Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Cuatro apuntes de profesor sobre Poesía actual (II). Con sus oasis a modo de ilustraciones, del Retiro madrileño, en este otoño que parece que se va alargando


2  Una práctica social

Volvemos. Esquema tan sencillo remite paladinamente a una práctica social, algo tan repetido que a pesar de todo no ha podido desencantar al arte ni conseguir destruir su pedestal, ya veremos por qué. Y una práctica social se inscribe siempre en una formación social con su función y juego de valores debajo del brazo. Es evidente que la práctica social llamada “literatura” alcanzó ese pedestal –en nuestra historia– a lo largo del siglo XVI y conformó un campo de expectativas, técnicas, usos, preceptos, etc. que sacralizaron su uso, y que a partir de esa sacralización pasó a ser arma de cualquier formación social, aditamento prestigioso, lugar donde se situaba el “valor”, que lo acarreaba. Cuando nos vamos a una época e historiamos una práctica social no negamos otras en otros tiempos y lugares, sencillamente acotamos para poder comprender mejor.

La historia de la literatura siguió desde entonces una trayectoria fácil de describir a través de fases diversas en las que intentó siempre consolidar su valor, enraizando esa práctica en intereses que se hacían valer con ella: al sujeto, la sociedad, los valores eternos, etc. hasta alcanzar, sencilla y paladinamente, su actual valor mercantil, descaradamente mercantil.
Los individuos que incurren en esa práctica social, si lo hacen desde dentro,  lo hacen imbuidos de ese presunto “valor” y retroalimentan con su uso y función la creencia de que existe algo que se llama arte o literatura. Quienes barruntan o son  conscientes de que al incurrir en su uso, consumo o creación están alimentando una práctica social basada en falsas creencias solo tienen dos posibilidades: intentar romper esa práctica, transgredirla totalmente o en alguno de sus términos; o... callarse, no hacer nada, para no contribuir al crecimiento, consolidación y mal uso de esa práctica, de ese invento. También pueden, pero en otro plano, desde fuera, teorizar acerca de esas prácticas, como hacen estas hojas volanderas, o como hace la crítica literaria, que suele ser una exposición de cómo se mueve la inteligencia humana en torno a estos productos llamados literarios.


La posible “magia” del arte y de la literatura, sin embargo, parece seguir funcionando aun en los casos de conciencia clara de que se trata de nominalismo puro sobre una tarea común. ¿Por qué? Quizá un análisis mejor matizado permita encontrar rasgos que provoquen esa atracción –del creador y del espectador– hacia el arte y la literatura. La verdad es que esta fase del proceso resulta transparente.

Pero volvamos a los valores o sentidos que acarrea lo que se llama el “arte”. Es difícil trazar un camino teórico en busca de esa matización, pues nos vamos a encontrar con una selva de idealistas, formalistas, historicistas, etc. que van a razonar a partir de asertos no discutibles, puras creencias (“el espíritu que se manifiesta” y cosas así), cuando no confesiones paladinas de lo inefable de esa actividad. Con eso no se va a ninguna parte: cuando alguien argumenta con dios y la eternidad debajo del brazo, no cabe otro remedio que dejarle en su infinito y pedirle que descienda a su inteligencia. En otros casos, sin embargo, desde otros puntos de vista, ha preocupado profundamente a pensadores ajenos al quehacer literario, que han atisbado y expuesto por qué esa práctica social atrae, engolosina, sigue apareciendo con su halo de prestigio aun cuando cambien las condiciones.

La definición del hecho literario modernamente, digamos, después de Jakobson, ha sufrido tantos embates casi como en los tres siglos anteriores: definiciones románticas (acciones de un sujeto libre), objetivaciones formalistas (la estructura del texto y cosas así), inmanentistas (el new criticism, por ejemplo) reproducción de los escenarios complejos en donde se produce el encuentro de creadores y espectadores a través de la obra (sociología de la lectura).... Esta última tendencia, la más actual y la más compleja, muy acorde con las teorías minimalistas y funcionales que vemos por todos lados, incluyendo la de los multisistemas, nos reproducen el escenario, pero pocas veces intentan llegar a explorar la función de cada uno de los factores que en ese escenario entran en juego.

Antaño se decía que el individuo creaba y que el objeto creado podía ser contemplado o consumido para que exhalara sus valores/sentidos y perfumara la existencia del espectador. La historia ha ido –con altibajos– erosionando cada uno de estos asertos; y así, en la moderna teoría literaria, por ejemplo, ya ni siquiera el objeto (la literatura, para entendernos) confeccionado como signo lingüístico complejo se presenta como capaz de recoger el significado que le quiso otorgar el autor. Ya lo hemos apuntado antes: como decían los deconstructivistas: era una reducción, una claudicación del autor que entregaba lo que podía mediante el lenguaje (que tampoco podía más) para que diferentes perceptores, a su vez, irradiaran infinitas lecturas. Nada sobre nada. Andar conociendo la historia, sin embargo, es muy práctico, porque nos previene de que las interpretaciones exageradas tienen gato encerrado, como es el caso, que suele corregirse trabajosamente por la misma historia. 

3 comentarios:

  1. ¿No le resulta complicado buscar siempre otros nombres a la literatura?
    Según leo en la parte I, ¡claro que existe la literatura!: luego cada cual puede entender por ella lo que quiera, como pasa con todo.
    Según su teoría, una mesa no existe: ya se sabe que es un trozo de madera modelada de tal y tal manera, la consecuencia de un hecho mental del que surge algo "que llamamos mesa", la realización formal de una necesidad de un contexto social determinado ... y así hasta el infinito. Pero se nombra para que existan las cosas, da igual los rodeos.
    La humanidad comienza pronto a nombrar cosas y tenemos desasosiego cuando tenemos un sentimiento o reacción a la que no podemos nombrar.
    Los indios americanos ya se procuraban llamar "Trueno Rojo", "Nube poderosa", etc., para existir, para reconocer ...
    Así que las cosas existen, aunque nunca sean lo mismo para uno que para otro.
    Yo no tendría tanto inconveniente en intentar llamar a la literatura con otro nombre e intentar evitar a toda costa su nombre.
    "A buen entendedor ...!
    Aparte, ahora mismo no goza de ningún prestigio y por eso se mercantiliza todo, hasta nuestra propia vida y manera de vivir, en la que todo vale como en el mercado, de usar y tirar, incluso con las personas, los hijos, los amigos... Quizá por eso lo literario intenta ponerse, como siempre que pudo, al dictado de lo que más pinta.

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  2. Anónimo, en los primeros párrafos del comentario se mezclan quizá las dos cosas: ser y nombrar, que no son idénticas. Cuando se dice de modo tan sencillo se ve mejor. Luego, en la argumentación, ocurre algo semejante: identificar la materia con la que se crea un objeto (madera con mesa). Lo que más me asombra es cómo abres, anónimo, el comentario. Que algo resulte complicado no es un motivo de dejación.
    Gracias por los comentarios.

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  3. Argumentar con dios y la eternidad es muy inteligente, aparte de que nadie puede contradecir sino debatir tan solo, esos conceptos los creó el hombre para protegerse íntimamente, lo cual no es poco. Burros hay entre los creyentes pero también entre los no creyentes.

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