Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

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jueves, 10 de octubre de 2013

No tenemos memoria de la nada, coda surrealista

André Masson
De la nada no tenemos memoria, aunque podemos imaginárnosla, y hay quien dice que de esa memoria perdida provienen amagos de la melancolía y rincones ocupados por sentimientos incontrolados. En realidad ocupamos un exiguo segmento del tiempo y manejamos la –al parecer– escasa memoria que nos dan unos miles de años, los que llamamos "historia". Pudiera ser, sin embargo, que la huella, o la estela de la huella, determinara sabe dios qué sensaciones ajenas a la historia y a la biografía. Por esas rendijas aparecer pueden vestigios de lo no real: de lo surreal o subreal. 

Habría que devolver a la palabra surrealista su sencillo significado etimológico, con desplazamiento del sufijo, quizá: lo que no es o está detrás del realismo, de la realidad: un modo de percibir el universo –y lo que no es el universo. 
El surrealismo, desde mediados del siglo XX ha invadido y enriquecido todo tipo de manifestaciones expresivas y anda detrás de la inspiración de corrientes como la literatura fantástica, los mangas, el realismo mágico, los dibujos animados, etc. Basta asomarse a la red para corroborar como mediante las herramientas de la informática ha potenciado, si cabe, su desarrollo hasta invadir todo y modelar la imaginación de las nuevas generaciones, que han adquirido un componente cultural surrealista prácticamente sin esforzarse, con solo abrir los ojos.

Agostino Veneziano (las tentaciones de San Antonio, también llamado reunión
 de departamento de Filología Española en la UAM)
Lo que está más allá puede aparecer consciente o inconscientemente, en este último caso a partir de los sueños y otras situaciones excepcionales (delirios, drogas, etc.) Existen determinadas circunstancias que provocan que con mayor facilidad se produzcan atisbos o escenas surrealistas: la proximidad de la muerte, el miedo, la presencia de fenómenos de todo tipo (naturales o no), la magia, etc. Y así asoma lo monstruoso, lo grotesco, lo deforme, como un umbral ya próximo a lo desconocido (a lo no figurativo). En principio, cuando se da una de esas situaciones –por ejemplo, la del miedo–, por automatismo sicológico se abre la espita de lo que está más allá de lo real, cuya figuración dependerá, al parecer, de recuerdos y vivencias de quien padece o disfruta de esas circunstancias.

Hendrik Goltzius (+1638)
Casi todas las muestras de artes primitivos nos ofrecen escenas surrealistas que se podrían analizar y explicar históricamente; en nuestra cultura occidental fueron mayoritariamente negativas, por la intromisión de elementos religiosos que utilizaron el universo de lo desconocido para allí ubicar premios y castigos: infiernos, penas, tormentos, vicios y pecados, monstruos y engendros... Fueron, por cierto, mucho más imaginativos para  el mal que para el bien: los infiernos son temibles, pero los cielos son aburridos. En efecto, toda una historia de la humanidad –con reflejos artísticos– que no siempre encontró en lo surrealista la gracia de lo positivo, el alivio de la imaginación liberadora, y mucho menos el encuentro con la imaginación abstracta, que suele ser signo de cierta modernidad. La razón estribó durante mucho tiempo –y aun ahora– en que los sentimientos de gozo, felicidad, intensidad, etc. se remitían siempre a un más allá desconocido, porque lo que lo causaba en la tierra –por ejemplo la delicia corporal– se había situado cuidadosamente entre los "males" de lo real.
En todo caso los surrealistas, por fin, encontraron algún tipo de dirección para lo que hasta entonces solo se podía intuir.

Hans Baldung (+1545)
El juego de la imaginación, como se deduce de lo dicho, es fundamental para el surrealismo moderno, aquel que la utiliza para deformar y transgredir lo que se construía a partir del universo conocido, a partir del desguazamiento o deformación de la realidad, y que accede a un universo no solo figurativo. Lo hará –y la gradación no existe más que en la explicación– mediante pasos que, primero, pueden ser pequeñas desviaciones, luego cada vez más atrevidas, en las que no faltan sencillamente escenas reales (como las de las catacumbas de los capuchinos de Palermo), hasta lograr el campo abierto de la creación de lo desconocido. Fundamental en este itinerario uno de los principios del arte: no atenerse solo a cánones fijos y modelos persistentes.


Todo eso es, en cierto modo, lo que he visto en un par de exposiciones surrealistas en Madrid. Me refiero de modo más concreto a la que se puede ver en la fundación Juan March (“Surrealistas antes del surrealismo”, no todas las imágenes vienen de allí, porque no se podían obtener fotos), que no obedece exactamente al título más que en parte, por más que los primeros dibujos, cuadros o grabados de la exposición daten de finales de la Edad Media. La imaginación surreal en nuestra cultura –la que acompaña al nacimiento y desarrollo de la lengua española– remite a las gárgolas y los capiteles románicos, es decir, a los lugares secretos o menos visibles de un templo; pero está ya en los restos arqueológicos y en las culturas milenarias perdidas. Las arpías, por ejemplo, como animal fabuloso, aparecen antiguamente y llegan a Picasso y a la imaginería actual. 
Erhard Schön (1542)
Nos quejábamos de la imaginación negativa que acoge a los surrealistas; también es verdad que libera al arte de sus ataduras más simples y se permite una estética de lo feo, del dolor y de otros aspectos que la condición humana –la cultura– solía apartar de la creación. El desarrollo de la creación surrealista hacia lugares cada vez más recónditos, en busca de lo desconocido, necesita de un soporte ideológico, que es cosa de siglos. En la exposición: Agostino Veneziano, Stefano della Bella, Michael Wolgemut....;
pero también Durero, Picasso, Dalí, Miró....
hasta llegar a James Ensor (+1949) Hannah Höch (1978) o Herbert List (+1975), en donde supongo que se da la imaginación erótica, real y figurativa, en mezcla usual; o a André Massón (1987), en donde se llega a la mera imaginación de formas y colores que, junto con la figuración de objetos matemáticos, puede representar el final de la imaginación no figurativa. 

Tarasca, en la Casa de los Tiros (Granada)
Hannah Höch (1978)
Puntean en la exposición los subgéneros, mayores (collages), medianos (quodlibet) o pequeños (cadáver exquisitio), sin que falten los puros motivos artísticos, por ejemplo las perspectivas de Erhard Schön, es decir, el tomar como esencia de la creación un aspecto técnico. La meditación metaartística representa un momento avanzado en el uso de cualquier técnica artística.
Bien se ve que con estas premisas en la exposición hubiera cabido todo, desde las figuraciones infernales de los libros miniados y los capiteles románicos hasta Dalí y Max Ryan, en efecto. Desde comienzos del siglo XX, por lo demás, cuando el surrealismo ocupó su hito oficial como movimiento artístico, se admitió universalmente la capacidad de integrar la imaginación surrealista como un modo normal de expresión, y hoy día ni siquiera hace falta señalarlo: ha pasado a ser un motivo de la creación tan frecuente en todos los campos que ya nadie se extraña de su aparición o de su uso.



Michael Wolgemut (1493)
Todavía recuerdo, de la escuela, cuando nos decían que redactáramos algo, pero con la condición de que "no fuera un sueño": demasiado fácil para la imaginación.

"Agua", de Heinrich Göding (1606) 

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