Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

sábado, 3 de diciembre de 2011

El Buscón y la crítica, al menos algún principio

Como toda obra que logra el clasicismo por el favor de los lectores,  El Buscón ha generado una melodía crítica espesa, compleja y cambiante. Y como era de esperar se ha enriquecido con la variedad de lecturas que ha ido recibiendo y que, naturalmente, se han proyectado desde corrientes críticas históricas. Tales lecturas han engrosado, acentuado, reflejado motivos, rasgos, valores y defectos en detrimento de otros. Constituyen la avenida crítica del Buscón y reflejan dos cosas: el "clasicismo" de la obra, es decir, su capacidad de engatusar a públicos de épocas y lugares distintos a los de su creación, primero. Y en segundo lugar, reflejan las modulaciones históricas de la crítica: pertenecen menos a la obra que a los lectores y, desde los lectores, a las corrientes críticas.
Es bastante probable que, en cada caso, las diversas opiniones críticas no hayan sido conscientes de su parcialidad histórica, de la misma manera que no lo debo de ser yo ahora, situación que puede salvarse admitiendo, sencillamente, esa posibilidad: es decir, que vamos de camino y que recogemos lo que encontramos.
En uno de los últimos artículos de Lía Schwartz –insigne quevedista, en un artículo del 2010– insiste en restablecer ese equilibrio crítico con una solución, curiosamente, de signo contrario: no se puede juzgar el Buscón al margen de los criterios heredados por la cultura de la época, que remiten por ejemplo a las preceptivas clásicas y anulan las dicotomías moral / estética o ajustan el término "realista". A efectos de lectura e interpretación es semejante; e incluso teóricamente viene a ser lo mismo: no podemos proyectar sobre la obra lo que no pudo intentar establecer Quevedo (diferenciar la voz del narrador y la del autor; crear un realismo perfecto; lograr una obra exclusivamente de diversión...) Cada vez que hacemos eso, deformamos la obra con nuestras propias veladuras ideológicas.
En este post simplifico aun más una postura que quisiera muy clara y que  he expuesto sistemáticamente, la última vez (edición de El Buscón, en 2005) para señalar lo inapropiado de proyectar "sobre el mundo literario de comienzos del siglo XVII logros de la ficción actual–como con bonito desparpajo se ha hecho a veces, olvidando el tamaño de la noción de sujeto y confundiendo las obras artísticas con objetos naturales".
Se dice lo que precede referido a una obra concreta (El Buscón), un autor (Quevedo) y una época (comienzos del s. XVII); pero sería fácil, con las mismas cautelas, enjuiciar de modo más adecuado cualquier obra de cualquier época.

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