañar al vanguardismo triunfante en su difícil camino inicial, aunque se aprovecha de las cabriolas de la perspectiva y de la ruptura y mezcla de planos para sus juegos de color. Un buen ejemplo, la colección de autorretratos, del que sigue un ejemplo, bastante tardío, creo (c. 1945). 

















Para que no parezca un comentario parcial, he aquí dos de sus cuadros o motivos convertidos en postal conocida, el gato blanco (de finales de siglo) y el almendro (de 1940), los dos expuestos en Madrid ahora. 
En todo caso, resulta sumamente interesante esa respuesta distinta a las circunstancias, ese modo de hacer –que a muchos resulta muy valioso– aparentemente contradictorio, en el que, sin embargo, termina por adivinarse el primer medio siglo del XX.


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