Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

jueves, 21 de febrero de 2013

Leer, recitar, declamar (II)


La lectura de los versos, decíamos, puede hacerse (el verbo técnico es “ejecutarse”) como uno quiera; pero si lo hace para ser escuchado por otras personas conviene atenerse a las pautas de los versos leídos, que no son otras que las de convertir una expresión lingüística en expresión lingüística “artística”, es decir, original y con pretensiones de duradera. Intenta no quemarse y consumirse según se va diciendo o leyendo; por la gracia de cómo se ha configurado queda como objeto al que se puede volver.

La lectura de los versos, en realidad, posee una partitura mínima que es, precisamente y tautológicamente, la de que son “versos”, es decir, un formato que se opone a “prosa” (no a “poesía”, por cierto).

Una lectura de una serie de versos como si fueran prosa, es decir, haciendo caso omiso de su forma es una lectura falsa, desviada, degradada.

Si no se debe omitir en la lectura –recitado o declamación– que se trata de versos, lo único que cabe hacer es aceptar naturalmente los elementos sonoros que así lo señalan: el ritmo, las sucesión de segmentos fonéticos semejantes o proporcionados, la rima, etc. Una poesía que contenga todos esos elementos, por ejemplo un sonoro poema romántico, señala inequívocamente –incluso, pensamos hoy, exageradamente– que se trata de un lenguaje artístico tipo versos.

La evolución de la poesía, arrastrada por la evolución de los gustos, el sentido estético, etc. ha ido perdiendo, sin embargo, muchos de esos elementos. Ya hubo en sus comienzos versos que no rimaban (“versos blancos”), como la epístola de Garcilaso a Boscán, pero que mantenían otros recursos, como el abanico de ritmos, la sucesión de segmentos iguales, las estrofas, etc. Una lectura pausada de esa elegía permite percibir a poco de su comienzo que se trata de “versos”. La modalidad del verso blanco, sin embargo, reapareció con fuerza muy a finales del siglo XIX y se propagó como modalidad preferida durante muchos periodos del siglo XX. Creo que hoy vuelve a ser dominante: versos sin rima, versos blancos; aunque nunca ha desaparecido el verso rimado.

Si desaparece la rima, decíamos, la estructura versal se mantiene porque así lo escribe el versificador cuando deja espacios finales en blanco y termina una secuencia sin agotar a veces el renglón que la inició, en otras ocasiones tampoco termina con el verso la frase o parte de la frase que había comenzado (“encabalgamiento”). Desde el punto de vista de la escritura aquello está claro: son versos. Sin embargo, si se lee, recita o declama y se trata de versos blancos, ¿cómo sabe quien los escucha que eso son versos? En el caso de buenos versificadores puede haberse mantenido la estructura rítmica, el oído atento percibiría  perfectamente una sucesión de sáficos formando una serie de tercetos o una estrofa del mismo nombre; incluso puede percibir el juego de esa estrofa con tres endecasílabos y un penta o heptasílabo.

Sin embargo, también en la poesía moderna posterior al dodecafonismo –es decir a Eternidades, de Juan Ramón Jiménez– se prescindió de ritmos tradicionales: primero se ensayó con otros, y luego se dio entrada a todos. El resultado es que cualquier ritmo terminó por ser válido para cualquier verso. Se trata de un fenómeno que todas las artes han conocido y que explica la práctica del arte abstracto, de la música clásica del siglo XX, etc. Desemboca en un panorama que, me parece, no era el deseado: de desechar la tradición y la factura técnica se pasa a crear sin “saber” ni la tradición ni la factura técnica, que finalmente no es que se deseche, sino simplemente que se ignora.

En todo caso, para nuestro lector y para quien le escucha: si los versos no tienen rima, no poseen estructura rítmica reconocible como artística, no presentan sucesión de segmentos sonoros reconocibles más allá de su tipografía.... si eso es así y se leen como prosa, el lector ejecuta mal la partitura del versificador, pues no respeta el único elemento formal que lo mantiene como tal:  el final que, en transmisión oral, habrá de señalarse, obligatoriamente, como pausa. La pausa es el único elemento teóricamente válido para esa función, cuando faltan los restantes, incluso los sustitutorios que hayan podido venirnos a auxiliar desde el campo semántico (por ejemplo, las anáforas de todo tipo).

Y así se llega a la ejecucion de aquella pausa o final de verso, señalada por la habilidad del lector, discretamente marcada o incluso desaparecida cuando otros elementos métricos –por ejemplo, la rima– señalan la estructura versal.

La mayor dificultad de ejecución ocurrirá cuando la pausa versal tropiece con una entonación marcado por la sintaxis y el significado, interrumpiéndola, es decir, en lo que se ha llamado encabalgamiento. La ejecución entonces debe realizar la pausa sin hacer descender la entonación, que se retoma a esa misma altura al ejecutar el verso siguiente. Si no fuera una contradicción, diríamos que la pausa mantiene la entonación, la suspende.

Un caso muy peculiar y bastante complejo, pero que se basa en los mismos supuestos, es el  del recitado o parlamento dramático, cuando el texto está en verso, por ejemplo, en el teatro clásico español.

La ejecución con estas condiciones se va logrando a partir de una lectura lenta, al comienzo muy lenta, que permita la fluidez verbal poco a poco y no pierda en ningún caso ni el ritmo ni la entonación.


2 comentarios:

  1. La declamación de versos, ¿por qué es tan tediosa cuando el poema es una maravilla?, ¿se debe a que uno no está acostumbrado a esa tonalidad o a que se declama mal siempre?; los peores, casi siempre, los poetas con sus propios versos.

    ResponderEliminar
  2. Un desastre los propios poetas. Hay poemas que solo funcionan en el silencio...

    ResponderEliminar